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Los amigos lectores, que siempre son curiosos, me preguntan por qué hay que leer a Núñez de Herrera, por qué les hablo tanto de Núñez de Herrera. Yo les digo, amigos lectores hispalenses, que si quieren pruebas de la evidencia se vayan a la última edición que David González Romero, José María Rondón y César Rina han preparado para El Paseo, editorial que ofrece catálogo exquisito, editorial que cubre un mercado, hasta hace poco, huérfano: el de los libros, buenos libros, de temática local. Pero antes de que vayan a la librería y echen vistazo al ejemplar, dejo razones, para ir abriendo página, de por qué nos atrae ese autor extremeño que escribió sobre la fiesta de la Semana Santa como ninguno  –como él, ninguno; al menos en su generación-. Antonio Núñez de Herrera retrata la Semana Santa de Sevilla sin la caspa de la ingenuidad costumbrista, sin el pastiche del lenguaje torrijero y la imagen anacrónica; siempre en la descripción original, en el ingenio preciso, en la interesante referencia cultural. En asociación de conceptos que enriquecen perspectiva y contribuyen a comprender la fiesta desde, no sé, disciplinas, artes, que necesitan de un escritor, de un gran escritor, para saberlas llevar al folio en blanco, para saberlas relacionar y que todo tenga sentido, incluso más sentido. Núñez de Herrera, que era periodista de vocación y de estilo y funcionario en sus horas libres, nos habla de una Semana Santa desde el idioma de su tiempo, no desde la imitación previsible ni la pirotecnia de cursis sentimientos ni la mala copia populachera. En él, contra lo que suele ser habitual en esos mundos de dioses localistas –algunos engreídos-, no hay lenguaje muerto. Porque, claro, ya lo dijo en Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa: aquella es una semana de pasión, no de muerte.

C. TANGANA, Y ROSALÍA, Y LA POLÉMICA

En este 2018 que ya cuenta días para su despido, la industria musical española ha cincelado dos nombres en la radio, en la discoteca y quizá en la memoria de una generación: C. Tangana y Rosalía. El primero con sus trabajados videoclips de evocación ochentera e imagen de patrón del crimen; la segunda con el inconfundible eco de los cantes populares y toda la gracia –la gracia virtuosa- de los sonidos flamencos. Ambos, trá, trá, tirando billetes de cien, con cita en eso que solemos llamar talento. Ahí, más o menos, coincidimos todos.

Es indudable que tanto C. Tangana como Rosalía convergen en un éxito temprano e inmenso al que le queda fijar trayecto pero que ya apunta destino. Ellos saben qué buscan, ellos saben qué quieren ofrecer. Y tienen, cumplido el dificultoso trámite de la idea propia y de la personalidad definida, lo más difícil: una industria que quiere apostar –pagar- y un público que quiere atender –pagando-. Con menos se han fundado religiones de notable repercusión.

El triunfo de ambos, de la amiga Rosalía y del amigo C. Tangana, reside en esa concepción del arte que algunos buenos artistas, por exceso de ingenuo romanticismo, con soberbia rechazan. Saber venderse. Y es que en el arte no deberíamos hablar, solo, de creación, también de cómo vender esa creación. Porque sin lectores en la novela, sin visitantes en las exposiciones, todo es insignificante. No sirve de nada entregar una vida al trabajo artístico si no se difunde y se sabe vender, si en lugar de conversación se sucede el monólogo. Arte y mercado, contra el trasnochado idealismo romántico, son dos realidades tan abstractas como complementarias.

Lo más probable es que tanto Rosalía como C. Tangana, si tan solo dependieran de su música, que sí, que convoca interés, que sí, que entrega calidad, no hubiesen alcanzando el reconocimiento que hoy día disfrutan ni hubiesen actuado delante de miles de personas. Si tan solo vendieran música, lo más probable es que fueran dos artistas conocidos –reconocidos, admirados- dentro sus propios círculos. Pero no se han conformado con eso y, ayuda de la industria, han elaborado un discurso que suscita polémica y que a su vez les sirve para crecer –darse a conocer- en sus carreras. En el caso de Rosalía, es el debate sobre las identidades –en un contexto político de nacionalismos y populismos-; en el caso de C. Tangana, es el artista cuya obra es irrelevante, porque la obra es el propio artista –en la época del narcicismo tuitero y de los nuevos líderes carismáticos-. Una idea similar a la noción del arte que predicó Andy Warhol, con esas medidas extravagancias suyas. Como aquella de desordenar su casa, mover muebles, tirar trastos, horas antes de una entrevista. Una entrevista de Pitita Ridruejo, quien siempre comenta que jamás se sorprendió ante la escena. Y es que cómo se va a sorprender de esa imagen alguien que habla con Jesucristo.

C. Tangana y Rosalía, además de invertir en la promoción y en la imagen, también han invertido el propósito común del artista: primero el discurso, que ahora viene el arte. Aunque este ya de por sí, una vez planteado, pueda seguir generando otros discursos. Los éxitos de C. Tangana y Rosalía están en que han sabido leer la sensibilidad de una generación para así captar atenciones, construir debates, encender discusión. Y ahí, cuando la hipnosis de la polémica –calculada por la industria, y qué- ha contagiado sus efectos, han diseminado la buena música, su buena música. Dando sentido, propósito cumplido, a su trabajo. Y uniendo factores que a veces, por prejuicios, algunos creen incompatibles pero que mutuamente se necesitan: el talento y la industria.

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En esta semana, que en Andalucía es política, el gran Manuel Jesús Roldán nos ilustró en su tuiter con dos fotos de un mismo año, 1917: una, de un altar del Señor de Pasión; otra, un cartel de la propaganda bolchevique. En la iglesia del Salvador de Sevilla se veneraba la idea de Dios mientras que en las fábricas de Petrogrado se iba fabricando, claro, una de las mayores revoluciones de la historia. Que como todas las revoluciones, siempre termina en una sustitución de tiranías: los que mandan ahora, el sanguinario dictador comunista, por los que mandaron antes, el autoritario absolutismo imperial. La Semana Santa de Sevilla convive con la historia política. Porque nada de lo humano le es ajeno; tampoco los siglos, el tiempo, que conoció. El tiempo de los Montpensier en Montserrat, el tiempo de Alfonso XIII en las Cigarreras, el tiempo de la Segunda República en la O, el tiempo del franquismo de Queipo de Llano en la Macarena, el tiempo de Luis Uruñuela en la Hiniesta, etc. La Semana Santa de Sevilla es sedimentación de los diferentes regímenes políticos de la historia contemporánea. Quienes, casi siempre, la usaron para beneficio propio: todo lo que congrega masas seduce, obvias razones, al interés político. Y de ahí que sea absurdo asociar etiquetas políticas a las hermandades por el hecho de que estas hermandades, en algún momento de la historia, tuvieran relación con tal o cual causa política. La Macarena no será franquista por Queipo de Llano del modo en que no es socialdemócrata si Susana Díaz acude el Jueves Santo a saludar a la junta de gobierno. La relación de las cofradías con la política de un tiempo, inevitable; la relación de la política con las cofradías, siempre deseada.

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Suele ser pregunta casi obligada, casi inevitable, en las reuniones de los amigos hispalenses, en las tertulias de la vida cofradiera: ¿darías el pregón? Salvo algunas  noches puntuales, noches de entusiasmo de garrafón en que me hayan dado más de las tres de la mañana con la hermandad de la canallesca, no recuerdo haber dicho que sí. Lo usual es que responda que no, que aquello del pregón no me interesa demasiado: porque es una dinámica algo desfasada, porque no concibo la escritura desde la complacencia y porque sospecho que levantarse un domingo tan temprano, y gratis, es una falta de respeto a los domingos. Y porque no se puede preparar nada interesante en un acto que tan sólo es social y en el que el público, en el fondo, no espera nada de ti, mucho menos algo interesante. A lo sumo, lo que ese público del teatro –y de esa Sevilla- busca es que alegres la mañana con la estampita previsible, con el poemita sentimental; lo que el público del teatro busca es que le cuentes lo que ellos quieren oír. Que es lo que ya oyeron el año pasado, y el otro, y el otro. No se puede concebir arte donde hay un público que desea propaganda. No se puede ofrecer un trabajo que sea original, es decir, bueno y propio, donde hay público de gusto predeterminado, y que además no admite otra alternativa. El formato tampoco ayuda: la misma imagen desde hace setenta años: alguien contando su historia durante una hora y media. Así que mejor dar a Dios lo que es de Dios, a los pregoneros profesionales –existen- lo que es de los pregoneros profesionales y a mí los domingos de pijama. Que como ellos, ninguno.

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Lo confiesan en la camilojoseceliana colmena de la calle san Gregorio: el consejo de cofradías es institución que ha perdido todo prestigio. Antes en privado y ahora en público, tanto Antonio Piñero como Francisco Vélez –dos hombres con un mismo destino, como cantara David Bustamante- coinciden en criterio: la degradación de ese consejo, de su consejo, se ha pasado de castaño oscuro. Castaño oscuro del color del café de Sainz de la Maza, claro. El hombre que con mayor alegría y ganas de fiesta vio un Santo Entierro y al que sólo le quedó beberse, precisamente, el producto que en familia fabricaba. Pero ahora que el agua pasada –y lo que no es el agua pasada- no mueve molinos de esta quijotesca historia, tanto la gente de Vélez como los nombres que acompañan a Piñero se han propuesto enmendar la plana y corregir la deriva moral de una casa que desde los tiempos de Adolfo Arenas y sus filtraciones es lo más parecido al Cluedo que se pueda imaginar. Con buenas palabras, sí; con buenas intenciones, más; con ideas concretas, pocas. Lo de siempre en estos casos. Ninguna de las dos candidaturas, más allá de los santos propósitos que todo el mundo desearía para sanear aquello, ha dejado nada claro. Ni tampoco ha ofrecido soluciones a los problemas de siempre y que hasta pereza da recordar: madrugada, Martes Santo, carrera oficial. En fin. Visto el panorama, recomiendo que vayan estos próximos días a ver a la Amargura. Que aunque paradojas, quita todas las penas. Y sin necesidad de sainzmazearse.

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Hay que disponer de mucha fe para creer en los tópicos que hacen fiesta a la Semana Santa de Sevilla. Incluso hay que disponer de más fe que en el motivo principal de la fiesta: el hombre que resucitó de entre los muertos y que así nos salvó y que así nos reserva la vida eterna. Es la Semana Santa de Sevilla celebración abundante de ficciones, idealismos, mitos, cuentística palabrería. Leyendas fantasiosas y clichés de serie que en muchas ocasiones dicen de la fiesta cosas que, con historiografía y lectura, no son. Hay veces que este desajuste entre realidad y ficción –mentira, a secas- sucede a causa de la memoria, otras a causa de la nostalgia y otras, mayoría, porque a los cofrades nos conviene. De estos clichés de serie, prefabricados en masa, es lugar común el de presumir de antigüedad, de presumir que la Semana Santa de Sevilla es una fiesta de no sé cuántos siglos, que parece que Colón salió de representación en El Corpus y que Carlos V, cuando se casó aquí en Sevilla, fue al palquillo de la Campana a que Manuel Cuevas le cantara una saeta. Pero no. La Semana Santa, la Semana Santa de Sevilla que hoy conocemos, es el resultado de una operación de marketing de Antonio de Orleans y de una renovación –o reinterpretación- estética en el siglo XX: bandas, flores, bordados, etc. Aunque haya quien presuma de siglos sin más convicción que la de su palabra. Pero esto, claro, es otra historia.

DEBATES PARA NO DEBATIR: POLÉMICAS, RETUITS Y MÁS

Conversaciones que en las redes sociales se definen como “guerras culturales” no pasan de anodino intercambio de impresiones en la sobremesa. Lo que en un lugar se predispone a palabras como “incendiar”, “polémica” o “ruido”, en el trato personal no va más allá de un debate moderado donde se exponen dos versiones de un mismo hecho. Y sin demasiada efusividad, sin intenso entusiasmo: el tema queda entre dos orillas cuyo río es de un caudal manso, de sosegado temperamento. Yo opino esto, tú opinas lo otro y poco más. Suele ser así: hay considerable diferencia en la manera en que tratamos los debates en las redes sociales y en la vida ajena al digital ruido.

Es extraño: por el modo en que los abordamos, parece que ni el contenido machista en las letras de Sabina o la connotación homófoba de las palabras o los límites del humor dan síntomas de importar demasiado a la sociedad distante de las redes sociales. Sin embargo, cuando estas cuestiones emergen en el ágora tuitera, transmiten sensación de ser temas relevantes, importantes, temas que captan toda nuestra atención, que generan comentarios, incluso artículos, incluso ensayos. Aunque nunca se llegue a conclusión, aunque siempre sea el perenne cacareo de dos partes que jamás se entienden. Porque quizá no haya nada que entender.

Las redes sociales dan apariencia de “diálogo”, pero su dinámica es distinta. Lo que triunfa en ellas no es el debate: no están diseñadas para el pensamiento sino para el ocio, la dispersión, las distracciones de otras tareas intelectuales. Tuiter se concibe desde el narcisismo, no desde la divulgación altruista o el foro de ideas; ahí no se va a aprender sino a lucirse o dar el espectáculo –en Rufián, por ejemplo, convergen ambas pretensiones-. No importa tanto dilucidar un hecho como ser el que mayor número de retuits e interacciones tenga al comentar ese hecho. Normalmente, desde el tono irónico, burlesco, de gracieta de instituto. Y casi siempre desde el cliché, desde el balbuceo, con el argumento de catálogo, la idea enlatada o el préstamo del tuitero. El por qué la palabra “mariconez” es homófoba qué más da, lo importante es que todo mi timelime sepa lo que pienso de la palabra “mariconez”; y sobre todo, que todos los que piensan como yo vean que pertenezco a su sensibilidad, que soy afín a ellos, que formo parte de su comunidad. Construyendo así no un pensamiento sobre una cuestión, sino identidades.

Lo que las redes sociales tienen de debate no es más que una sobreexposición de argumentos previsibles que no buscan el diálogo sino la identidad, que otros vean que perteneces a su camada. De ahí que estas cuestiones sean tan polémicas, tan “incendiarias” en Tuiter, y tan moderadas o apáticas o insulsas en la calle –un polémico en Tuiter y un moderado en la calle-. Porque en el fondo nos dan igual los planteamientos y los problemas que suscitan estas discusiones, porque no nos importan “los límites del humor” o el machismo en las letras de Sabina. Lo que nos interesa es que seamos nosotros, a base de retuits y de comentarios, los que tengamos alcance, los que tengamos difusión.

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Este pasado domingo, en Diario de Sevilla, el periodista Carlos Navarro Antolín  preguntó si el personal hispalense estaba un tanto cansado de tanta procesión. El pueblo hispalense del ágora tuitera respondió que sí, y quedó duda solventada, y menos mal: si no, la semana hubiese quedado con intriga, con sospecha. Y así no se llega a ningún sitio, dejando las intrigas de un domingo sin resolver. En mi caso, hace años que llegué a una conclusión parecida: ser capillita convencional, en esta ciudad, es algo muy cansado. Casi todos los fines de semana tienes evento festivo, y es que tan sólo libran algunos de agosto y poco más. Si no es una procesión de gloria, es una salida extraordinaria; si no es una procesión eucarística, es una coronación; si no es un vía crucis, es un concierto de bandas; si no es la última recuperación histórica de algo que no se hacía desde hace cuatro siglos pero que el archivero descubrió un sábado ocioso a la par que aburrido, es una charla, muy amena, sobre la catequesis kerigmática y mistagógica. Cómo no va a ser agotador pertenecer al gremio del capillismo, y encima gratis: cuadrar cuentas gratis, reuniones mensuales gratis, cargadores de trastos gratis. Lo que yo me pregunto, ahí va la incógnita que tendrá que solventarse esta semana, es si los medios no tenemos culpa, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, en esa saturación de las cofradías. Porque es cierto que todo lo que hemos escrito, pasa. Y no es menos cierto que allá donde pasa esta nimiedad con la que hemos sonreído, la contamos. Y la difundimos. Y la rentabilizamos. Y con las treinta monedas que nos sobran, pues nos callamos la conciencia.