QUIEN EXIGE POLÍTICA A LA CULTURA, ¿QUÉ PRETENDE?

Entre jóvenes creadores es frecuente el cultivo del arte político. La firma de escritores, poetas, ilustradores, incluso de periodistas culturales, nacidos en los ochenta y principios de los noventa, entrega su genio y su ingenio, su talento y sus dones, a la creación de tono político. Es casi inevitable: son chavales nacidos en un contexto de agitación social, de precariedad y de inestabilidad; de devaluación en las condiciones de vida de quien toma la cultura para ganarse los jornales -¿cuántas veces hemos oído eso de que los años noventa, en la industria del libro, fueron increíbles?-. De esa generación del desencanto proliferan artistas cuyo tema predilecto es la concienciación: la reivindicación y la denuncia social.

Es obvio que nada de recelo a quien ofrezca una obra de intenciones políticas, pero sí a una de sus variantes: a quien exige, pide, obliga al arte a pasar por eso que llaman “tener discurso”. A aquellos que demandan, necesariamente, que el artista tenga que dotar su oficio de carácter político, como si el pensamiento propio –ideológico- fuese un valor ineludible, un requisito sin el que no podríamos hablar de poema, de pintura, de canción; como si el verter la idea política en la obra fuese precepto. Quien  constantemente necesita de la lectura política en la producción del artista, y aquí la trampa que tantas veces se ha apuntado, no busca tanto un arte político como una sutil propaganda de sus ideas. Las personas que exigen política al arte no demandan cultura política sino que esta sea spam de “su idea política”. No se quiere un ejercicio artístico sino de proselitismo. El arte como vehículo de expresión y de legitimación intelectual de la idea política propia, de la persona. Nada nuevo, por otra parte; nada que no adivinara Octavio con Virgilio, nada que no practicaran los ideólogos de la Contrarreforma católica: inculcar, mediante el arte, la doctrina.

Sorprende que, en multitud de ocasiones, los jóvenes creadores –también los mayorcitos- presentan este arte con las etiquetas de rupturista, arriesgado, contestatario e incómodo. Estos atributos tendrían sentido en un contexto de represión política, como el régimen autoritario del nacionalcatolicismo o la Europa estalinista, la de las novelas de Kundera. Pero ¿hasta dónde se asume riesgo o incomodidad en un país en que la libertad de expresión es un derecho fundamental de la Constitución? En los últimos meses –año- se habla de poscensura, pero esta, a largo plazo, funciona más como una gratuita estrategia de publicidad que como un auténtico mecanismo de opresión entre ciudadanos. Aunque buena parte de la sociedad tendente a la izquierda se lo crea –más por necesidad de justificar sus ideas que por plena convicción-, nadie va a la cárcel por escribir canciones: suficiente con leer los sólidos –aunque puedan discutirse- argumentos jurídicos de cada caso para comprobarlo. Como escribe el escritor turco Orhan Pamuk, el arte político es urgente en un país en el que no haya otro modo de expresión política, un país en el que sea necesario acudir a la ficción para impulsar y difundir ideas, inquietudes, sátiras, y así esquivar la posible censura y la represión en el resto de ámbitos sociales y culturales. Pero esa no es la realidad de España, donde contamos con una democracia representativa y liberal que acoge las sensibilidades ideológicas de su tiempo. El arte político puede ser, pero no necesariamente debe ser. Es una facultad posible pero no una obligación primordial.

Lo paradójico del arte político es que presume de carácter revolucionario, pero posee un trasfondo complaciente. También, en ocasiones, mediocre y previsible. Y es que el arte político nace condicionado en el apellido. Por tanto, este decidirá –moldeará- los límites de aquel. El resultado será, en el supuesto de la narrativa –por ejemplo-, novelas bastante encorsetadas ya de partida, pues el oficio literario –el retrato de los personajes, la composición de la trama, el propósito de las acciones- es tan solo un medio para complacer, para alcanzar una propaganda determinada. El arte al servicio de la idea. La única finalidad, honesta, de quien siempre necesita, exige, la política en la cultura.

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Los cronistas y los escritores de cabecera –de guardia- en esta noble ciudad tratan la mañana del Corpus en sus artículos, en sus divagaciones, en sus elucubraciones, en esos breves y elocuentes ensayos con que ofrecen erudición y buen oficio a las fiestas locales. Ahí hablan de una ciudad que ya no es la de no se sabemos cuándo y que ha perdido la medida de no sé sabe nunca muy bien qué. Una galería de conceptos abstractos, constructos difusos, ideas vagas: un paraíso que ya no existe y que, me temo, nunca existió más allá de la literatura personalísima que crece en la nostalgia, esa cruel mentira de la memoria. Desde ahí parten a la descripción, a la disección de una estética que cruza las calles durante cuatro horas y que luego, como en el soneto de Cervantes, no hubo nada. Tan sólo, aunque no sabría decir si es poco, la teatralidad pasajera, nuestra mayor virtud. Pero tras la juncia, el romero, el seise y la plata indiana gastada de siglos, queda el tedio perezoso, la siesta languidecida, el comercio cerrado y el guiri sin rumbo. Tras el canto del coro y los graves sonidos en la vieja catedral, queda el eco cuya voz es nuestra voz. Y ahí vamos el resto de los días, y ahí vamos el resto de los meses. La festividad del Corpus enseña no tanto en su fachada como en su reverso, no tanto en esos cofrades que salen como en el instante en que ya no están delante de nosotros, discurriendo, saludando, vara en mano y medalla al cuello. Y es que la principal moraleja, la principal conclusión de esta fiesta que ya pasó no está en esa retratada mañana sino en la tarde que se ignora. Cuando su ciudad se muestra tal como es; es decir, tal como nadie la quiere ver: anodina y convencional. Una ciudad más. O sin más: una menos.

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No se ha inaugurado una de las muchas exposiciones que abundan desde hace años en las salas que van del ayuntamiento a la calle Sierpes. No es de esas exposiciones monocordes, idénticas a las anteriores, cansinas y plagiadas con que nos deleitan –qué verbo más propio- desde hace unos pocos de años. No es de esas exposiciones que no se montan tanto para exponer como para exponerse, no tanto para enseñar como para enseñarse en esa importancia tan cofradiera de ser –creer ser- un don nombre a partir de las ocho de la tarde: la mesa de juntas, el despacho de la secretaría, la foto con los concejales que pretenden concejelear en esos mundos de Dios, en fin, esas cosas. “Pasión según Sevilla” no es la fórmula conocida que alguien descubrió y que todos imitan desde su descubrimiento, sino la muestra –a esto se le puede llamar muestra- que ha organizado la hermandad de Pasión en estos últimos días del mes de mayo. Cuánto se agradece, en un mundo tan estéticamente monótono, la originalidad en la forma y en el contenido. Es cierto que el último ayuda, cómo no. Ahí están las fotos de mi colega Fran Silva, y el trabajo de Daniel Salvador; la historia de la propia cofradía –los Montpensier, gente muy lista y algo complaciente para beneficio propio, y Turina, y los infantes-; ahí está Cayetano González, y Juan de Mesa, y un Martínez Montañés, y Rafael Laffón, y José María Izquierdo, y Luz Casal. Lo que queda, que es mucho, hasta el 3 de junio, domingo, en el ayuntamiento. Un lugar en el que, de vez en cuando, y con obras como esta, se permite la poética del arte entre el prosaísmo de la ordenanza, el pleno municipal, la micropolítica del alcalde que no cuida los baches. Y menos mal.

DE AHÍ QUE SEAN INFLUENCERS

Los influencers, gremio que se reproduce y multiplica por obra y gracia de las redes sociales, sobre todo en esa reinvención de Narciso que apodaron Instagram, han invertido la lógica del ídolo: ya no es necesario admirar a alguien por una habilidad extraordinaria que nos emociona o que nos disecciona –nos desvela- los entresijos tantas veces inescrutables de la condición humana, ahora el ídolo lo será en la medida en que se parezca, se acerque, al seguidor; en la medida en que sea celebrada impersonalidad de la masa –contra la primera impresión que nos llevamos de ellos-. Así, la función de esta gente tan cool no es la creación de un estilo que se ponga de moda –influir- sino la afirmación de una identidad estética respecto de unos seguidores ya convencidos en esa moda. No es tanto influir en el gusto como darles a los seguidores lo que estos buscan en su propio gusto. La personalidad del seguidor está hecha: tan sólo falta que alguien le diga que está correctamente hecha.

Cualquiera con buena planta –término, en un mundo tan abierto como Internet, más asequible de lo que pudiera parecer-, una cámara de fotos y una red social puede convertirse en un referente –influencer– para multitud de personas. Pero ya que su influencia es servicial, dar a los demás lo que estos buscan, será un referente en la medida en que siga las pautas que sus seguidores esperan para que sea un referente; es decir, será un referente de partida limitado, y por tanto bastante simple o, al menos, visto. Esto sucede también en Youtube, con los youtubers, personas que suben vídeos de aparente originalidad a una plataforma. Pero suficiente consultar unos cuantos para ver que todos sugieren un guion más o menos parecido: en la edición, en el modo de contar, en la producción del vídeo –efectos en los cortes, gesticulación sobreactuada, proclive a un mensaje de tono contundente y viral-. Son tipos que resultan divertidos en cuanto los conoces, aunque aburran cuando los has conocido demasiado. Como la gente moderna o las personas simpáticas.

El éxito del influencer es que prescinde del concepto de éxito como lugar lejano al que muchos aspiran pero pocos llegan: no hay requisito laborioso para ser como ellos, todos tenemos –o podríamos tener- lo que ellos tienen: una cámara, una cuenta en una red social. De ahí que “conecten” con un público tan diverso, y es que quién quiere penitencia si se puede pasar directamente por el paraíso sin conocerla. El influencer no es más que cualquier persona con la que hayas tratado, cualquier individuo, mujer, que te encuentres en los pasillos de una discoteca o de una biblioteca universitaria –dada la edad de muchos de ellos-, alguien que tampoco milita fuera de los límites de lo común, y por eso, precisamente, tiene multitud de seguidores -la única diferencia respecto de esa gente convencional que te encuentras a diario-. Por lo demás: compran la ropa que cualquier usuario compra –de ahí que sean influencers-, salen por los lugares en los que cualquier usuario de la red social podría salir –de ahí que sean influencers-, en sus blogs cuentan las anécdotas personales que cualquier usuario podría contar –de ahí que sean influencers-. Estos, contra el cliché sobre las teorías de su fama, no imponen un estilo sino que toman el estilo de cualquiera, es decir, un estilo que desecha el estilo, y le dan un rango de autoridad, de canon, por el hecho de ser ellos los que copan –o copian- las listas de los más seguidos. Así de simple. No es tanto la influencia como la apropiación de la influencia. No es tanto la tendencia como la toma de esa tendencia. Quizá sea esa una distinción entre el artista y el influencer –por suerte aún hay clases-. Unos inspiran; otros conceden el visto bueno a unos fans para que estos puedan decir, sin duda alguna, qué es lo que inspira.

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Quizá no se trate de comprender sino de disfrutar o ignorar, pero si quedamos en casa en estos días en que se celebra la romería del Rocío, yo recomiendo –es nuestra condición- tres libros. El primero lo acaban de editar en Almuzara, de Antonio Sánchez Carrasco, fotógrafo, divulgador de las fiestas locales en la cámara y ahora en la escritura, con su El Rocío, presentado en este mes de mayo, a escasos días de que salgan las hermandades que tan bien retrata este retratista con quien comparto afinidad en dos placeres casi universales: la palmera de huevo y los chicharrones. De otro tono, El polvo del camino, de la siempre genial Eva Díaz Pérez, obra ajena –no abundan- a la servidumbre folclórica y a la apariencia de una fiesta que nunca es del todo lo que parece pero que tampoco suele ser lo que no parece. En esa media entre dos puntos de vistas –tan dogmáticos y categóricos como falsos e interesados-, esta novela. También podríamos hablar del libro que Antonio Burgos escribe en un ya lejano 1973, donde leemos curiosas palabras ya en desuso y paisajes perdidos en torno a la romería, donde no había tanta carretera y tanta carriola tipo halcón milenario con el famoseo de sobremesa y el político kitsch. Tres libros. Libros con los que estaremos allí sin estar allí; es decir, en el camino, pero con todas las comodidades de la vida occidental y contemporánea: una ducha caliente, una cama limpia, un sofá confortable: sin alergias ni picores de mosquitos inmensos como carretas juanrramonianas –tanto el picor como el mosquito- ni pies hinchados de kilómetros y arenas voluminosas. Porque aquello es para ir en el plan que tantos prejuiciosos que nunca han conocido el plan se suponen que es aquello: no me aguantan el primer día.

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El anuncio sobre el anuncio, la imagen sobre la imagen. Lo que ha pintado José María Pedernal rima –excúsame el ripio, que nada merece la obra- con lo genial de un concepto: la idea de un cartel contiene, a su vez, la propia idea del cartel. Un juego de significados que da bastante juego y, sobre todo, que vulnera todo precepto básico para las artes: evitar el aburrimiento. Y lo previsible, claro. En la pintura que celebra la fiesta del Corpus de Sevilla aparece una de esas numerosas convocatorias de cultos que los chavales del grupo joven pegan, cola y agua, en los blancos azulejos de las parroquias. Aunque el propósito, la utilidad, haya quedado en desuso, pues hoy día la comunicación exige otras formas, aún se ven estos carteles, estas convocatorias, por las calles y por los templos de esta ciudad nuestra. El cartel dentro del propio cartel, el concepto dentro del propio concepto. La obra de José María Pedernal propone, desde una dimensión tan limitada como un soporte que no tiene mayor profundidad, la profundidad; es decir, una nueva distancia, un nuevo límite, un nuevo espacio. Es el espejo del retrato de Giovanni Arnolfini, de Jan van Eyck; o el retrato de Felipe IV en Las meninas, de su paisano, de Velázquez, bautizado a pocos metros de donde Pedernal es el hermano mayor de su cofradía. Y ya que la intención, que aquí cuenta y logra, es transmitir un anuncio a quien se asome a esta pintura, en una de las esquinas queda retratado el logo de tuiter, principal canal de difusión en estos primeros años del siglo XXI. El único inconveniente de esta obra, el de todos: que aún no se pague. Que en el consejo de cofradías se siga confundiendo esa difusión, esa publicidad, por otra parte implícita en la idea del cartel, con el pan –motivo eucarístico- de cada día.

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Aunque el asunto pase de damasco oscuro, lo cierto es que casi siempre va moderadamente desapercibido. Hablamos de las reventas de las sillas en la carrera oficial y del negocio en el reparto aleatorio de estas entre personas que, si bien cercanas –padres, colegas, compañeros de curro-, no son sus propietarios. Lo que genera una situación que en las cultas palabras se llama nepotismo y en el lenguaje  de las andanzas populares, mamoneo. Junto con esa fraudulenta cesión de derechos al modo compadre –motor de las relaciones de sociedad, y trabajo, en la ciudad-, ahora tenemos noticia de otra cuestión: hoteles que ofertan sillas a sus clientes. Turistas que vienen a pasar una semana y que por alojarse en una habitación tienen derecho a sentar sus germánicas y centroeuropeas espaldas en las sillas de Quidiello, las cuales son propiedad de a saber quién. Un sutil modo de enseñar un típico rasgo nuestra cultura, tan dada a la picaresca y al ingenio de la corruptela. En este sentido, un aplauso para los departamentos de marketing de estos hoteles: el turista conocerá, sin impostura ni cliché, las costumbres locales. Por supuesto que el precio de esa silla está tan inflado -en relación con el que oferta el Consejo de Cofradías, responsable de la gestión- que los hoteles se garantizan un beneficio que les salvan las cuentas de esos meses de primavera. Lo peor del tema es que ese dinero debería ir a las cofradías, quienes son las que se benefician del pago, durante una semana, de la gente que tiene su silla en cualquier punto de la carrera oficial. Dinero que se destina a cubrir gastos de salida, de restauración de patrimonio, de cultos internos. Es decir: el dinero que es de todos los que hacen la fiesta termina en el bolsillo de unos pocos que hacen su agosto y su primavera. De esto, parece ser –siempre parece ser-, ni el Consejo de Cofradías ni Sainz de la Maza tenían noticia alguna. En cualquier caso, bien está que empiecen a tomar soluciones. Pero que se mantengan más de un año, por favor.