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Mejor será que la calle Sierpes siga con las salidas de emergencias obstruidas, con los espacios taponados, con los propietarios de las sillas convertidos en una única masa, como si aquello fuese un kraken vestido de traje oscuro y falda de la temporada primavera verano de Mango. Mejor será, claro, que la Campana incumpla todos los requisitos de seguridad y que si ocurre desgracia que propicie aglomeración, aquello sea una plaza sin más salida que el caos y el bullicio descontrolado, que siempre es lo idóneo en situaciones de pánico que todos, sin demasiado esfuerzo para la memoria, podemos recordar. Lo mejor en la carrera oficial será que apenas haya posibilidad de mover la pierna y estirar el brazo, pues lo más probable es que nos pisemos con el vecino de dos sillas más allá y, apurando, con las patatas del Big Mac que se está tomando el de enfrente. Lo mejor, lo conveniente, será que hagamos de las esencias, que siempre son falsedades, un argumento racional. Lo mejor será protestar por motivos estéticos, pues todos sabemos que la zona de la Campana, en comparación con el Paseo Colón, es  lugar de una inconfundible personalidad y de una, pongamos cursilada, arrebatadora belleza. Lo mejor, pero es que no hay ni que pensarlo, será que si se tienen que suprimir sillas para cumplir normativa, se supriman, aunque haya posibilidad de que esos usuarios puedan seguir disfrutándolas, con una modificación que ni grave ni costosa ni descabellada. Lo mejor será, es obvio, que todo siga su curso a pesar de que el curso ha cambiado. Lo mejor será esperar, como cantó el gran Julio Iglesias, que la vida siga igual. Esperar sentados, comodones, por supuesto. De toda la vida se ha hecho así.

¿UNA DERECHA QUE QUIERE SER IZQUIERDA? EL CASO JOSÉ MANUEL SOTO

Elegido embajador de Tabarnia en su ciudad natal, José Manuel Soto declara en un medio digital sevillano que se siente “un poquito como los cantautores que hacían canción protesta en los años sesenta”. Obviamos la diferencia primera, que es ética y política: en aquellos años hubo dictadura autoritaria donde hoy hay democracia liberal. Obviamos la diferencia segunda, que es estética: el interés que sugieren las canciones de unos comparado con las canciones del otro: donde antes escuchábamos reivindicaciones hoy tan sólo oímos folclore. Y que no podemos equiparar la censura franquista con el aburrimiento de tuiteros desahogados, que es lo que muchas veces pretende nuestro cantante embajador: posicionarse como alguien que sufre por decir sus verdades. Todo, apuntamos, por comentarios con faltas de ortografía en una red social.

Pero esa tesis de José Manuel Soto no es aislada, y además coincide con el criterio político de la derecha española, casi siempre más sociológica que política. Como todo grupo minoritario –la derecha conservadora de José Manuel Soto lo es-, palabras y hechos que suenen a persecución, linchamiento, censura, aislamiento social, contribuyen a formar una imagen de pensamiento marginal que es oportuna para legitimar posiciones, para dotar de razones políticas necesarias: lo que queda fuera de lo convencional, siempre seduce, siempre produce empatías, consecuencia de esa extraña –por otra parte también convencional- relación entre lo marginal y lo heroico, o entre lo minoritario y lo justo. La imagen de debilidad, en este caso, suple toda carencia de argumento o de propuesta motivada –Daniel Gascón hablaba, no hace mucho, de una idea similar-. Es significativo que de sus ideas los seguidores siempre dicen que son valientes, aunque el valor no suponga mérito alguno en este caso. Las ideas no necesitan de ser valientes sino inteligentes.

José Manuel Soto sufre un acoso tuitero en el que se siente como los cantautores perseguidos en la dictadura por motivos ideológicos. Pero Soto, inconsciente, necesita de esas notificaciones en el teléfono móvil, casi que disfruta de ellas, pues lo llevan a que “se sienta” como estos cantautores censurados, lo que a su vez coloca al cantante folclórico en la tesitura del hombre-héroe que se sacrifica por la idea, por sus principios, por sus convicciones. Una opción que, en la época de Marvel y de las películas de Hollywood, no es tan sufrida como rentable, atractiva.

Hay una derecha que se apropia de esa buena consideración social que tienen los movimientos sociales minoritarios, los que siempre quedan fuera de toda idea mayoritaria. Ese prestigio moral que denota la condición de outsider es el sustrato ideológico y ético de buena parte de los conservadores de hoy. Quienes son, claro, los conservadores de siempre. Tan sólo muta la estrategia. El caso de José Manuel Soto es otro más, uno de tantos que se disfrazan de apartados para captar la atención de los oyentes, de los lectores de su cuenta tuitera. Se diría que disfruta de lo que hace, que lo pasa bien en ese personaje épico: qué adrenalina en el cerebro cada vez que refresca las notificaciones. Se asemeja a aquellos ejecutivos de clase media que en las vacaciones se visten de atuendos hippies, desaliñados, para pasar la tarde en el chiringuito cool de Formentera o de Ibiza.

Pero lejos de esa pose de reivindicación que sirve casi de ocio, que no pasa de ser una experiencia momentánea, como el que compra uno de esos pack para bucear con tiburones o para salta de un puente, José Manuel Soto guarda coherencia en su discurso político, en ese nuevo propósito de embajador de Tabarnia. Por aquello que cantaba de dónde está la pared, pam, pam, que separa tu vida y la mía. Eso hay que reconocerlo.

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El pasado 19 de septiembre, la hermandad de la Macarena organizó una charla con periodistas –entre ellos el presentador de esta candelería que hoy se estrena- que han contado la salida de la cofradía, lo que llevó a una pregunta siempre compleja: ¿qué es la Macarena? Podríamos hablar de la noción de la Esperanza, del sentido de su virtud teológica en la Iglesia; podríamos describir el qué de la Imagen en el barrio, podríamos aproximarnos, desde el hecho, al concepto de la Virgen. Pero, aun diciendo todo desde el juicio objetivo, nos quedaríamos en nada. No es suficiente la descripción, la correcta definición de glosario; que es exacta, pero por exacta, limitada, y la Virgen de la Esperanza supera sus propios límites: devocionales, sociales, culturales. Desde una descripción objetiva de la Imagen no pasaremos de la frustración, de la palabra que siempre necesita de algo más. Que siempre necesita de la experiencia íntima, que es suma de memoria y de emociones. La Virgen de la Esperanza Macarena, al igual que la fiesta de la Semana Santa de Sevilla, no se define en los ensayos de los buenos divulgadores ni en los programas de mano que tan sólo sirven para mencionar el dato recurrente y la cifra prescindible. Porque la Virgen de la Esperanza Macarena tan sólo se asume desde la apreciación subjetiva, desde la intimidad de los recuerdos de quien la haya conocido en la mañana personal del Viernes Santo, en la estampa de la casa paterna. De ahí que estos periodistas dijeran que “se quedan sin palabras” cuando se acercan con un micro en la mano para narrar la salida del paso: contar su Imagen es contarse ellos. Y acaso mejor así: denostar toda lógica, toda explicación. Porque La Macarena no precisa de definiciones. Porque es una definición en sí misma.

A MÍ LA CORRUPCIÓN ME GUSTA MUCHO

Ocurre: muchas veces, sobre todo cuando se charla de política desde visiones opuestas, la corrupción deja de ser un hecho para el análisis y se convierte en un argumento para desacreditar las ideas de quien tengamos delante de nosotros. Sucede que en los casos de corrupción en los que estén implicados los ideológicamente afines a mi contrario, encontramos un gusto de absolvernos nosotros, de absolución de lo propio. Así, muchas de las noticias que compartimos en Twitter o en Facebook, en los grupos de Whatsapp de los amigos o en las charlas de sobremesa, no pretenden tanto debatir, encontrar errores y soluciones, como demostrar cómo de equivocada está la idea del que me discute: si se charla, por ejemplo, sobre políticas públicas –educación, sanidad, temas recurrentes-, casi siempre habrá quien recuerde casos de corrupción de uno y otro partido, de una y otra perspectiva, más liberal o más socialdemócrata, para demostrar que el otro se equivoca. “Cómo van a gestionarlo así, si mira lo que hicieron con esto”, sería el argumento.

Es un extraño regocijo en el error del otro. En la corrupción ajena, cuando no coincidimos con las ideas de esos otros, nos invade una sensación de triunfo de nuestro criterio. En ese planteamiento, en esa conducta, la corrupción no es más que un medio de legitimación de nuestros intereses. Al exponerla al público, al compartirla en nuestras redes sociales, a nuestros seguidores, no se busca tanto la acusación o la solución de un problema que afecta a la sociedad como una autoafirmación de nuestras creencias. Si el votante de derechas lee en la prensa un caso de corrupción de un partido de izquierdas, irá a compartirlo, para enseñar a los demás lo equivocados que están. La corrupción no importa tanto. O importa en la medida en que me beneficia en el proselitismo.

Esa manera de comportarse se asemeja a los lectores que mantienen fobias con periodistas de ideas contrarias, normalmente columnistas relevantes en sus medios –y en la sociedad-. Apenas leerán columnas suyas, apenas seguirán lo que publican; pero basta con que haya un día en que publiquen una columna que ofrezca polémica para que estos acudan a su odiado columnista de cabecera y compartan -para aplauso de todos-  las opiniones, según ellos, tan despreciables que el columnista ha escrito. Hay un componente narcisista de recreo en la idea propia, de volver a dar –a darte, a ti mismo- la razón una vez más. El concepto: no me gusta este tipo y, aunque tenga mayoría de columnas durante el año en las que se pueda discrepar de pasada e incluso estar de acuerdo, compartiré la que tanto rechazo causa a los míos, a los que piensan como yo. Incluso se ha llegado a pensar que ellos, esta gente que odia tanto, necesitan de ese columnista más que sus lectores.

Este uso de la corrupción para definirse en la idea, para darse la razón, para tener ocasión de decir “disfruten lo votado” también es similar a quien comparte hechos circunstanciales que hace pasar por habituales, y todo porque concibe que ese hecho circunstancial, que regala el papel de víctima, es lo habitual. Este criterio es común en minorías sociales y en confesiones religiosas: una pintada de un símbolo anarquista en las puertas de una iglesia es consecuencia de una sociedad anticlerical.

En ocasiones, de manera inconsciente o deliberada, buscamos respuestas en la corrupción, bien para justificar nuestras ideas, bien para desprestigiar los argumentos de los otros, bien para confirmar nuestros prejuicios y nuestras fobias. Mientras, claro, todo lo que sí importa sigue sin remedio, y casi sin culpa.

ESOS RAROS PACÍFICOS: DE GOLPE A GOLPES

Casi un año desde que el nacionalismo catalán comenzara –invocara- el procés y la cronología advierte evidencia: el independentismo no opta por el pacifismo, no es un movimiento político pacífico. Contra el cuento macabeo, el relato, impuesto desde la propaganda de la política independentista catalana, apenas nada en él se ha preparado desde la intención de las buenas maneras: ni políticas ni jurídicas ni sociales. No ha habido ejemplo ni demostración alguna de civismo, aunque en su legítima perorata traten de venderse en lo contrario. En este casi año que ha durado, está durando, su pretensión separatista, en multitud de ocasiones hemos visto, leído, oído, cómo se insistía, desde ese tono tan soberbio de quien explica una trasparente obviedad, en que el independentismo era ante todo un proyecto pacifista. Recordemos las comparaciones de Puigdemont con Mandela, por citar uno de los tantos irrisorios capítulos que esta trama nos ha regalado.

Pero nada de pacifismo en quien en la calle agrede sedes de partidos adversarios y en las instituciones desprecia, coacciona, ignora, las ideas del que se mantiene al margen. No han sido pocos los momentos en los que el independentismo ha mostrado una actitud violenta respecto de sus contrarios: desde ataques a los locales de Ciudadanos hasta tratar de imponer la voluntad personal –popular apuntan ellos- a la ley de todos, al consenso cívico de una sociedad democrática en la que dudamos que crean, tanto por interés partidista como por estrategia política. Aquello del nacionalismo  moderado, hoy día, se reserva para una sociedad catalana que no sabemos muy bien dónde está. Desde luego que no se encuentra entre quienes apoyan con votos a los separatistas ni entre los que permiten, aunque sea por omisión, la intromisión de la idea –la mentira- en unas calles que bien estarían ajenas a la mancha de la discordia, de la provocación, cuyo nombre lleva lazo de color amarillo.

En esa actitud tan insistente sobre el pacifismo en los discursos del independentismo subyace otra lectura. No hay tanta intención de ser pacífico como de buscar en el pacifismo un modo más de provocación y, a su vez, de activar un victimismo que es eje sobre el que depositan toda la arquitectura de su propaganda. Está premeditado, lo saben: los independentistas que apelan a una supuesta voluntad pacífica cuando al mismo tiempo imponen el criterio particular sin mayoría ni respaldo legítimo alguno, provocan a la sociedad, quien reaccionará con el rechazo a la propuesta, lo que propiciará esa caricatura de víctima, de imagen de la opresión de un Estado, de una sociedad que no comprende las aspiraciones del nacionalismo y que condiciona la libertad de una opción política que es legítima, pero que no acepta las reglas de la democracia.

Y así vamos para el año. Un año desde que todo empezara. Un año en el que el independentismo ha demostrado cuáles son sus objetivos, sus formas, sus prioridades y sus ventajas. Entre estas últimas, con los hechos en la memoria, ninguna; entre las primeras, la división de la sociedad catalana, la tergiversación, la provocación, el disturbio y un pacifismo muy raro: del golpe a los golpes. De la toma de las instituciones al odio en los parques.

DIGO LIBERAL EN EL ABORTO Y CONSERVADORA EN LA GESTACIÓN SUBROGADA, Y A LA IZQUIERDA LE PITAN LOS OÍDOS

Acude la izquierda al debate sobre la gestación subrogada. Un asunto en el que podría proponer juicios que contribuyeran a limitar, que es razonar, un dilema de la sociedad de hoy. Sin embargo, las únicas aportaciones que se oyen son de discrepancia, sin mayor propuesta o motivo. Una discrepancia sin aparente causa ni explicación argumentada que, al menos así se intuye, emana de intenciones morales: no se debe poner precio al vientre de una madre biológica para que otras familias, suelen apuntar que de mejor posición social, sean los padres de ese recién nacido. Así lo expusieron en una nota redactada desde Podemos: “(…) nos oponemos a cualquier cambio legislativo que permita esta práctica en España, porque consideramos que vulnera los derechos humanos de las mujeres en nuestro país y en el mundo, al introducir en las leyes del mercado la capacidad reproductiva de las mujeres, con el consiguiente riesgo de explotación”.

Está bien, aun a falta de conclusión razonada, que la izquierda ofrezca ese criterio, lo que asombra es que esos escrúpulos morales respecto de la gestación subrogada no se manifestaran en otro asunto de naturaleza similar: el aborto. Sorprende la inflexible certeza con la que la izquierda defiende sus ideas en relación con la gestación subrogada, ideas que pasarían por conservadoras –están próximas al humanismo cristiano- en un debate sobre el aborto, donde la voluntad de la persona era el principal argumento progresista para defenderlo. Mi cuerpo, mis decisiones, decían. Si en el aborto se interrumpe una vida en gestación por diversas razones personales, en la gestación subrogada una persona decide, del mismo modo, gestar una vida para ofrecerla a una familia, pareja, matrimonio, incapaz de procrear. ¿Por qué la izquierda toma en el aborto la decisión personal como un argumento para su defensa y no contempla ese criterio en la gestación subrogada? ¿Por qué se muestra tan liberal en un supuesto y, en principio, tan conservadora –aquí coincidirían con buena parte de la doctrina católica- en otro? No se sabe con precisión, aunque podría imaginarse una respuesta tan decepcionante como simple: porque la gestación subrogada es una medida propuesta por un partido socioliberal cuya etiqueta, para la mayoría del electorado de izquierdas, es de derechas: Ciudadanos.

Parece que las objeciones de la izquierda a la gestación subrogada –que podríamos tener objeciones; de hecho, hay debate-  no son por su contenido sino por quién enunció primero ese contenido. No es tanto un rechazo a la propuesta como un rechazo a quien formula esa propuesta, de dónde viene la idea. El desenlace de esa coyuntura es un ideario de letanía papagaya que incurre en obvias contradicciones, en tesis sin argumentos, en panfleto prefabricado.

QUIEN EXIGE POLÍTICA A LA CULTURA, ¿QUÉ PRETENDE?

Entre jóvenes creadores es frecuente el cultivo del arte político. La firma de escritores, poetas, ilustradores, incluso de periodistas culturales, nacidos en los ochenta y principios de los noventa, entrega su genio y su ingenio, su talento y sus dones, a la creación de tono político. Es casi inevitable: son chavales nacidos en un contexto de agitación social, de precariedad y de inestabilidad; de devaluación en las condiciones de vida de quien toma la cultura para ganarse los jornales -¿cuántas veces hemos oído eso de que los años noventa, en la industria del libro, fueron increíbles?-. De esa generación del desencanto proliferan artistas cuyo tema predilecto es la concienciación: la reivindicación y la denuncia social.

Es obvio que nada de recelo a quien ofrezca una obra de intenciones políticas, pero sí a una de sus variantes: a quien exige, pide, obliga al arte a pasar por eso que llaman “tener discurso”. A aquellos que demandan, necesariamente, que el artista tenga que dotar su oficio de carácter político, como si el pensamiento propio –ideológico- fuese un valor ineludible, un requisito sin el que no podríamos hablar de poema, de pintura, de canción; como si el verter la idea política en la obra fuese precepto. Quien  constantemente necesita de la lectura política en la producción del artista, y aquí la trampa que tantas veces se ha apuntado, no busca tanto un arte político como una sutil propaganda de sus ideas. Las personas que exigen política al arte no demandan cultura política sino que esta sea spam de “su idea política”. No se quiere un ejercicio artístico sino de proselitismo. El arte como vehículo de expresión y de legitimación intelectual de la idea política propia, de la persona. Nada nuevo, por otra parte; nada que no adivinara Octavio con Virgilio, nada que no practicaran los ideólogos de la Contrarreforma católica: inculcar, mediante el arte, la doctrina.

Sorprende que, en multitud de ocasiones, los jóvenes creadores –también los mayorcitos- presentan este arte con las etiquetas de rupturista, arriesgado, contestatario e incómodo. Estos atributos tendrían sentido en un contexto de represión política, como el régimen autoritario del nacionalcatolicismo o la Europa estalinista, la de las novelas de Kundera. Pero ¿hasta dónde se asume riesgo o incomodidad en un país en que la libertad de expresión es un derecho fundamental de la Constitución? En los últimos meses –año- se habla de poscensura, pero esta, a largo plazo, funciona más como una gratuita estrategia de publicidad que como un auténtico mecanismo de opresión entre ciudadanos. Aunque buena parte de la sociedad tendente a la izquierda se lo crea –más por necesidad de justificar sus ideas que por plena convicción-, nadie va a la cárcel por escribir canciones: suficiente con leer los sólidos –aunque puedan discutirse- argumentos jurídicos de cada caso para comprobarlo. Como escribe el escritor turco Orhan Pamuk, el arte político es urgente en un país en el que no haya otro modo de expresión política, un país en el que sea necesario acudir a la ficción para impulsar y difundir ideas, inquietudes, sátiras, y así esquivar la posible censura y la represión en el resto de ámbitos sociales y culturales. Pero esa no es la realidad de España, donde contamos con una democracia representativa y liberal que acoge las sensibilidades ideológicas de su tiempo. El arte político puede ser, pero no necesariamente debe ser. Es una facultad posible pero no una obligación primordial.

Lo paradójico del arte político es que presume de carácter revolucionario, pero posee un trasfondo complaciente. También, en ocasiones, mediocre y previsible. Y es que el arte político nace condicionado en el apellido. Por tanto, este decidirá –moldeará- los límites de aquel. El resultado será, en el supuesto de la narrativa –por ejemplo-, novelas bastante encorsetadas ya de partida, pues el oficio literario –el retrato de los personajes, la composición de la trama, el propósito de las acciones- es tan solo un medio para complacer, para alcanzar una propaganda determinada. El arte al servicio de la idea. La única finalidad, honesta, de quien siempre necesita, exige, la política en la cultura.

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Los cronistas y los escritores de cabecera –de guardia- en esta noble ciudad tratan la mañana del Corpus en sus artículos, en sus divagaciones, en sus elucubraciones, en esos breves y elocuentes ensayos con que ofrecen erudición y buen oficio a las fiestas locales. Ahí hablan de una ciudad que ya no es la de no se sabemos cuándo y que ha perdido la medida de no sé sabe nunca muy bien qué. Una galería de conceptos abstractos, constructos difusos, ideas vagas: un paraíso que ya no existe y que, me temo, nunca existió más allá de la literatura personalísima que crece en la nostalgia, esa cruel mentira de la memoria. Desde ahí parten a la descripción, a la disección de una estética que cruza las calles durante cuatro horas y que luego, como en el soneto de Cervantes, no hubo nada. Tan sólo, aunque no sabría decir si es poco, la teatralidad pasajera, nuestra mayor virtud. Pero tras la juncia, el romero, el seise y la plata indiana gastada de siglos, queda el tedio perezoso, la siesta languidecida, el comercio cerrado y el guiri sin rumbo. Tras el canto del coro y los graves sonidos en la vieja catedral, queda el eco cuya voz es nuestra voz. Y ahí vamos el resto de los días, y ahí vamos el resto de los meses. La festividad del Corpus enseña no tanto en su fachada como en su reverso, no tanto en esos cofrades que salen como en el instante en que ya no están delante de nosotros, discurriendo, saludando, vara en mano y medalla al cuello. Y es que la principal moraleja, la principal conclusión de esta fiesta que ya pasó no está en esa retratada mañana sino en la tarde que se ignora. Cuando su ciudad se muestra tal como es; es decir, tal como nadie la quiere ver: anodina y convencional. Una ciudad más. O sin más: una menos.

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No se ha inaugurado una de las muchas exposiciones que abundan desde hace años en las salas que van del ayuntamiento a la calle Sierpes. No es de esas exposiciones monocordes, idénticas a las anteriores, cansinas y plagiadas con que nos deleitan –qué verbo más propio- desde hace unos pocos de años. No es de esas exposiciones que no se montan tanto para exponer como para exponerse, no tanto para enseñar como para enseñarse en esa importancia tan cofradiera de ser –creer ser- un don nombre a partir de las ocho de la tarde: la mesa de juntas, el despacho de la secretaría, la foto con los concejales que pretenden concejelear en esos mundos de Dios, en fin, esas cosas. “Pasión según Sevilla” no es la fórmula conocida que alguien descubrió y que todos imitan desde su descubrimiento, sino la muestra –a esto se le puede llamar muestra- que ha organizado la hermandad de Pasión en estos últimos días del mes de mayo. Cuánto se agradece, en un mundo tan estéticamente monótono, la originalidad en la forma y en el contenido. Es cierto que el último ayuda, cómo no. Ahí están las fotos de mi colega Fran Silva, y el trabajo de Daniel Salvador; la historia de la propia cofradía –los Montpensier, gente muy lista y algo complaciente para beneficio propio, y Turina, y los infantes-; ahí está Cayetano González, y Juan de Mesa, y un Martínez Montañés, y Rafael Laffón, y José María Izquierdo, y Luz Casal. Lo que queda, que es mucho, hasta el 3 de junio, domingo, en el ayuntamiento. Un lugar en el que, de vez en cuando, y con obras como esta, se permite la poética del arte entre el prosaísmo de la ordenanza, el pleno municipal, la micropolítica del alcalde que no cuida los baches. Y menos mal.