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Frase común entre un prototipo de cofrade hispalense, esa que dice que se ha perdido el sentido de la medida. Es habitual leer la expresión, tan abstracta como vacía, en artículos de la prensa cofradiera, en comentarios catastrofistas que insisten en un tiempo de absoluta hecatombe, el de hoy, frente a otro tiempo que ya pasó, donde todo era idílico, impoluto e inmaculado. El problema es que nunca se sabe muy bien dónde está ese tiempo, si en una Semana Santa donde las juntas de gobierno  tenían que reunirse en un cabildo para saber si había dinero para salir o si está, quién sabe, en aquella Semana Santa de los años setenta u ochenta, donde el exceso –que no nos falte de nada- era criterio común en la estética de la fiesta. Los partidarios de esa idea de haber perdido algo que se llama medida rara vez nos especifican dónde estuvo esa medida que se ha perdido, y en cuanto echamos un repaso a la historia de la Semana Santa sevillana, empezamos a sospechar, a tener indicios: la Semana Santa que ellos buscan tiene más de literatura que de historia, más de cuento costumbrista que de análisis histórico. Es, puede, una medida que nunca ha existido más allá de las idealizaciones de cada uno y que, además, no se puede cuantificar, pues casi siempre coincide con lo que cada persona considera que es la medida. Al final, parece, que todo se resume en que se ha perdido la Semana Santa que a mí me gusta, y la que yo quiero que, sobre el resto, prevalezca. El apuro llega cuando toca descubrir que esa fiesta perdida nunca ha existido. Ni existió. Ni existirá.

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Las elecciones cofrades en estos meses de junio, desde hace años tan habituales, suelen darse entre dos candidaturas que ofrecen proyectos que no disienten tanto entre sí, que no se diferencian demasiado unos de otros. Los lemas, por ejemplo, más o menos los mismos: palabras con buenas intenciones, unión entre los hermanos, cuidar y querer mucho a la gente. Tampoco se distinguen, y basta con echar un vistazo por las webs de las hermandades, los programas de cada candidatura: como mucho, donde uno pretende apostar en una estética, otros apuestan otra. A primera vista, asombra que todas las candidaturas llamen a la unidad entre hermanos pero sean estas las que rompen esa pretensión de unidad, y asombra que leamos lo que se supone que son dos proyectos diferentes y encontremos diferencias que son, a lo sumo, nimiedades estéticas sin la menor importancia. ¿Por qué, si no hay diferencias relevantes, suelen presentarse dos opciones? Porque estas candidaturas tan habituales de junio, también de octubre, son, más que propuestas de unos, cuentas pendientes a los otros. Y porque, en el fondo, lo único que se busca es liquidar fobias personales, inquinas de unos, reticencias de otros. Estas candidaturas casi siempre se plantean sobre temas que afectan a la hermandad pero, si indagas, descubres que tan sólo se procuran asuntos personales. El nombre de la hermandad y sus necesidades son el pretexto sobre el que se satisfacen las necesidades de unos pocos nombres que apenas nadie conoce y que, en realidad, nada importan.

LAURA FREIXAS DICE QUE

La pasada semana, la escritora Laura Freixas escribió un tuit en el que difundía unas líneas del último ensayo del filósofo político Manuel Arias Maldonado, editado en Anagrama. El texto del tuit, que a su vez acompañaba una foto con el párrafo del libro, decía así: “Juro que he empezado este libro sin prejuicios, con buena voluntad. He resistido 59 páginas (de argumentos sinuosos, tramposos, tirar la piedra y esconder la mano) y lo he dejado al llegar a este párrafo. No hará falta que lo comente, ¿verdad?”.

El párrafo al que Freixas se refiere, sin prejuicios, con buena voluntad (sic),  es una cita que Arias Maldonado toma de otro autor, donde se escribe: “(…) Volkmar Sigusch, director durante treinta años del Instituto Científico Sexual ligado a la Universidad Goethe de Frankfurt, ha afirmado que una sociedad sin prostitución le resulta inimaginable, pues en ella se multiplicarían los homicidios y las agresiones sexuales, lamentando de paso la mezcla de hipocresía y puritanismo que nos impide reconocer su funcionalidad social”.

Quizá Laura Freixas no tenga nada más que comentar, pero cualquier lector, incluso con muchos prejuicios y con muy mala voluntad, podría advertir que no es lo mismo la cita de un autor cualquiera y el argumento o el criterio político del autor que firma el ensayo. Es decir, que el hecho de que un autor, en su ensayo, tome las palabras de otra persona no significa que este esté de acuerdo con las de aquel. Es una deducción tan simple que da un poco de reparo comentarla.

Pero parece que la escritora no sólo no ha caído en la obviedad sino que la expone, sin el menor pudor, en su cuenta personal de Twitter, donde tantos seguidores son sensibles, contrarios, a lo que se enuncia en las palabras que Arias Maldonado toma prestadas. Aquí abandono las verdades materiales y entro en el sinuoso y sin dudas tantas veces tramposo lugar para las conjeturas y las hipótesis, aunque tirando la piedra y sin esconder la mano. Laura Freixas es consciente de que cualquier párrafo en el que un autor insinúe las ventajas de la prostitución en la sociedad de hoy –bueno, y de cualquier época- será repudiado (compartido) por sus seguidores, siempre a favor de la autora del tuit-protesta y en contra del autor que defienda esa tesis. E imaginamos, porque todos la hemos vivido, la satisfacción moral que nos provocamos al ver que trescientas personas apoyan lo bueno que somos. Como cuando, de niños, decíamos a los compañeros que nuestro dibujo no era tan bueno como el de ellos, pero sólo para que nos dijeran que éramos pequeños genios de la pintura. O como cuando, de adultos, tratamos de señalar nuestros defectos pero para compararlos con los del otro y no quedar tan mal. En fin, cinismo, fariseísmo tuitero, oportunismo viral. Todo eso.

Las defensa de las causas políticas nobles, cuando todo el mundo nos observa, cuando en todo ese mundo buscamos saciar nuestras vanidades, no son tan defensa de las causas políticas nobles como de nosotros mismos, de nuestro estatus personal o de nuestra reputación. Cuando así ocurre, ese interés en nuestra sociedad que aparenta, en principio, altruismo,  alcanza colores más egocéntricos, como cuando contamos en el perfil de Facebook nuestro desinteresado viaje de verano para ayudar a personas desfavorecidas.

Qué bien que Laura Freixas esté en contra de las palabras de la cita. Pero todo se distorsiona cuando parece que trata a la realidad no como es, sino como le gustaría que fuese. Y todo para así seguir reafirmándose en su propia cosmovisión ideológica. Es curioso: al final, para seguir perpetuando una realidad de la que disiente.

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De la romería del Rocío se tiene mala imagen: la fiesta del golfo católico devoto de la bacanal pagana. Ese concepto prejuicioso, que además resulta muy rentable, porque incita al morbo, es el obligado en las televisiones de la prensa rosa y en los reportajes sensacionalistas. Yo fui al Rocío con esa idea en la cabeza, con la idea de una fiesta donde predomina el bárbaro de apellidos con familia de moral conservadora y romance extramatrimonial en las cuadras de la casa. No sé, hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío una foto en las marismas; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío días sin un mínimo murmullo de civilización contemporánea; hay gente que va al Rocío y se lleva del Rocío ampollas en los pies y hay gente, estos los más inteligentes, que va al Rocío y se lleva del Rocío un día y medio sin pagar un duro y gozando los placeres del ocio y del tiempo libre. Yo del Rocío, de la primera vez que con diecisiete años pisé el Rocío, me llevé mucho más que una creencia religiosa, un recuerdo sentimental o una fiesta gratis: me llevé una casa amable y convencional que me invitó a compartir mesa. Me llevé un revés a mis prejuicios y me llevé una pauta que me ha ido acompañando día tras día: antes de hablar, conoce. A mí el Rocío me enseñó, sorpresa, el primer principio del hombre ilustrado: que el mundo no está hecho de simples caricaturas con las que nos evitamos pensar por nosotros mismos.

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Todos hemos sido ellos, y ellos han sido nosotros. Son los amigos que conocemos sin conocer, esos extraños conocidos que nos encontramos en la bulla de la cofradía de glorias, y en la presentación del cartel de la fiesta, y en el tapeo que la hermandad ofrece tras la conferencia de un amigo en común. Gente que nos suena de cara, gente que nos suena de pandillas y de cenáculos capillitas; gente que sabemos quiénes son aunque nunca nos hayan presentado y con la que nos delatamos en el elocuente saludo de una mirada más o menos sospechosa y más o menos cómplice. Yo me encuentro en estos domingos de Virgen de la Alegría o de Virgen de la Salud con los amigos periodistas, me encuentro con Mario Daza y con Pablo Lastrucci, cómo no encontrarse con quien siempre está buscando algo: la información, la mirada, el programa. Y entre saludos, esos extraños conocidos, esos amigos de la bulla, esos amigos que conocemos aunque aún nadie lo sepa en esta ciudad que ahora es, más bien, pueblo. El inconveniente de estos compañeros del crimen es que nunca mides cuánto saben de ti, que de tanto conocer sin conocerse vienen los prejuicios, las ideas preconcebidas y esas cosas. Luego se irán, y te irás, y ya nada hasta la próxima cofradías de glorias en la calle, o el próximo corpus, o la próxima carreta, o la próxima exposición en el Mercantil. Y así, de próximo en próximo, os iréis viendo mientras os ve otro que siempre conoce y, a su vez, olvida: el tiempo, que pasa, que no vuelve.

TRAMPAS DEL INDEPENDENTISMO: LA SOLUCIÓN POLÍTICA

Durante estos días de procedimientos parlamentarios y de necesarias formalidades democráticas, políticos independentistas con escaños en el Congreso y entrevistas en medios nacionales hablaban de represiones del Estado español. También comentaban que lo que Cataluña necesita es una solución política al conflicto. Es una frase enlatada que se repite en los círculos de partidos afín a la secesión: solución política al conflicto, solución política al conflicto. Junto con la mitificación, la deliberada idealización victimista, del uno de octubre, la solución política al conflicto es una de las trampas más difundidas por la propaganda independentista.

Cuando ellos hablan de solución política lo que quieren decir es nuevas concesiones gratuitas (de las que además saben que son inviables) y cuando hablan de conflicto lo que buscan es un enemigo con el que justificar una falsa imagen de represión. Ha sido la estrategia que el nacionalismo (después independentista) ha adoptado desde hace años: aprovechar la vaga percepción, heredada de la dictadura, de Cataluña como un lugar culturalmente sometido a la hegemonía del españolismo. Esa idea de pueblo oprimido con el que tenemos una deuda pendiente es la coartada para sentirse con el derecho, con la potestad, de exigir todo tipo de demanda política, hasta el punto de imaginar, de pretender, que la voluntad de nacer en un sitio, la voluntad de pertenecer a un lugar, es motivo suficiente para eludir la ley de todos, incluso de los suyos. De los propios catalanes.

No puede haber solución política si eludimos el perímetro legal que entre todos, nosotros como representados y ellos como representantes, hemos elaborado. El independentismo lo sabe, el independentismo, de Torrent a Rufián, de Junqueras a Turull, entiende las consecuencias de sus actos, pero, lejos de asumir realidades evidentes, continúa explotando la idea del perseguido, del preso político, del censurado, del Estado que reprime una aspiración legítima. El político que toma decisiones fuera de la norma se sale del acuerdo legal, del pacto legal básico, que hace funciona cualquier democracia con un mínimo de garantías para ser llamada así. El político que incurre en hechos punibles empieza a ser otra cosa. Las causas de los independentistas hoy juzgados en el Supremo no pueden tener respuesta política: son ellos mismos los que dejaron de hacer política para imponer la voluntad de sus propios deseos a cualquier coste. Aun así, insisten en esa idea tan tramposa de la solución política, pues conviene sugerir la imagen del Estado intransigente que no admite negociación ni palabra. De nuevo: la posición de víctima es, en este caso, un privilegio.

Los diputados en prisión preventiva no pueden ejercer sus derechos porque lo impide el reglamento del Congreso, no por un ánimo de censura o de prohibición de expresión política, como irresponsable insinuaba Iglesias a los periodistas en la rueda de prensa del pasado lunes.  Es más: la propuesta política de ERC ocupa asientos y escucharemos sus discursos desde la tribuna. Pero la política siempre queda dentro de las leyes que en ese Congreso se debaten, se deciden y se redactan. Los que vayan más allá de la decisión acordada por todos, es tema de otros edificios donde, por mucho que la propaganda independentista quiera inculcarnos su credo, se ofrece justicia, y no venganza. Porque es derecho de un país democrático y no imposición autoritaria.

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Sorprendió a quien veía el pasado sábado el palio de la Virgen de los Ángeles, ya de vuelta de la catedral. Anduvo dando pasos hacia atrás. Constantemente, a lo largo del recorrido. Con el asombro de muchos, varios tuiteros aprovecharon para difundir vídeos de un palio de la Virgen de los Ángeles en los años ochenta con andares de costero a costero, casi a la manera de Cádiz. Últimamente se percibe un regreso a esos años de agrupación musical y de algunos excesos, cuando no excentricidades. La crítica a una etapa de recogimiento y de intimismo, de predominio de lo que los capillitas suelen llamar “místico”, ha resultado ser una vuelta a esos años ochenta. Empieza a no verse con buenos ojos esa contención estética, general contención estética, de la Semana Santa, a la que se acusa de “falta de naturalidad”, como si esos ochenteros andares tan desmedidos fuesen consecuencia de una necesidad espontánea y no de una calculada moda. Moda que, por cierto, quizá por suerte, fracasó. Que un palio tan original y tan de su tiempo como el de la Virgen de los Ángeles caiga en el error de imitar anacronismos que se ponen de moda es una contradicción significativa. Ahí vemos dónde estamos, y a dónde vamos: para atrás, obvio.

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Cuando vea la Virgen de los Ángeles, quizá nos pongamos impostados, estupendos, eruditos, y digamos que en ese palio está Bizancio y toda la evocación del Oriente helenístico, del arte paleocristiano, que ahí va un poco de Santa Sofía en Estambul y otro tanto de la pintura de Giotto, del Quatrocento en Florencia. Pero por encima de siglos, por encima de obras de arte y de los nombres sin muerte, lo que importa es que en ese palio recuerdo a José Manuel Fernández, sacristán de san Roque, el hombre al que en la burocracia le pidieron los papeles de la empresa y al día siguiente apareció con la Biblia en la ventanilla del funcionario.  Cuando vea a la Virgen de los Ángeles camino del centro, conmigo irá la calle Recaredo número 17, donde viví hasta la pubertad; e irán partidos de fútbol en el patio de vecinos, balón del Mundial del 2002, primeras sudaderas Quicksilver, el dejar los legos de Star Wars a un lado porque me ha dicho que a ella le gustas; y tardes de llamar al porterillo para preguntar por el amigo, que entonces ni Whatsapp ni móvil (aún quedaban lejanos el Messenger y el dame un toque de la adolescencia). Hay hermandades que más que un nombre, más que una imagen, son la vida de uno. Hecho del que interesa escribir porque casi siempre es la de todos. Todos tenemos esa hermandad que lleva en sí parte de nuestra memoria, de nuestros recuerdos. Y ahí, supongo, está el sentido, la respuesta, de cuando nos preguntamos de qué va esto.

LOS QUE GOBIERNAN Y LOS QUE GANAN

Casi todos los analistas y periodistas centraban, antes del día de ayer, el enfoque en Vox, la novedad populista de la derecha. Se han escritos muchos artículos intentando explicar el fenómeno, se ha debatido sobre ellos en las televisiones (aquel esperpéntico e innecesario debate sobre las armas) y se han publicado libros, ensayos, conversaciones. Aunque todo esto ha ocurrido hace escasas semanas, en el partido de Abascal hablaron de un deliberado veto por parte de los medios de comunicación. Asombra.

Y aunque la cobertura mediática ha sido considerable (desde los inicios de Podemos no se había visto nada parecido, en cuanto a la atención), Vox queda desinflado, sin cumplir las expectativas torpemente (o no) generadas por la reacción de muchos de sus adversarios. En las encuestas, en los mítines, en tuiter y en la calle pronosticaron un número de escaños muy superior al que han logrado. Ortega Smith, con tono y maneras de speaker de un campo de fútbol, habló a sus simpatizantes de ser la resistencia, de ir contra la dictadura progre (todo populismo necesita de un enemigo que es ficticio pero que todos identifican sin pensar demasiado) y de que van a representar a quienes estaban olvidados. Dijo que ellos eran la resistencia (otro inconfundible rasgo del método populista, además de ir a la contra sin mayor intención propositiva, es definirse como un sujeto de tintes heroicos). En la voz estaba nervioso, decepcionado, tratando de disimular lo que era un evidente fracaso.

El otro partido que tampoco cumplió expectativas, aunque hiciera leve crítica del hecho, fue Unidas Podemos, con Iglesias y Garzón evitando las respuestas categóricas a los periodistas y dando rodeos sobre decisiones de pactos, aunque se puedan intuir. Un partido que ha perdido casi la mitad de los escaños, que ya no genera debate ni ocupa el lugar que hace poco más de un par de años tuvo en la política nacional, hablaba, con cierta ambigüedad, de haber conseguido metas, objetivos. Es lógico que buena parte de su electorado, sobre todo el que pudo darles posibilidad de gobierno, haya dejado de creer en un proyecto político que no ha cumplido ni una sola de las propuestas que en un principio pensamos que llevaba; Podemos se ha convertido en un partido más de la izquierda anticapitalista, como pudo serlo en su día Izquierda Unida. Eso, más decisiones contradictorias con su ideario y peleas internas que dieron imagen de debilidad en el liderazgo –que cuestionaron el liderazgo- de Iglesias, ha llevado al partido a una cuarta fuerza que queda lejos de lo que un día fue.

Hablaban los tertulianos de un bloque de izquierdas, vencedor, y de un bloque de derechas, perdedor. Pero lo que quizá queda retratado es un bloque de moderados, ganador, y un bloque de populistas y de reaccionarios, perdedor. Es cierto que estos últimos, como en su día los nacionalistas de siempre –ya sea pacto con el PP de Aznar o con el PSOE de Zapatero-, serán decisivos para alcanzar gobierno. Pero siempre supeditados a partidos cuyos votantes no han elegido discursos excluyentes, maniqueos o populistas.

Quizá sea pecado de optimismo, pero de estas elecciones de 2019, de su resultado, podríamos decir que el viralismo de tuiter no es indicativo de los intereses de la sociedad. Y que la moderación es el tono general que en esta prevalece. No han ganado los que hacen oposición a los que se arrodillan ante la dictadura progre ni los que cacarean que esta España podía estar gobernada por un Partido Popular y un Ciudadanos que, cuando menos, son los herederos legítimos del Movimiento Nacional.