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Del pasado Domingo de Pasión, dos tiempos: la mañana y la tarde. En la mañana fue el pregón, el pregón de Charo Padilla, de quien todos coincidieron en que fue “el pregón de la calle”. Lo que no sé, por lo que charlamos al salir, en la puerta del teatro, es si esa calle hizo suyo el pregón. Allí no dio esa impresión. Más de una señora abriendo el móvil y mirando Whatsapp, más de un diputado de formación pensando en el piripi de Antonio Romero y más de un prioste repasando la lista de tareas pendientes en el besamanos de su hermandad. Comentarios honestos y sin micros, al salir: psss, tuvo momentos; es su vida, está bien, pero, no sé;  se me ha hecho un poco pesado. Y eso. Después, segundo tiempo: la tarde, la tarde de la lluvia y de la humedad, el mármol de la parroquia encharcado. En la tarde del pregón ocurre, todos los años, que vuelves a reencontrarte con esa gente que conoces, y te conocen, sin conocer. Esa gente de la que dices “siempre las mismas caras, qué pereza”. Son personas que han sido otros y que eres tú y que siempre vuelven a casa por Cuaresma. Son esos amigos tan de las fiestas locales, de los días de bullicio, esos amigos localistas que están siempre en la sospecha. El saludo tímido en el mejor de los casos, la mirada cómplice pero distante en la mayoría. Y al terminar la tarde, llegar a casa. Quitarte la ropa arreglada y culminar con ese momento tan placentero como poco contado: cuando te rascas la marca de los calcetines, la de la pantorrilla. La próxima vez que lo hagas, ay, doble gustito: será Domingo de Ramos.

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Nunca subieron a un atril y no proliferan entre las relaciones clientelares del capilleo, consecuencia: su obra apenas se conoce, aunque sean mejores poetas que tantos nombres conocidos y reconocidos. Hablo de una nómina ajena a los cenáculos cofradieros y que escribieron de cofradías como no lo han hecho los pregoneros oficiales y los profesionales del sentimentalismo kitsch del griterío ripioso. Son escritores –escritoras también- que se acercaron y se acercan a la Semana Santa de Sevilla con una mirada tan solvente como discreta –el sinónimo de la elegancia-, sin compadreos con juntas de gobierno ni relaciones interesadas entre diputados de tal y hermanos mayores. Podríamos decir de Javier Salvago, con su poema al Jueves Santo, o Víctor Jiménez, contando San Bernardo, o Jacobo Cortines y su Madrugada, o Juan Lamillar o Lutgardo García. Podríamos decir, qué imágenes y qué tema, la fe de Manuel Mantero o también Eva Cervantes o María Sanz. Escritores que vieron la celebración desde el buen hacer del oficio y el ánimo de contribuir con obra, no de contribuirse a sí mismos cultivando la vanidad a costa de una fiesta que congrega público. Aunque honesto y elegante, el resultado de esa decisión es, y quizá una mejor labor de divulgación sería conveniente –como la del doctor Francisco de la Puente sobre Juan Sierra-, un pasotismo por parte de quienes están vinculados con las hermandades y, por tanto, nula capacidad de valorar lo que estos nombres han dado a la fiesta. Todo esto, sí, en la semana del pregón. Donde siempre vamos con la intención de que algo cambie. Excepciones, aunque pocas, las ha habido.

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El 11 de septiembre de este año se hará aniversario de la muerte de Juan Sierra. Treinta años desde que el poeta muriera en aquellas últimas semanas del verano de 1989, el Barrio León, la ceguera. Como Rafael Porlán o Adriano del Valle o Romero Murube, Sierra anduvo entre el neopopularismo lorquiano, metáfora, símbolo y sencillez expresiva, y las diferentes corrientes de eso que llamamos las vanguardias, que tan pronto envejecieron. Con ese estilo, con esa dicotomía, ya tendría ganada, al menos, la curiosidad de los nuestros. Pero Juan Sierra, además de escribir tan sólo cuatro libros y una recopilación de artículos publicados en prensa, limitó demasiado el tema de su poesía, lo que puede despistar. Es cierto que se le ha leído muy poco y se le recuerda menos, pero no es menos cierto que se le ha leído muy mal. Es una coyuntura habitual entre los de su generación, la que algunos consideran escisión y quizá sea suma o complemento, la generación de Mediodía, ese 27 sevillano. A ellos les sucedió que, al centrar el tema de la obra en su ciudad natal, algunos la confunden con el costumbrismo folclórico, con el tipismo del octosílabo pregonero. Sierra gusta no por cómo resuelve formalmente su poesía sino porque habla de hermandades y, a su vez, no interesa no por cómo resuelve su poesía sino porque habla de hermandades. Ni unos ni otros se enteran de nada. El poema del Cristo del Calvario no es bueno o malo, no interesa o deja de interesar, por lo que trata sino por cómo lo trata. Que treinta años después lo leamos no con los ojos del gusto sino del criterio. Y sin prejuicio. Mejor homenaje, pocos.

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Definir la heterodoxia es un absurdo: el sentido del concepto se pierde. Pero aunque por su propia naturaleza no tenga definición, si me piden que dé una noción de qué es la heterodoxia en la Semana Santa diría que no es lo opuesto a la ortodoxia sino al aburrimiento. La Semana Santa puede ser heterodoxa o puede ser sesgada, pobre, incluso falsa. Poco más. Y de ahí que yo anime a acudir al CICUS a las charlas de La Muy y de El Paseo. Porque allí siempre cabe el disenso y la comunión entre diferentes, alejando cualquier sospecha del grupo de interés. Cuántas veces ha sido la cultura -la Semana Santa es una manifestación más de esta- el nombre que le hemos puesto al ascenso social, a la notoriedad pública, al nombre en negrita. Cuántas veces ha sido la cultura local  la excusa  para destacar una idea, un pensamiento o un criterio propio que interesa a una comunidad. Nada de eso en esta sala, en estos viernes de triduo, donde lo que importa es la conversación entre contrarios. Una conversación que algunos dirán que será la heterodoxia ortodoxa, con el ingenio de un oxímoron manido, pero que nunca se podrá comparar al criterio sesgado: mientras unos parten de lo diverso hacia lo común, los otros no irán más allá de lo segundo. Mientras los primeros aceptan la pluralidad como punto de partida, los otros parten del dogmatismo. En las charlas del CICUS se puede decir que hay Sevilla y no una Sevilla. Por eso, qué poco y tanto, merece acercarse, merece la cita, merece la celebración.

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El cartel de Manolo Cuervo en la Macarena no es la previsible entrega de la aburrida estampita, como escribía Grosso, ni tampoco la pretenciosa modernidad que tiene origen en el complejo de que somos caspa y grasita. En el primer estilo, que es alabado por aquellos que valoran el arte según el gusto, predomina el epígono, la copia descarada; en el segundo, que aparenta ser otra cosa pero que no es más que idéntica respuesta, abunda la pirueta vanguardista, que suele tener más de vanguardia por el nombre y por las intenciones que por el resultado. Pero quienes conocen el arte defienden, con buenos argumentos, que aquel será siempre una suma de esos nombres, y de esas intenciones pero, también, de resultados. De que la obra tenga un sentido y una justificación –aquí interviene la técnica-, y esta a su vez transmita y diga –aquí interviene la creatividad-. El cartel de Manolo Cuervo despacha cualidades de esa técnica y de esa creatividad. El color, tan cálido, tan intenso, es sensación de lo que evoca una imagen como la de la Macarena, que puede ser filia o puede ser fobia, pero que siempre es energía, viveza, eclosión. Y el retrato a la manera de Warhol, como una Marilyn de nuestra sociedad, con toda la interesante lectura que se propone. La pintura, aquí, traslada un significado, explica el hecho, narra lo que algunos habrán vivido. Ahí es donde está el virtuosismo, ahí está la diferencia entre el pintor amateur y el artista total. A Manolo Cuervo le sobran las etiquetas de moderno o de vanguardista, es mucho más: es alguien que ha dicho casi todo en una imagen que dice tanto.

ESTOS SON MIS COMPLEJOS

Lo escribió hace unos días Santiago Gerchunoff en Twitter: “Hay un 97.56 % de posibilidades de que una persona que utiliza la expresión “sin complejos” sea estúpida y tenga malas intenciones”. Desde hace unos años, últimos del zapaterismo, primeros de Rajoy, se ha puesto de moda en ciertos ambientes liberales y conservadores la expresión “sin complejos”. Hay en ese eufemismo, como también dijo Jorge de Palacio en El Mundo, una radicalidad que se asocia a la autenticidad; es decir, a tener la razón, por inercia, en las discusiones: el que habla sin complejos significa que algo de verdad lleva en lo que expone. Como si las posiciones moderadas o tibias fuesen ejemplo de que algo se silencia, algo se oculta, algo se calla. Una conducta que, en la época de la incontinencia verbal y de sobreexposición de nuestras ideas en internet, sugiere hipocresía.

Daniel Capó también ha escrito de este personaje. Quien habla “sin complejos” es la persona que se ampara en esa expresión para que todos toleremos sus exageraciones, sus medias verdades o sus opiniones sesgadas y con frecuencia estrambóticas. La coletilla le ofrece una inmunidad de reproche respecto de sus contrarios: es que es un outsider, un rebelde, un incomprendido. Entendedlo. Alguien que lee a intelectuales que no están bien vistos, a articulistas que dicen lo que otros callan. Con esa actitud que históricamente se asoció a la izquierda y que la derecha tomó, sobre todo desde plataformas como la de HazteOir  de Arsuaga y similares, para hacerlas suyas: el inconformista, el subversivo y el que va a contracorriente son personas a las que hay que escuchar, porque algo, casi por naturaleza, van a decir. El carácter imprime verdades sistemáticas.

La buscada posición de marginalidad concede un lugar de privilegio en los debates. Quien está en el margen, quien va adonde otros no acuden –normalmente por inteligencia o por vergüenza-, de manera deliberada, parte desde una extraña situación de ventaja. Esa inevitable pero más que discutible situación es aprovecha por la persona que “sin complejos” suelta su discurso. Quien no sólo busca que sus estridentes opiniones sean escuchadas sino, también, sean aceptadas. La coartada de ir sin complejos no es sólo un escudo para legitimar la mala intención y la estupidez pintoresca, también es una forma de que los demás me acepten, me compren, esas malas intenciones y esa estupidez tan folclórica. Es común que cuando se ignoren los argumentos o estos se refutan, adopte el carácter de ese rebelde quinceañero incomprendido, al que el mundo no ignora o discute, sino que censura y, por qué no, persigue. La superestructura contra ellos.

Lo que no quieren sospechar los “sin complejos” –quién con más complejos que aquel que advierte de que no los tiene- es que nos convienen analistas acomplejados, vecinos acomplejados, políticos acomplejados. Al menos en la manera en que ellos entienden el complejo, que es, para el resto, la complejidad. Desde un temperamento donde nos pensamos las ideas antes de comentarlas en público; desde una prudencia que es virtud en la persona y que le confiere sensación de debilidad y de duda. Algo que siempre viene bien a la hora de tomar decisiones y de emitir juicios críticos. También de cuidar eso a veces tan desdeñado y que se llama convivencia.

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Lutgardo García me contó la anécdota de los Testigos de Jehová y Rafael Porlán. Un día de estos que tiene la vida, fueron los primeros a convencer al segundo, a lo que Porlán respondió: “Yo sólo creo en religiones que tienen armaos de la Macarena”. Parafraseando la estupenda salida por la tangente, podría decir: “Yo sólo creo en religiones que tienen a poetas como Lutgardo García”. Es una anécdota divertida que bien pudo ser  tomada en el libro de otro autor, estudioso de la historia, Manuel Jesús Roldán, quien el próximo catorce de marzo estará, a las siete y media de la tarde, en la Casa del Libro, que es del libro pero también será la vuestra. Y como estamos recordando anécdotas, ahora que se cumplen cuarenta años de una Transición que por interés político algunos, y casi una generación, denostan, me acuerdo de que en una ocasión me contaron el mitin que Rafael Alberti dio en Ciudad Jardín, en la primavera de 1978. Más de cuarenta años desde que el escritor comunista recitara, según cuentan crónicas, un poema casi de pregón. Yo imagino a ese Alberti en el mitin del PCE, banderas rojas, puños en alto. Me lo imagino entre tanto ideal, simpatizando con una masa que hacía cuarenta años, resentida, quemaba iglesias mudéjares y que allí aplaudió, con ilusión, ese poema en el que llama camarada a la Macarena. En un gesto, natural gesto, de concordia. En el gesto de una España, de una Sevilla, que superaba pasado. Y que despacha su épica, claro, pero es que conviene creer en épicas que tienen esas realidades.

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Ahora que Antonio Machado cumple aniversario, una curiosidad: la de su conocido poema, La Saeta. La Saeta es un poema escuchado y conocido, pero no sé si del todo entendido. Como bien indica Antonio Burgos en un artículo publicado en ABC, la Saeta no es un poema folclórico, de cofradías, sino un poema que rechaza, o al menos cuestiona, ese folclore cofradiero. La última estrofa, que no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en el mar, es clave para comprender el poema, para interpretar su sentido. Aquí Machado prefiere al Dios desprovisto de la tortura de la pasión y de, se entiende, la connotación folclórica y un tanto tribal, que es rasgo de la Semana Santa de Sevilla: sin la estética de la flor, la madera trabajada y los materiales preciosos. La Saeta es un poema que declina la costumbre local, la manera en que Sevilla prepara y manifiesta su Semana Santa. Machado no buscaba el homenaje, el elogio, el reconocimiento entusiasta de cancioncilla pregonera, sino emitir una sutil –y moderada, tampoco es que esto sea un libelo anticlerical- animadversión hacia las tradiciones católicas de Andalucía. Y en todo este contexto, qué curioso, cada vez que una agrupación musical interpreta la Saeta, muchos son los aplausos, venga izquierdo, venga sobre los pies, del público. Un público que está escuchando una interpretación mal interpretada; y que aplaude una letra que cuestiona lo que ellos aplauden. Como si detrás de La Paz nos pusiéramos a cantar La Macarena. Más o menos.