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Cuando vea la Virgen de los Ángeles, quizá nos pongamos impostados, estupendos, eruditos, y digamos que en ese palio está Bizancio y toda la evocación del Oriente helenístico, del arte paleocristiano, que ahí va un poco de Santa Sofía en Estambul y otro tanto de la pintura de Giotto, del Quatrocento en Florencia. Pero por encima de siglos, por encima de obras de arte y de los nombres sin muerte, lo que importa es que en ese palio recuerdo a José Manuel Fernández, sacristán de san Roque, el hombre al que en la burocracia le pidieron los papeles de la empresa y al día siguiente apareció con la Biblia en la ventanilla del funcionario.  Cuando vea a la Virgen de los Ángeles camino del centro, conmigo irá la calle Recaredo número 17, donde viví hasta la pubertad; e irán partidos de fútbol en el patio de vecinos, balón del Mundial del 2002, primeras sudaderas Quicksilver, el dejar los legos de Star Wars a un lado porque me ha dicho que a ella le gustas; y tardes de llamar al porterillo para preguntar por el amigo, que entonces ni Whatsapp ni móvil (aún quedaban lejanos el Messenger y el dame un toque de la adolescencia). Hay hermandades que más que un nombre, más que una imagen, son la vida de uno. Hecho del que interesa escribir porque casi siempre es la de todos. Todos tenemos esa hermandad que lleva en sí parte de nuestra memoria, de nuestros recuerdos. Y ahí, supongo, está el sentido, la respuesta, de cuando nos preguntamos de qué va esto.

LOS QUE GOBIERNAN Y LOS QUE GANAN

Casi todos los analistas y periodistas centraban, antes del día de ayer, el enfoque en Vox, la novedad populista de la derecha. Se han escritos muchos artículos intentando explicar el fenómeno, se ha debatido sobre ellos en las televisiones (aquel esperpéntico e innecesario debate sobre las armas) y se han publicado libros, ensayos, conversaciones. Aunque todo esto ha ocurrido hace escasas semanas, en el partido de Abascal hablaron de un deliberado veto por parte de los medios de comunicación. Asombra.

Y aunque la cobertura mediática ha sido considerable (desde los inicios de Podemos no se había visto nada parecido, en cuanto a la atención), Vox queda desinflado, sin cumplir las expectativas torpemente (o no) generadas por la reacción de muchos de sus adversarios. En las encuestas, en los mítines, en tuiter y en la calle pronosticaron un número de escaños muy superior al que han logrado. Ortega Smith, con tono y maneras de speaker de un campo de fútbol, habló a sus simpatizantes de ser la resistencia, de ir contra la dictadura progre (todo populismo necesita de un enemigo que es ficticio pero que todos identifican sin pensar demasiado) y de que van a representar a quienes estaban olvidados. Dijo que ellos eran la resistencia (otro inconfundible rasgo del método populista, además de ir a la contra sin mayor intención propositiva, es definirse como un sujeto de tintes heroicos). En la voz estaba nervioso, decepcionado, tratando de disimular lo que era un evidente fracaso.

El otro partido que tampoco cumplió expectativas, aunque hiciera leve crítica del hecho, fue Unidas Podemos, con Iglesias y Garzón evitando las respuestas categóricas a los periodistas y dando rodeos sobre decisiones de pactos, aunque se puedan intuir. Un partido que ha perdido casi la mitad de los escaños, que ya no genera debate ni ocupa el lugar que hace poco más de un par de años tuvo en la política nacional, hablaba, con cierta ambigüedad, de haber conseguido metas, objetivos. Es lógico que buena parte de su electorado, sobre todo el que pudo darles posibilidad de gobierno, haya dejado de creer en un proyecto político que no ha cumplido ni una sola de las propuestas que en un principio pensamos que llevaba; Podemos se ha convertido en un partido más de la izquierda anticapitalista, como pudo serlo en su día Izquierda Unida. Eso, más decisiones contradictorias con su ideario y peleas internas que dieron imagen de debilidad en el liderazgo –que cuestionaron el liderazgo- de Iglesias, ha llevado al partido a una cuarta fuerza que queda lejos de lo que un día fue.

Hablaban los tertulianos de un bloque de izquierdas, vencedor, y de un bloque de derechas, perdedor. Pero lo que quizá queda retratado es un bloque de moderados, ganador, y un bloque de populistas y de reaccionarios, perdedor. Es cierto que estos últimos, como en su día los nacionalistas de siempre –ya sea pacto con el PP de Aznar o con el PSOE de Zapatero-, serán decisivos para alcanzar gobierno. Pero siempre supeditados a partidos cuyos votantes no han elegido discursos excluyentes, maniqueos o populistas.

Quizá sea pecado de optimismo, pero de estas elecciones de 2019, de su resultado, podríamos decir que el viralismo de tuiter no es indicativo de los intereses de la sociedad. Y que la moderación es el tono general que en esta prevalece. No han ganado los que hacen oposición a los que se arrodillan ante la dictadura progre ni los que cacarean que esta España podía estar gobernada por un Partido Popular y un Ciudadanos que, cuando menos, son los herederos legítimos del Movimiento Nacional.

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Ellos fueron los reyes del Martes Santo y de la viralidad tuitera, del mensaje que todos compartimos en guasap para triunfar de graciosos con las amistades ociosas. Para ellos, para estos chavales del sentimiento exagerado de la vida –o hiperbólico, como dicen ahora los analistas de la política nacional-, se les echó el barrio a la calle y media España con parte de la otra. Lo habrá visto: en las calles del Cerro del Águila, en la salida de la Virgen de los Dolores, Dolores, guapa, unos pocos chavales gritan y lloran sin pudor ante el paso de la Imagen. Ante la Imagen de una imagen, esta en minúscula, que es la huella de un tiempo. Del tiempo de la apariencia impostada ante la cámara del móvil, del artificio emocional plastificado de una fotografía de Instagram, de la búsqueda de la atención, ya sea mediante el like o el precio del ridículo. En esos chavales, que copian conductas extendidas en la flora cofrade de la provincia de Sevilla, está el signo de unos años. Se asemejan a esas personas que protestan en las bullas por las maneras incívicas del resto. Pero no por afear ese incivismo, sino por quedar ellos por encima, para que todos, los demás de esa bulla, comprueben la moral impoluta de la que se presume. Como tantas veces hacemos en nuestros apuntes políticos en tuiter, donde no queremos aportar sino que otros vean que aportamos. El resultado de la impostura: la fiesta sin más contenido que el meme viral, la fiesta sin mayor dimensión que el hazmerreír del resto, la fiesta que parece viva, extasiada, pero que está vacía, y es pobre.

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Del pasado Domingo de Pasión, dos tiempos: la mañana y la tarde. En la mañana fue el pregón, el pregón de Charo Padilla, de quien todos coincidieron en que fue “el pregón de la calle”. Lo que no sé, por lo que charlamos al salir, en la puerta del teatro, es si esa calle hizo suyo el pregón. Allí no dio esa impresión. Más de una señora abriendo el móvil y mirando Whatsapp, más de un diputado de formación pensando en el piripi de Antonio Romero y más de un prioste repasando la lista de tareas pendientes en el besamanos de su hermandad. Comentarios honestos y sin micros, al salir: psss, tuvo momentos; es su vida, está bien, pero, no sé;  se me ha hecho un poco pesado. Y eso. Después, segundo tiempo: la tarde, la tarde de la lluvia y de la humedad, el mármol de la parroquia encharcado. En la tarde del pregón ocurre, todos los años, que vuelves a reencontrarte con esa gente que conoces, y te conocen, sin conocer. Esa gente de la que dices “siempre las mismas caras, qué pereza”. Son personas que han sido otros y que eres tú y que siempre vuelven a casa por Cuaresma. Son esos amigos tan de las fiestas locales, de los días de bullicio, esos amigos localistas que están siempre en la sospecha. El saludo tímido en el mejor de los casos, la mirada cómplice pero distante en la mayoría. Y al terminar la tarde, llegar a casa. Quitarte la ropa arreglada y culminar con ese momento tan placentero como poco contado: cuando te rascas la marca de los calcetines, la de la pantorrilla. La próxima vez que lo hagas, ay, doble gustito: será Domingo de Ramos.

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Nunca subieron a un atril y no proliferan entre las relaciones clientelares del capilleo, consecuencia: su obra apenas se conoce, aunque sean mejores poetas que tantos nombres conocidos y reconocidos. Hablo de una nómina ajena a los cenáculos cofradieros y que escribieron de cofradías como no lo han hecho los pregoneros oficiales y los profesionales del sentimentalismo kitsch del griterío ripioso. Son escritores –escritoras también- que se acercaron y se acercan a la Semana Santa de Sevilla con una mirada tan solvente como discreta –el sinónimo de la elegancia-, sin compadreos con juntas de gobierno ni relaciones interesadas entre diputados de tal y hermanos mayores. Podríamos decir de Javier Salvago, con su poema al Jueves Santo, o Víctor Jiménez, contando San Bernardo, o Jacobo Cortines y su Madrugada, o Juan Lamillar o Lutgardo García. Podríamos decir, qué imágenes y qué tema, la fe de Manuel Mantero o también Eva Cervantes o María Sanz. Escritores que vieron la celebración desde el buen hacer del oficio y el ánimo de contribuir con obra, no de contribuirse a sí mismos cultivando la vanidad a costa de una fiesta que congrega público. Aunque honesto y elegante, el resultado de esa decisión es, y quizá una mejor labor de divulgación sería conveniente –como la del doctor Francisco de la Puente sobre Juan Sierra-, un pasotismo por parte de quienes están vinculados con las hermandades y, por tanto, nula capacidad de valorar lo que estos nombres han dado a la fiesta. Todo esto, sí, en la semana del pregón. Donde siempre vamos con la intención de que algo cambie. Excepciones, aunque pocas, las ha habido.

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El 11 de septiembre de este año se hará aniversario de la muerte de Juan Sierra. Treinta años desde que el poeta muriera en aquellas últimas semanas del verano de 1989, el Barrio León, la ceguera. Como Rafael Porlán o Adriano del Valle o Romero Murube, Sierra anduvo entre el neopopularismo lorquiano, metáfora, símbolo y sencillez expresiva, y las diferentes corrientes de eso que llamamos las vanguardias, que tan pronto envejecieron. Con ese estilo, con esa dicotomía, ya tendría ganada, al menos, la curiosidad de los nuestros. Pero Juan Sierra, además de escribir tan sólo cuatro libros y una recopilación de artículos publicados en prensa, limitó demasiado el tema de su poesía, lo que puede despistar. Es cierto que se le ha leído muy poco y se le recuerda menos, pero no es menos cierto que se le ha leído muy mal. Es una coyuntura habitual entre los de su generación, la que algunos consideran escisión y quizá sea suma o complemento, la generación de Mediodía, ese 27 sevillano. A ellos les sucedió que, al centrar el tema de la obra en su ciudad natal, algunos la confunden con el costumbrismo folclórico, con el tipismo del octosílabo pregonero. Sierra gusta no por cómo resuelve formalmente su poesía sino porque habla de hermandades y, a su vez, no interesa no por cómo resuelve su poesía sino porque habla de hermandades. Ni unos ni otros se enteran de nada. El poema del Cristo del Calvario no es bueno o malo, no interesa o deja de interesar, por lo que trata sino por cómo lo trata. Que treinta años después lo leamos no con los ojos del gusto sino del criterio. Y sin prejuicio. Mejor homenaje, pocos.

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Definir la heterodoxia es un absurdo: el sentido del concepto se pierde. Pero aunque por su propia naturaleza no tenga definición, si me piden que dé una noción de qué es la heterodoxia en la Semana Santa diría que no es lo opuesto a la ortodoxia sino al aburrimiento. La Semana Santa puede ser heterodoxa o puede ser sesgada, pobre, incluso falsa. Poco más. Y de ahí que yo anime a acudir al CICUS a las charlas de La Muy y de El Paseo. Porque allí siempre cabe el disenso y la comunión entre diferentes, alejando cualquier sospecha del grupo de interés. Cuántas veces ha sido la cultura -la Semana Santa es una manifestación más de esta- el nombre que le hemos puesto al ascenso social, a la notoriedad pública, al nombre en negrita. Cuántas veces ha sido la cultura local  la excusa  para destacar una idea, un pensamiento o un criterio propio que interesa a una comunidad. Nada de eso en esta sala, en estos viernes de triduo, donde lo que importa es la conversación entre contrarios. Una conversación que algunos dirán que será la heterodoxia ortodoxa, con el ingenio de un oxímoron manido, pero que nunca se podrá comparar al criterio sesgado: mientras unos parten de lo diverso hacia lo común, los otros no irán más allá de lo segundo. Mientras los primeros aceptan la pluralidad como punto de partida, los otros parten del dogmatismo. En las charlas del CICUS se puede decir que hay Sevilla y no una Sevilla. Por eso, qué poco y tanto, merece acercarse, merece la cita, merece la celebración.

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El cartel de Manolo Cuervo en la Macarena no es la previsible entrega de la aburrida estampita, como escribía Grosso, ni tampoco la pretenciosa modernidad que tiene origen en el complejo de que somos caspa y grasita. En el primer estilo, que es alabado por aquellos que valoran el arte según el gusto, predomina el epígono, la copia descarada; en el segundo, que aparenta ser otra cosa pero que no es más que idéntica respuesta, abunda la pirueta vanguardista, que suele tener más de vanguardia por el nombre y por las intenciones que por el resultado. Pero quienes conocen el arte defienden, con buenos argumentos, que aquel será siempre una suma de esos nombres, y de esas intenciones pero, también, de resultados. De que la obra tenga un sentido y una justificación –aquí interviene la técnica-, y esta a su vez transmita y diga –aquí interviene la creatividad-. El cartel de Manolo Cuervo despacha cualidades de esa técnica y de esa creatividad. El color, tan cálido, tan intenso, es sensación de lo que evoca una imagen como la de la Macarena, que puede ser filia o puede ser fobia, pero que siempre es energía, viveza, eclosión. Y el retrato a la manera de Warhol, como una Marilyn de nuestra sociedad, con toda la interesante lectura que se propone. La pintura, aquí, traslada un significado, explica el hecho, narra lo que algunos habrán vivido. Ahí es donde está el virtuosismo, ahí está la diferencia entre el pintor amateur y el artista total. A Manolo Cuervo le sobran las etiquetas de moderno o de vanguardista, es mucho más: es alguien que ha dicho casi todo en una imagen que dice tanto.

ESTOS SON MIS COMPLEJOS

Lo escribió hace unos días Santiago Gerchunoff en Twitter: “Hay un 97.56 % de posibilidades de que una persona que utiliza la expresión “sin complejos” sea estúpida y tenga malas intenciones”. Desde hace unos años, últimos del zapaterismo, primeros de Rajoy, se ha puesto de moda en ciertos ambientes liberales y conservadores la expresión “sin complejos”. Hay en ese eufemismo, como también dijo Jorge de Palacio en El Mundo, una radicalidad que se asocia a la autenticidad; es decir, a tener la razón, por inercia, en las discusiones: el que habla sin complejos significa que algo de verdad lleva en lo que expone. Como si las posiciones moderadas o tibias fuesen ejemplo de que algo se silencia, algo se oculta, algo se calla. Una conducta que, en la época de la incontinencia verbal y de sobreexposición de nuestras ideas en internet, sugiere hipocresía.

Daniel Capó también ha escrito de este personaje. Quien habla “sin complejos” es la persona que se ampara en esa expresión para que todos toleremos sus exageraciones, sus medias verdades o sus opiniones sesgadas y con frecuencia estrambóticas. La coletilla le ofrece una inmunidad de reproche respecto de sus contrarios: es que es un outsider, un rebelde, un incomprendido. Entendedlo. Alguien que lee a intelectuales que no están bien vistos, a articulistas que dicen lo que otros callan. Con esa actitud que históricamente se asoció a la izquierda y que la derecha tomó, sobre todo desde plataformas como la de HazteOir  de Arsuaga y similares, para hacerlas suyas: el inconformista, el subversivo y el que va a contracorriente son personas a las que hay que escuchar, porque algo, casi por naturaleza, van a decir. El carácter imprime verdades sistemáticas.

La buscada posición de marginalidad concede un lugar de privilegio en los debates. Quien está en el margen, quien va adonde otros no acuden –normalmente por inteligencia o por vergüenza-, de manera deliberada, parte desde una extraña situación de ventaja. Esa inevitable pero más que discutible situación es aprovecha por la persona que “sin complejos” suelta su discurso. Quien no sólo busca que sus estridentes opiniones sean escuchadas sino, también, sean aceptadas. La coartada de ir sin complejos no es sólo un escudo para legitimar la mala intención y la estupidez pintoresca, también es una forma de que los demás me acepten, me compren, esas malas intenciones y esa estupidez tan folclórica. Es común que cuando se ignoren los argumentos o estos se refutan, adopte el carácter de ese rebelde quinceañero incomprendido, al que el mundo no ignora o discute, sino que censura y, por qué no, persigue. La superestructura contra ellos.

Lo que no quieren sospechar los “sin complejos” –quién con más complejos que aquel que advierte de que no los tiene- es que nos convienen analistas acomplejados, vecinos acomplejados, políticos acomplejados. Al menos en la manera en que ellos entienden el complejo, que es, para el resto, la complejidad. Desde un temperamento donde nos pensamos las ideas antes de comentarlas en público; desde una prudencia que es virtud en la persona y que le confiere sensación de debilidad y de duda. Algo que siempre viene bien a la hora de tomar decisiones y de emitir juicios críticos. También de cuidar eso a veces tan desdeñado y que se llama convivencia.