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Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.

PUIGDEMONT NO QUIERE EL DIÁLOGO

No es civismo, sino cinismo. Aunque hay que reconocer que el Govern derrocha ganancias en ese cínico victimismo debido a una asociación de conceptos tan ingenua como, aquí lo peor, de buena fe por parte de sus conciudadanos. El Govern ha vendido, y le han quedado beneficios, la imagen de la represión, del pueblo, de un sólo pueblo –esta es otra clave-, sin disidencias ni opiniones contrarias a las de sus intereses, silenciado por la fuerza de un Estado ajeno. La policía que cumple el auto de una jueza y que garantiza los derechos de todos los ciudadanos contra los que pretenden, fuera de la ley, imponer el suyo, es el agresor; los partidos que aprueban leyes sin el más mínimo respeto al procedimiento legislativo estipulado –es decir, sin considerar los cauces establecidos, democracia representativa mediante, por toda la sociedad catalana-, son justos, pacíficos y democráticos; el Gobierno y el Estado que, aplicando el artículo 155 de la Constitución, no suspende la autonomía –como escribe Ignacio Camacho- ni provoca injerencias sino que restituye el orden constitucional y la legalidad vulnerada, casi un invasor, un opresor.

Lo peor de esa asociación de ideas tan tergiversada no es la defensa que de ella hacen en el Govern y sus medios afines –tele, prensa, radio-, lo peor es que son falacias que calan en personas con buenas intenciones. Las más peligrosas y radicales, pues en sus irresponsables actitudes creen estar logrando algún bien. ¿Cómo convencer o persuadir a quien piensa que está actuando de manera correcta, ya sea por ignorancia, idealismo, ficción propia, interés, afinidad con la causa o de todo un poco? Puigdemont y sus socios saben que ahí está su público más rentable. Y explotan, de él, todos los recursos posibles.

Esa ficción, ese espejismo, del pueblo sacrificado y reprimido por parte del Estado alcanza su apogeo en el no tan desproporcionado como torpe e improvisado despliegue de la Policía Nacional y de la Guardia Civil del pasado uno de octubre. Ahí los independentistas volvieron a ganar en el victimismo cínico, apoyado a su vez por sentimentalistas cínicos que no estaban tanto por los heridos –fueron más bien atendidos en la mayoría de los casos, obviando la cantidad de noticias falsas y fotos retocadas que circularon- como por mostrar esa imagen de Gobierno despiadado que usa la violencia contra un pueblo que quiere un fin, en principio noble, como es el de votar en una urna. Esa es otra lectura de todo lo que está sucediendo: muchos de los apoyos que tienen los secesionistas en España –ciudadanos y partidos- no van por sus ideas, sino al desgaste de Rajoy. Quien, a su vez, ha gestionado tarde esta crisis institucional, pero también de la mejor forma posible: dentro de los márgenes de la Constitución y de las leyes. No es poco.

Una vez conseguida la retórica de la imagen, de la asociación de conceptos, catalanes oprimidos, Estado poderoso e intransigente, arbitrario y discrecional, viene Forcadell e insiste, ayer en la radio, en la propuesta de mediación. ¿Qué mediación, qué diplomacia, no digamos ya diálogo, se puede mantener con quien impone? Aun así, Felipe VI ofreció en su discurso “mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles”; Puigdemont entendió, quiso entender, que no hubo ánimo de diálogo. De este modo, está claro quién no quiere dialogar, y por algo muy sencillo: porque no encontrará beneficio alguno en ese diálogo. Porque, en el caso de haber un referéndum legal y pactado, dialogado, como tantos dicen, el Govern tendría todas las de perder: veamos la soberanía y los datos de apoyo a la independencia en el referéndum del pasado domingo. Así que mejor, más cómodo y rentable, este discurso viciado de victimismo cínico, con el que insisten en un problema creado de la nada –o de sus particulares pretensiones- y que a la nada, aunque se esfuercen por remediarlo, va.

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Acabamos de llegar de Roma, por tanto será como la sombra que, telón o bambalina –mejor esto último-, decora los cuadros de Caravaggio. Con ese efecto de las obras del pintor se están desarrollando los acontecimientos que deben aclarar, solucionar, el próximo Martes Santo. Mucho de enigma y, al mismo tiempo, como todo buen tenebrismo barroco, claridad: quizá porque no es una sombra que oculta, sino que muestra. Digamos que el retraso de las decisiones, las reuniones aplazadas, el secretismo… lejos de aportar confusión e incertidumbre, dejan evidencias y certezas. La primera es el modo de actuar de este Consejo. Siempre de perfil, acaso ambiguo, demasiado prudente, delegando cada decisión polémica o compleja en el ayuntamiento –CECOP- o en el arzobispado, en las instancias superiores. Ya lo pudimos comprobar en las avalanchas y estampidas de la Madrugada. En cada pregunta al presidente, la respuesta esquiva, evitar en todo caso la posición, el criterio de la institución. El vértigo o respeto de que la declaración no se entienda, o se tergiverse, o se manipule. Mejor el silencio que el error. Es una estrategia de comunicación eficaz, e inteligente; pero gobernar, o administrar, es decidir, y en algún momento, ya sea de palabra o de hecho, tendrán que dar el paso. Por ahora nada de eso. Predomina la respuesta callada, que es el primer desencadenante de las filtraciones y de los rumores; es decir, de una consecuencia contraproducente a sus intereses: si buscan la ausencia de tergiversación, mejor hablar sin tapujos. O sentarse de una vez –con voluntad de determinar una solución, no de aplazar el problema- y asumir que ellos son los que tienen la última palabra, consensuada con el resto, pero no supeditada.

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Pregunta un amigo que qué me parece el pregón. Suele ser usual, pregunta previsible, cuando se acercan estas fechas de luz moneda en las que se desvela la incógnita del elegido –suerte, pregonero-, o cuando venimos de vuelta, camisa cansada, castellanos quejosos, un domingo de primavera. Cuando formulan la pregunta, nunca sé qué responder. Porque tampoco sé muy bien qué pensar. Quizá porque nada me importe. Pero a mis amigos, seríamos unos insensibles, nunca les niego la palabra honesta. Así que trato, dentro de la complejidad, construir un argumentario creíble, que tranquilice las dudas. Les digo que para mí el pregón es cosa nimia y nada interesante. Les digo que cómo en una sociedad en donde predominan los 140 caracteres de tuiter y el mundo audiovisual, el pregón aún mantiene un formato que se centra en la oralidad, en el discurso de hora y media, casi propagandístico, de radio de cretona y de sofá de escay revestido de punto -el resultado, natural: bostezos, distracciones, consultas al móvil-. Les digo, también, que aquello es un acto social, extraliterario, pues en la elección del afortunado –suerte, pregonero- prevalecen unos intereses clientelares, incluso personales, entre el Consejo de Cofradías y demás partícipes en el evento. Es una fiesta narcisista de ellos, para ellos, donde en unos hay vanagloria de qué bien hemos elegido y otros sueltan en un atril lo que se ha dicho hasta la saciedad, mientras un teatro –en el amplio sentido del concepto- llena un aforo cuyas entradas no están a la venta, al menos en su mayoría, en una taquilla, como en cualquier espectáculo, sino que se dan de manera arbitraria entre los mismos de siempre. Poco importa la ciudad; menos, la literatura. Y llegados a este punto, miro a mi amigo, quien me observa con cara de romano tallado por Castillo Lastrucci. Ahí pienso que por hoy es suficiente. Y que, por no quebrar costumbres, he dicho.

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Lo cierto es que el asunto no pinta demasiado bien. Como todos los años, claro, nada grave: esto de las cofradías es un bucle, monótono, cíclico, en el que todo vuelve, revuelve y se repite. Como la salsa del mantecado al güisqui de un bar con hipérbaton en su nombre –no damos más pistas- o como la noria de la feria. Decía que el asunto no pinta nada bien, ¿Cataluña?, no, algo más suave, respiremos un poco. Hablamos de la elección del cartel de este año, Consejo de Cofradías mediante. No quiero decir, para los Longinos de la causa capillita, siempre lanza en mano, a la defensiva, que no me parezca oportuno el nombre de Pepillo Gutiérrez Aragón para este propósito. Nada de eso. De hecho, esta venia es una defensa –nos ponemos en plan Batman con antifaz de ruán, ustedes disculpen- de su oficio. Esta venia, y lo que se considera que no pinta demasiado bien, señala al vacío que dejan en el bolsillo del pintor al que encargan el trabajo, reitero, el trabajo, del cartel de la Semana Santa de Sevilla. Pone las croquetas, pone los pinceles, pone el ingenio, pone el dibujo y no pone la mano. Mentalidad que deberíamos cambiar de una vez –llamemos a las hermandades del Martes Santo, que, al igual que aquel anuncio de Tecafil, tienen siempre la solución-. El Consejo de Cofradías, con tal de esquivar el incómodo asunto, dice que el privilegio de pintar el cartel es una contraprestación, que con eso, a ver, es suficiente. Nosotros, sin embargo, creemos que si una institución –hablamos de un Consejo de Cofradías, no de una Real Academia de Bellas Artes- es la que da prestigio a un autor, y no al revés, malo. Mientras tanto, mientras todo cambia, y se obra un milagro que ni el de Lázaro, seguiremos pidiendo lo nuestro. Que es lo vuestro, el reconocimiento a un oficio; oficio que todos disfrutamos.

PRESENTACIÓN DE JUAN BONILLA A “LA SUMA QUE NOS RESTA”

Poesía es pasar de la gravedad a la gracia, dijo Adam Zagajewski o por lo menos dice Gonzalo Gragera que dijo Adam Zagajewski. Así pues, poesía es pasar de la gravedad a la gracia, vale de acuerdo, pero qué es la gravedad y qué la gracia. Bueno, está claro que la primera es una fuerza mayor -una Ley de verdad- que nos ancla al centro de la tierra -y tan es así que en inglés tumba se dice grave. Y en cuanto a la gracia es un estado -también de verdad- un estado de ánimo, y ánimo es alma y alma es aliento. De gracia viene gratis por ejemplo, que en inglés es free, porque qué cosa puede haber más libre que lo que no cuesta nada. Pero de las definiciones de la gracia me quedo con la bíblica, aunque librándola de religiosidad: la gracia es el don que comprende a todos los demás, el don que irradia de la generosidad de quien da envolviendo en esa generosidad a quien la recibe, y ambas acciones se designaban con la misma palabra: tanto dar como recibir se dice con la misma palabra “gracia”. Es un fenómeno sin duda poético, porque la poesía, igualmente, no la hace quien la hace sino hasta el momento en que otro la recibe. Es por ahí por donde más me gusta la frase de Adan Zagajewski, si es que es de Adam Zagajewski: en la gravedad sencillamente se cae adonde sea, y se diría que sólo se pasa de la gravedad a la gracia cuando se produce el contagio, cuando el hecho de escribir se transforma en hecho de leer. Esto debe saberlo bien Gonzalo Gragera porque lo que llama inmediatamente la atención en sus poemas es su condición de poeta que se asume como lector de una tradición clara, a la que podrá ampliar o no, pero con la que se muestra no sólo respetuoso sino también eficazmente orgulloso, como si supiera que, contra las actualidades más o menos estridentes del ahora, le defenderán siempre las músicas genuinas de donde viene, porque son ellas las que, seguramente, hablo por mera intuición, le forzaron -aunque esto quizá es exagerado- a hacer poesía: recibir la gracia es el movimiento primero para la obligación de darla. La tradición en la que fácilmente se inscribe Gonzalo Gragera es una tradición más o menos sevillana, suficientemente estudiada por Fernando Ortiz, que naturalmente también pertenecía a ella, como Javier Salvago, y que alcanza a unos padres fundadores que son los Machado, y a un abuelo fundador que es Bécquer. En unos tiempos en los que lo que no se viste de novedad parece que está condenado a no decirle nada a nadie, lo cierto es lo contrario: de la novedad sólo sabemos una cosa, que pasa pronto, cada vez más rápido, dadas las urgencias que va imponiendo el mercado y las ganas que tiene cada generación de jibarizarse más -cuando yo era joven uno se conformaba con decir que pertenecía a la generación de los 80, ahora parece que hay una generación del año 11- otra del año 12, otra del año 13, y así: la poesía como la pasarela Cibeles, todos los años nuevos vestidos para que así resalten más los vestidos de siempre.  Vaya, me ha salido una estrofa de Salvago, o de Gragera. Para acogerse al peso de una tradición tan estipulada, hace falta, por paradójico que parezca, mucha personalidad: tratar de no parecerse a nadie es lo más fácil del mundo, lo difícil es parecerse a los mejores. Y eso es lo primero que llama la atención en el libro de Gragera: esa personalidad de quien no teme que su voz deje ver a las claras, y sin el menor complejo, los ecos que la han alimentado. Eso es, sin el menor género de dudas, un síntoma de madurez, pues sólo alguien maduro tiene muy claro dónde quiere militar y de qué manera. Ya sé que este no es el primer libro de Gragera, pero es el primero suyo que yo leo, y si no hubiera en la solapa una noticia de su año de nacimiento, no hubiera podido, por el contenido, ni intuir siquiera que se trata de un poeta tan joven.

El libro es una cuenta atrás, quiero decir, que lo primero que se encuentra el lector es el poema 36 tras el que viene el 35, el 34 y así hasta llegar al 3,2,1 con los que el libro termina. Naturalmente el título da una pista acertada por mucho que tenga un si es no es de adivinanza, pues ¿cuál será esa suma que nos resta? ¿Será el tiempo, la sucesión de días que nos dicen que cuantos más tengamos menos nos quedarán por fuerza? Por extensión, ¿será la vida la convocada, porque la suma de hechos vividos nos va restando por fuerza hechos por vivir? ¿Será la propia poesía, por esa ley según la cual el poema es una suma de palabras que acaba desplazando a la experiencia de la que nace, restando en nuestra memoria esa experiencia transformada ahora en poema? Todas las respuestas pueden servir, aunque en la última parte del libro, en el penúltimo poema, algo se resuelve de cualquier duda: Todo lo has dado/ Resta de ti que en otros, quizá, es suma. La poesía, ya se ha dicho, es como la gracia: no sólo reside en dar, sino también en recibir. La poesía como resta del poeta y suma del lector, o como en otro excelente poema se dice: el nombre en el yo de los otros/ el yo de los otros en tu nombre. Es en esa última parte donde el libro habla de sí mismo, donde esa resta sopla en el título y apaga la penúltima mecha. Buena prueba de que el libro no es una mera reunión de poemas ni se ha dejado llevar por la improvisación o la acumulación de materiales: se ha pensado como un artefacto que también se recogiese a sí mismo al recoger lo que pudiese del mundo, lugares deprimidos, como Victoria Station en hora punta, o trozos del paraíso como la Playa de la Antilla, ideales más éticos que políticos como esa Europa ficticia y categórica, y confesiones, libros en que te encuentras sin que nadie te haya llamado.

Es de destacar, en una época narcisista como la nuestra, que el yo del poeta que aquí va no abusa del autobiografismo ni tiende a colgarse medallas: su búsqueda se concentra en las pequeñas cosas, en una cotidianeidad mirada con la perplejidad de quien asiste a un milagro, en quien reprime el espanto con absoluta discreción y se guarda interjecciones y vítores para dedicarse al susurro. Caminas por la calle/y es estrecha y sinuosa/ como una cicatriz//Pero no cicatriza/ porque no es una calle/ y se llama memoria. Este un poema entero, no me gusta leer poemas enteros en las presentaciones porque le quito de alguna manera la posibilidad al poeta de que lo lea él, pero este tenía que leerlo: el tono sosegado, la pausa, la imagen brillante ma non tropo y de repente la revelación de una verdad, una magia sin trucos, que al fin y al cabo eso es la poesía.

No le teme Gragera a los metros clásicos, y hay algún soneto, y enumeraciones, y hasta una copla muy buena: Vino risas y tal / ni ropa ni palabras / menos por menos, más -aunque ningún gitano de Jerez se la va a cantar porque los gitanos de Jerez estamos contra las leyes de las matemáticas-, e imágenes memorables como un sol que se inserta entre edificios creyéndose moneda, y un dios de permiso, y ese segundo antes de la despedida, casi becario, en la expresión del poeta. Ráfagas de expresión que se te clavan fácilmente en las meninges. Hay también un tour de force, un poema largo, espléndido, titulado Victoria Station, que, con la imagen de Pound como referencia, examina en una estación de tren la locura de la vida contemporánea, el vacío donde las voces no suenan y en el que parecemos instalados desde hace tanto sin apenas preguntarnos, como se preguntaba Eliot, dónde estará toda esa vida que gastamos precisamente en no vivirla. La imagen final, hombres como pétalos y naipes recorriendo pasillos sin oxígeno, la hora punta en la que todos están dormidos, es aplastante.

En fin, no me quiero alargar mucho más. La suma que nos resta nos da la medida de un poeta ya hecho, nada dubitativo, seguro de sus armas y militante del batallón del sentimiento contra el sentimentalismo, de la claridad de lo que es difícil de expresar frente al hermetismo de lo que no alcanza a decir nada, pero también de los brindis a lo obvio, que tan buen curso están teniendo entre nosotros. Gragera sabe, porque sabe que la muerte que vemos es más que un juego, que la gravedad es una ley inevitable, que nos atrae hacia las entrañas, pero también que tenemos una forma antigua pero todavía válida de hacerla más soportable, de destilar a través de su contundencia, algo del misterio este en el que estamos embarcados, sin saber ni para qué ni hasta cuando, abdicación y ofrenda, dice en otro poema estupendo. Esa forma antigua es la gracia. Gonzalo Gragera tiene esa gracia de ir más allá de la gravedad.

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Ignoro el motivo, pero el capillita con cargo institucional –cuya proliferación es mayor, por asombroso que resulte, a la del capillita sin llave de la casa hermandad- tiende a la tragedia, al dramatismo, al acabose. No sé si será porque convive, ya sea en tabernas o en fotografías en el despacho, con la pasión de Cristo. Y claro, en este caso el hábito hace al monje. Puede ser una teoría, no lo sé. La cuestión es que de todo logra una sobredimensión de los problemas, una exageración de la circunstancia, una flagelación de cuanto acontece. Este temperamento tremendista aumenta de manera considerable al tratar una reforma, un cambio, una novedad, casi siempre insustancial, que varía lo que él haya conocido. Sucedió en la Madrugada, un problema de fácil solución –cambio de recorrido en las cofradías- que no prosperó, pues en el asunto se buscaron, más que soluciones, comodidades; en el peor de los casos, beneficios. Todo unido a ese previsible carácter reaccionario del capillita con cargo institucional. Pero cuando dimos todo por perdido, llegó el Martes Santo. Y trastocó, con su excepción, la norma del tópico. Al fin se da una propuesta, conjunta, con voluntad y ánimo –dos requisitos básicos para que prospere cualquier idea-. Sin embargo, al llegar el proyecto esta semana al Consejo de Cofradías, más cobarde que prudente, decide aplazarlo, estudiarlo: no sé si por temor a La Bofetá de las otras jornadas de la semana –café para todos, Saimaza- o por rendir homenaje a la cofradía que sale de la Universidad. Si bien muy aplicados ellos, la solución se sabe desde finales de junio: ¿no ha dado tiempo a estudiar sus aciertos y sus inconvenientes? Uno sospecha que es, una vez más, marcharse por los cerros del águila. Y así lavarse las manos, como Pilatos. No vaya a ser que la cosa, aunque esté peor, salga mal, y nos lluevan críticas. Que de llover en el Martes Santo, saben.

VIVIRÁS PEOR QUE TUS PADRES

Los discursos drásticos y apocalípticos suelen tener clientela. Bien lo saben los publicistas y los lazarillos de toda idea sesgada e interesada, partidista pero no partidaria. Por eso, quizá convenga huir de las frases absolutas, esas que se construyen sobre un tono solemne de púlpito: suelen ser, tan sólo por evidente razón de espacios, simples, y alarmistas, y se sostienen más en el prejuicio que en el argumento, y esconden un mensaje que, lejos de lo que en un principio pretenden decir, busca inculcar doctrina –el para qué es demasiado complejo, y entra en el terreno de la conjetura-. Esas frases se manifiestan en forma de clichés y de tópicos que todos tenemos más o menos asumidos pero sobre los que no indagamos el alcance de su significado. Como todo cliché cuyo absurdo no es revelado, claro. Entre mi generación, chavales de veinte a treinta y tantos, finales de los ochenta, principio de los noventa, cunde la idea de que vivirás peor que tus padres. Es una expresión que ha surgido en torno a los años de la crisis (2007-?), a causa del desencanto general de una sociedad, joven, sobrecualificada en algunos casos, que ha visto frustradas sus aspiraciones laborales: recortes, disminución de los salarios, precariedad, emigración.

La primera idea que se extrae de ese vivirás peor que tus padres está en el verbo. Futuro. Por tanto, es una frase que en su primera palabra, ya, te limita un tiempo que aún no has conocido. Te condiciona, preestablece un lugar en el que aún, a no ser que dispongas de un don sobrenatural, no te encuentras. Esto es interesante, pues si el verbo concluye un futuro es señal de que te están determinando, del mismo modo, un presente. Aquello será, si estamos de acuerdo en que el tiempo histórico es lineal, una conclusión, un efecto, que tendrá una causa, un origen. Quizá lo mejor sea, como es costumbre, empezar por el principio. Y ahí habrá que acudir.

El principio de aquel vivirás se traslada al hoy, la generación aquella que vivirá por la generación esta que vive. ¿Y cuál es el contexto, punto de partida, de esa generación que vivirá peor que sus padres? Pues en lo político, por ejemplo, son –somos- unos jóvenes que han conocido una democracia liberal cuya Constitución e instituciones están resistiendo a la corrupción, al nacionalismo y al populismo –lo que en la historia reciente de España es mucho resistir-. Sus –nuestros- padres no lo tuvieron tan fácil: ahí estuvo perenne una dictadura cuartelera. En cuanto a lo social, son –somos- unos jóvenes que disfrutan de una sociedad en la que el analfabetismo es, presupuesto y biblioteca pública mediante, una opción; una sociedad que crece europea, cosmopolita y liberal, con unos valores, por suerte indiscutibles para la mayoría, que van del principio de igualdad formal a la tolerancia con las minorías: raza, religión… que cada uno exponga su caso. Tanto es así que hasta existen personas cansadas de que a los problemas se les den soluciones moderadas y bienintencionadas, lo que algunos han llamado “buenismo”. Digamos que nos podemos permitir el lujo de hartarnos de una conducta cuyo defecto, en el peor de los casos, no pasa de una ingenua sentimentalidad por hacer el bien. En lo político y en lo social no sé si se vivirá peor, lo que está claro es que en esta generación sobre la que pesa la losa del cliché no se vive peor que en la anterior, en la de sus padres: por algo se empieza. Distinto es lo económico, gritan desde el público. Y eso es cierto: cuesta decir adiós en casa –sólo un 35.1% de los jóvenes de entre 25-29 años se ha emancipado, según informe del Consejo de la Juventud-, trabajos temporales –aunque las reformas de 2010 y de 2012 quisieron ponerlo difícil- y sueldos bastante modestos –qué nos vamos a contar-. Aun así, qué atrevido adelantar acontecimientos. Sobre todo cuando estos serán, a lo sumo, una posibilidad, y no una conclusión.

No sé si viviremos peor que nuestros padres. Desconozco, visto el plan, las fórmulas del azar. Sólo sospecho, al igual que los colegas novelistas, que para configurar las tramas del futuro hay que entender los códigos del presente. Y este ahora, este presente, aun con adversidades, es el mejor de todos los posibles, de todos los que nos han precedido. De aquí en adelante, como la copla popular, a hacer camino. Y a mirar la fecha de caducidad de esos discursos enlatados.

DESCIFRANDO A ZAGAJEWSKI

“La poesía es pasar de la gravedad a la gracia”, comentó el poeta Adam Zagajewski en una ocasión, al enterarse de que recibía el Premio Princesa de Asturias. Con esta definición, que es verso y declaración de poética, se puede establecer el parámetro que limita, que determina, la obra del poeta polaco, emigrante en París, exiliado del régimen comunista. Disidente de las convenciones morales e ideológicas de su sociedad, de su tiempo. Una disidencia que no levanta la voz ni adopta gesto de queja o de acusación, sino que dedica su esfuerzo, su energía, a nombrar belleza, que es verdad según Keats. Nada más subversivo que decantar lo sublime en un mundo asolado por la mediocridad de la vulgaridad. Una belleza que se encuentra en el paisaje, en la anécdota, en la aparente sencillez de la vida común. Sencillez que esconde, a mínimo que observemos con intuición de escritor, complejidad y trascendencia. Para así evolucionar, pasar, de la gravedad, del peso de la realidad, a la gracia, a la levedad –abundante, no obstante, de enigma y de sustento vital, ético, cultural, social-. Acaso eso sea la buena literatura: depurar la intensidad que nos acontece hasta quedarnos con las cuatro verdades que todos sabemos pero que pocos logran nombrar con exactitud. Verdades no libres, por escasas o conocidas, de profundidad o de hondura.

Hondura de la depuración material de los hechos cotidianos. Zagajewski, miembro de la Generación del 68, se adscribe, de este modo, a cierta corriente que algunos llamarían de la experiencia. Aunque aquella definición nos sirva para etiquetar a la literatura desde que esta balbuceó sus primeros fonemas, su primera escritura, pasando por Ovidio, Virgilio, Dante, Milton, Eliot. La poesía del escritor polaco ahonda en el misterio sin desdeñar el atisbo de la expresión clara, del modo en que la palabra describa, con cadencia, sin caer en la monotonía narrativa o prosaica, las circunstancias, los objetos, las emociones. Un estilo que debe factura a Hölderlin, Joyce o Wordsworth, a la estirpe de los poetas románticos de Europa. También a sus colegas de generación y nación, como Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska o Tadeusz Rózewicz.

La poesía de Zagajewski oscila entre la impresión lírica, el gusto por la verdad histórica, el tono elegíaco y la celebración de la vida cotidiana, que es a su vez sublime. De tono irónico en ocasiones, acaso algo moralista en otras, sus poemas desprenden, no sólo en la música interna del metro, también en el curso de la narración, serenidad, calma, sosiego. No son poemas para leer con la urgencia con la que nos tomamos los deberes del día a día, sino con la mirada del que contempla. Reposado. Pausado. Comedido. Contemplación. Esa es la clave, la llave, que abre todas las puertas de la obra de Zagajewski.

Cualquier excusa, cualquier ocurrencia, cualquier hecho anodino y prescindible, esos accidentes previsibles de la rutina que pocos guardarán en la memoria, es suficiente para el elaborar el artificio del poema. Así en uno de sus más conocidos, Lienzo: “De pie, callado ante el cuadro sombrío, / ante el lienzo que hubiera podido tornarse / abrigo, camisa, bandera, / pero en cosmos se había convertido. / Permanecí en silencio, / colmado de encanto y rebelión, pensando / en el arte de pintar y el arte de vivir, / en tantos días fríos y vacíos, / en los momentos de impotencia / de mi imaginación, / que como el corazón de la campana / vive tan sólo en el balanceo, / golpeando lo que ama / y amando lo que golpea, / y pensé que este lienzo / también hubiera podido ser mortaja”.  O en Canción del emigrado, de clara connotación biográfica: “ En ciudades ajenas venimos al mundo / y las llamamos patria, aunque breve es / el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres. / Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda / el gran aro del sol / ardiente, a través del cual, como en el circo, / salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas / contemplamos las obras de viejos maestros / y, sin asombro, en añejos cuadros vemos / nuestros propios rostros. Habíamos existido  / antes, e incluso conocíamos el sufrimiento, / nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia / ortodoxa de París los últimos rusos blancos, / encanecidos, rezan a Dios, varios lustros / más joven que ellos y, como ellos, / imponente. En ciudades ajenas / permaneceremos, como los árboles, como las piedras.”

Es extraño: apenas quince años atrás, se trataba de un autor desconocido para la inmensa minoría de los lectores españoles –que es lo mismo que decir poetas y escritores-, este año, Zagajewski ha sido premiado con el Premio Princesa de Asturias. De un modo u otro, justicias poéticas al margen, una voz imprescindible para comprender la deriva de la poesía contemporánea europea en la segunda mitad del siglo XX.