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En la noche del pasado domingo, dos chavalas de edad adolescente cometieron algo que se suele cometerse en esas edades: un error. Una gamberrada. La de pintar en la fachada de la iglesia de san Martín el consabido lema de que la única iglesia que ilumina es la que arde. Suele ser frase habitual en pintadas que tan sólo sirven para molestar y provocar claras animadversiones, como otras consignas recurrentes: arderéis como en el 36 y demás. A la mañana siguiente, en tuiter, empezaron a pasarse las fotos de las jóvenes, prácticamente niñas, con su cara descubierta y pintando con su spray en los muros de la parroquia. Fue entonces cuando aquellos que pedían tolerancia y respeto hacia sus creencias, y que esa gamberrada tuviera sanción, incurrieron en una conducta que ellos mismos decían que debía evitarse y castigarse: mensajes de odio proliferaban en los tuits en los que aparecían las fotos de las dos adolescentes. Pasados los días nos enteramos de que ellas mismas se presentaron con sus madres –serán incluso menores- en la policía, y que ambas estaban arrepentidas. Supongo que es así. Supongo que aquello no pasaba de una travesura de la que, por edad, por formas, no sabrían muy bien qué estaban haciendo, mucho menos diciendo. A ellas, la administración, que tiene recursos, les exigirá la sanción pertinente y tomará medidas. Así aprenderán: están a tiempo. Los que no sé si aprenderán son esos que, adultos, no distinguen la imprudencia adolescente del consciente acto visceral. Y peor quienes exigen a los demás conductas que ellos mismos no demuestran. Y peor quienes, sin estar libres de pecado, tiran el primer tuit.

PREMIO BIBLIOTECA BREVE: DE ELVIRA SASTRE Y MÁS

Entre críticos, periodistas y escritores –y más gente de las letras- se ha manifestado una reacción general de asombro y de perplejidad desde que la pasada semana se supiera el nombre del Premio Biblioteca Breve de este año. Las reacciones, en privado muchas y en público no tantas, han mantenido ese tono de discrepancia –o sorpresa- respecto de la decisión del jurado. La ganadora, Elvira Sastre, es una autora joven –de mi década de los noventa- que ha publicado una poesía con seguidores pero que, al criterio de muchos, adolece de desahogos sentimentales y de adolescente testimonio de emociones. Yo leí a Sastre en la primavera de 2016, cuando, con tan sólo dos libros en la calle, le publicaron una antología en la editorial Valparaíso. Entonces vi a la misma poeta que hacía no mucho triunfaba en Youtube: detrás de la cáscara sentimental no se encontraba nada interesante. Ahí no se podía leer más que con el corazón, y no con la cabeza. Una lectura que, pasados los años de la pubertad, a cualquiera le resulta previsible, circunstancial y anodina.

Creo que fue Borges quien escribió que la escritura es ver el asombro donde otros ven la costumbre. Elvira Sastre domina la costumbre –ahí se nota que ha leído, a diferencia de otra poesía de cantautor pop de nuestra generación-, pero no desde el asombro sino desde la declaración, y no más, de emociones. Su poesía, más allá de nimias cuestiones generacionales, no se distancia de Gabriel y Galán, de León Felipe o de Celaya; un estilo donde siempre importa más lo testimonial que la intención y el trabajo de la expresión, de la palabra y de otros criterios formales. Sí: lo que siempre se ha considerado con la vaga –como todas- etiqueta de poesía popular. Una poesía que tiene seguidores, admiradores y gente que hace cincuenta años iba a los recitales folclóricos y hoy sube las visitas de una cuenta de Instagram.

Esa capacidad de congregar público en torno a la autora es importante a la hora de comprender otro motivo del desencanto, del estupor, en el mundo literario. Muchos apuntan que el criterio que el jurado del Biblioteca Breve ha seguido no es de la calidad de la obra sino el de la cantidad de libros que se venderán con esa obra. Es probable que sea una opinión fundamentada: la editorial da el premio, pero también, en esa operación de marketing, se lo da a sí misma. Desde que se crearan los primeros premios literarios –en consonancia con un mercado que iba creciendo-, algunos críticos han señalado casos similares muy conocidos, como el del boom, y otros menos famosos, como el de los narraluces.

Aunque estos críticos de Elvira Sastre puedan estar en lo cierto, se olvidan de un detalle que por exceso de idealismo a la literatura buena quizá obvian: el mecanismo que el mundo editorial ha depositado sobre ella no es muy distinto al de otros autores de mayor prestigio. Donde siempre, si no se mira el pedigrí de la venta, sí se tienen en cuenta factores ajenos a la literatura, como el estilo personal o el pensamiento del autor. O las relaciones que pueda tener. O la reputación que lleve en su trayectoria. O de qué se hable en la obra, si esta dirá algo a un público que busca leer ese algo. Es una ingenuidad pensar que un premio se gana, o que una editorial publica tu libro, por el hecho de presentar un excelente manuscrito.

De las reacciones al Biblioteca Breve, también ha sido interesante leer cómo ha respondido la prensa cultural. Donde tantos artículos se han escrito sobre la decadencia de la literatura, vendida al criterio mercantilista y al balance de situación, pero donde pocas veces se rastrea en busca de nuevos autores jóvenes. Los cuales, por esa insistente crítica manida –que no busca valorar sino publicitarse ante el ágora de la cultura como gente leída-, pierden proyección y posibles lectores. Quien quiera conocerlos, algunos nombres: Juan Vico, Silvia Terrón o Cristian Crusat.

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Sé que es una despedida, aunque no vayamos a despedirnos. La contradicción suele ocurrir con quien deja huella en la vida personal y en la vida de la profesión. Se va, bueno, y se le dice adiós, vale, pero es una adiós a medias, pues lo más probable es que nos encontremos: siempre quedará, indeleble, con el tiempo que vaya sucediéndose, esa huella. Una huella que para mí es la del rigor y la del magisterio. El magisterio de quien te coge un Domingo de Ramos, sin apenas conocerte de nada, tan sólo de escuchas, y te sienta delante de un micrófono, y sin condescendencia ni soberbias te da pistas –cuántas veces- de qué es el periodismo, y te deja la libertad –esa categoría intrínseca al oficio periodístico- de tu palabra, de tus ideas, de tu criterio. El magisterio de quien conoce en profundidad el trabajo de contar esa fiesta tan compleja y tan inmensa, esa fiesta tan, así es, inenarrable. Y sin pretenciosidades ni cursilerías, y sin sensacionalismos ni clichés, sin la impostura y el folclore sentimental. Ahora que te despides, Pedro Domínguez, tan sólo quiero dejar por escrito lo que tantas veces he pensado, lo que en tantas ocasiones ha ido dentro de mí: cuánto me has enseñado, cuánto he aprendido contigo de este oficio. Y lo más importante, que no es la destreza del trabajo sino sus valores: entre ellos, el de una persona noble. Por eso sé que, aunque hablemos de despedida, no vamos a despedirnos. Porque gente así siempre se queda en los buenos recuerdos. Que son ese talón que con el peso de una cruz, aún se impulsa. Y ayudan a caminar. En ese camino, de una forma u otra, nos veremos.

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Hablaba con el fotógrafo Javier Abad y con el historiador del arte José de León de la calidad de los trabajos periodísticos que se publican en la viña de la prensa cofradiera. Suelen decirse que estos han perdido nivel, que ya no son como los de antes, que cómo me vas a comparar la santa ideología mercantilista del clickbait con algunos reportajes de hace unas décadas. Yo creo, y los amigos Abad y de León creen, que no es así. Y sospecho que estamos en lo cierto. El homo capillita abusa de ese trampantojo –barroco, como muchos insisten que somos- que es la nostalgia. Sensación que todo lo enturbia, que todo lo deforma en la trampa de las apariencias. Para el homo capillita, como para la gran Karina o para el poeta Jorge Manrique, cualquier tiempo pasado le parece mejor. Siempre vive en el ayer, en el esto no es como cuando aquí no había nadie, que apenas había gente en la entrada de la cofradía. Pero no es así. La nostalgia es un recurso que nos ayuda a mitigar las decepciones, las inevitables frustraciones pasadas. Pero como casi todo consuelo, suele ser complaciente y engañoso. Las publicaciones que hoy se dan en la prensa cofradiera no merecen menos que las de hace unos años. Lo que ocurre es que siempre, en esta edad de la necesaria atención viral y tuitera, es más productiva la lástima que la celebración. Como esa gente que en las bullas protesta, y en voz alta, para que todos escuchen lo bueno que es él y lo malo que es el otro.

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Como soy hombre sin prejuicios, he probado nueva experiencia: me he apuntado a una moda. En concreto, me he apuntado a esa moda de los diez años del cambio, que así se explica: uno recupera aquella perdida –y mejor si es ridícula- foto del 2009, la une y compara a una del 2019 y la sube a Instagram o a Facebook. El propósito de esta novedad, sin embargo, no cambia. Es el propósito de cualquier moda: conseguir la complicidad, la mayor complicidad posible, de tus semejantes. Sentirte, entre tu especie, acogido. Yo también quiero sentirme parte de mi tiempo, y así he decidido comparar los últimos diez años de nuestra Semana Santa. A ver. Hace diez que se hablaba de llevar el pregón a Fibes, que en el teatro de la Maestranza no se cabía y que las entradas eran para los de siempre y que mejor un espacio abierto. Diez años después, seguimos en el tema, en el dilema y en el problema. Más. Hace diez años teníamos una Madrugada de botellón y de carreras en san Pablo. Diez años después, aunque más concienciados y preparados, el asunto sigue ahí, sin más solución que la de encomendarse al incierto “esperemos que no pase nada”. Otra. Hace diez se hablaba de reformar la carrera oficial. Diez años después, tras propuestas, se sigue hablando de la necesidad, de la urgente necesidad, de reformar la carrera oficial. Última. Hace diez años también decíamos que todo hecho fuera de lo habitual era histórico. Diez años después, seguimos en ese dogma. Con la gracia de que de lo histórico, rara vez nos acordamos. Y viendo comparaciones, tampoco de lo habitual.

LO QUE NOS DEJÓ LA INVESTIDURA ANDALUZA

De la investidura en Andalucía, tres capítulos: un Vox que empieza a perder la relevancia política que buscaba, un Adelante Andalucía sin apenas fuerza ni mediática ni ideológica y un PSOE que se ha permitido el lujo de caer en otro error. Por lo demás, la relación entre Partido Popular y Ciudadanos se consolida en un pacto donde todos, según gente cercana, han salido satisfechos. Entre ellos prevalecen la cordialidad y la sintonía, un entendimiento sobre las formas y sobre el fondo. Jamás dos nombres de la política española pensaron llegar tan lejos: ni Moreno Bonilla ni Juan Marín.

Ya cumplida la sorpresa de la alternancia –el cambio para los más optimistas, ya veremos-, otra sorprendente aunque previsible coyuntura se viene: la de un Vox que empieza, paulatino, a perder el ímpetu de su estridente discurso y a quedarse ajeno al mando de las instituciones. De las primeras exigencias del partido de la derecha nostálgica y reaccionaria, apenas queda: las movilizaciones feministas se manifestaron contra la nada: Andalucía, en materia de violencia doméstica, machista, de género –como se quiera según confesión- seguirá tal como anduvo hasta hoy. De las otras peticiones, pues necesitan de unas mayorías parlamentarias que hoy día ni imaginan: no se puede reformar el estado de las autonomías con unos pocos diputados ni pueden echar a esos 52000 inmigrantes ilegales que más que molestar, podrían contribuir –este artículo del profesor Manuel Hidalgo demuestra evidencias-. Nos queda un partido que, como han apuntado varios analistas, ha envejecido demasiado pronto. Lo que Podemos hizo en cuatro años, Vox lo ha recorrido en apenas cuatro meses.

Similar, por significativa insignificancia, resulta Adelante Andalucía, ese conglomerado de la izquierda populista, andalucista y romántica que lleva lo más adolescente de la izquierda y del andalucismo: la emoción de las letrillas populares de Carlos Cano y esa perezosa autocomplacencia del siempre andaluz derrotado que lucha contra la opresión de los otros. Fingen la postura incómoda y revolucionaria, pero en el fondo es la más sencilla, la más confortable: la de los pobrecitos por destino. Hablamos de un partido que son dos escisiones: de Podemos y del Partido Andalucista -sobre todo del Partido Andalucista de afinidad izquierdista, el mayoritario en los últimos años-. Sin propuestas interesantes, sin la capacidad de llamar la atención de su electorado –más importante aún en la táctica populista: la atención del electorado adversario-, Adelante Andalucía se queda en las instituciones con un discurso desfasado, ajeno a su tiempo, y sin socio con el que gobernar. Al menos ahí mantienen coherencia, y es de agradecer: nadie como ellos, sobre todo Teresa Rodríguez o Juan Moreno Yagüe, le hicieron oposición al PSOE.

Y ya sólo nos queda, como ellos solos se han quedado, un PSOE que con nombres como Susana Díaz o Verónica Pérez ha acudido al peor de los aliados en la derrota: la desesperación. En una estrategia que enseña sin pudor la peor cara de ese partido en Andalucía, han usado la causa feminista y el aumento de las simpatías respecto de la derecha radical como justificación de lo necesarios que son para todos los andaluces. No importan aquí las histriónicas medidas de Vox o el feminismo: lo que importa es usar esas causas, de las que saben de su apoyo social y mediático, para posicionarse a favor de esa mayoría aplaudida. Y así dar esa pretendida y cínica imagen de buenos. Todo con un rodeo al parlamento que hasta hace dos meses no hubiesen secundado: cuántas veces hemos visto a Susana Díaz declinando esa práctica populista. Y así de gris termina un partido que se creyó Andalucía: sin poder, sin socios y sin credibilidad.

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Cada año confirmo sospecha: los carteles de las semanas santas andaluzas tan sólo sirven para animar la conversación en los grupos de Whatsapp. Como uno siempre procura no ser menos, también di opinión –que es cosa gratuita- sobre ese cartel tan discutido, el de la Semana Santa de Málaga, donde dije que la idea es interesante pero la ejecución, pobre. Hay quien, generoso, apunta que ese cartel es “rompedor” porque combina “tradición” y “modernidad”. Contesté que “combinar tradición y modernidad” no es un mérito, pues casi todo, más aún en este tiempo de aceleración –el concepto es de Luciano Concheiro-, es tradición y es modernidad: lo nuevo y lo antiguo conviven desde que un hombre inventó el fuego y otro hombre inventó la rueda. Es más: ¿qué es moderno, un grafiti? ¿Qué es tradicional, una Virgen? Tiene debate: de qué año es la talla de la imagen que se retrata y qué vemos en la cueva de Altamira. También comenté que de rompedor, bueno, no mucho. Este cartel es un cuadro figurativo y costumbrista. Con las figuraciones y las costumbres de nuestro tiempo, vale, pero nada más. La corriente estética de los cuadros costumbristas de Jiménez Aranda y del autor malagueño es la misma, no hay ruptura. Sólo cambia el elemento: donde se pintaron toreros ahora se pintan grafitis urbanos. Terminé diciendo que rompedores serán Pérez Villalta o Rafael Laureano, quienes con propuestas estéticas originales y muy trabajadas demuestran personalidad y criterio en su pintura. Y así hasta el año que viene, donde volveré a ser pensador humanista y mis grupos de Whatsapp cofradieros, academias florentinas o algo por el estilo.

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Remasterizada, en las salas de cine, el próximo mes de febrero se estrenará –reestrenará- la película con la que Manuel Gutiérrez Aragón, Juan Lebrón y Carlos Colón –cuánta gravedad en los concatenados acentos de sus apellidos- les hablaron a un tiempo. Al tiempo de lo audiovisual, al tiempo de la tecnología en la pantalla. A un tiempo, es decir, a una generación, que empezaba a ver los rótulos de la Campana sobre los escaparates de Zara, grabados por las cámaras de la tele local. Un tiempo en el que empezaban a consultar el otro tiempo –lluvia- a AEMET antes de sacar nazarenos a la calle. Un tiempo en el que desaparecieron los hombres del muelle y entraron abogados y médicos y apellidos burgueses en las trabajaderas de los pasos. Vuelve la película que tomó, en su forma, en el medio, esa lengua de ese tiempo que hoy heredamos. Aunque la imagen, la historia interna, fuese la de siempre. Hay una genialidad en esa Semana Santa de Sevilla de Colón, Lebrón y Gutiérrez Aragón que no suele decirse: cuenta sin palabras. Sí: la película, hecha en la época de la comunicación digital de masas, habla sin hablar, sin el diálogo, con la sola imagen, la sucesión de estas. Ahora este paso, estas caídas del palio, por aquella calle; ahora la imagen de una ciudad en la noche del Jueves Santo; ahora la plaza de San Lorenzo sin apenas luces. Y todo sin palabra. No es necesaria la palabra para contar. Esa es la gran obra de esta obra que en febrero se reestrena: nos descubre virtud de la fiesta: a veces, en lo sublime, decir es limitar, porque en ese hecho sublime ya está todo dicho. Porque lleva en sí el idioma de lo inmenso.