ALBERTO GARZÓN, EL SEGUNDÓN

Creo que no hay nada peor que ser un segundón. O quizá sí: ser un segundón con éxito. Un segundón al que, de repente, toda la atención le es regalada. Algo así le pasa a Alberto Garzón. Todos creímos que la carrera de Garzón, tan joven, había tocado techo, que le pesaba un pasado en el que otros coordinadores generales de su partido promulgaron, como el camarada Alberti, la mano cerrada del idealismo al marcharse y la mano abierta en el Consejo de Administración al dar la bienvenida al acomodo burgués de los despachos. Empezaron aceptando la democracia liberal con Carrillo y terminaron cogiéndole el gustillo a las reuniones en las Cajas de Ahorro. Aun así, tuvieron tiempo de llamar al partido “la casa de los pobres”, según Cayo Lara. Yo a esa O de los pobres le añadiría alguna que otra más. En forma de ceros, claro está; para así conseguir, al menos en apariencia, una arenga más próxima a los vertederos de la realidad.

Alberto Garzón es de esa generación de izquierdas que vivirá sin excesivos apuros gracias a los movimientos sociales, es decir, a las manifestaciones. Y al contribuyente, obvio. Esto ha ocurrido en multitud de etapas de la historia reciente de nuestra democracia, lo de tener la cotización saneada aprovechando que la pancarta pasa por la Carrera de San Jerónimo, digo. Si no que se lo digan en Andalucía a un PSOE que nunca apostó por la autonomía y que, sin comerlo ni beberlo, les ha dado una Moncloa como un Mundial a Felipe González y otra que, tarde o temprano, llegará sinuosa con S de Susana. Cría transiciones, nuevas transiciones, y échate a dormir.

Pero Garzón no deja de ser ese colega al que invitan a las fiestas por guardar las buenas maneras. El amigo del amigo que está un poco de perfil por no hacerle el feo. Lo peor de estas situaciones no es lo marginal, el comprobar que eres un proscrito por decoro, lo peor es cuando crees que eso es el triunfo y te creces y te vienes arriba y empiezas a decir en un mitin que si el capitalismo y la democracia son incompatibles con la vida o que si el fascismo es hijo del neoliberalismo. Eso, en cualquier caso, se lo dejamos a tu socio, Pablo Iglesias. Él sí tiene potestad para decir semejantes disparates: él sí es la dama de honor del insti. Disparates que son gratis, como bien me apuntó Carlos Zúmer en tuiter. El problema es que a nosotros nos salen un poco caros.

Que el capitalismo y la democracia son incompatibles con la vida y que el fascismo es hijo del neoliberalismo son falacias que caen por el propio peso de la Historia. ¿O es que Austria, Francia, Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Estados Unidos… son una especie de astro lejano, incompatible con la existencia? Lo disimulan muy bien, sin duda. En lo del hijo del nieto de tal y cual da hasta pereza demostrar lo contrario. Diremos que Mussolini fue hijo de Bush y echamos el cerrojo al asunto.

Alberto Garzón, el segundón, no acude, por supuesto, adonde se libran los debates de la campaña: a la tele. Ahí va Iglesias, que las tareas decisivas no están hechas para subalternos y becarios del postcomunismo. Un debate, por cierto, del que nada vi hasta esta mañana. Poco me hubiese cambiado el prejuicio que tuve antes de enchufarlo: lo que imaginé es lo que pasó. Señal de que el formato está agotado. Muy trillado. Como esta campaña con sonoridad de prórroga, de últimos minutos. Una campaña que sí que es incompatible con la vida. Por ahora, el desengaño, mayoría absoluta. Menos mal que eran nuevos tiempos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *