EL GOL DE MESSI

El asombroso y unívoco apoyo del Barcelona en el caso de Messi resultaría cómico si no fuese porque hay aficionados que se lo toman en serio. Que se suman a la declaración unilateral del apoyo, digo. Esta campaña a favor de Leo Messi sobrepasa el fuera de juego del mínimo criterio personal, y quizá del bochorno y las vergüenzas, pero es que nunca hay que subestimar a las masas, siempre lo sostengo. Desde que el futbolista fuese condenado por un delito de evasión de impuestos, no han faltado directivos del equipo de fútbol, simpatizantes, merodeadores, pelotas (en el amplio sentido del término), que se nieguen a asumir algo que es ya una categoría laboral más: un defraudador en la empresa. Las razones que se han expuesto para escurrir el bulto de la condena al jugador argentino dan para un chiste de Gila, o de Eugenio, que era catalán, y van desde cierta conspiración madridista en los suburbios de la abogacía del Estado a la envidia que les supone al resto de equipos de la liga española la total omnipresencia de Messi –yo puedo imaginar que también es por el esmoquin aquel, color cortina de puticlub-. Si irrisoria y un pelín cuartomilenistas son las razones, espera sentado, no te muevas, al lema que han propuesto para ganar adeptos: Yo soy Leo Messi. Lo peor, como decimos, no es el montaje, la campaña de lavado de imagen, lo más bajo, y preocupante, es el aplauso fácil de la grada.

El fútbol sí tiene padrinos, ventaja con la que no juega la política. La política, en la inmensa mayoría de la sociedad, genera una lejanía que viene muy bien para estos casos de corrupción. El político es corrupto, el político es humano, pero el político, para las mentes de las colectividades, no forma parte de mi vida, de mi alrededor, de mi celebración, de mi domingo por la tarde, de mi cerco. Es un ente que sólo nos da disgustos, imperfecto, culpable, privilegiado. Una abstracción en que volcar nuestras frustraciones, porque, claro está, no tiene nada que ver con nosotros, con nuestra condición humana. El político es el profe que te tiene manía, y es, para muchos, necesario que así siga siendo, pues sólo así es como seremos capaces de sobrevivir a nuestras debilidades, ¿superándolas?, no: echándole la culpa de nuestros errores al que tenemos al lado. El fútbol, en cambio, y a pesar de provocar todas esas envidias que achacamos a los políticos –poder y dinero, en resumen-, lo notamos como una aspiración, como un ejemplo a seguir. Ellos sí son de los nuestros, nos acompañan durante nuestra vida, de la infancia a la madurez, en muchos casos como herencia, incluso. Sólo hay que comparar los números de militantes de un partido y la cantidad de socios de un equipo para observar con claridad el grado de afinidades que uno y otro despiertan.

El caso de Messi no sólo nos ha demostrado que hay corrupción más allá de las siglas y del comité federal, también nos ha señalado que no estamos muy por la labor de aceptar su dimensión en categorías que afectan de pleno en nuestro día a día, y con la que nos sentimos identificados. El fútbol es una de esas parcelas, sí, pero además tiene un rasgo distintivo muy significativo: la única en la que convergen lo público y lo privado, lo mediático y lo personal. Dos esferas que se unen en esa afinidad entre escudo y socio. Mucho más fácil, por tanto, comprobar hasta qué punto llegaremos en la permisividad de la corruptela de cara al público si es nuestro interés el que forma parte de la partida. Denunciar la mala práctica, cuando no se nos va el partidismo en ello, es un ejercicio tan fácil que aburre. Costó mucho comprenderlo en la política. Ahora, parece, toca otro terreno de juego. Mientras tanto, eso hay que reconocerlo, para que no nos tachen de sectarios: menudo golazo nos ha metido Messi.

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