ROMANCE A LOS DÍAS DE SANTA ANA EN TRIANA

Una soledad tan obvia

que la tocas con las manos.

Una soledad de siglos

en la frescura de un patio

todo acorde de silencio,

todo acorde de milagro.

Soledad del mes de julio

en estos ecos pausados

de las voces del sesteo

entre las sombras del barrio.

Hoy paseo en su memoria

y traigo días pasados

en que la calle Castilla,

la plaza del Altozano,

el Castillo de San Jorge

y los puestos del mercado

llevaban crespones negros,

luto por un Dios descalzo

del que nunca sé si muere

o es que está resucitando.

Y tú estás en esa altura

en que se clavan sus manos.

En esa altura de vértigos

de los recuerdos lejanos.

Inmensos por todas partes,

en el tiempo y el espacio.

Altura de torres viejas.

Que el toque del campanario,

como el agua de la fuente,

la cera del candelabro,

gota a gota, los tañidos,

poco a poco, van marcando.

Van marcando los indicios,

las señales de tus pasos.

Ingrávido es el camino

sobre estos itinerarios

tan difusos, tan insólitos,

tan propios y tan extraños.

 

Tiene el río cuerpo leve,

ligero, becerro manso.

De la Vega de Carmona,

de esas tierras de secano

en las tardes de novena,

olor a vara de nardos.

Las casetas de Santa Ana

son macetas de geranios

en la zapata del puente,

en sus muros encalados.

Muros que cargan las huellas

del oficio y del trabajo.

Son los hombros de estibadores

en sus huecos desconchados.

Las cicatrices del hambre,

ese siempre ir tirando,

esa dignidad tan clara

en la fuerza de sus brazos.

 

Las noches del mes de julio

como iglesias en verano,

todas puras de sosiego,

todas desnudas de blanco

en este eterno horizonte

en que descansa el ocaso.

Allá por Camas, Castilleja,

por la Puebla o el Condado.

Estas noches de velá,

estas noches de Santiago.

Noches de balcón abierto

y de calores tempranos.

Tú sigues en tu recuerdo,

sueña que sueña, soñando,

tras soledades tan obvias

que las tocas con las manos.

Tú no estás en San Jacinto,

ni en Pureza ni en Callao,

allí tan sólo te lleva,

como siempre te ha llevado,

esta imaginación tuya

de literatura y radio.

Quienes fueron tu esperanza,

como la Madre del barrio.

Quienes unieron su nombre

al de tus mejores años.

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