EL GOL DE MESSI

El asombroso y unívoco apoyo del Barcelona en el caso de Messi resultaría cómico si no fuese porque hay aficionados que se lo toman en serio. Que se suman a la declaración unilateral del apoyo, digo. Esta campaña a favor de Leo Messi sobrepasa el fuera de juego del mínimo criterio personal, y quizá del bochorno y las vergüenzas, pero es que nunca hay que subestimar a las masas, siempre lo sostengo. Desde que el futbolista fuese condenado por un delito de evasión de impuestos, no han faltado directivos del equipo de fútbol, simpatizantes, merodeadores, pelotas (en el amplio sentido del término), que se nieguen a asumir algo que es ya una categoría laboral más: un defraudador en la empresa. Las razones que se han expuesto para escurrir el bulto de la condena al jugador argentino dan para un chiste de Gila, o de Eugenio, que era catalán, y van desde cierta conspiración madridista en los suburbios de la abogacía del Estado a la envidia que les supone al resto de equipos de la liga española la total omnipresencia de Messi –yo puedo imaginar que también es por el esmoquin aquel, color cortina de puticlub-. Si irrisoria y un pelín cuartomilenistas son las razones, espera sentado, no te muevas, al lema que han propuesto para ganar adeptos: Yo soy Leo Messi. Lo peor, como decimos, no es el montaje, la campaña de lavado de imagen, lo más bajo, y preocupante, es el aplauso fácil de la grada.

El fútbol sí tiene padrinos, ventaja con la que no juega la política. La política, en la inmensa mayoría de la sociedad, genera una lejanía que viene muy bien para estos casos de corrupción. El político es corrupto, el político es humano, pero el político, para las mentes de las colectividades, no forma parte de mi vida, de mi alrededor, de mi celebración, de mi domingo por la tarde, de mi cerco. Es un ente que sólo nos da disgustos, imperfecto, culpable, privilegiado. Una abstracción en que volcar nuestras frustraciones, porque, claro está, no tiene nada que ver con nosotros, con nuestra condición humana. El político es el profe que te tiene manía, y es, para muchos, necesario que así siga siendo, pues sólo así es como seremos capaces de sobrevivir a nuestras debilidades, ¿superándolas?, no: echándole la culpa de nuestros errores al que tenemos al lado. El fútbol, en cambio, y a pesar de provocar todas esas envidias que achacamos a los políticos –poder y dinero, en resumen-, lo notamos como una aspiración, como un ejemplo a seguir. Ellos sí son de los nuestros, nos acompañan durante nuestra vida, de la infancia a la madurez, en muchos casos como herencia, incluso. Sólo hay que comparar los números de militantes de un partido y la cantidad de socios de un equipo para observar con claridad el grado de afinidades que uno y otro despiertan.

El caso de Messi no sólo nos ha demostrado que hay corrupción más allá de las siglas y del comité federal, también nos ha señalado que no estamos muy por la labor de aceptar su dimensión en categorías que afectan de pleno en nuestro día a día, y con la que nos sentimos identificados. El fútbol es una de esas parcelas, sí, pero además tiene un rasgo distintivo muy significativo: la única en la que convergen lo público y lo privado, lo mediático y lo personal. Dos esferas que se unen en esa afinidad entre escudo y socio. Mucho más fácil, por tanto, comprobar hasta qué punto llegaremos en la permisividad de la corruptela de cara al público si es nuestro interés el que forma parte de la partida. Denunciar la mala práctica, cuando no se nos va el partidismo en ello, es un ejercicio tan fácil que aburre. Costó mucho comprenderlo en la política. Ahora, parece, toca otro terreno de juego. Mientras tanto, eso hay que reconocerlo, para que no nos tachen de sectarios: menudo golazo nos ha metido Messi.

ROMANCE AL PINTAMONAS QUE NOS EXPLICA QUÉ HA SUCEDIDO CON LA VISITA DE OBAMA

 

Sevilla, nueve de julio,

a las dos de la mañana

unos operarios pintan

señales en la calzada.

Doblando las pantorrillas,

doblándose las espaldas,

están dejando las calles

casi recién estrenadas.

Más limpias que una patena,

con más brillo que la barba

de Martínez Montañés

en el bronce de su estatua.

Está Sevilla impoluta,

hay que ver qué vigilancia.

Yo creo que han registrado

hasta a los pavos del Alcázar,

y a los peces del estanque,

y a las piedras de la entrada,

y a las altivas almenas

que coronan la muralla.

Ni un bache por las aceras,

que ni un chicle ni una mancha:

del Colón a la Avenida,

de Bailén a la Giralda.

Son calles apetecibles,

me dan ganas de probarlas,

y es que están para comérselas.

Como un donut del Starbucks,

como un flamenquín del Donald,

como un helado de Rayas.

 

-¿A qué viene esta obsesión,

este lavado de cara

en parterres y en asfaltos?

¿Alguien sabe aquí qué pasa?

-Quillo, parece mentira,

que no te enteras de nada.

Esto es por lo del Consejo,

por lo de Sainz de la Maza.

-Quillo, pues yo me he tragado

la trola que dijo el Rafa.

-¿La de los americanos,

la del rollo Mr. Marshall,

la de que venía a vernos

el presidente negrata,

-o como el hombre se llame,

que no importa para nada-?

¿Pero le vas a echar cuenta

al papafrita del Rafa?

-Yo que sé, quillo, me dijo

no sé qué del tal Obama.

-Eso han sido cuatro trolas,

cuatro mentiras simpáticas.

¿Tú viste acaso el domingo

movimiento en la Giralda?

Se han quedado con nosotros,

pero yo sé aquí qué pasa.

Compadre, que es un secreto,

tú, chitón, no digas nada.

 

-Todo este dispositivo

y toda esta vigilancia,

los jipis con metralleta,

la secreta, guardaspaldas,

las flores en los parterres,

las cloacas precintadas…

todo viene por lo mismo.

Quillo, por Sainz de la Maza.

Que estas cosas del Consejo

son temas de gran escala.

Tú no sabes dónde vives,

el centro de las miradas.

Otros dicen, rumorean,

que puede ser, se baraja,

que como al fin han entrado

nuevas normas diocesanas

y existen hondos debates

de las extraordinarias,

-que suenan a sueldos extras,

o a vacaciones pagadas-,

un grupo de radicales,

de sensibles desatadas,

planean tirar cohetes

e inundar de petaladas

toda la zona del centro,

de san Gil hasta Triana.

Otros dicen que el Herrera,

que los platos de fabada

que el tío se está jincando

en lo que lleva de etapas

del Camino de Santiago

pueden traer oleadas

de atentados y de bombas,

por envidias, suspicacias.

 

-Y esto tiene pocas vueltas,

¿presidente? ¿Casa Blanca?

Que no te ralles ni un pelo,

por mucho que diga el Rafa.

Si fueron dos furgonetas

dando vueltas a una plaza.

¡Mucho más le montarían,

a mi alcalde, Juan Espadas,

si le diese por plantarse

en el despacho de Obama!

CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO: PALABRA Y DEMOCRACIA

 

La revista Cuadernos para el Diálogo, fundada en 1963, fue el prólogo cultural e ideológico de la inminente transición y posterior democracia.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el poema de Machado, Antonio, recitado en la tribuna de Las Cortes por Adolfo Suárez fue una realidad constante: todo abierto al mañana. En la década de los años 60’, en el principio del fin del régimen franquista, hubo esperanza y convencimiento. En octubre de 1963 un pequeño grupo de intelectuales y estudiantes universitarios vinculados, o cercanos, a movimientos de carácter democristiano fundaron una revista de crítica y de opinión. En aquel mes de octubre, Joaquín Ruiz-Giménez, publica el primer número de Cuadernos para el Diálogo, publicación mensual destinada a enriquecer el debate y el pluralismo ideológico, las bases de los valores democráticos de la Constitución de 1978, el interés por los derechos humanos y las garantías jurídicas del Estado de Derecho; Cuadernos para el Diálogo nació para cultivar las libertades y, claro está, la democracia. Sí, fue palabra y democracia.

Desde Revista de Letras nos acercamos a la historia de esta publicación (1963-1978), la cual, como todo lo que en el tiempo perdura, evolucionó en sus tesis y en sus posiciones, sin abandonar, eso sí, el espíritu de diálogo y compromiso en sus principios y en sus ideas aperturistas.

1963-1968

Joaquín Ruiz-Giménez, hombre de claras convicciones cristianas, nutrido por el progresismo del catolicismo social y político de Roma, ideó un foro en que nadie pudo parecer la censura y la exclusión. De los sectores más conservadores del franquismo, con ánimo de moderación y tolerancia, hasta los comunistas y la izquierda en general, tendrían la oportunidad de entablar contacto y acercar sus inquietudes.

El abogado Ruiz-Giménez, en el verano de 1963, organizó varios encuentros con intelectuales de la época y estudiantes entusiasmados con la reforma del sistema político español. El despacho del abogado, en la madrileña calle Ortega y Gasset, se citaron a personas de talante socialista, como el por aquel entonces futuro alcalde de Madrid, Tierno Galván; también acudieron a las reuniones sindicalistas y partidarios de la apertura en el inmenso espectro de sus ideologías. Se consultó al Ministerio de Información y Turismo el denominado permiso de edición y se solicitó la ayuda económica pertinente, no sin dificultades, ya que el ministerio nunca contempló con buenos ojos la edición y el contenido que en ésta publicaban (muchos menos si el “cerebro” de la idea había sido un colaborador del dictador). El primer Consejo de Redacción de la publicación Cuadernos para el Diálogo estaba formado por Gregorio Peces-Barba, Elías Díaz, Javier Rúperez, Francisco Sintes, Ignacio Camuñas, Juan Luis Cebrián, Mariano Aguilar Navarro y Pedro Altares. En la primavera de 1964 se constituye la empresa editorial CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO S.A., EDICUSA, para financiar el proyecto de la revista y aportar una estructura e ideario empresarial al recién nacido diario.

La promulgación de la ley de Prensa e Imprenta de 1966 ocasionó más de un dolor de cabeza a los editores. Aun así, desde Cuadernos para el Diálogo, se mantuvo una oposición crítica al régimen franquista basada en las libertades y en el humanismo cristiano tan propio de su línea editorial. El acoso y la censura del ministerio se hizo patente en la Orden Ministerial notificada, con motivo de la nueva ley de Prensa, a Ruiz-Giménez, en la cual lo obligaban a dimitir de su cargo, pues no poseía el título de periodista. Nombraron como sustituto a José Ruiz Gisbert, periodista y estudiante de económicas. Pese a todas las adversidades, Ruiz-Giménez no abandonó su puesto como presidente del Consejo de Redacción. Por tanto, de este modo, el espíritu de la revista permaneció.

En los siguientes dos años, hasta 1968, se produjo el primer cambio relevante en la línea editorial de la revista, progresando paulatinamente hacia tesis secularizadas. En el número 58 de la publicación, julio de 1968, el último de Ruiz Gisbert como director de ésta, colaboraron escritores, intelectuales y periodistas de corte marxista y tendencias cercanas al comunismo y la izquierda de la ruptura. Una nueva etapa se abre ante nosotros.

1968-1976

En septiembre de 1968, Félix Santos, abogado y periodista, accede a la dirección de la revista. En estos meses se traslada la sede de Cuadernos para el Diálogo a la calle Jarama número 19, en Madrid. No obstante, cambios más importantes se sucederán en esta nueva etapa: un consejo de redacción más abierto y divergente, contundente oposición al Proceso de Burgos (1970) y el ascenso de Pinochet al poder.

Durante estos ocho años serán numerosas las manifiestas disidencias de la revista, partidaria de las libertades y los valores de tolerancia, moderación y respeto a la dignidad de la persona, con el Movimiento. Los principales casos en los que Cuadernos para el Diálogo se encuentra la taxativa oposición del Movimiento fueron el escándalo MATESA  y el Proceso de Burgos. En ambos sucesos la revista adoptó las ideas defendidas en las universidades, en las democracias europeas y en los organismos internacionales. Es decir, se optó por la suspensión de la pena de muerte y las garantías judiciales en el proceso para los acusados. Otro hecho histórico fundamental para comprender el carácter de esta revista fue el golpe de Estado perpetrado por Pinochet al gobierno chileno de Salvador Allende en 1973. En el número dedicada al golpe militar se insinuó la participación de familias chilenas cristianas en el mismo. La sospecha generó un gran revuelo en la redacción y motivó la salida de un grupo de colaboradores.

En los últimos coletazos del tardofranquismo, con el general Francisco Franco fallecido, el periodista Pedro Altares redacta las nuevas directrices que ha de seguir la revista de cara a los nuevos tiempos de la transición. El manifiesto es acogido con agrado por el Consejo de Administración y la revista se convierte en un seminario de información y de opinión. Un formato bien distinto al hasta entonces conocido. Algunos apuntes del informe redactado por Altares que aquí os traemos fueron: el pluralismo ideológico, la independencia informativa, el apoyo a los derechos sociales, una concepción liberal y crítica de la cultura, una línea informativa de centro izquierda, el rechazo al Estado centralista:

1976-1978

Bajo la dirección de Pedro Altares, número de febrero-marzo de 1976, la reviste sufre cambios sustanciales respecto del formato y de la edición. La edición será semanal, no mensual, y se enrique con reportajes, entrevistas y artículos de actualidad, despojando el carácter académico y reflexivo de la primera etapa. La publicación bebe del esquema clásico de cualquier diario, con un redactor jefe, una redacción, corresponsales y colaboradores. En cuanto al aspecto estético, el modelo a seguir será parecido al del Nouvel Observateur. El contenido, en principio, se torna más atractivo, aunque no hay quien observa de soslayo la personalidad socialista que inunda el ideario de Cuadernos para el Diálogo. La participación de ciertos amigos de Felipe González en el accionariado de la revista y la militancia de colaboradores y asiduos en los círculos del reformado PSOE son claros síntomas y evidencias del novedoso criterio de la revista.

A finales de los años setenta, 1978, surgen los primeros problemas económicos. La publicación de periódicos como Diario 16 o El País en la competencia –buena parte de la redacción de Cuadernos para el Diálogo ocupará puestos en las redacciones de estos diarios-, el acusado déficit que atravesaba EDICUSA en sus cuentas y la llegada de un sistema democrático que hubo de prescindir de la idiosincrasia y los ideales ansiados por los miembros del Consejo de Redacción de la revista –pues estos principios eran ya una realidad formal y material en el proyecto constituyente de 1978- hicieron que ésta desapareciera de los quiscos de manera paulatina.

¿Qué queda? De Cuadernos para el Diálogo queda una publicación sin la cual no hubiere habido transición ni ánimo y predisposición para la cultural democrática, no al menos como la hemos conocido. De Cuadernos para el Diálogo queda una experiencia de verdadero compromiso político liberal, basado en el respeto a los derechos humanos, al Estado de Derecho, a la cultural como eje de todas las ideologías partidarias del debate y de la conversación. De Cuadernos para el Diálogo queda el nombre y la hemeroteca, el honor de saber que en la Historia de España siempre hubo, y habrá, ese poema de Antonio Machado. Abierto al mañana.

HOMENAJES

Todos los años se convierte el rito del homenaje al ridículo, desconocemos si por orden del decreto o de la ley autonómica. Lo peor es que es algo que suele pasar con frecuencia, sobre todo en los actos institucionales en torno a mitos e idealismos. Uno que no sabe muy bien de dónde viene, mucho menos adónde va, y le planta al homenajeado una chirigota en forma de corona de flores. Algo así ha sucedido en el Parlamento de Andalucía, en donde sus habitantes están tan faltos de lecturas como de, parece ser, decoro. En el Parlamento de Andalucía, por enésimo año consecutivo –y van…- le han preparado el tradicional breve tributo a Blas Infante en uno de los patios del edificio. A mí este tributo, con toda la pomposidad y con todo el boato posible, casi preceptivo en este tipo de solemnidades, me causa, y esto sí que es tradición, un poco de sonrojo. ¿Qué hacen los diputados, los consejeros y la presidenta celebrando, homenajeando al personaje de Blas Infante, a principios de julio? Que yo sepa, Blas Infante con el mes de julio tan sólo se vincula en el nacimiento, en el cumple, digo. Poco más. ¿Y para qué tantas flores y tanta solemnidad por un cumpleaños? Pues por algo muy sencillo: porque, en la realidad de las conciencias de los políticos andaluces, no es el culto al nacimiento lo que aquí se conmemora, sino su fusilamiento. Si Blas Infante pasó a la Historia no fue porque naciera, que eso, en mayor o menor medida, lo hacemos todos; Blas Infante pasó a la Historia fue por sus ideas, o mejor dicho, por el trágico final al que le llevaron sus ideas, que no es otro que la pena de muerte, el paredón, por parte de unos falangistas el 11 de agosto de 1936. Si el objetivo de estos individuos es el de respetar la obra y la vida de Blas Infante, sería, quizá, más coherente el hecho de que celebraran, paradojas, la muerte, es decir, el suceso histórico por el que han conseguido su escaño en el Parlamento. Sin estas ideas, sin la pólvora y la sangre de estas ideas, ni hubiese habido autonomía ni estos diputados gozarían de todos los privilegios, dietas y sueldos de los que gozan. Otra posible ocurrencia en este bochornoso homenaje, sospecha que cada día, cada año que pasa, intuyo con mayor claridad, es la de que estos individuos, representantes de la cursilería de la ciudadanía, no han abierto un libro de Blas Infante. Explico: la de que esta gente no se han leído ni un mísero párrafo del notario. O eso, o tienen los propósitos de sus programas políticos en una órbita del pensamiento tan lejana, tan utópica y descabellada, que causa cierto temor. Pero bueno, no le vayamos a pedir peras al colmo. Sí, al colmo. Al colmo de ver cómo, veranos y veranos, se repite la monótona vergüenza, el absoluto esperpento. El de comprobar cómo importan un pito los ideales, las muertes y los fusilamientos cuando toca hacer las maletas destino al pisazo playero. El de comprobar cómo no tienen ni respeto. Este homenaje del mes de julio no tiene otra explicación.

ROMANCE A LA CALLE IMAGEN

Estas horas pegajosas

de los días del verano

en que todo es abanico

y flatito del gazpacho,

y goles de la Eurocopa,

todo sopor y cansancio.

Estas horas sudorosas,

de espera al americano,

yes, el de la Casa Blanca

y oval, curvo, el despacho,

son horas, perdón Almansa,

de tortillón y desmayo,

que no queda más remedio

para pasar el mal trago.

 

La Sevilla solitaria

de los meses del verano

no tiene literatura,

divagaciones o ensayos,

o artículos en la prensa,

entrevistas, poemarios.

No tiene a Chaves Nogales

ni a Manuel Sánchez del Arco.

La Sevilla solitaria

de los meses del verano,

en las anchas avenidas

en donde pega el solano

lindando lo delictivo,

un calor de asesinato.

Pero si pesan calores,

si es este calor pesado,

qué decir del que te insiste

del calor que está pasando.

Y en medio de esta calima,

salve aire acondicionado,

quien va a morir te saluda

cuando el reloj dé las cuatro

y sea Sevilla envidia

del continente africano.

¿Angola, Sudán, Uganda,

Sáhara, Burkina Faso?

No: Viapol o la Buhaira

cuando dan cuarenta grados.

Se van de estas avenidas

las placas de los notarios,

y las placas de los médicos,

y las de los abogados.

Por quedar casi ni quedan

los granitos del asfalto,

los pasos de peatones

y las señales de tráfico.

Yo discurro en avenidas

cuyo fin es un milagro.

Salvarlas, cruzarlas, digo,

sobrevivir a sus pasos,

los inmensos horizontes

que nos tienen reservados.

Pero entre todas aquellas,

una yo debo entregaros.

 

Una de entre todas ellas

es la que, sin duda, salvo,

la avenida más horrenda

de cuantas habrás pisado.

Os digo la calle Imagen,

ya lo habrán adivinado.

 

Esas fachadas grisáceas

entre comercios y bancos.

Fachadas de un siglo XX

que trajo todo lo malo

que pudiera aquí traerse,

lo que nunca imaginamos.

Los maletines de cuero,

los pitidos, los atascos,

ese rumor de las prisas,

los vencimientos y plazos.

Una calle nihilista,

si le tiramos por lo alto.

Esta Sevilla de nada

de los meses del verano.

La ciudad de indiferencia,

ciudad de hormigón armado,

industrial y posmoderna,

de vencimientos y plazos,

rutina sin más mayores

que este calor tan pesado.

Y horrendo como la Imagen

que pronuncio con mis labios.

Y horrendo como la Imagen

de estos cielos tan grisáceos.

VIAJE A ASTURIAS

Ni era novedad ni una publicación reciente, pero es que los amigos nos suelen proponer ofertas que no podemos rechazar, no sé si por su condición de mafia tolerada por la legislación vigente o por la simple satisfacción del encuentro con una persona a la que admiras. Todos admiramos a los amigos, ya sea por filias o por fobias, por fervor o por iconoclastia. Con este pretexto nos fuimos a Oviedo y a Gijón, que es, para alguien de Sevilla, como acudir a un edén al fondo y a mano derecha, como los cuartos de baño. Qué temperatura, qué sosiego, qué buen vivir de la ciudad, burguesa y próspera. Tras seis horas de viaje y tres de sueño en el cuerpo, desembarcamos, casi como Normandía, en el andén de la estación de Oviedo. Ahí nos recogieron, tanto el cansancio como las maletas, tres jóvenes poetas ovetenses: Mario Vega, Lorenzo Roal y Rocío Acebal. Con ellos nos fuimos a almorzar, y a hablar de literatura, y a hablar de las claves ocultas y las figuras retóricas de la literatura, que no es otra cosa, al margen de lo que digan los manuales y los eruditos, que los cotilleos, intrahistoria si queremos ponernos cursis, de todo el paisanaje poético ya conocido y tratado. De lo debatido no pronunciaremos secreto: mejor guardarlo, para así valorar lo que siempre será carne de devaluación. De carne no estuvo el almuerzo, pero sí de llenar el buche, que fue lo único aquí importante. Invitó Mario, de cuya venganza propia ya daré buena cuenta. De ahí nos subimos al coche de aquel, dirección Gijón, destino en el que nos alojaríamos el resto de los días. El coche de Mario es algo así como el BatMóvil, pero con ITV, o con presunción de ITV, digo yo. Llegamos a Gijón, ciudad con olor a cruasán en el desayuno y a gaviotas a todas horas, y ducha ligera, deshacer las maletas, ibuprofeno para el dolor de cabeza del viaje y a Oviedo, que no es gerundio, sino topónimo, y el primer lugar en el que debíamos presentar nuestro libro, La vida y algo más. La librería Santa Teresa nos esperó con los libros abiertos. Allí estaba sentado, en el sofá de un piso superior, con atmósfera de faraón o emperador de los ejércitos de Roma, corte y séquito mediante, José Luis García Martín. José Luis García Martín, que tuvo la amabilidad de reseñar el libro de forma lúcida y magistral, adivinando en el ejemplar de sus manos propósitos e intenciones que ni yo supe muy bien medir y conjugar en su momento, me saludó, me vio y venció, desde su atmósfera de faraón o emperador de los ejércitos de Roma. Fue como un incendio fortuito que nadie se atrevió a apagar, pero no por temor o por la probabilidad de la quemadura, sino por viveza e incandescencia, o mejor dicho, por la necesidad de los allí presentes de esa viveza y de esa incandescencia, con algo de astro o de epicentro del sistema poético-solar. A mí las buenas lenguas literarias de Sevilla me recomendaron leer mucho y hablar poco, y así hice, en una presentación que quizá recuerde para lo que nos queda en este barrio, y en la que el poeta Miguel Floriano desenvainó la espada de la confrontación, de la sana y útil confrontación estética, para jugar como adversario del esgrima. Yo fui educado y acepté el reto, y por poco no terminamos como Luke Skywalker y Darth Vader, pero la cosa no pasó de ahí y terminamos, como caballeros –no sé si por honestidad o por respeto-, en tablas. Finiquitadas las salves y las firmas del acto nos marchamos a cenar, a un bar en el que al fin alguien se dispone a elaborar el picadillo como está mandando: con carne. Y con chorizo. Y con patatas. Y con sidra, mucha sidra. Si no fue así, que venga Menchu y nos lo niegue. Cansados del día nos retiramos a nuestro piso, también ofrecido por el poeta –a estas alturas amigo, claro- Mario Vega. Y mañana será, si José Luis García Martín quiere, otro día.

A la mañana siguiente, viernes, guiados por Rocío Acebal, Lorenzo Roal y Mario Vega, turisteamos por Oviedo, nos pateamos Oviedo, monumentos de Oviedo, iglesias de Oviedo, bares de Oviedo, cafés de Oviedo, piedras de Oviedo, librerías, cómo no, de viejo, y sí, de Oviedo. Menchu agradeció esta tregua, este son de paz de la monotonía literaria. Para celebrarlo, nos fuimos los dos solos a recorrer lo que nos quedaba, que era nada, pero que, no sé cómo lo consigue, con ella suele ser todo. Los jóvenes y coetáneos poetas se dispersaron en la tertulia que todos los viernes celebran en un café de la ciudad. Nosotros nos incorporamos después de cenar, con el estómago lleno, y la dialéctica, junto con la batería del móvil, recargada. En corro charlaban los tertulianos, y Miguel Floriano, el que es mención aparte, por la intensidad y seguridad de los argumentos, por el retorno al sable enfundado, por el aspaviento de sus brazos, la rotundidad del verbo, la modulación del raciocinio en cada sintaxis. Yo estaba desarmado, casi solitario, diremos, y me dediqué a leer un número de Escrito en el agua, una revista de poesía, años ochenta, en la que se publicó, por lo que leí, un estupendo poema de José Luis Piquero. Mientras tanto, Menchu y García Martín intercambiaron la baraja de la monarquía liberal-conservadora de una y la república felipista de otro. Miguel Floriano siguió, si es que algún instante de la eternidad desistió, y nosotros hicimos acopio de ofrendas –revistas, libros y bolsos-, y retornamos a Gijón, ciudad de nuestro sábado.

En Gijón vi el mar, y como el poeta, no pensé en nada, si acaso en el libro de poemas, premio Hiperión, del escritor Jesús Montiel –quien se acercó a presentar mi libro en su ciudad natal, Granada-. El Hiperión de Montiel me resultó del todo preciso, cegador, casi. Anduvimos por la costa, por el borde del Cantábrico, que tuvo silueta de galleta aún por devorar, y cogimos mesa en el Foster Hollywood, restaurante de comida grasienta e industrial que es como un parque de atracciones para Menchu y para mí. Como niños disfrutamos, a pesar de una lluvia repetitiva y molesta, de las horas del mediodía, entre calles peatonales y cerros frondosos. En Gijón también dimos a conocer nuestro libro, en La Revoltosa. Pero antes saludamos a Candela de las Heras, escritora y casi graduada, simpática y cervecera. En la cafetería de la calle Instituto hicimos tiempo hasta las 19:30 horas, momento en el que los editores de la revista Maremágnum –Mario, Rocío y Lorenzo- presentarían sus ejemplares, al igual que yo el mío, al terminar este breve y agradable acto. La revista crece, madura, se expande, casi como el universo. En ella se encuentra una buena panda de poetas, en su estilo todos interesantes, como mi amigo Aitor Francos. Lorenzo, acompañado con un público joven y con ganas de literatura, es decir, casi un milagro, demostró sus actitudes de maestro y nos enseñó, didáctico y ameno, que se pueden fabricar grandes logros a base de pequeñas y exactas proezas, de dedicación y de ilusiones. Esta revista es un ejemplo; las antípodas de mis circunstancias, obvio. A ver quién subía el listón después de todo, e hicimos lo que pudimos. Mario fue, en esta ocasión, además del culpable de esta peripecia asturiana –y de que probablemente la repita- el maestro de la ceremonia de apertura, camarlengo público. En Gijón sí hable, demasiado, quizá, y leí. Como lo último que pretendo en este tipo de festejos es aburrir al que tengo delante, procuré despachar el asunto con contenido y brevedad, extraño equilibro de conceptos. Pero creo que lo logramos, o al menos nadie se desmayó o se despidió a la francesa. O será que las nuevas generaciones están muy bien educadas.

El domingo llegó, pero apareció disfrazado de jueves. Qué pronto se acaba lo que no tiene por qué acabarse. Ya nos despedimos de Lorenzo y Rocío, hasta muy pronto. Mario nos llevó, por última vez y no sé cuántas deudas van ya, a la estación de trenes de Oviedo, en donde paramos a almorzar dos hamburguesas y un sándwich, los cuales tardaron lo necesario para pillar de paso el día del juicio final. Por suerte, el día del juicio final no llegó, pero sí el de abrazarse y desear un buen viaje, y el de cumplir la venganza aquella de la primera invitación. El viaje de vuelta es algo que nunca contaremos, poco hay en él que contar, y es casi una señal de mala educación contar lo que no tiene interés alguno. Quizá, por apuntar algo, que fue el tramo de toda esta historia en el que decidí lo más trascendental hasta entonces. Que Menchu debería llevar el nombre de Covadonga, y no por asturiana, sino por santa.