COPE

Cuando la vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos me acorde de eso que Sthendal propuso como fundamento del relato literario: “Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino”. Al escritor que uno intuye dentro de sí le sucede lo mismo con las cofradías. Hay hermandades que son un espejo en el que te retratas. O te retratan. En estas descubres tus años de adolescencia, en esas los de madurez, en aquellas los de la infancia. Los tiempos de la persona, que es como si dijeses todo, vaya. Con la Virgen de la Paz me adscribo al último tiempo, que es el primero: el del niño. Esa patria del hombre. La vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos como el verso de Juan Ramón: pura, vestida de inocencia. La blancura del magnolio cernudiano que diese colores de lecturas en las primeras noches de la pubertad. Yo quise, bajo ese palio casi de claridades, tan blanco, como si de un sobre se tratara, enviar en él envuelto esta breve nota que hoy redacto, tarde de septiembre tan lejana a la del Domingo de Ramos que nos espera. Mucho más aún de los Domingos de Ramos que se fueron. Hay cofradías que pasan delante de ti y son como el espejo que imaginó Sthendal para explicar el sentido estético de la novela. Y en ellas me observo. Y en ellas me reflejo. Y en ellas, justo donde otros ven tejidos y coronas, me arde el recuerdo, al igual que la cera en la candelería, de la memoria de mis padres cruzando el Prado, conmigo de la mano. Que ya daban las dos en el Parque de María Luisa.

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