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La Semana Santa es un compendio de elementos vinculados con las sensaciones y las emociones, un conjunto de significantes que podríamos resumir en tres: luz, tiempo, música. De todos, el primero se lleva la palma. Palma de El Cristo de Burgos, de La Lanzada o de El Buen Fin. Como prefieran. Y es que la luz siempre ha sido un recurso atractivo, dominante, para acercar la fiesta a la complejidad de los sentidos;  para dibujar, junto con otros, la atmósfera que la rodea y así servir a los ojos del lector aquello que en el recuerdo habita. Desde Luis Cernuda en su Luna llena en Semana Santa  hasta los artículos de Antonio Burgos en ABC, la luz ha sido una de las claves preferidas por los escritores para descifrar el enigma de la Semana Santa. Sin ir más lejos, el nombre de este programa, Candelería, es uno de los pasajes de Cruz de guía, libro de Manuel Sánchez del Arco. En estos días del otoño, contra todo pronóstico, uno intuye esa luz en la que tantos se apoyaron para escribir de Semana Santa. Pero con un matiz relevante: desnuda de todo tópico. Ausente de clichés. De la caricatura tras la que muchos viven, y bajo la que pretenden esbozar, con cuatro embustes ripiosos, a la primavera en Sevilla. Esta luz del otoño, tan fina y fría, posee más ciudad que otras de marzos y abriles. O al menos así lo percibo. Y no digo ya cuando cruce por el dintel de san Lorenzo, manos color de las hojas caducas, esparcidas en la plaza, la Verdad de las verdades. La que nos hace libres.

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