COPE

Si alguien preguntara cuál es el enemigo de la Semana Santa en la calle, la popular y de masas, pocos dudarían la respuesta: la lluvia. La lluvia es la única cofradía que, como le dé por salir, jamás se quedará en casa. No divagamos aquí sobre lo que llueve en el mundo cofradiero, en sentido figurado. Si tomamos ese terreno, probablemente nos resbalaríamos. O perderíamos el total de lo ocurrido, dada la cantidad de eventos que se suceden en una sola semana. En la pasada, sin ir más lejos, pregonero y cartelista de las hermandades de Gloria y un responsable de comunicación con nombre de profeta: Moisés. Tiene guasa el asunto. Pero no, ya decimos que no, que aquí hemos venido para hablar de lluvia sin más intención.

Sucedió este domingo pasado, cuando la Virgen de Rosario hubo de quedarse en la Basílica. A causa de la lluvia, claro. Paseando, recordé aquella Madrugada de 2011, noche en la que todas las hermandades se quedaron en sus templos. Al igual que aquella Madrugada, el domingo salí a la calle, solo, que es como mejor se suele ir en estos casos. Y en esa lluvia que yo vi, en esa ausencia de cofradías en la calle, reafirmé un aserto que me enseñó mi maestro, Francisco Robles: “La Semana Santa es un estado del alma”. Lo cofradiero no depende, por tanto, de su concreción material, de que haya chunta chunta en las calles, para entendernos. Va más allá de todo eso. Es algo que llevamos dentro. Tan dentro que incluso lo vemos cuando no podemos percibirlo con los sentidos. Yo sabía que esa tarde estaba en la calle la Virgen del Rosario, como supe que saldría en aquella Madrugada la Esperanza Macarena. Y no sólo lo supe, lo viví. Sin verlo. ¿No es ese el fundamento de esta película? ¿No es eso la fe? Y toda esta elucubración tan barroca es gracias a la lluvia, quien comparte con Pilatos, en lo cofradiero, eso de ser tan odiada como necesaria.

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