EL MÁS ALLÁ EN EL DISCURSO DE UNIDOS PODEMOS

El título podría asemejarse a las disertaciones académicas de los congresos universitarios, pero esa sería la última pretensión. Ya se sabe, parafraseando el soneto de Góngora: en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en academicismo. Aunque viniesen de aquellos polvos, el discurso de Unidos Podemos carece del lodo de la academia. En él persiste un tono más publicitario que teórico, más de propaganda que de revista científica. El último ejemplo: el trato con que han tomado la repentina muerte de Rita Barberá.

Es cierto que en este tema han errado a diestro y siniestro, y que la actitud de Iglesias o Garzón no dista demasiado de los titulares, cadavéricos titulares, que han ofrecido Catalá o Villalobos. No obstante, en estos últimos la repulsa de la sociedad es unánime, total; efecto que no provocan las reacciones de los primeros. ¿Por qué?

Veamos, siempre sucede lo mismo, como un día de la marmota de la estrategia política. España se levanta con una noticia inesperada, mediática, de la que todos hablarán en bares y sobremesas. Un suceso que, en principio, cohesionará la opinión pública; en este caso, la muerte de una persona. Nadie se alegrará de la muerte de nadie, se sobreentiende. Pero es aquí donde UP enarbola la discrepancia, si no absoluta, sí parcial: lamentamos el fallecimiento pero no nos sumamos al minuto de silencio que todos aprueban. Ahí han logrado la brecha, la confrontación. ¿Qué capta el simpatizante de una formación que se atribuye el rol de defender al pueblo y a los justos de naturaleza y que propaga enfrentarse a los tiranos y a las élites? Pues que en un mundo donde todos son malos, los que disienten, por disparatada que sea la propuesta, serán los auténticos y libres. De este modo, Unidos Podemos se garantiza la posición de minoría, la cual se identifica, en el ideario común, con los valores positivos de una sociedad: el que está en desventaja es honesto.

Ahora responden los otros, que son muchos y de distinta condición, pero que, a ojos de la polémica ya servida, se amparan bajo un ideal que los une. Sea el minuto de silencio a Barberá o lo que crean conveniente suponer. Y ya está la sociedad dividida según el patrón que Unidos Podemos desea: corruptos y nosotros. Con la consiguiente radicalización de los moderados de todas las formaciones políticas. El resto, a la vista.

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Histórico, el adjetivo de moda en los eventos cofradieros. No hay titular del periodismo o comentario de barra de bar que no lo incorpore al discurso. El día en que se fundió el último candelero de la salida extraordinaria en el año extraordinario del mes extraordinario de un extraordinario día, histórico; el altar de cultos que los priostes montaron con motivo del quinto aniversario del estreno de la nueva madera de las trabajaderas de la parihuela de ensayo, histórico; la hora en la que Amparito, señorona siempre fiel a su mesa de estampitas y medallitas, limpió el polvo del tapete de ciertopelo, histórica; el pleno en que Sainz de la Maza se percató de que tiene el Caballo de Troya en casa y que no todos los males del Consejo emanaron de Bourrelier, uh, eso sí que es histórico. Todo es histórico, y lo peor es que cualquier excusa es suficiente para pedirle la mano al especificativo. Más aún desde que lo extraordinario es que no haya ninguna salida extraordinaria en la calle. A lo histórico le sucederá lo que a las coronaciones, que de tanto abundar, lo exquisito será no concederlo. Me huelo que en estos actos y celebraciones de las cofradías hay mucho de histórico y muy poco de necesario, que es como decir que nos inventamos la efemérides de turno para figuronear con la letra que cantaba El Barrio cuando se iba a Madrid: sin remordimientos. Y así nos saciamos, un poquito al mayordomo, otro poquito al teniente, otro poquito al diputado mayor de gobierno, de su jugosa ración de vanidad. Dicen que la fe mueve montañas, pero en determinados cenáculos capillitas es, en todo caso, el ego. Pero ya llegará la que sale el Sábado Santo para ponerlo todo en su sitio: a la historia y al capillismo. ¿La Soledad? No, La Canina.

DESPUÉS DE TODO

Estabas con unos amigos de cena, y era viernes por la noche y el plan no se iba a demorar demasiado, un par de horas como mucho, aunque en la insistencia de los colegas se avecinara lo peor, como casi siempre. Una vuelta y para casa, sí, que es como decir el principio del fin. Al final, claro, cedes, venga, una y ya está: ese es el tío, responden. Sin embargo, en esa noche se cumplió la excepción de toda regla, y por sorprendente que pudiera resultar, cumpliste la promesa de no recogerte a las tantas. Al día siguiente madrugabas, a pesar de ser sábado –qué mayor estoy, pensaste-, aunque no sabes muy bien para qué: ¿trabajo atrasado? ¿Salir temprano para echar el día en el campo? No, ya: la convivencia en la sierra. Eso era. Te acuerdas, ahora mejor, de que estabas en los postres, camarero la cuenta, y que en ese instante, al alzar la mano, con toda la torpeza, tiraste la copa. Ala, otra vez, vaya cómo lo has puesto. Y entonces, alguien con el móvil, oye, ¿habéis visto esto?

En París, en la sala Bataclan, unos terroristas, armas de fuego en mano, entraron y dispararon a la multitud. Y ahora, la confusión. Y las noticias que iban sucediendo con cuentagotas. Y las primeras imágenes en las redes sociales. Y contacta con tal, y mi amigo está de Erasmus allí. Al día siguiente llegaron más reportajes, y se iban conociendo todos los detalles, como dicen en la jerga del periodismo. El horror, sí. Un horror que desde el 11-S o el 11-M pocos recordaban.

Pasó el año, y volviste al lugar de aquella noche, con aquellos amigos. Pero no hubo madrugón ni falsas promesas cumplidas, y un una y para casa fue lo que siempre ha sido: las ocho de la mañana. Tampoco hubo ese oye, mira, de las malas noticias ni te doy por escribir un tocho de los tuyos en tu muro de Feisbuk, sentencias breves en el timeline de Tuiter. Nada de eso. Porque no entraron en Bataclan a sembrar su odio, porque en los restaurantes de París persistió el bullicio, porque los ciudadanos, por inmenso que fuese el dolor, se sentaron allí, en las terrazas de los atentados, como si nada hubiese ocurrido. Porque se podría decir que, después de todo, hemos ganado.

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Del aire de Roma andaluza de Aquilino Duque en el siglo XX a la Roma triunfante en ánimo y nobleza de Cervantes en los primeros balbuceos del español universal, allá por el Siglo de Oro. Las comparaciones de Sevilla con Roma no han sido odiosas. A lo sumo, ociosas: más líricas que veraces. Pero ¿y las diferencias? ¿Nadie ha hablado de las diferencias? La principal es que Sevilla, en contra de lo que sucedía en el imperio, sí paga traidores. Y no digamos ya en el mundo cofradiero. Si no, que se lo pregunten a más de un miembro de la junta directiva del Consejo de Cofradías. Por eso uno procura rodearse de buena compañía, como la que pudo disfrutar el pasado domingo en la Virgen del Amparo, nombre que escribió Bécquer en una de sus más famosas leyendas. Ahí estaba Enrique Belloso, y mi hermano Javier Atienza, y Joaquín Domínguez, y Jesús Ríos, y Antonio Mavit, y Tarno, y Carlos Magariño, y Javier Abad, y alguno que otro que mañana me llamará diciendo que cómo se me ha olvidado su nombre. La Virgen cruzaba la Puerta de Triana entre unas palmeras con propósito de fuegos artificiales y el olor a carne industrial de la hamburguesería, ese dios del capitalismo posmoderno. El paso, con tiempo de péndulo, como un árbol frondoso, mecido por el viento de izquierda a derecha –sí, como Ciudadanos, pero ese es otro tema-, abandonaba el barrio de la Magdalena para marchar, la llamada muy cortita, a la calle Santas Patronas y al Arenal. Del Amparo a la Amargura de este fin de semana, y de la Amargura, en esa diferencia de días entre noviembre y diciembre que tanto se parece a una calle Feria del calendario, a la Esperanza. ¿O es que nadie se ha percatado?

EL POPULISMO ES UN OCASO

Parece que podríamos definir el canon cultural de Occidente desde dos puntos de vista: La Biblia y Los Simpson. O al menos esta fue la conclusión a la que llegué en una conversación amistosa y, como todo lo que nace desde la amistad, entusiasmada, intensa. El sustrato de nuestra civilización está en esos dos ejes, la interpretación total de lo que culturalmente somos, y desde similares miradas proféticas. Si por una parte nos garantizaron la llegada del Mesías, por otra nos aventuraron, desde la parodia, hoy convertida en desconcertante realidad, el advenimiento del nuevo presidente de los EEUU: Donald Trump.

El discurso del populismo, de Trump, encuentra sus raíces en el desencanto de una sociedad que desconoce el alcance de su propia complejidad. Que no asume, ni quiere asumir, respuestas fatigosas a problemas complicados, en donde la casuística y la reflexión son el comienzo de un largo recorrido. Prefiere la cara amable, sencilla, rápida y eficaz. Aunque, y aquí el dardo envenenado del relato, sea una cara que no corresponda con la verdad del contexto. Es evidente que estas propuestas no habrían prosperado en el supuesto de que la crisis económica mundial de 2007 hubiese pasado sin pena ni gloria. O que no hubiese sucedido. Pero está claro que no es así. Y al éxito se suman nombres como Le Pen o Farage.

Pero el populismo, a diferencia de los fascismos del siglo XX, y a pesar de las semejanzas históricas –sobre todo en el estudio del ascenso al poder- que algunos quieren demostrar, no impone ideas. Estas emanan del electorado, o mejor, de la expectativa de un electorado que al modo de la sociedad de consumo compra la varita mágica de este o aquel candidato. El voto populista, infantil y pasajero, caprichoso, dará la espalda en el momento en que compruebe que las promesas del líder carismático y oportunista no se pueden ejecutar. Ni siquiera plantear. Y retirará su confianza, perplejo, desengañado, algo, seamos optimistas, más maduro.

El populismo tiene apoyo social, sí, pero este a su vez está legitimado por las urnas y las leyes. Ni por la masa ni por el número de manifestantes en la calle. Escrutinio y sufragio universal, sin más trampa. Por tanto, el populismo, en su propio triunfo, es un ocaso, pues como escribió Quevedo, nadie promete tanto como aquel que no va a cumplir.