EL POPULISMO ES UN OCASO

Parece que podríamos definir el canon cultural de Occidente desde dos puntos de vista: La Biblia y Los Simpson. O al menos esta fue la conclusión a la que llegué en una conversación amistosa y, como todo lo que nace desde la amistad, entusiasmada, intensa. El sustrato de nuestra civilización está en esos dos ejes, la interpretación total de lo que culturalmente somos, y desde similares miradas proféticas. Si por una parte nos garantizaron la llegada del Mesías, por otra nos aventuraron, desde la parodia, hoy convertida en desconcertante realidad, el advenimiento del nuevo presidente de los EEUU: Donald Trump.

El discurso del populismo, de Trump, encuentra sus raíces en el desencanto de una sociedad que desconoce el alcance de su propia complejidad. Que no asume, ni quiere asumir, respuestas fatigosas a problemas complicados, en donde la casuística y la reflexión son el comienzo de un largo recorrido. Prefiere la cara amable, sencilla, rápida y eficaz. Aunque, y aquí el dardo envenenado del relato, sea una cara que no corresponda con la verdad del contexto. Es evidente que estas propuestas no habrían prosperado en el supuesto de que la crisis económica mundial de 2007 hubiese pasado sin pena ni gloria. O que no hubiese sucedido. Pero está claro que no es así. Y al éxito se suman nombres como Le Pen o Farage.

Pero el populismo, a diferencia de los fascismos del siglo XX, y a pesar de las semejanzas históricas –sobre todo en el estudio del ascenso al poder- que algunos quieren demostrar, no impone ideas. Estas emanan del electorado, o mejor, de la expectativa de un electorado que al modo de la sociedad de consumo compra la varita mágica de este o aquel candidato. El voto populista, infantil y pasajero, caprichoso, dará la espalda en el momento en que compruebe que las promesas del líder carismático y oportunista no se pueden ejecutar. Ni siquiera plantear. Y retirará su confianza, perplejo, desengañado, algo, seamos optimistas, más maduro.

El populismo tiene apoyo social, sí, pero este a su vez está legitimado por las urnas y las leyes. Ni por la masa ni por el número de manifestantes en la calle. Escrutinio y sufragio universal, sin más trampa. Por tanto, el populismo, en su propio triunfo, es un ocaso, pues como escribió Quevedo, nadie promete tanto como aquel que no va a cumplir.

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