COPE

Del aire de Roma andaluza de Aquilino Duque en el siglo XX a la Roma triunfante en ánimo y nobleza de Cervantes en los primeros balbuceos del español universal, allá por el Siglo de Oro. Las comparaciones de Sevilla con Roma no han sido odiosas. A lo sumo, ociosas: más líricas que veraces. Pero ¿y las diferencias? ¿Nadie ha hablado de las diferencias? La principal es que Sevilla, en contra de lo que sucedía en el imperio, sí paga traidores. Y no digamos ya en el mundo cofradiero. Si no, que se lo pregunten a más de un miembro de la junta directiva del Consejo de Cofradías. Por eso uno procura rodearse de buena compañía, como la que pudo disfrutar el pasado domingo en la Virgen del Amparo, nombre que escribió Bécquer en una de sus más famosas leyendas. Ahí estaba Enrique Belloso, y mi hermano Javier Atienza, y Joaquín Domínguez, y Jesús Ríos, y Antonio Mavit, y Tarno, y Carlos Magariño, y Javier Abad, y alguno que otro que mañana me llamará diciendo que cómo se me ha olvidado su nombre. La Virgen cruzaba la Puerta de Triana entre unas palmeras con propósito de fuegos artificiales y el olor a carne industrial de la hamburguesería, ese dios del capitalismo posmoderno. El paso, con tiempo de péndulo, como un árbol frondoso, mecido por el viento de izquierda a derecha –sí, como Ciudadanos, pero ese es otro tema-, abandonaba el barrio de la Magdalena para marchar, la llamada muy cortita, a la calle Santas Patronas y al Arenal. Del Amparo a la Amargura de este fin de semana, y de la Amargura, en esa diferencia de días entre noviembre y diciembre que tanto se parece a una calle Feria del calendario, a la Esperanza. ¿O es que nadie se ha percatado?

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