COPE

En este mes de altar de ánimas en la antigua parroquia, esquelas en el periódico y camposanto; en este mes de piel plomiza, muerte prematura de las horas de sol, atardeceres de color flor de talco en la delicada y transparente hornacina de los conventos, de los altos pasillos, casonas de la calle san Vicente y los días de septiembre como una piedad cayendo entre tus brazos. En este mes del tópico tempus fugit, cráneo y mitra, alegoría de Valdés Leal,  qué solos están, qué solos se quedan, casi alcanzo por la calle doña María Coronel, historias del Medievo, los primeros pasos de la otra leyenda: Maese Pérez. En este mes de difuntos, como Lázaro, volvió, mentira, resucitó, el Gran Poder. Poder de un reino que no es de este mundo. Yo lo vi en aquella mañana de domingo en la que la ciudad llevaba de la mano un silencio desgastado por los siglos. Lo vi como un incendio que nadie se atreviera a calmar, a apagar, a sofocar. No eran las calles del naranjo o estas otras de la tamborería, no eran las calles manoseadas por la pringue del cliché y la mala literatura, siempre tan predispuesta a surgir en escena, donde menos lo esperas. No. Allí hubo verdad. Verdad desnuda, sin atributos, sin mancha. Una verdad a la que nadie se acerca, pues su luz y su hondura ciega y causa vértigo a partes iguales. La verdad de la ciudad en otoño. La verdad de Dios en la calle. Una verdad tan absoluta que no admite la refutación, tan sólo la pregunta. Y yo me pregunto cómo hablar de lo que es infinito en un palmo de terreno. Cómo hablar de Dios cuando sale al encuentro de la ciudad.

DEBERES

“Todo es según el color / del cristal con que se mira”, escribe Ramón de Campoamor en esta letrilla ingenua y asonantada con la que nos introduce en uno de los signos de la contemporaneidad: el relativismo. De aquí, y en adelante, esta corriente ha sido la dominante en nuestro tiempo. De Campoamor a Jarabe de Palo. Depende, de qué depende. Es muy probable que la intención del poeta, de cuyo estilo pocas interpretaciones podemos elucubrar, dado el realismo de su obra, no fuese de tal envergadura, y que el propósito de este poema no buscara tales cotas de profundidad y de filosofía. A lo sumo, ingenio.

Lo que sí tengo claro es que –y perdón por el yoísmo- jamás hubiese comenzado esta breve nota con la ayuda de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA). Y es que esta confederación, organización que se presume, al menos con ese apodo, nutrida y numerosa, ha convocado una curiosa huelga: ausencia de deberes en casa. Sí, CEAPA invita a que los padres, tutores, profesores y niños hagan huelga en contra de los deberes.

No sé el resto, lo desconozco, pero si algo tengo que agradecer a la escuela es el concepto del deber, de la obligación, de la responsabilidad. Una idea que, en niños y adolescentes, toma cuerpo en los deberes, es obvio. Sin el ejercicio del deber, el hombre es un ser vacío, incompleto, hueco. El deber, o mejor dicho, el cumplimiento del deber, es uno de los pilares de la libertad; es decir, de un valor sin el que la persona –al menos en sentido ético y político- se anula. Con el deber alcanzamos el aprendizaje, el conocimiento, la asimilación de nuestras capacidades, de nuestros límites. No se trata de inflar las horas de estudio con naderías y ejercicios inútiles, pero tampoco de inculcar a un niño en que evadir el deber es tan sencillo como decir no, pues hasta para ejercitar los antagónicos derechos, como este de huelga, son necesarios los deberes.

La sociedad misma se articula en torno al deber, al compromiso, a los plazos. Y es sano que así sea. En la obligación casi siempre está la otra parte, el contrario. Mejor: la consideración al contrario. ¿Y no es también ese respeto un síntoma de educación? Lanzo la pregunta. Y nos ponemos, claro está, deberes.

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Si decimos que hoy Dios sale a la calle, es probable que no alcancemos, mejor dicho, que no midamos, la longitud, el horizonte, la altura, la dimensión, hasta el vértigo, de nuestro convencimiento. Hoy sale Dios a la calle, sí, pero hay mucho más. Hay otra interpretación, quizá mayor, en aquello que viviremos en una hora y media. Hoy sale una Imagen con la que podríamos definir un concepto de ciudad desde hace más de cuatro siglos. La Imagen del Señor de El Gran Poder no se agota en un credo o una fe, aunque en esto de la teología y la devoción popular sea imposible, bajo su nombre, ocupar más espacio. En estas categorías todo lo llena, todo lo logra. Pero irá, siempre, más allá. Porque no puede quedarse ahí, incluso cuando eso sea más que suficiente, más que necesario. El Gran Poder es una Imagen con la que se podría escribir a la ciudad de Sevilla desde multitud de enfoques, de ciencias, de ramilletes del pensamiento. Son la sociología, la literatura, la antropología, la historia, el arte, la política, la economía. Y es que El Gran Poder tiene reservado, en cada uno de estos nombres, un lugar propio. ¿O no se podría estudiar la historia de Sevilla, diacrónica y sincrónicamente, desde la talla de El Gran Poder? Pero aún hay adverbio en el verbo primero. Aún hay más. Y no es cuestión de gramática ni de morfología. El Gran Poder es una Imagen que articula a la ciudad de Sevilla. Incluso hasta en los que no creen en él, pues en la negación de estos hay algo de afirmación, de admitir la realidad de una Imagen como símbolo de un acervo cultural, o de una ciudad, claro. El Gran Poder es una devoción en la que cada uno de nosotros nos hemos buscado,  hemos acudido; en él nos encontramos todos, pues en sus manos, en su talón, está lo único que nos hace hombres, lo único que nadie nos puede quitar. Y eso es, cómo no, la palabra.