UN SEGUNDO MÁS EN FIN DE AÑO

 

El pavor que causa este tiempo último del año, el que obliga casi a pedir socorro con tal de salir indemne de la situación, que si la lista de los mejores libros, que si los momentos más importantes de estos meses en cada uno de los telediarios vistos,  no es tanto lo que se vive como la repetición perpetua de lo que uno vive. En estos días de cuenta atrás, los cuartos, cuidado abuela con las uvas, vestidos  horteras y luminosos como un cartel de motel de carretera, no pesa tanto el instante de lo que se sucede, cursis dixit, como la reiteración de lo que sucede. Despedimos el año con idéntico ritual todos los años. Agotador. Más aún cuando lo que estamos deseando es decirle adiós.
Por si fuera poca tragedia, oh, el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia (IERS),  que sí, que eso existe, y con ese nombre entre base rebelde de Star Wars y revista científica, ha estipulado, por una serie de carambolas físico-matemáticas de espacio y tiempo, que este 2016 ha de durar un segundo más. O de más, mejor dicho. ¿Alguien recomienda la dirección de un buen psicólogo? Complicado de superar.
Ya asoma la canción de Mecano y el traje, al que probable le sobrará alguna que otra vocal, de Cristina Pedroche por el escaparate de la televisión; ya pensaremos en que este año sí o sí toca acudir al gimnasio, dejar de fumar, almorzar ensalada dos veces por semana o cualquier temeridad -como todo lo que sabe posmoderno- por el estilo. Y con un segundo de regalo de por medio. Leve en el vuelo e intenso en el cuerpo, como la capa de Ramón García. Como la resaca del uno de enero.

DOS EUROPAS EN TRES DÍAS

El pasado lunes el mundo se asemejaba al cristal hundido y desquebrajado del camión que se llevó por delante la vida de inocentes en un mercado navideño en el centro de Berlín. Pero la imagen no quedo ahí. Del mismo modo, el pecho herido del embajador de Rusia en Turquía, Andrey Karlov, disponía de una crudeza similar: la del hondo golpe, la rotura del cuerpo, ya sea una persona, un automóvil o un país. Todo se unió en un mismo todo, concatenado. Europa, de oeste a este, se vio fragmentada, herida, aquí y allá, en materias distintas en forma pero iguales en fondo. Y es que el viejo continente, tomando la expresión del tópico, convencional y manoseada, era el retrato de ese cristal reventado por el accidente, del pecho del diplomático abierto en canal por los tiros del terrorista; era, incluso, la destrucción de su propia destrucción. Al menos por unos segundos, los que bastan para compartir una noticia en la edad de la comunicación instantánea.

El primer paso del dolor es el desconcierto, el no saber qué ni cómo. Y desde este desconcierto poca predicción y análisis nos espera. A lo sumo, según su dictado, operamos a base de intuición, desde la suposición. Aún es pronto para estimar reacciones a estos dos sucesos, recordemos que los analistas ni siquiera se aclaran sobre las de un gobierno de Trump o un ya lejano referéndum del Brexit; no obstante, algo, básico y superficial, esperamos en las declaraciones que Merkel y Putin han ofrecido a los medios: nadie se quedará de brazos cruzados. Ni Alemania ni Rusia.

Pero de repente sucede que el miércoles, dos días después, el Tribunal de Justicia de la UE dictamina la retroactividad total en la devolución de las cláusulas suelo, un abuso como otro cualquiera, en este caso, desde la bancada de la banca. Dos Europas en tres días. La que conoce el horror de la sangre, el terrorismo y la guerra –con el consiguiente alzamiento de posturas euroescépticas y extremistas- y la que usa sus instituciones para proporcionar seguridad jurídica –libertad- a la sociedad. Y es que somos, como europeos, eso: soportar el golpe para crecer en la adversidad. Nacimos así. Apuntamos que es inevitable no amar lo que resiste.

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En esta ciudad tan dada a los perfiles, que no son los de esos pasos que cruzan delante de ti y a los que les ves la canastilla a media cuarta de tus párpados, calle Francos, calle Alemanes, calle Cervantes, sino los de miro para el otro lado y que no se me note, no digo nada no vaya a ser que, silencio, silencio, ruegos y preguntas que en el cabildo general se toman por unanimidad y que en el montaje del besamanos, con los cuatro o cinco de siempre, los cercanos, los amigos, largamos con la efusividad de los chorreones de cera que, al introducir el cirio en el candelero, salpican. Misma intensidad y misma quemadura las de sus comentarios. En esta ciudad donde pocos se atreven a seguir la voz del capataz, venga de frente, y solo unos inconscientes dan el primer paso; en esta ciudad en que tan complicado se hace el encontrar a alguien que mire, observe y diga, más aún cuando somos nosotros mismos los que estamos en la encrucijada; en esta ciudad, en resumidas cuentas, en la que parece que nada es ruán de san Isidoro o impoluta túnica de mi cofradía tocaya, en el nombre, no en la santidad, y que es san Gonzalo; es decir, una ciudad donde nada es negro o blanco, y no porque nos dé reparo los absolutos sino por miedo a posicionarnos. En esta ciudad cobardona, cuánto se agradecen trabajos como el de Javier Abad, quien desde su cámara ha retratado, sin medias tintas ni leves concesiones, la salida de El Gran Poder en el pasado mes de noviembre. La ciudad y las cosas se titula el trabajo, y ahí se desnuda el todo por cada parte: a Dios desde la emoción, desde el azulejo del escaparate, desde el bullicio de la plaza. Yo le doy la venia para que estos audiovisuales no se queden ahí, y sigan adelante. No estamos para perdernos estos lujos.

LA VANIDAD NUNCA MUERE

Puede ser el primer síntoma de vida, de asegurarnos, con certeza, de que estamos plenos, de que llegamos al mundo. Sujetamos su cartel de bienvenida incluso antes de que nos percatemos de su concepto, de su verdad. Hablo de la muerte, esa especie de pasaporte cuya naturaleza siempre será perenne, siempre con nosotros, sin necesidad de renovación y de burocracia, sensación de eterna compañía, como la soledad o el WhatsApp. Pero de la muerte no solo se espera la frivolidad, la superficialidad, la sonrisa complaciente y pasajera. En absoluto. De ahí que inspire temores, y con ello supersticiones, religiones, filosofía, explicaciones. Y cultos. Veneración –como todo lo que supone enigma, desconcierto-. Y en sus dos vertientes: positiva y negativa. Desde la creencia en la vida eterna del cristianismo a la superación de esta preocupación en los existencialistas.

La muerte ha variado de concepto en su propio concepto durante siglos, como el amor y la vida. Tema mutable y variable como pocos, ha admitido diferentes perspectivas, tesis, aportaciones; ha soportado el juicio, la crítica, el elogio. Pero hay un matiz en el que ha permanecido siempre ahí, estática. Lo único en lo que no ha cambiado de vestido ha sido en su culto, o mejor dicho, en el culto que nosotros, como sociedad, como sociedades, le hemos dado. Qué curioso: podrá evolucionar el modo de interpretarla o podremos adaptarnos a las explicaciones que de la muerte hemos esbozado –credos y teorías de la filosofía, principalmente-, pero no el respeto, el miedo, que sugiere. Miedo y respeto que, a su vez, alimenta la idea de su interpretación.

Desde este temor a la muerte, el culto que genera. Siempre idéntico, como decimos. Así en las mastabas y las pirámides de Egipto como en estas casas para el último descanso que se plantan los grandes sicarios del narcotráfico en el noroeste de México. Monumentos totales cubiertos de vidrio a prueba de balas, cámaras de vigilancia, sensores de presencia. ¿Qué merece proteger el que ya no tiene más vida que su propia muerte? Quizá la vanidad, el ego, el afán del hombre por mantener un legado más allá de su cuerpo, de lo corpóreo. Qué extraño resulta el hecho de que esa idea, en la mente de los líderes de un tiempo, sea la única que perdure. O la que intenten mantener incandescente. Como escribe Gil de Biedma: “Ay, el tiempo. Ya todo se comprende”.

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Antes de que la poética de tu nombre venga a cubrir de emoción lo impersonal del raciocinio; antes de que tomes la puerta por la que entraron las lenguas vernáculas de la modernidad, que son las de Europa, imperio de Carlos V y casamiento de Isabel de Portugal; antes de que recuerdes de tu memoria el inicio del soneto “de pura honestidad templo sagrado / cuyo bello cimiento y gentil muro / de blanco nácar y alabastro duro / fue por divina mano fabricado”; antes de que la ola moribunda de su encaje te invite a concluir que ahí se oye un eco de verdad, calma de desembocadura del Guadalquivir a su paso por Bonanza, paseo por esa playa blanca, tan de Cádiz, tan de la bahía, que cantara Rocío Jurado en la Exposición del 92… una playa, una iglesia, eso ahora no importa lo más mínimo; antes de que la Vía Láctea de sus mariquillas, todo el simbolismo de Verlaine y de Darío en sus reflejos parisinos, te indique que esto es obra de otro mundo, o al menos de otro reino; antes de todo eso, te imaginan, y yo te imagino, está claro. ¿Y cómo? Pues al final, como es de precepto en tu nombre, siempre al final, donde ya no queda casi oportunidad alguna, donde tan sólo hay una puerta, entornada, se entiende, con una luz imperceptible, pero que sana, basta, vaya si sana y basta. Yo te imagino camino y destino, medio y fin, que son los rasgos de tu condición. Y te imagino sin tanta filosofía, sin tanta literatura, elevando dignidades de hombres y mujeres: concejales del Ayuntamiento y empresarios de tu junta, toxicómanos de El Pumarejo y sin techos de la calle san Luis. Porque ya es dieciocho de diciembre, un día de inviernos y de bufandas, sí, pero es que hay fríos que abrigan, y la Esperanza es uno de ellos.

TRUMP CON TÉ DE TIME

No es que fuese la terna un corrillo que motivara inspiraciones y admiración, todo lo contrario: eligieran a quien eligieran, la estupefacción estaba garantizada, como en el festival de Eurovisión o algo por el estilo. Clinton, Erdogan o Trump. O Beyoncé, para dotar de un poco de seducción a la lista, imagino. En el caso de los tres primeros, más peligro que una discusión de política en estas cenas navideñas que se acercan; en el caso de la última, nadie sabría muy bien justificar su inclusión. ¿Y para qué estos nombres? ¿De qué candidatos?, preguntarán. Pues de la lista a personaje del año según la revista Time. Visto así, ¿por qué no escogieron a los que elaboraron las encuestas que pronosticaron los resultados de las elecciones americanas? El plan, dispuestos ya al esperpento, lo mejoraría, sin duda alguna.

Y es que la revista Time elige a este personaje del año para bien o para mal, según dice. El bien de los unos me recuerda a esas tapas de gastrobares y lugares de idéntica índole, o a las tertulias políticas del sábado noche: el contenido, para disfrutarlo o excusarlo, hay buscarlo con insistencia. El mal, aunque con él me pudieren acusar de moralista, error imperdonable, casi de juventud, abunda con mayor amplitud y vibración en el tono de sus nombres. En él es más fácil encontrar su sino su destino su camino. En todo caso, a este grupo de candidatos lo llamaría como Juan Manuel de Prada denominó otro prototipo de sociedad: patulea. La columna, abro paréntesis, no tiene desperdicio.

Pero retornando al asunto, esta terna de la revista Time, y aquí el perjuicio de nuestros mayores, favorece lo que Rimbaud etiquetó como el lenguaje de la tribu. El periodismo de las cinco chorradas que no debes perderte; el periodismo que te salva de los silencios incómodos, esos que pruebas al montarte en el ascensor con tus vecinos.  Y es que estos trabajos ayudan a la caricaturización en unos casos y a la exposición en otros. Como lo que hicieron con Merkel hace unos años, comparándola con el nacionalsocialismo y tal. Que Trump sea, para Time, personaje del año legitima, ya sea para bien o para mal, su posición de hombre estrella, líder de un tiempo. Aunque, como con Merkel, no sea tan cierta la relación.

SIN PRECIO, LIBERTAD

Con la muerte de Fidel Castro se han destapado ciertos debates en principio olvidados, o al menos superados en los primeros pasos del siglo XXI. De hecho, hay una generación, a la que pertenezco, nacida o educada en esos años, a la que la dictadura de Castro o el Tratado de Belavezha nos suena más a Historia que a nostalgia. Pero si doctores tiene la Iglesia, no digamos la economía, ese dios material, de papel y hueso, absoluto. Estos últimos predicadores han ido por el mundo de sus ideas pontificando un argumento más antiguo que el hilo negro, aunque revestido, en su ideario, se entiende, de original novedad.

El debate, o la propuesta, se basa en justificar la existencia de un sistema de gobierno autoritario según sus aportaciones, sus éxitos, en política social. En justicia social. Desde este planteamiento, el gobierno socialista de Cuba habría sido un referente para el mundo, pues suministraba trabajo al que acabara sus estudios, garantizaba un techo a quien pidiese alojamiento, aseguraba alimento al que tuviese hambre. Mira, mira, cómo salen a la calle en esta novena de luto por lo civil. Ni que decir tiene que todas estas pruebas –apuntes, más bien- son susceptibles no sólo de interpretación sino de refutación, y que en ellas abunda más el sentimiento que el hecho, como en cualquier defensa unívoca de la ideología.

Pero el criterio persiste, no tan minoritario como se podría suponer, y observas a chavales de veinte años optando por la justicia social antes que por las libertades, por los derechos humanos, si me apuran. Una conducta que denota un determinismo impropio de cualquier juventud: prefiero que el Estado me ampare, me asegure, me proteja, aunque el precio que soportemos no sea tanto el de los impuestos como el de las libertades.

Uno de los rasgos –y de las diferencias respecto del autoritarismo- de las democracias es el riesgo de la libertad; otro, la condición de individuo en su relación con el Estado. Es la persona quien, a cambio de unas prestaciones, determina y contribuye al Estado, y no al revés. Pero esto no parece apreciarlo el muchachito que nació soberano, y próspero, a pesar de todo. Y en su conmovedor planteamiento, tan reaccionario en fondo y forma, y que no es otro que el de dame pan y dime tonto, se imagina rebelde, revolucionario.

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Ha pasado el mes en el que es protagonista, y nadie ha hablado de su persona. Hasta para eso discurre tangencial, secundaria. Hasta para eso es levemente marginal. Escribo de La Canina, es obvio. La que el Sábado Santo sale de san Gregorio y no lleva más música que el sonido de muerte del arpa de sus costillas. La ves venir de lejos, por la tele, en el bullicio de Alfonso XII, cuando la cámara enfoca ese más allá, terrenal y alegórico: de un lado, la muerte, por otro, lo que sucede en las fronteras de la Carrera Oficial. Cuando La Canina hace aparición en escena, uno prefiere mirar las caritas de la bulla. Confieso públicamente esta manía, algo macabra. Los veo tiesos, formales, todos más rectos y hieráticos que esos cipreses de camposanto en este mes de noviembre que se nos va, o que los acólitos de una hermandad vecina, la de El Silencio. Que en cuestión de comparar edades -Canina, cipreses de camposanto, acólitos de El Silencio- no sabe uno por dónde tirar. Pero al lío. Lo que más me gusta de La Canina es lo ajena que está al discurso de la cultura cofradiera oficial, de atril de pregonero. Sucede lo mismo que con la lluvia. Nadie las menciona. Y están ahí, en la Semana Santa. Pero no: para el discurso de la cultura cofradiera oficial todos los días son soleados y La Canina no merece su lugar. Eso les otorga a ambas una condición de marginalidad que no sólo aviva su veracidad, también su mito. Eso en lo cofradiero. ¿Y en lo teológico? Aquí La Canina es el punto de inflexión, hasta ella todos lo tenemos muy clarito. De ahí en adelante comenzó la discusión de dos mil años. ¿No es asombroso? Perdón por el olvido, Canina. Aunque sabes que siempre vas conmigo, y no en la estampita de la cartera. No: mucho más adentro.