COPE

Ha pasado el mes en el que es protagonista, y nadie ha hablado de su persona. Hasta para eso discurre tangencial, secundaria. Hasta para eso es levemente marginal. Escribo de La Canina, es obvio. La que el Sábado Santo sale de san Gregorio y no lleva más música que el sonido de muerte del arpa de sus costillas. La ves venir de lejos, por la tele, en el bullicio de Alfonso XII, cuando la cámara enfoca ese más allá, terrenal y alegórico: de un lado, la muerte, por otro, lo que sucede en las fronteras de la Carrera Oficial. Cuando La Canina hace aparición en escena, uno prefiere mirar las caritas de la bulla. Confieso públicamente esta manía, algo macabra. Los veo tiesos, formales, todos más rectos y hieráticos que esos cipreses de camposanto en este mes de noviembre que se nos va, o que los acólitos de una hermandad vecina, la de El Silencio. Que en cuestión de comparar edades -Canina, cipreses de camposanto, acólitos de El Silencio- no sabe uno por dónde tirar. Pero al lío. Lo que más me gusta de La Canina es lo ajena que está al discurso de la cultura cofradiera oficial, de atril de pregonero. Sucede lo mismo que con la lluvia. Nadie las menciona. Y están ahí, en la Semana Santa. Pero no: para el discurso de la cultura cofradiera oficial todos los días son soleados y La Canina no merece su lugar. Eso les otorga a ambas una condición de marginalidad que no sólo aviva su veracidad, también su mito. Eso en lo cofradiero. ¿Y en lo teológico? Aquí La Canina es el punto de inflexión, hasta ella todos lo tenemos muy clarito. De ahí en adelante comenzó la discusión de dos mil años. ¿No es asombroso? Perdón por el olvido, Canina. Aunque sabes que siempre vas conmigo, y no en la estampita de la cartera. No: mucho más adentro.

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