COPE

Antes de que la poética de tu nombre venga a cubrir de emoción lo impersonal del raciocinio; antes de que tomes la puerta por la que entraron las lenguas vernáculas de la modernidad, que son las de Europa, imperio de Carlos V y casamiento de Isabel de Portugal; antes de que recuerdes de tu memoria el inicio del soneto “de pura honestidad templo sagrado / cuyo bello cimiento y gentil muro / de blanco nácar y alabastro duro / fue por divina mano fabricado”; antes de que la ola moribunda de su encaje te invite a concluir que ahí se oye un eco de verdad, calma de desembocadura del Guadalquivir a su paso por Bonanza, paseo por esa playa blanca, tan de Cádiz, tan de la bahía, que cantara Rocío Jurado en la Exposición del 92… una playa, una iglesia, eso ahora no importa lo más mínimo; antes de que la Vía Láctea de sus mariquillas, todo el simbolismo de Verlaine y de Darío en sus reflejos parisinos, te indique que esto es obra de otro mundo, o al menos de otro reino; antes de todo eso, te imaginan, y yo te imagino, está claro. ¿Y cómo? Pues al final, como es de precepto en tu nombre, siempre al final, donde ya no queda casi oportunidad alguna, donde tan sólo hay una puerta, entornada, se entiende, con una luz imperceptible, pero que sana, basta, vaya si sana y basta. Yo te imagino camino y destino, medio y fin, que son los rasgos de tu condición. Y te imagino sin tanta filosofía, sin tanta literatura, elevando dignidades de hombres y mujeres: concejales del Ayuntamiento y empresarios de tu junta, toxicómanos de El Pumarejo y sin techos de la calle san Luis. Porque ya es dieciocho de diciembre, un día de inviernos y de bufandas, sí, pero es que hay fríos que abrigan, y la Esperanza es uno de ellos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *