LA VANIDAD NUNCA MUERE

Puede ser el primer síntoma de vida, de asegurarnos, con certeza, de que estamos plenos, de que llegamos al mundo. Sujetamos su cartel de bienvenida incluso antes de que nos percatemos de su concepto, de su verdad. Hablo de la muerte, esa especie de pasaporte cuya naturaleza siempre será perenne, siempre con nosotros, sin necesidad de renovación y de burocracia, sensación de eterna compañía, como la soledad o el WhatsApp. Pero de la muerte no solo se espera la frivolidad, la superficialidad, la sonrisa complaciente y pasajera. En absoluto. De ahí que inspire temores, y con ello supersticiones, religiones, filosofía, explicaciones. Y cultos. Veneración –como todo lo que supone enigma, desconcierto-. Y en sus dos vertientes: positiva y negativa. Desde la creencia en la vida eterna del cristianismo a la superación de esta preocupación en los existencialistas.

La muerte ha variado de concepto en su propio concepto durante siglos, como el amor y la vida. Tema mutable y variable como pocos, ha admitido diferentes perspectivas, tesis, aportaciones; ha soportado el juicio, la crítica, el elogio. Pero hay un matiz en el que ha permanecido siempre ahí, estática. Lo único en lo que no ha cambiado de vestido ha sido en su culto, o mejor dicho, en el culto que nosotros, como sociedad, como sociedades, le hemos dado. Qué curioso: podrá evolucionar el modo de interpretarla o podremos adaptarnos a las explicaciones que de la muerte hemos esbozado –credos y teorías de la filosofía, principalmente-, pero no el respeto, el miedo, que sugiere. Miedo y respeto que, a su vez, alimenta la idea de su interpretación.

Desde este temor a la muerte, el culto que genera. Siempre idéntico, como decimos. Así en las mastabas y las pirámides de Egipto como en estas casas para el último descanso que se plantan los grandes sicarios del narcotráfico en el noroeste de México. Monumentos totales cubiertos de vidrio a prueba de balas, cámaras de vigilancia, sensores de presencia. ¿Qué merece proteger el que ya no tiene más vida que su propia muerte? Quizá la vanidad, el ego, el afán del hombre por mantener un legado más allá de su cuerpo, de lo corpóreo. Qué extraño resulta el hecho de que esa idea, en la mente de los líderes de un tiempo, sea la única que perdure. O la que intenten mantener incandescente. Como escribe Gil de Biedma: “Ay, el tiempo. Ya todo se comprende”.

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