COPE

En esta ciudad tan dada a los perfiles, que no son los de esos pasos que cruzan delante de ti y a los que les ves la canastilla a media cuarta de tus párpados, calle Francos, calle Alemanes, calle Cervantes, sino los de miro para el otro lado y que no se me note, no digo nada no vaya a ser que, silencio, silencio, ruegos y preguntas que en el cabildo general se toman por unanimidad y que en el montaje del besamanos, con los cuatro o cinco de siempre, los cercanos, los amigos, largamos con la efusividad de los chorreones de cera que, al introducir el cirio en el candelero, salpican. Misma intensidad y misma quemadura las de sus comentarios. En esta ciudad donde pocos se atreven a seguir la voz del capataz, venga de frente, y solo unos inconscientes dan el primer paso; en esta ciudad en que tan complicado se hace el encontrar a alguien que mire, observe y diga, más aún cuando somos nosotros mismos los que estamos en la encrucijada; en esta ciudad, en resumidas cuentas, en la que parece que nada es ruán de san Isidoro o impoluta túnica de mi cofradía tocaya, en el nombre, no en la santidad, y que es san Gonzalo; es decir, una ciudad donde nada es negro o blanco, y no porque nos dé reparo los absolutos sino por miedo a posicionarnos. En esta ciudad cobardona, cuánto se agradecen trabajos como el de Javier Abad, quien desde su cámara ha retratado, sin medias tintas ni leves concesiones, la salida de El Gran Poder en el pasado mes de noviembre. La ciudad y las cosas se titula el trabajo, y ahí se desnuda el todo por cada parte: a Dios desde la emoción, desde el azulejo del escaparate, desde el bullicio de la plaza. Yo le doy la venia para que estos audiovisuales no se queden ahí, y sigan adelante. No estamos para perdernos estos lujos.

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