DOS EUROPAS EN TRES DÍAS

El pasado lunes el mundo se asemejaba al cristal hundido y desquebrajado del camión que se llevó por delante la vida de inocentes en un mercado navideño en el centro de Berlín. Pero la imagen no quedo ahí. Del mismo modo, el pecho herido del embajador de Rusia en Turquía, Andrey Karlov, disponía de una crudeza similar: la del hondo golpe, la rotura del cuerpo, ya sea una persona, un automóvil o un país. Todo se unió en un mismo todo, concatenado. Europa, de oeste a este, se vio fragmentada, herida, aquí y allá, en materias distintas en forma pero iguales en fondo. Y es que el viejo continente, tomando la expresión del tópico, convencional y manoseada, era el retrato de ese cristal reventado por el accidente, del pecho del diplomático abierto en canal por los tiros del terrorista; era, incluso, la destrucción de su propia destrucción. Al menos por unos segundos, los que bastan para compartir una noticia en la edad de la comunicación instantánea.

El primer paso del dolor es el desconcierto, el no saber qué ni cómo. Y desde este desconcierto poca predicción y análisis nos espera. A lo sumo, según su dictado, operamos a base de intuición, desde la suposición. Aún es pronto para estimar reacciones a estos dos sucesos, recordemos que los analistas ni siquiera se aclaran sobre las de un gobierno de Trump o un ya lejano referéndum del Brexit; no obstante, algo, básico y superficial, esperamos en las declaraciones que Merkel y Putin han ofrecido a los medios: nadie se quedará de brazos cruzados. Ni Alemania ni Rusia.

Pero de repente sucede que el miércoles, dos días después, el Tribunal de Justicia de la UE dictamina la retroactividad total en la devolución de las cláusulas suelo, un abuso como otro cualquiera, en este caso, desde la bancada de la banca. Dos Europas en tres días. La que conoce el horror de la sangre, el terrorismo y la guerra –con el consiguiente alzamiento de posturas euroescépticas y extremistas- y la que usa sus instituciones para proporcionar seguridad jurídica –libertad- a la sociedad. Y es que somos, como europeos, eso: soportar el golpe para crecer en la adversidad. Nacimos así. Apuntamos que es inevitable no amar lo que resiste.

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