SEGUIDORES Y DETRACTORES DEL POPULISMO, ¿QUIÉN CONTRIBUYE MÁS?

Lo reaccionario del populismo subyace en su determinismo, en su capacidad de limitar, de antemano, la construcción de cualquier discurso. El mesiánico lo da todo hecho, como los cruceros concertados o las pizzas congeladas. Para los populistas siempre habrá un culpable, un enemigo, una mano negra a la hora de cubrir cualquier contexto: banca, inmigrantes, poderosos, los políticamente correctos, los que en todo ven el populismo. Así, en abstracto, en esa generalización del artículo los que articula, a su vez, el argumento que está por venir. Y es que el populista fija primero al adversario y luego da aire a la idea, en el sentido opuesto a las agujas del reloj de las ideologías. Por otra parte, nos encontramos, obvio, con que ese mundo tan sencillo, tan prefabricado, es una estupenda excusa para declinar motivos razonados, pensamientos, raciocinios, y así satisfacer nuestros instintos ideológicos más cercanos. ¿Para qué complicarnos más? ¿Para qué pensar?

De ahí que, acaso, cuando alguien compartió –o relacionó- el discurso de Bane, el malo de Batman, el Batman de las películas de Nolan, con la soflama de Pablo Iglesias, le llamaran de todo, en ese ejercicio tan nuestro por etiquetar de contrario al que ofrece, simplemente, una visión lejana de la que nosotros atisbamos. Lo curioso es que estos individuos son los mismos que ahora aplauden esa simetría entre el vídeo de Bane y el discurso de Trump. Como los mismos eran, Soto Ivars dixit, los que condenaban a Cremades y salvaban a Strawberry. La realidad, que termina cayendo por sus propios argumentos, es que uno, Iglesias, y otro, Trump, son el Bane, ese Bane de Nolan, de nuestro tiempo.

Pero ambos, los partidarios de Iglesias y de Trump, lo negarán. Y es que los líderes populistas no son tan insoportables por sus intenciones como por sus admiradores. E incluso, me temo, por algunos de sus detractores. Sobre todo cuando estos últimos alimentan dirigentes maniqueos y simplistas en el mejor de los casos, xenófobos y energúmenos en los peores, con bocanadas de odio y de pataleta, y no con un ideario crítico y solvente. Un buen abrigo con el que calmar el frío del sensacionalismo irracional de los apocalípticos es el dato. Pero eso, reitero, nos obliga a ejercitar el pensamiento o la investigación. Aunque ya sabemos lo que pasa, ahora estamos en el mes estrella, en los gimnasios justo después de la tragedia.

COPE

Intuyes cierto debate en torno a los carteles de la Semana Santa. Sobre si deberían haber ido o no a FITUR. Que si Sevilla tendría que haber estado en la feria, que si qué antiguos, que si no promocionamos lo nuestro, que si luego qué razón en otras provincias con que somos unos chovinistas y unos cerrados. Que si tenemos lo que nos merecemos: el rechazo, se entiende. Cuando escuchas estos argumentos piensas en si vendemos paquetes de hoteles rurales, con los que quedas de muerte en las bodas y en los cumpleaños, o si lo que celebramos es la fiesta de Dios. Yo entiendo que en este mundo, tan inclinado al consumo y la deshumanización –de mercadear con las tragedias en los programas de televisión hasta preparar contratos con la intimidad del famoseo-, encuentren en lo intangible, en las creencias, en el júbilo de la fe, un precio. ¿No lo tiene la luz o el agua? Que se lo digan a los empresarios, consejeros, puertas giratorias para los cabezas de listas –de listos-, jarrones rotos de los partidos, quiero decir, que suben el precio de los bienes indispensables, luz en este caso, en los días de invierno. Pero consideraciones como estas al margen, decíamos que en un mundo tan dado a la oferta y a la demanda, todo tiene una cifra y una publicidad. La Semana Santa, hija siempre de su tiempo,  toma su cruz y sigue este nuevo dogma posmoderno: oremos al dios del marketing y del negocio. Aun así, qué curioso, pues hablando de compras y de ventas, en lo que nadie se ha pronunciado, en lo que nadie ha dicho ni mú, es en si el cartel de la Semana Santa merece o no merece una remuneración. Pagar por la dignidad de un oficio, de una artesanía, como es la pintura. Así que ojalá Rafael Laureano o Antonio Díaz Arnido o Nuria Barrera exijan al Consejo de Cofradías lo que, como es de justicia, merecen. Valor para sus obras. Eso sí que es en esta ciudad, por desgracia para nosotros, innovación; eso sí que es, por desgracia, progreso. Si no, que baje Ricardo Suárez y lo vea.

NOS FUIMOS A CÁDIZ, Y ESTO PASÓ

UN VIAJE DE LOS DE QUE YA NO QUEDAN

De sur a sur, viaje entre dos provincias, Sevilla y Cádiz, puntos cardinales del mapa andaluz en donde Fernando Villalón propuso su particular visión, o división, del mundo. En dos, se entiende. Si bien aquella cita pecaba de medianas dosis de ingenuidad, cierto es que mucho de dicotomía tienen estos paisajes, de dobles lecturas, como casi todo lo que merece la pena, como casi todo lo que merece la alegría. La dualidad es necesaria, conveniente, por tanto, a la hora de interpretar estas dos ciudades. De Sevilla vamos hasta Cádiz, sí, por la autopista, peaje mediante, con un precio que invita a dar la vuelta. “Es que la entrada en el paraíso tiene su coste, mire usted”, comenta la mujer de la ventanilla al adivinar el resoplido del conductor. Lebrija, antes Utrera, ahora Jerez… el viaje, a medida que avanzamos, nos da pistas de lo que encontraremos en el destino. Un poco de esto, otro de aquello. Todos los pueblos que vamos olvidando en el retrovisor del coche guardan un rasgo, un sesgo, una particularidad de la ciudad, de nuestro destino: Cádiz. Ya sea en circunstancias, digamos, más serias, como la coyuntura económica, hasta aspectos más lúdicos, culturales y artísticos, como el cante. No deja de ser curioso, en cualquier caso: antes de llegar ya te ponen antecedentes, te ofrecen adelantos.

Tras una hora y media de trayecto, se intuye el puente, las salinas, a lo lejos San Fernando, la isla de Camarón –quien cumplirá veinticinco años de mito el próximo mes de julio- y de Chano Lobato; más allá Puerto Real, y Chiclana, y la Barrosa de Montero Glez. Al bajar del puente, la extensa avenida, con aire, sabor y reminiscencias a las playas de los estados sureños de Norteamérica. “Perdone, ¿Cádiz?”, preguntamos. “Esto es Cádiz ya, sí, pero si quiere ir a Cádiz, Cádiz, hasta puertatierra”, nos responden. Nuestra cara, de asombro y estupefacción, no se distancia demasiado de la que pusimos en el control del peaje. ¿Cómo un pleonasmo puede dar sentido, y no redundancia, a un concepto? Digo: ¿cómo repetir dos veces una palabra no supone un sinsentido sino que refuerza, aún más, lo que se quiere decir? Por la normalidad con la que este caballero se despidió de nosotros debemos de imaginar que su indicación es lo usual; es decir, que repetir dos veces la palabra Cádiz, o, del mismo modo, abandonar la reiteración, implica un lugar de referencia. Y este criterio como patrón universal del sistema gaditano.  Una vara de medir distancias, creemos. Así que estábamos en Cádiz, sí, pero no en Cádiz, Cádiz, que es, por las señas dadas, el verdadero lugar al que nos dirigimos. El centro, la ciudad monumental, el casco histórico, en resumidas cuentas.

Cruzamos la avenida, a un lado el estadio Ramón de Carranza –alcalde propuesto a dedo durante el gobierno civil de Miguel Primo de Rivera-; al otro, la playa de la Victoria, desde donde podríamos observar, ya sí, los primeros ecos de la Catedral y su paseo marítimo, en el que llaman Campo del Sur, con todo el océano Atlántico delante, en la inmensidad, horizontal y plano, al igual que el terreno de juego de ese estadio de fútbol por el que ya hemos pasado. Al fondo, El Puerto de Santa María, el de Rafael Alberti, como un careo constante con el Cádiz de José María Pemán. Anécdotas, sin más, que la historia reserva. Cádiz, según vemos, está llena de ellas.

Y ya cruzamos la rotonda y el arco de Puerta de Tierra, puertatierra, como dicen los foráneos, perdiendo, por el camino, la preposición en el habla, economía del lenguaje, quizá. Pero consideraciones lingüísticas al margen, seguimos, y nos adentramos en el puerto, en uno de ellos –hay que recordar que Cádiz, como escribió Caballero Bonald, es un barco anclado en el mar-, y conducimos por la Cárcel Real –al que le tocara la celda de cara a la bahía menudo chollo-, extramuros del barrio del Pópulo, donde la venta y trapicheo de droga fue un festín en la década de los noventa. Aquí también está, según cuentan, una de las principales devociones de la ciudad: Jesús Nazareno. Nos da la sensación de que, desde nuestro racionalismo, nihilismo y existencialismo los sábado de resaca, tendremos que hacer un esfuerzo en concentrar energías, ya que el Pisuerga pasa por este gaditano barrio, para pedir un milagro. El del aparcamiento. Y es que si algo caracteriza a Cádiz, Cádiz, a este Cádiz, Cádiz que dinamitó puentes con tal de que no la ocuparan los franceses, este Cádiz, Cádiz, también decimonónico, de inspiración espiritual y literaria para Blanco-White, es la ausencia total de sitio libre para dejar el coche. De gratis, claro. Aun así, alcanzamos la gesta, y aparcamos junto a un monumento a la Constitución de 1812. Apuntad, dos hechos históricos en cien metros: la resistencia al ejército francés, consagrada en este monumento constitucional, y el haber aparcado en Cádiz, Cádiz, en menos de cuarenta y cinco minutos. Proezas varias, claro.

Y ahora sí, a cumplir con el objetivo al que hemos venido. Retrato de una de las fiestas más conocidas de nuestro país; o mejor dicho, el trato, desde dentro, con los personajes que en ella participan, con las historias que en ella se suceden, con los preparativos que ultiman, con las emociones que viven. En estos meses de enero y febrero la ciudad de Cádiz celebra sus carnavales, fiesta que trasciende las connotaciones que cualquier visitante, ajeno, pudiera imaginar. Por tanto, fuera prejuicios. Entre la expresividad del que se sucede en Canarias y el enigma del de Venecia, entre la sátira de la letra y el ingenio de la música. Calle General Luque hasta plazalasflores, nos indican.

SIN MÁSCARA, CARNAVAL PARA INICIADOS Y CURIOSOS

Un poco de seriedad, que vamos a escuchar, como dicen por aquí. Para comprender al carnaval de Cádiz, nos advierten en un ensayo al que acudimos, es fundamental partir de una distinción: la calle y el concurso. Lo oficial y lo oficioso, en cierto modo. El concurso lo forman las agrupaciones -cuatro tipos: cuartetos, chirigotas, comparsas y coros- que en él participan; el carnaval de la calle, cuya duración es de una semana, el núcleo de la fiesta, lo que da sentido a la competición que se celebra en el Gran Teatro Manuel de Falla, el Falla, como abrevian por aquí, también lo componen agrupaciones, sí, pero estas no tienen necesidad de pasar bajo el filtro, la competición, del denominado concurso. Aunque las actuaciones en el teatro, que es lo que solemos ver retransmitido por televisión, por tanto lo más conocido para el público general, ocurran antes que ese carnaval callejero que hemos comentado, es este el que da origen a aquel, y no al revés. Digamos que lo accesorio es el concurso y lo esencial, la calle. Para evitar mayores confusiones.

En pocas semanas, estas calles que hoy deambulamos, humedad en la piedra y olor a mar en las esquinas, verán a las agrupaciones entonar sus repertorios. ¿Y qué es eso de las agrupaciones? Por aquí nos instruyen, aunque algo ya hayamos adelantado. Como si de un género literario se tratara, el carnaval de Cádiz también se divide en diferentes modos, maneras, de expresión, diferentes cauces con los que tratar el arte en cuestión. Son cuatro: cuarteto, chirigota, comparsa y coro. El primero, de carácter más cómico que el coro pero menos que la chirigota, lo forman cuatro componentes; el segundo, retrato social a través de la ironía y el humor, entre siete y doce individuos; el tercero, de asuntos más cercanos a la denuncia y a la crítica, con una puesta en escena similar a la chirigota, de doce a quince componentes; el cuarto, un poco de todo, pero con mucha más gente –alrededor de cuarenta y cinco personas- cantando y con un ritmo y con un compás de entrada que te hace mover las caderas de izquierda a derecha.  Todas estas agrupaciones saldrán a las calles que ahora pisamos, rodeando ese mar que ya hemos descrito, y esas olas de La Caleta, playa de la capital, que es plata quieta, según las famosas Habaneras de Cádiz, letra de Antonio Burgos e interpretación de Carlos Cano.

Ahora bien, a pesar de que no sea el punto de partida ni la finalidad del carnaval de Cádiz, deberíamos echar mano, ya es hora, del concurso. ¿Qué es eso del concurso? Según las notas de nuestros guías, el concurso es una competición en la que participan las agrupaciones, llamémoslas modalidades, del carnaval de Cádiz y cuyo fin es la recompensa de un premio. Son tres por cada modalidad: primero, segundo y tercero. Es lo que se graba por la tele, vaya, y lo que miles de aficionados y extraños consumen mediante vídeos virales y Youtube. La dotación económica no es tanto como la relevancia social que adquiere el grupo, ya sea el cuarteto, la chirigota… Para llegar a tal distinción, chavales y mayores, de entre veinte hasta cincuenta y sesenta años, aproximadamente, dedican horas y horas de ensayo –incluso fines de semana- en locales de la capital, en busca, sí, del apreciado premio. Todo de gratis, sin mayor expectativa que la de llegar al telón y esperar a que se abran las cortinas para terminar con el ruido de los aplausos y los comentarios de los espontáneos, vitoreando. “¿Entre el Nobel y un primer premio? Qué preguntas tienes, hijo”, apuntan con guasa, que es el idioma de la gracia entre estas fronteras. Una actitud que recuerda a esa letrilla, de corte crítico, que dice… “Cádiz es un pueblo / lo más misterioso / y lo más gracioso / que cabe pensar: / cuanto menos come, / más contento está”.

Ya se conocían estas coplas carnavalescas –que es el mote que toman las letrillas de las agrupaciones, si hablamos con propiedad- en el siglo XIX, y testimonio de este hecho lo da Pío Baroja, en este breve fragmento:

“En la época en que yo era chico, en Pamplona, aparecieron los tangos gaditanos… Con aquellas canciones se inició el flamenquismo en los pueblos del Norte de España… Hubo algunas que corrieron por toda la Península…”.

Pero ¿y los orígenes? Los orígenes de estas coplas, de esta fiesta, digo. Bien: los amigos, en la charla, en el ensayo en el que nos encontramos, nos sugieren el libro De Cádiz y sus cantes, del paisano Fernando Quiñones. Con el ejemplar, traemos el siguiente texto, para aclararnos:

“En opinión de fundamentados criterios, la tradición carnavalesco-musical gaditana se remonta a los años, tan heroicos como prósperos para la ciudad, de la Guerra de la Independencia, y sus orígenes quizá estén asociados a María Antonio la Caramba, famosa tonadillera de la época. Ningún documento histórico, hasta ahora al menos, ha podido arrojarnos una probación definitiva de ello, pero las tendencias, gustos y abundancias musicales de Cádiz de aquellos tiempos parecen favorecer la tesis. También se ha aludido, como remotos elementos precursores, a las comparsas y coplas de negros de los siglos XVII y XVIII, al básico origen italiano del Carnaval gaditano (importado en principio por las numerosas colonias de mercaderes itálicos residentes en la ciudad) y a su posterior e indudable parentesco afrocubano”.

Es decir, del argumento de Fernando Quiñones nos quedamos, al margen, claro, del apunte histórico, con un rasgo del carnaval, un rasgo que lo define, básico: la influencia de otras músicas. De la instrumentación de las agrupaciones al tono en que se cantan las coplas, de la escenificación de los integrantes de las distintas modalidades hasta, incluso, los temas que se tratan. Laúdes, guitarras, bandurrias… ¿no son instrumentos que podríamos vincular a la música medieval, a su vez de tradición arábiga? ¿No es esta tradición donde se inserta buena parte del cante flamenco, del folclore y de las letras populares? ¿No salta a la vista –un par de vídeos y lo podremos comprobar- esa relación, instrumentos, temática popular y tono flamenco, en las chirigotas, las comparsas, los coros y los cuartetos? Ya digo, no hay más que acercarse a estos ensayos, ya casi finiquitados, para verlo con tus propios ojos. Y si queda alguna duda en el aire del Parque Genovés, balcón de la Alameda, prestad atención a esas modulaciones de voz de los octavillas. ¿Los octavillas? Sí: quienes aportan el matiz agudo entre todas las voces del conjunto. En ocasiones demasiado estridente; en otras, algo más suaves y melódicos. En todas significativas de lo que hemos hablado.

Creatividad y libertad. Esos términos, quizá, sean los que mejor resuman la esencia de esta fiesta. En el caso de que debamos proporcionar esencias a las cosas materiales, asunto y discusión que se escapa de nuestro propósito, claro. Uno sigue en el ensayo, involucrado en cuestiones menos dadas a la trascendencia, paparapaparapapá, suena el bombo y el platillo, la percusión de toda agrupación, pum, pum, pum, la que da ese ritmo tan pegadizo a las letras y a las coplas. Creatividad y libertad, no hay más, aunque esto ya sea mucho. Aun así, nos quedamos con la sensación de si los gaditanos, los que cada año preparan este carnaval, tan suyo, tan genuino, tan personal, son conscientes de la materia prima que tienen entre manos. Imaginamos que sí, aunque sea como aquel, no sé, privilegiado que vive vista al mar o a tal monumento. Que lo valora, sí; que sabe lo que tiene, también; pero que de tanto apreciarlo lo trata con normalidad. La costumbre de lo insólito. Sea lo que sea, lo que es innegable es el valor de este hecho. El de tantos y tantos músicos, letristas, decoradores, gestores… en una ciudad, en un espacio corto de tiempo, apenas un mes, una semana. ¿Dónde se concentra tanta calidad y tanto ingenio? Y ahora otra duda. Planteamiento que, por lo que veo en las reacciones a la pregunta, sustenta polémica: ¿nadie se ha planteado hacer industria de todo esto? Caras de disconformidad, consenso y medias tintas. Nos metemos en un buen lío.

ESTO ES CARNAVAL, ESTO ES CARNAVAL. ¿PERO ES INDUSTRIA?

No traeremos a este viaje las cifras de paro en la provincia gaditana. No por nada: cualquiera puede consultarlas en las miles de fuentes que pululan en internet. Además, las suponemos, ¿no? Pues eso: que cada cual busque y se haga su propia idea. Para insaciables, un adelanto: no son buenas. Nunca lo han sido. Los motivos de esta perpetua recesión también son de sobra conocidos. Mucho tiempo para esclarecer un tema que sigue, como la vida, igual. Así que nos ahorremos el aburrir, una vez más, tanto con causas como con consecuencias. Lo que sí nos interesa es retratar el alcance del carnaval de Cádiz, dimensión que se palpa, aún más, con esta visita, con este descenso, al centro de la celebración.

Es hora ya de contar con los nombres, con los principales nombres, los más conocidos, los punteros –no todos, pero sí algunos-, del carnaval gaditano, y de ver cómo su trayectoria carnavalesca, mezcla de capacidad para la creación y para la música, ha dado el salto a trabajos de otra índole, incluso de proyección internacional. Es el caso de Juan Carlos Aragón, de quien Alejandro Sanz interpretó una de sus más conocidas coplas; también el del comparsista –ese es el apodo de los que hacen comparsas- Antonio Martínez Ares, compositor de artistas como Pasión Vega o Joaquín Sabina; o el de Tino Tovar y su relación con el cantautor Jorge Drexler, quien fuera pregonero en 2013; o cómo olvidarnos del Yuyu, quien tan buenos momentos nos ha dado en la Cadena SER. La nómina no está para desdeñarla.

Aunque no siempre ha sido así -cabe recordar, por ejemplo, la censura del aparato franquista en la posguerra, en donde el carnaval pasó por un proceso de maquillaje que le hizo perder buena parte de su finalidad-, hoy día goza de buena salud. La tele, y el trabajo de los que se implican en este fenómeno, sobre todo, lo ha llevado por media España y parte de la otra. ¿No se podría aprovechar este tesoro para elaborar una industria en torno a él? Las opiniones son dispares, y no intuimos un acuerdo total, un consenso, entre los que tienen que decir –y decidir- qué hacer: los gaditanos. Pero el suceso es, está, y en pruebas nos basamos para pensar en que otro modo de carnaval, no distinto sino complementario, salvaría algún que otro bolsillo. Sin embargo, esto no es más que una apreciación personal. Demasiado personal.

Entre los argumentos –en contra- que nos cuentan, la diferencia, la enorme brecha, entre unos y otros. Entre los más conocidos y el resto. No es lo mismo, apuntan, los contratos que le ofrecen a agrupaciones famosas y premiadas que los que podrían conseguir chavales más o menos aficionados, o no tan conocidos por ahí fuera. Ni por cantidad ni por calidad. Es decir, que estaríamos en las mismas, vaya. No obstante, hay quien se posiciona en otra casilla, hay quien apuesta por otras formas para hacer rentable lo que es, por hoy, afición. Trabajada afición. Entre las propuestas: museos, actuaciones en el año, turismo.

El debate sigue, casi infinito, pero nosotros nos marchamos. Nos marchamos con la duda de no saber muy bien en qué decantarnos. Pero eso ya da igual, o al menos no creemos que importe mucho: ni tenemos autoridad ni potestad ni ocho horas en esta ciudad dan para comprender tanto. Ahora nos queda contemplar, ver, observar. Con eso será suficiente. Ya de vuelta. Dejamos atrás los locales de ensayo, el vino fuerte de la  manzanilla, los papeles con los repertorios, las últimas direcciones de los directores, de los autores. Seguimos, otra vez, plazalasflores camino del coche, de nuevo la humedad del pavimento, el aire templado de la playa, cada vez más lejana. Nos vamos de Cádiz con la sensación, con la convicción, de saber que pronto volveremos. Como hará más de uno de los que por aquí se han asomado. Nos jugamos una ronda en el Manteca.

TURISMO SOSTENIBLE PARA ENTENDER UN TIEMPO INCOMPRENSIBLE

Suele pronunciar su nombre en estas fechas, cuando aún asoma el abrigo por la patita del perchero. Imagino que para cuadrar en los días de la primavera y el verano, en donde mayor afluencia de turistas se espera en las principales ciudades –con lo bien que se viaja en otoño y en invierno, sin aglomeraciones ni altas temperaturas-. Todo en ella está destinado al consumo y al comercio. Como siempre, mercaderes en el templo. Algo muy antiguo que pasa, embuste mediante, por el filtro de la novedad. Pero esto tiene siglos de vida, por mucho networking que nos propongamos. Vender y comprar, dar y recibir, comer y no morir, de eso se trata. Me refiero a FITUR, la Feria Internacional del Turismo, la cual se celebra en Madrid.

El comercio ha sido uno de los principales baremos, junto con el arte y la filosofía, para medir y comprender el tiempo en que vivimos. El modo en que nace, la manera en la que se desenvuelve, las reglas en que se desarrolla, el cómo valoramos el intercambio, sus relaciones… Cada una de estas partes, partes de su constitución, son interesantes para averiguar dónde nos encontramos. En qué lugar de la historia. Y de ahí a analizarla.

En FITUR, fiesta del comercio, salta a la vista un signo crucial de hoy día: la propaganda. Herramienta estrella en la política –cuyo canal sería el de las emociones- y en el lenguaje publicitario; por tanto, en los negocios; por tanto, en el comercio. Propaganda. Propaganda de la que se aprovecha el consejero de turno, baño de masas, para presumir de comunidad o de gestión, para hacerse fotos con el empresario, perdón, emprendedor, y apuntarse el tanto, ¿no es así, Susana Díaz? Propaganda que se resume, en esta feria, en un concepto divertido y enigmático: turismo sostenible.

¿Qué es el turismo sostenible? Pues algo que suena a agujero negro de la galaxia o a entelequia, a una cosa abstracta y lejana. Un sintagma hueco, vacío, que aparenta decir más de lo que dice. Pero en el que, sorpresa, a pesar de su nimiedad como concepto, todos creen. Todos le atribuyen un significado, como un dogma de fe –Jorge Bustos lo llamó liquidez posmoderna-, aunque no diga nada. Y nada como el turismo sostenible, que parte del comercio, para comprender, desde lo incomprensible, el mundo que acontece: desde la política a los negocios. Pasando por el resto.

COPE

Con algo de retraso, imperdonable traspiés en esto del periodismo, llegamos a la noticia. Sí, a la noticia del cabildo en la hermandad de la Resurrección. Y es que al fin saldrá de mañana, temprano, a eso de las ocho, con las claras del domingo en la puerta de la iglesia de Santa Marina, mudéjar e inmensa. No sé si esto supondrá mayor número de asistentes en el recorrido de ida o en el de vuelta; si beneficiará a los hermanos de túnica  o no; si molestará a los taurinos de la calle San Luis por aquello del nuevo horario, ¿aficionados en la calle San Luis?, alguien me imagino que habrá, mire usted, no todo será colectivos populares de la revolución social y cosas como esta. En fin, que no sé muy bien en qué quedará todo el cambio propuesto: si para bien o para mal. El asunto, por ahora, se reserva para los próximos tres años, de pruebas, con garantía, como los electrodomésticos o los becarios. Veremos. Lo primordial del debate, discusión que al fin se ha zanjado, es que una hermandad de la Resurrección no puede ir, perdonen la crudeza, muerta por la calle. Que es lo que ha ido sucediendo década atrás. Una cofradía sola en un horario insólito: San Luis, Correduría, Alameda, incluso Campana, Sierpes, Palcos. ¿De verdad esos eran los modos en los que habría que discurrir? ¿De verdad una hermandad que da sentido al ser de la fiesta –sentido que no vemos en el hecho de llevar los carteles a FITUR, ojo- tenía que pasar esa tesitura? Me alegro enormemente de que todo se haya solucionado. De que la cofradía del Domingo de Resurrección encuentre, esperamos, su sitio. El mío lo tengo claro: está en la calle Dueñas esquina con Peñuelas, con ojeras de ruán negro, y una nostalgia que no me la quita ni Roca Rey ni López Simón.