POBREZA O EXCLUSIÓN SOCIAL

El Foro Económico Mundial ha propuesto en Suiza, a estas alturas del año, lo que ellos han bautizado como los riesgos globales del 2017. Son dos: la exclusión social y la desigualdad. Si bien es cierto que no hay que tener vocación ni de vidente ni de futurólogo –ni de politólogo- para sugerir o apuntar que estos dos males serán las principales adversidades y miserias por las que habrán de pasar miles de personas nacidas en este siglo y el pasado, nunca es grato que recuerden, tan pronto, cuál es la coyuntura que nos espera. Que irremediablemente nos espera. Pero nada de esto nos llama verdaderamente la atención: no son más que predicciones ya supuestas, un poco de saber dónde estamos, y listo. Lo que sí reclama el asombro, o al menos la cuestión, es el trato, el nombre, que concedemos a la pobreza: exclusión social.

El eufemismo suele aparecer en escena con cierta frecuencia, ya sea en noticias de sucesos cercanos como de vidas ajenas, casi de otra constelación. No es, por tanto, un mote derivado de la Gran Recesión en los países desarrollados, un maquillaje para tapar nuestras carencias y mirar para otro lado. No. Directamente se suprime la pobreza y se corrige con la exclusión social. Ya sea en Móstoles como en Namibia.

Dijo Séneca que el lenguaje de la verdad no debe tener artificio. Pero basta un paseo por el mundo de hoy para comprobar lo lejana que queda la advertencia. Casi tanto como la civilización que aquel conoció. De lo más banal y frívolo, como llamar consomé al caldo en almuerzos y cenas de pretencioso nivel social, paso por el nivel medio de la ciudadanía en lugar de la sociedad, hasta llegar a este intercambio de pobreza y exclusión social. El nominalismo va a llegar.

¿Y por qué? Quizá necesitemos del lenguaje para compensar la sobreexposición de datos y de imágenes que consumimos en redes sociales, telediarios, vídeos virales, etc. La crudeza del relato visual de los hechos –cuántas veces hemos visto, sin necesidad de efectos especiales, imágenes de guerra, ISIS se me ocurre, en portales de internet- nos lleva a moderar el alcance de la expresión. Aunque así huyamos de la realidad que acontece. Una forma como otra cualquiera, por paradójico que resulte, de retratarla.

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