COPE

Con algo de retraso, imperdonable traspiés en esto del periodismo, llegamos a la noticia. Sí, a la noticia del cabildo en la hermandad de la Resurrección. Y es que al fin saldrá de mañana, temprano, a eso de las ocho, con las claras del domingo en la puerta de la iglesia de Santa Marina, mudéjar e inmensa. No sé si esto supondrá mayor número de asistentes en el recorrido de ida o en el de vuelta; si beneficiará a los hermanos de túnica  o no; si molestará a los taurinos de la calle San Luis por aquello del nuevo horario, ¿aficionados en la calle San Luis?, alguien me imagino que habrá, mire usted, no todo será colectivos populares de la revolución social y cosas como esta. En fin, que no sé muy bien en qué quedará todo el cambio propuesto: si para bien o para mal. El asunto, por ahora, se reserva para los próximos tres años, de pruebas, con garantía, como los electrodomésticos o los becarios. Veremos. Lo primordial del debate, discusión que al fin se ha zanjado, es que una hermandad de la Resurrección no puede ir, perdonen la crudeza, muerta por la calle. Que es lo que ha ido sucediendo década atrás. Una cofradía sola en un horario insólito: San Luis, Correduría, Alameda, incluso Campana, Sierpes, Palcos. ¿De verdad esos eran los modos en los que habría que discurrir? ¿De verdad una hermandad que da sentido al ser de la fiesta –sentido que no vemos en el hecho de llevar los carteles a FITUR, ojo- tenía que pasar esa tesitura? Me alegro enormemente de que todo se haya solucionado. De que la cofradía del Domingo de Resurrección encuentre, esperamos, su sitio. El mío lo tengo claro: está en la calle Dueñas esquina con Peñuelas, con ojeras de ruán negro, y una nostalgia que no me la quita ni Roca Rey ni López Simón.

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