ROMANCE A LA RAMPA DE LA PLAZA DEL SALVADOR

De anuncio la plaza viste.

¿Eco? Más: voz de tu infancia.

Álbum en blanco, memorias

del todo que aquí se guardan.

¿De nombre? Marzos, abriles,

y este sol, de verdad clara,

artesanía de oficio

antiguo en la luz que emana.

No la verdad porque haya sido,

la verdad porque nos habla.

 

Hay vocación de horizontes:

cada una de sus palabras.

Que pronuncian eternidades:

bares, dioses, nubes altas.

De himno suenan sus esquinas,

pueblo cruza, días pasan,

de las calores del Corpus

a la fría Madrugada

en que los inciensos colman

las lunas en que se calman,

en que se pierden, ya lejanos,

¿los humos de tu nostalgia?

Sentido y sonido vencen,

materia y sustancia alcanzan

en este punto inefable,

que es cercanía y distancia.

Que tiene cuerpo de tiempo,

aunque solo sea plaza.

 

Y en el centro de este canto

en el que ahora alguien canta,

una lengua que lo entona,

la lengua por donde bajan

todo niños y antifaces,

todo de túnicas blancas.

¿Lenguas? ¿O acaso la mano

que te ofreciera su palma

tras las palmas de un domingo

de asombros, muy de mañana,

en que el idioma del mundo,

catedral, damascos, platas,

es de virgen e inocencias,

de todas las circunstancias

del que fuiste en otra edad,

hoy recuerdo, quizás nada?

Esta lengua emerge altares

al final de su garganta.

 

En pronto día estará,

prontas serán las semanas

en que de pereza tumbe

la madera de sus tablas.

Como de un sueño difuso

en que nadie despertara.

Como de un sol ya sin hambres,

hoja de otoño, cansada.

Vendrá de nueva, de adverbio:

aún, hoy, siempre, mañana.

Adverbio para los nombres:

abriles, noches, arcadias.

Que viene Dios con recado

de muerte sobre la espalda.

Esa cruz que ya desciende,

por Amor, en esta rampa.

UN VIAJE A TRUMP

El modo en que Trump pisará Reino Unido aún se mantiene en la incertidumbre, y el debate, qué agradable, al menos para el mitómano británico y extranjero, no cesa. En el Parlamento, los diferentes grupos políticos discuten y proponen las diferencias y las cercanías, escasas estas últimas. En una tónica similar, las calles que rodean al parlamonumento –apodo a ese edificio que es mezcla de órgano político-burocrático y símbolo de la nación- acogen a los manifestantes, los cuales protestan en contra de la llegada del presidente de los Estados Unidos de América, país con el que los británicos guardan tantas vinculaciones históricas y, digamos, culturales. No quiere decir esto, en absoluto, que las relaciones diplomáticas entre Reino Unido y EE.UU. hayan alcanzado la discrepancia de la genial, por literaria, no por apetecible, distopía de Alan Moore. Remenber, remenber

¿Y a qué el debate? Pues a que más de 1,8 millones de personas han pedido, petición formal mediante, que Trump sea recibido como presidente pero no como invitado de Estado; una petición que asume, razona y detalla dos de sus mejores cualidades: misógino y vulgar. Hasta ahora, ningún escrito ha resumido mejor la personalidad política del líder norteamericano. De lo vulgar a lo misógino, y viceversa, ¿no son actitudes casi sinónimas? Respecto del asunto ha habido argumentos, ora pro nobis democracia liberal, para todos los gustos e inclinaciones políticas. Los laboristas sugieren que la invitación, por parte de Theresa May, primera ministra británica, no hace sino poner en apuros a las instituciones de Reino Unido;  juicio que se opone al de los conservadores, como James Cartlidge o Nigel Evans, quien ni siquiera contempla la posibilidad de que Trump sea un racista.

El desenlace, como todo lo que aún sigue su curso, es una incógnita. Y eso es lo más atractivo de esta encrucijada. Ni la llegada de Trump a Europa ni la posición de Reino Unido en relación con las políticas del estridente republicano. La clave de esta noticia es el debate, es decir, el que una nación eleve a sus instituciones lo que considera idóneo, en virtud de los principios que la articulan como sociedad, de sus valores o de sus leyes. Algunos quizá evoquen, en este punto, al Brexit. En ese caso me temo que las comparaciones serán odiosas. Las diferencias, aunque saltan a la vista, las abreviamos en cuatro criterios: dimensión del hecho para con el futuro de los británicos –no se cuestiona que Trump acuda, eso es inevitable, sino la manera-; repercusión en su economía y relaciones con otros países; no se perciben aquí medidas de connotaciones nacionalistas-proteccionistas; el discurso se decide en el Parlamento, invocando la democracia representativa, dirección opuesta al Brexit. Aun así, nos sumamos a las palabras de otra propuesta popular, también dirigida a los representantes políticos del Parlamento: “es [Trump] un líder del mundo libre y el Reino Unido es un país que apoya la libertad de expresión, por lo que las personas con puntos de vista diferentes a los propios no deben ser amordazadas”. Sino cuestionadas, añadiría.

COPE

Fuimos el pasado viernes, y probamos la experiencia. Madrugadas de febrero en torno a una parihuela. Ensayo de costaleros. Sí. Para quien no lo sepa: pantalones de chandita y blancas las camisetas; mochilita a las espaldas, costales y sudaderas. Y el paso, que aún no es paso sino un cuerpo de maderas, hierros, luces, voltios, radios con las marchas cofradieras marcando el pulso, el son que se mece en las caderas.

Hay bulla en el Pumarejo, Relator, Peris Mencheta. Los hombres con los costales descansan en las tabernas, en los bares posmodernos, en los bares culturetas de san Luis o del mercado, o también de La Alameda. Los de las mesas unidas y una lámpara que cuelga entre las sillas, dispares, y el cous cous con sus almendras. Los bares alternativos, sobre todo en las carteras. ¿Qué pensarán los Erasmus al ver esas arpilleras? ¿Al ver a cuarenta tipos cargando sobre sus piernas tantos kilos de cemento sobre un trozo de madera? Muchos besitos al cuello. Mucho… si eres un croqueta. Mucho los zancos al suelo. Mucho paso a la trasera. Mucho aspirante buscando dónde meter la cabeza.

Estuvo Víctor Castaño con Isaac Escalera -que igual que coge el micrófono da pases con la muleta-, por si quieren los testigos, por si desean las pruebas de esta crónica a un ensayo que no es de Sartre o de Ortega, sino de Antonio Santiago. Un Sócrates de la fiesta.

PONGAMOS QUE HABLO DEL MACHISMO

Cuando leímos la noticia, en un periódico de provincias, de pura casualidad, dudamos entre cinco o diez minutos la conveniencia de compartirla en las redes sociales. El efecto de darle voz podría ser peor que el hecho, pues en su difusión, más que dejar en evidencia al contenido de la publicación, la acción sería la contraria: te dejaría en ridículo a ti. O favorecería la teoría expuesta por la persona. La legitimaría. Ya sea dándole publicidad o relevancia. Relevancia por el simple hecho de ceder una parcela de tu cosecha virtual. Pero al fin nos decidimos, y la enlazamos. Clic. El titular –y el contenido, donde nos asegurábamos de que no se trataba de una broma de El Mundo Today- lo dejaba clarito: una musicóloga afirma que en las letras de las canciones de Joaquín Sabina hay evidencias de machismo. También en la de otros grupos, como The Police. No obstante, por cuestiones de espacio, nos ceñimos al cantautor.

Al margen de que profesemos, desde la adolescencia, simpatía por el letrista de canciones como Y sin embargo o ese Boulevard de los sueños rotos, ay, ay, ay… o Contigo –la musicóloga toma como ejemplo de expresión misógina esta última, sí-, y aun suponiendo que hubiese, en una lectura literal y acaso retorcida de las letras, rasgos machistas, hay un aspecto que no podemos obviar: son ficciones. Recreaciones. A esta mujer le ocurre lo que le sucedió al Quijote hace cuatro siglos –que por algo es un clásico, sirve para todos los tiempos-: ve gigantes donde otros ven molinos. La lectura insaciable, en este caso no de libros de caballerías, sino de heteropatriarcados,  la ha llevado a un estado mental en el que no es capaz de discernir contextos. Cuándo es una historia escrita, ficticia, ideada con la finalidad de contar un suceso, o cuándo se está denigrando la dignidad de una persona. Como en el supuesto de los titiriteros. O el de, ripio va, tuiteros.

No nos deberíamos tomar demasiado en serio el asunto –no seremos el mejor ejemplo, eso está claro-, aunque acaso sobrevuele un apunte en el que percibimos una leve gravedad. Este apunte no es otro que el de devaluar un ideal de progreso. Algo tan noble, y tan necesario, y tan fundamental, como la igualdad formal entre las personas, con independencia de su raza, religión o, como hoy, sexo, se reduce a una anécdota, al mira lo que ha dicho, a la ocurrencia esperpéntica. Pero, bah, como dijo Sabina en su Noche de bodas: “Que el diccionario detenga las balas”.

COPE

¿Habéis visto el cartel, la foto, que ha editado la revista Cuaresma? ¿En serio la habéis visto? Decidme que sí. Qué prodigio. Qué retrato tan impresionante. Y qué guasa: anunciar el principio de la fiesta tomando su final. Con ese ímpetu tan del capillita jartible en los días posteriores al Miércoles de Ceniza: esto se está acabando. También los hay, algo más moderados, que lo comentan o bien el domingo de pregón o bien el Domingo de Ramos, cuando la Amargura, ¿número 26 de la calle Francos, Menchu?, le pisa los talones a la jornada del Lunes Santo, que ya, casi, hay por san Andrés consulta de las listas, que no son las del médico, aunque esa belleza sea pretexto para volverse loco. ¿Pero habéis visto el cartel, la foto, que ha editado la revista Cuaresma? Os lo cuento, atención, spoiler, como dicen ahora: la Soledad saliendo de la parroquia de san Lorenzo, y tomada desde un balcón enfrente de las puertas de la iglesia, sí, al otro lado de la plaza. Con los ciriales enfilando la calle, con esa cruz parroquial que precede al paso, con las losetas de casa antigua, la forja de hierro en la baranda, las puertas de la habitación asomando por la izquierda y por la derecha. Esta foto me ha recordado, en cierto modo, sí, al cartel de la pintora Nuria Barrera, el de las fiestas de la primavera, de similar propósito: dos puertas que se abren para anunciar el inicio de un tiempo nuevo, desde esa sutil evocación en torno al gesto de apertura, gesto que denota lo que está por llegar, la víspera, el umbral, el estreno, la renovación de. Felicitaremos a la revista con nombre de cercanía, de proximidad, Cuaresma, por esta foto con la que nos anuncia lo que está por venir. Desde el balcón, las puertas, de la plaza de san Lorenzo a las otras puertas de su parroquia.

AYER NO MÁS, DE ANDRÉS TRAPIELLO

En el año 2012 publicó Andrés Trapiello, en Destino, su novela Ayer no más, en donde aborda un asunto siempre delicado, mezcla de social y político –espinosa combinación-, acaso histórico, rara vez historiográfico, que mantuvo a España durante unos años en la constante discusión. La memoria histórica. Y el horror de la Guerra del 36, claro. Acercarse a todo lo que concierne a estos temas de la memoria histórica, de un modo u otro, es jugar con fuego. Casi con total seguridad habrá un no estoy de acuerdo, un receloso, hasta un ofendido, nos atreveríamos a decir. Incluso cuando hacemos ficción con ellas. Incluso cuando tratamos de inventar un discurso con el que retratar esta realidad, y del modo más equitativo y natural posible, con los claroscuros propios de cualquier suceso. Como sucede en la novela.

El argumento arranca en el León natal del autor, años de la pasada década, dos mil y algo. Y tiene como personaje principal a Pepe Pestaña, destacado académico e historiador, estudioso e investigador de este tiempo de nuestra historia. Hombre erudito sin resultar pretencioso ni engolado, intelectual sin caer en la pedantería, leído sin necesidad de sonar solemne, rara avis en el ambiente en el que se desenvuelve. Con un expediente laboral notable y un bagaje cultural lleno de méritos y consideración, regresa a la que fue la casa de sus padres, con su familia, la cual lo considera, según avanza la novela, un familiar, digamos, polémico, problemático, siempre dando disgustos a su padre, viajando, apartado de sus raíces, despreocupado de ese ambiente, núcleo familiar. Esta imagen que tiene la familia de él se traduce, o al menos eso se insinúa en la novela, en envidias y celos; envidias y celos del triunfador que consiguió lo que se propuso, aunque eso lo llevara a abandonar a los más cercanos. No importa la distancia, sino lo que Pepe hizo con ella: alcanzar el éxito.

Pero al llegar a León, Pepe se encuentra con una figura clave en el desarrollo de la trama, alguien que trastoca todos sus planes, y los de la novela: su padre. Con un pasado vinculado al Movimiento, de afinidad falangista –ocupó cargos relevantes en los gobiernos del franquismo-, su padre fue testigo de un asesinato a uno de los vecinos del municipio, cercano al ideario republicano, claro. Setenta años después, el hijo de este hombre asesinado, quien estuvo presente en aquel momento, se encuentra, en una cafetería, con el padre de Pepe Pestaña. Sobre este encuentro se sucede uno de los hilos con los que tejer la novela, aunque no el único.

Por otra parte tenemos el mundo universitario, docente e investigador de Pepe Pestaña, reducto de burocracia académica y vida laboral en el departamento de la facultad. Ahí conocemos a José Antonio, director del departamento, a Mariví, su mujer, también profesora e investigadora –sugerente guiño a la endogamia académica-, y a Raquel,  joven y talentosa historiadora, ingenua y algo idealista, que ayuda, en la caracterización de los personajes, a confrontar cómo toman el estudio de este tiempo las dos generaciones que sucedieron a la guerra: la de José Antonio y Mariví, y la de Raquel; unos desde los prejuicios propios de la cercanía, de quien todavía arrastra cuestiones personales, dada la proximidad del hecho; la otra desde la predisposición a pasar página y a construir más ciencia que rencores. Quizá adolecen, a excepción de Mariví, de complejidad en el trasfondo de sus personalidades. Algo previsibles. Aunque no por ello menos creíbles.

En torno a estos dos tiempos/lugares narrativos discurre la novela. Sin desvelar demasiado su contenido, qué interesante es ver cómo las emociones o los intereses personales, las pasiones, el lado oscuro de la conciencia humana, interfieren en la elaboración de un ejercicio tan noble como el de tratar a la Guerra Civil desde la historiografía. Cómo, por ejemplo, Mariví, ya decimos que uno de los mejores retratos de este libro, antepone el reconocimiento, la vanidad, el ego… a la verdad material de los hechos, a si sus investigaciones esclarecen o no, desde un punto de vista histórico, científico, de provecho para los lectores, los asesinatos de la Guerra Civil. Ella está más interesada en la gratitud de la prensa, las asociaciones y las instituciones que en la utilidad, hasta la veracidad, de su trabajo.

De estilo claro y fluido, en apariencia ligero y sencillo aunque no libre de interpretaciones y matices, también sin necesidad de atribuir a la prosa florituras ni postizos vacuos –el tema ya de por sí dota de potencia-, Andrés Trapiello nos ofrece una novela en la que salva un periodo convulso de la Historia de España. O dos, según se mire.

Ayer no más (Destino) de Andrés Trapiello, 310 páginas, 20 €

CIUDADANOS, QUO VADIS?

La IV Asamblea de Ciudadanos se ha saldado con la definición de un partido que adolece de un estilo más sólido en su retórica que en su práctica. Y de enormes diferencias según qué regiones: el Ciudadanos de Andalucía y el de Cataluña son dos partidos distintos. Al contrario de lo que sucedía en UPyD, quien pudo ser su socio y terminó de enemigo, Ciudadanos es un partido fuerte en el liderazgo y débil en el peso de su ideario. ¿Por tesis? No: por los nombres que lo defendían, o defienden. Con frecuencia desencantados de uno y otro partido mayoritario que más que convicciones en el cambio y en el atractivo modo del pragmatismo idealista de la nueva formación vieron la oportunidad de destacar y hacer carrera política en un lugar en donde los puestos relevantes los adjudicaban a medida que los candidatos iban llegando. Si no, reitero, que pregunten en Andalucía, donde Juan Marín, predispuesto al pacto con el poder de Susana Díaz antes que al complicado ejercicio de oposición, prometía consejerías a antiguos simpatizantes del Partido Popular. Simpatizantes que vieron una oportunidad única. Y que ahí están.

Nos tememos que la concreción en el discurso político de Ciudadanos, que pasa por una mutación de los principios socialdemócratas a los del liberalismo progresista, es más útil al objeto de los titulares de prensa que a la coyuntura, a la realidad. ¿Qué partido, a mínimo que uno lea con detenimiento el Título VII de la Constitución, se podría escapar de esos dos ejes, más aún del socialdemócrata? ¿Cómo puede obviar Ciudadanos su fin social con un proyecto en el que, entre otros muchos puntos similares, garantiza un premio, escribo literal, a las empresas que en sus sectores despidan menos? No nos escandalizamos de la medida, pero nos asombran estas pretensiones de índole liberal, y más al asomarnos a muchos de los propósitos que plantean.

Este giro de Ciudadanos los deja en una difícil situación respecto del electorado del Partido Popular, de donde viene buena parte de sus votantes: los decepcionados con el Gobierno y los hijos de estos. ¿Qué diferenciaría a Ciudadanos de los populares en este nuevo esquema de partido? ¿Cómo van a consolidar su voto, si ya nada los distancia de sus rivales ideológicos –en cuanto a votantes, no a políticas-, y el escepticismo de la sociedad para con los partidos tradicionales, motor de las fugas liberales-conservadores, es cada vez menor? ¿Será que en el PP buscan socios de gobierno? Preguntas que quedan sin respuestas a corto plazo. Habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos. Por ahora, como escribió Calderón, con poco espanto lo admiro y con mucha duda lo creo.

COPE

De las ideas para remodelar la basílica de El Gran Poder derivamos, más allá de las maquetas presentadas, dos conclusiones: ni abunda la comprensión lectora ni ganas hay de ahondar en ese sorprendente más allá que nos ofrecen los titulares de la prensa. Menos mal que estuvo Félix Ríos para resolver las dudas en las entrevistas que le hicieron durante la pasada semana. Lo que en la Caja Rural se exponen son ideas, no proyectos. Ideas de un concurso en el que se han presentado propuestas de arquitectura acordes a un tiempo y a un lugar, que es Sevilla en el siglo XXI. ¿Y la necesidad de reformar la basílica? Pues, al margen de debates sobre el espacio para la salida de la cofradía o la celebración de los cultos, sospechamos que no demasiada. ¿Y retomar el anterior proyecto de Delgado Roig? Pues en principio no sugiere mala idea, aunque, a mínimo que profundicemos, nos topamos con el inconveniente. Y es que partimos de que la basílica actual es un templo de corte historicista, es decir, un parche en la realidad de su época, una ficción barroca que no se corresponde con el curso de su tiempo. Como vestir con ropas de cortesanos medievales castellanos en 2017: agradable a la vista, sí, pero fuera de lugar. No olvidemos que el arte, en este sentido, cumple doble función: se nutre del contexto en el que se desarrolla y, a su vez, lo interpreta. Un altar barroco en una era posmoderna no tiene, más allá de un simple elemento de decoración,  razón de ser, pues está desfasado y disuena al ritmo de su momento: ni toma referencias de su época ni nos sirve para explicar las circunstancias de esta. De ahí que no haya mayor escándalo en ajustar la estética de un edificio a las horas que marcan el tiempo que lo, que nos, construye. Ideas no vanguardistas o conservadoras sino contemporáneas para la construcción de un templo en el siglo XXI. Eso busca la hermandad de El Gran Poder. ¿Necesario?, acaso no; ¿conveniente?, seguro que sí.

POR QUÉ LAS FERIAS DEL LIBRO ANTIGUO

El suceso suele ocurrir en las estaciones intermedias, en las estaciones eslabón, las que pasan, si tuviésemos que elegir, algo desapercibidas; estaciones de víspera las llamaríamos, semejantes a esos niños que siempre dejaron los últimos a la hora de elegir alineación para la pachanga del recreo. Hablamos de la primavera y el otoño, se entiende. Ni demasiado calor para encender el deseo ni demasiado frío para invitar al peligroso pack de mantita y peli. El justo medio ideal para que no se nos vaya la cosa de las manos por el camino de la perversión y el hedonismo. Son estas estaciones en las que aún no ha llamado a la puerta el exceso de la ociosidad y la pereza de los días sin despertador, en las que aún mantenemos la dignidad de la primera hora de la mañana y el trasnochar es un lujo al alcance de dos privilegiados: viernes y sábados, domingos en La Latina para los más atrevidos. Y esto en cuanto al tiempo pero ¿y el lugar? ¿Y el espacio? Pues las plazas de las ciudades. Esas parcelas de cuatro esquinas, coronadas por el héroe local y lejano, sumamente medieval, tallado en bronce, acompañado por un reloj civil, político y reglamentario, como un ojo de un cíclope, luminoso, que da las horas en punto. En estas plazas se condensan todos los estadios de cuanto nos acontece. Por un lado en la arquitectura: lo público y lo privado, lo civil y lo religioso. Por otro, en la biología, en las edades del hombre, como en el cuadro de Velázquez: el niño que da por saco con la pelota, el padre que lo vigila, y los abuelos que miran de manera indiscreta el trasero de las muchachas mientras se dan codazos en el banco de forja. Y entre todos, irrumpe. Como un terremoto. Sucede la feria del libro antiguo.

Llenas de polvo, suciedad y manoseos, como casi todo lo que hoy día merece la pena, se levantan las casetas y se intercambian las transacciones monetarias con los libreros. Hombres estos tímidos, introvertidos, con cara, como se suele decir, de pocas amistades. Ropa desgastada, uñas del color moqueta de motel de carretera, calva de eminencia, mirada perdida y cóncava, como los espejos de Valle Inclán. ¿Por qué este aliño indumentario? Habrá que recordar que no es esto el culto al libre mercado que imponen los grandes almacenes, no hay necesidad de megalómanas ventas, de cifras abultadas, de sumas indecorosas (todo lo indecoroso que este comercio puede dar); no hay necesidad de guardar las formas y la media sonrisa boba y complaciente, pues lo que es auténtico y verdadero no requiere de las formalidades y las convenciones; no hay necesidad de ofrecer ejemplares y ediciones como quien regenta una tienda de suvenires o una empresa de payasos para fiestas de cumpleaños. Algo que sin duda es de agradecer: la amabilidad debería venir como las cajetillas de tabaco: con una advertencia sobre los perjuicios para la salud. En un mercado saturado de libros con afán de consoladores, de antología para youtubers y famosos de televisión, de poetas letraheridos y cantamañanas, bohemios y buenorros, urgen las ferias del libro antiguo, uno de los canales en los que aún podemos mantener la fe, mejor, la certeza, en la literatura.

Si bien sienta esta mercancía literaria distante y reservada de las reglas del mercado, de la sofisticación –ese mote de la mediocridad, el de aquellos que no tienen más que forma, y no fondo- no digamos ya su fetichismo. El amor por el objeto. Amor constante más allá… Pues eso. En esas cajas de color pardo, que son como pequeñas mastabas del Antiguo Egipto, contienen, a su modo, otra nómina de difuntos. Más vivos que nunca, eso sí. Son las primeras ediciones, los libros descatalogados, las tiradas cortas de ejemplares, las oportunidades, las gangas, los precios de saldo, los títulos que ya no encuentras en los catálogos de las grandes librerías, impersonales y anodinas. Ediciones ochenteras, con su tipografía y su portada pelín psicodélica, encuadernación cuidada, industrial, sí, pero sin denostar, al menos a primera vista, esa nostálgica y absurda querencia por lo artesanal. Páginas ocres, desgastadas, como debe ser en estas circunstancias, amarillentas de humedad y de ojos lectores. Nada como abrir la portada y cotillear la foto del autor, que si cómo estaba, que si qué tiempos, que si mira qué gafas me lleva.

Lo más sorprendente de las ferias del libro antiguo es que están hechas para lectores, situación que no se da en las ferias convencionales, preparadas para lectores que no leen, más numerosos de lo que en un principio podamos elucubrar. Las ferias del libro antiguo están vacunadas de los dos puntos negros de la lectura: los que leen para parecer que leen y los que leen para salvarse de esa estadística de los uno cada tal no han abierto un libro en su vida. Especímenes horrorosos. Lectura por huir del qué dirán. Carne de programa de Mercedes Milá, a la que le dijeron, en el momento más incómodo y bochornoso de la televisión, que vengo a hablar de mi libro. Ahora se “venga”, naturalmente, de todos nosotros al hablar de los suyos. En las ferias del libro antiguo tampoco está el gafapasta, el erudito por estética. Demasiado ruda y poco atractiva,  pocas mesas de madera y bolas de cristal colgando del techo,  y porciones de brownie en tarteras de cristal, y cafés con un corazón de leche.

Solicitamos, por el plan change.org o algo por el estilo, que ames las ferias del libro antiguo como a ti mismo -déjame el típex que reviso el mandamiento-, y que alguien las catalogue con ese sello burocrático con el que garantizamos, en este Estado lleno de prosperidad y de intervencionismo, la supervivencia de las cosas que deberían sobrevivir por sí solas. Conservar las ferias del libro antiguo es mantener lo que a nadie le importa pero todos necesitan. Como el amor sin interés, sin búsqueda de beneficio propio en la otra parte. Ese milagro posmoderno.

COPE

Alrededor de su iglesia leíste por vez primera Madrugada de Dios, una recopilación de poemas de Rafael Montesinos. Poemas cercanos, adjetivamos con mucho cuidado e intención, a la Semana Santa. En ese libro descubriste el acento, el tono, el pensamiento –conceptos juanrramonianos con que medir la buena literatura- necesario para elaborar el artificio –idealista, neopopular, costumbrista, realista, surrealista, pop- de la fiesta, un artificio que debía sonar a naturalidad. En él averiguaste cuál era el equilibrio, la distancia, que pide la Semana Santa, si de ella pretendemos el retrato literario. El acierto es el tema. O mejor: el modo en que tratamos el tema. Los poemas de Semana Santa son buenos en la medida en que sea la literatura la que diga, no el tema el que condicione. En la medida en que la finalidad del discurso sea universal, en el sentido de que hable de sensaciones por todos conocidas, aunque el medio en el que se desarrolle ese discurso no traspase, por circunstancias, lo local. El camino más corto de Montesinos podría servir en cualquier poema, sea o no de Semana Santa. Y a pesar de que la expresión haya sido tomada de las reglas de una cofradía. Todo esto aprendiste, no heredado, en esa plaza. En esa plaza en la que ahora se eleva el Cristo, la Virgen, con su orquesta de cirios y de platas, de teatralidad y de trampantojo. Con una imagen que te devuelve, año tras año, a tu pubertad. Porque si en la plaza conociste el qué de una parte, una de tantas, de la literatura, en el interior de esta iglesia mudéjar asimilas la única, casi la última, de las lecciones: la del tiempo. De la caducidad de la ceniza a la caducidad de tus propios recuerdos, del origen que fuiste al inevitable epílogo que serás. La plaza se llama san Andrés; la cofradía, Santa Marta.