COPE

Alrededor de su iglesia leíste por vez primera Madrugada de Dios, una recopilación de poemas de Rafael Montesinos. Poemas cercanos, adjetivamos con mucho cuidado e intención, a la Semana Santa. En ese libro descubriste el acento, el tono, el pensamiento –conceptos juanrramonianos con que medir la buena literatura- necesario para elaborar el artificio –idealista, neopopular, costumbrista, realista, surrealista, pop- de la fiesta, un artificio que debía sonar a naturalidad. En él averiguaste cuál era el equilibrio, la distancia, que pide la Semana Santa, si de ella pretendemos el retrato literario. El acierto es el tema. O mejor: el modo en que tratamos el tema. Los poemas de Semana Santa son buenos en la medida en que sea la literatura la que diga, no el tema el que condicione. En la medida en que la finalidad del discurso sea universal, en el sentido de que hable de sensaciones por todos conocidas, aunque el medio en el que se desarrolle ese discurso no traspase, por circunstancias, lo local. El camino más corto de Montesinos podría servir en cualquier poema, sea o no de Semana Santa. Y a pesar de que la expresión haya sido tomada de las reglas de una cofradía. Todo esto aprendiste, no heredado, en esa plaza. En esa plaza en la que ahora se eleva el Cristo, la Virgen, con su orquesta de cirios y de platas, de teatralidad y de trampantojo. Con una imagen que te devuelve, año tras año, a tu pubertad. Porque si en la plaza conociste el qué de una parte, una de tantas, de la literatura, en el interior de esta iglesia mudéjar asimilas la única, casi la última, de las lecciones: la del tiempo. De la caducidad de la ceniza a la caducidad de tus propios recuerdos, del origen que fuiste al inevitable epílogo que serás. La plaza se llama san Andrés; la cofradía, Santa Marta.

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