POR QUÉ LAS FERIAS DEL LIBRO ANTIGUO

El suceso suele ocurrir en las estaciones intermedias, en las estaciones eslabón, las que pasan, si tuviésemos que elegir, algo desapercibidas; estaciones de víspera las llamaríamos, semejantes a esos niños que siempre dejaron los últimos a la hora de elegir alineación para la pachanga del recreo. Hablamos de la primavera y el otoño, se entiende. Ni demasiado calor para encender el deseo ni demasiado frío para invitar al peligroso pack de mantita y peli. El justo medio ideal para que no se nos vaya la cosa de las manos por el camino de la perversión y el hedonismo. Son estas estaciones en las que aún no ha llamado a la puerta el exceso de la ociosidad y la pereza de los días sin despertador, en las que aún mantenemos la dignidad de la primera hora de la mañana y el trasnochar es un lujo al alcance de dos privilegiados: viernes y sábados, domingos en La Latina para los más atrevidos. Y esto en cuanto al tiempo pero ¿y el lugar? ¿Y el espacio? Pues las plazas de las ciudades. Esas parcelas de cuatro esquinas, coronadas por el héroe local y lejano, sumamente medieval, tallado en bronce, acompañado por un reloj civil, político y reglamentario, como un ojo de un cíclope, luminoso, que da las horas en punto. En estas plazas se condensan todos los estadios de cuanto nos acontece. Por un lado en la arquitectura: lo público y lo privado, lo civil y lo religioso. Por otro, en la biología, en las edades del hombre, como en el cuadro de Velázquez: el niño que da por saco con la pelota, el padre que lo vigila, y los abuelos que miran de manera indiscreta el trasero de las muchachas mientras se dan codazos en el banco de forja. Y entre todos, irrumpe. Como un terremoto. Sucede la feria del libro antiguo.

Llenas de polvo, suciedad y manoseos, como casi todo lo que hoy día merece la pena, se levantan las casetas y se intercambian las transacciones monetarias con los libreros. Hombres estos tímidos, introvertidos, con cara, como se suele decir, de pocas amistades. Ropa desgastada, uñas del color moqueta de motel de carretera, calva de eminencia, mirada perdida y cóncava, como los espejos de Valle Inclán. ¿Por qué este aliño indumentario? Habrá que recordar que no es esto el culto al libre mercado que imponen los grandes almacenes, no hay necesidad de megalómanas ventas, de cifras abultadas, de sumas indecorosas (todo lo indecoroso que este comercio puede dar); no hay necesidad de guardar las formas y la media sonrisa boba y complaciente, pues lo que es auténtico y verdadero no requiere de las formalidades y las convenciones; no hay necesidad de ofrecer ejemplares y ediciones como quien regenta una tienda de suvenires o una empresa de payasos para fiestas de cumpleaños. Algo que sin duda es de agradecer: la amabilidad debería venir como las cajetillas de tabaco: con una advertencia sobre los perjuicios para la salud. En un mercado saturado de libros con afán de consoladores, de antología para youtubers y famosos de televisión, de poetas letraheridos y cantamañanas, bohemios y buenorros, urgen las ferias del libro antiguo, uno de los canales en los que aún podemos mantener la fe, mejor, la certeza, en la literatura.

Si bien sienta esta mercancía literaria distante y reservada de las reglas del mercado, de la sofisticación –ese mote de la mediocridad, el de aquellos que no tienen más que forma, y no fondo- no digamos ya su fetichismo. El amor por el objeto. Amor constante más allá… Pues eso. En esas cajas de color pardo, que son como pequeñas mastabas del Antiguo Egipto, contienen, a su modo, otra nómina de difuntos. Más vivos que nunca, eso sí. Son las primeras ediciones, los libros descatalogados, las tiradas cortas de ejemplares, las oportunidades, las gangas, los precios de saldo, los títulos que ya no encuentras en los catálogos de las grandes librerías, impersonales y anodinas. Ediciones ochenteras, con su tipografía y su portada pelín psicodélica, encuadernación cuidada, industrial, sí, pero sin denostar, al menos a primera vista, esa nostálgica y absurda querencia por lo artesanal. Páginas ocres, desgastadas, como debe ser en estas circunstancias, amarillentas de humedad y de ojos lectores. Nada como abrir la portada y cotillear la foto del autor, que si cómo estaba, que si qué tiempos, que si mira qué gafas me lleva.

Lo más sorprendente de las ferias del libro antiguo es que están hechas para lectores, situación que no se da en las ferias convencionales, preparadas para lectores que no leen, más numerosos de lo que en un principio podamos elucubrar. Las ferias del libro antiguo están vacunadas de los dos puntos negros de la lectura: los que leen para parecer que leen y los que leen para salvarse de esa estadística de los uno cada tal no han abierto un libro en su vida. Especímenes horrorosos. Lectura por huir del qué dirán. Carne de programa de Mercedes Milá, a la que le dijeron, en el momento más incómodo y bochornoso de la televisión, que vengo a hablar de mi libro. Ahora se “venga”, naturalmente, de todos nosotros al hablar de los suyos. En las ferias del libro antiguo tampoco está el gafapasta, el erudito por estética. Demasiado ruda y poco atractiva,  pocas mesas de madera y bolas de cristal colgando del techo,  y porciones de brownie en tarteras de cristal, y cafés con un corazón de leche.

Solicitamos, por el plan change.org o algo por el estilo, que ames las ferias del libro antiguo como a ti mismo -déjame el típex que reviso el mandamiento-, y que alguien las catalogue con ese sello burocrático con el que garantizamos, en este Estado lleno de prosperidad y de intervencionismo, la supervivencia de las cosas que deberían sobrevivir por sí solas. Conservar las ferias del libro antiguo es mantener lo que a nadie le importa pero todos necesitan. Como el amor sin interés, sin búsqueda de beneficio propio en la otra parte. Ese milagro posmoderno.

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