UN VIAJE A TRUMP

El modo en que Trump pisará Reino Unido aún se mantiene en la incertidumbre, y el debate, qué agradable, al menos para el mitómano británico y extranjero, no cesa. En el Parlamento, los diferentes grupos políticos discuten y proponen las diferencias y las cercanías, escasas estas últimas. En una tónica similar, las calles que rodean al parlamonumento –apodo a ese edificio que es mezcla de órgano político-burocrático y símbolo de la nación- acogen a los manifestantes, los cuales protestan en contra de la llegada del presidente de los Estados Unidos de América, país con el que los británicos guardan tantas vinculaciones históricas y, digamos, culturales. No quiere decir esto, en absoluto, que las relaciones diplomáticas entre Reino Unido y EE.UU. hayan alcanzado la discrepancia de la genial, por literaria, no por apetecible, distopía de Alan Moore. Remenber, remenber

¿Y a qué el debate? Pues a que más de 1,8 millones de personas han pedido, petición formal mediante, que Trump sea recibido como presidente pero no como invitado de Estado; una petición que asume, razona y detalla dos de sus mejores cualidades: misógino y vulgar. Hasta ahora, ningún escrito ha resumido mejor la personalidad política del líder norteamericano. De lo vulgar a lo misógino, y viceversa, ¿no son actitudes casi sinónimas? Respecto del asunto ha habido argumentos, ora pro nobis democracia liberal, para todos los gustos e inclinaciones políticas. Los laboristas sugieren que la invitación, por parte de Theresa May, primera ministra británica, no hace sino poner en apuros a las instituciones de Reino Unido;  juicio que se opone al de los conservadores, como James Cartlidge o Nigel Evans, quien ni siquiera contempla la posibilidad de que Trump sea un racista.

El desenlace, como todo lo que aún sigue su curso, es una incógnita. Y eso es lo más atractivo de esta encrucijada. Ni la llegada de Trump a Europa ni la posición de Reino Unido en relación con las políticas del estridente republicano. La clave de esta noticia es el debate, es decir, el que una nación eleve a sus instituciones lo que considera idóneo, en virtud de los principios que la articulan como sociedad, de sus valores o de sus leyes. Algunos quizá evoquen, en este punto, al Brexit. En ese caso me temo que las comparaciones serán odiosas. Las diferencias, aunque saltan a la vista, las abreviamos en cuatro criterios: dimensión del hecho para con el futuro de los británicos –no se cuestiona que Trump acuda, eso es inevitable, sino la manera-; repercusión en su economía y relaciones con otros países; no se perciben aquí medidas de connotaciones nacionalistas-proteccionistas; el discurso se decide en el Parlamento, invocando la democracia representativa, dirección opuesta al Brexit. Aun así, nos sumamos a las palabras de otra propuesta popular, también dirigida a los representantes políticos del Parlamento: “es [Trump] un líder del mundo libre y el Reino Unido es un país que apoya la libertad de expresión, por lo que las personas con puntos de vista diferentes a los propios no deben ser amordazadas”. Sino cuestionadas, añadiría.

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