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Es inevitable por su propia condición, y una redundancia apuntarlo, pero cabe precisar que toma verdad el tiempo. Verdad de paso, de evolución, de transformación, de sucesión; pues claro, de qué si no. Su dialéctica de meses muda de la introspección del otoño y del invierno –donde acaso la ciudad es más cierta- a la explosión de los sentidos de marzo y de abril. Aunque su relato de seducción no descansa, suponiendo que las ciudades aún conserven estos dones, es en estos días cuando todo se desborda, asumiendo los riesgos y celebrando los aciertos. Un equilibrio del que no siempre se escapa con prudencia, con medida, con moderación. Si no, veamos los bares y los comercios, la industria cofradiera y los noticieros sobre la Semana Santa: todo es proliferación y abundancia, excesos y rumores, actos e imposturas. Pero lejos de toda esa acústica, de ese eco sin mayor cuerpo que el de lo efímero y el de las vanidades, los escaparates, acontece una realidad de belleza, de emoción, de hondura. La vemos en la preparación de la fiesta, en el cuidado de los priostes, en la dignidad del oficio anónimo, tantas horas dedicados a la perfección, a la preocupación de que nada falte, de que todo salga como merece: que si el altar de insignias, que si la fundición de la cera, que si la rectitud y proporción de esos faroles. Todo se asemeja a la santa voluntad de Kant: las cosas se hacen porque es correcto hacerlas, no por otras inclinaciones o intereses; no por ánimo de estar, sino de ser; no por ganas de aparecer, sino de contribuir. Y esa es la razón, práctica, supongo, de la fiesta. Razón que se percibe en este tiempo que toma verdad. Un tiempo que se queda, a su vez, como la subida del Cristo, el que en estas semanas vemos en la intimidad de los templos: suspendido.

ROMANCE A UN ALMUERZO DE FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

No es esa ciudad de bullas,

de multitudes, de masas.

La que se sube a las setas,

la que desde Gradas Altas

tiene palco de gañote,

tiene palco por la cara:

la silla de los chinos,

bocata en papel de plata,

de mortadela o tortilla,

¿francesa?, no: de patatas.

No es esa ciudad que ignora

al escultor de tal talla,

o al vestidor de la Imagen;

o el término con que llaman

a los niños que, delante,

llevan ciriales de alpaca.

No es la ciudad que ve pocas

cofradías, para nada.

No es tampoco esa ciudad,

la que se marcha a la playa

cuando Los Negritos llegan,

cuando su Virgen alcanza,

bien la calle Recaredo,

bien Almirante Apodaca.

Negritos se ponen ellos,

tumbados en sus toallas.

Y El Valle un hotel rural

con vistas a las montañas.

 

Esta ciudad es distinta.

Ciudad de tarde ocupada

en cabildos, papeletas,

en actividades varias

que van desde la priostía

hasta las sabidas charlas

de formación: son tan nobles

como de público escasas.

Esta ciudad, traje oscuro,

cordón rojo la medalla,

pasea, va de camino,

por Sierpes o por Laraña,

al almuerzo de función.

Una fecha señalada.

 

Las manos que protestaron

la fe, ahora declaran

otra fe por las frituras

y por el queso de cabra,

servido en un canapé

con aspecto de cuchara.

Esa cuchara de plástico,

esa cuchara tan ancha,

inmensa como el cajón

donde guardan las dalmáticas.

Bacalao al secretario,

por si alguno lo dudaba.

El menú son cincuenta euros.

Una auténtica clavada,

según chismorrea Fina,

la del vestido esmeralda.

La de la falda de tubo

con tres mil kilos de laca.

La mujer del mayordomo,

que es quien gestiona la pasta.

 

Todos los años lo mismo:

ese solomillo en salsa,

más duro que los tornillos

de un submarino, palabra.

Más duro que los cristales

de los faroles de alpaca.

Y más seco que las suelas

de un botín o una alpargata.

Pero lo peor no es eso,

sino cuando alguien levanta

su copa, momento postre,

momento brindis de cava.

Y comienzan los discursos.

Discursos que nunca acaban.

Más peligro que un discurso

cuando ya la medio papa

de vinito villa Herminia

hace su entrada en Campana.

 

Y ya la tarde se pone

de colores azul malva.

Se desmontan los quinarios,

y unos vuelven para casa

mientras en El Rinconcillo

otros cierran la jornada

de esta función principal

que anuncia Semana Santa.

O la bronca de la Puri,

cuando Pepe llega a casa,

todo un hermano mayor,

aunque es ella la que manda.

¿TRIBUNALES PARTIDISTAS?

No sé si se trata de una etiqueta con la que colmar de visitas a los titulares de los periódicos o si bien es una realidad posible, total; desconozco si nos vence el interés de buscar una connotación ideológica a lo que no tiene más vuelta de hoja o si de verdad hay en el candidato una inclinación partidista manifiesta que pueda, en cierto modo, perturbar su oficio de autoridad pública. Es complicado establecer el límite, pues de la suposición y de la sospecha sobre la ideología del magistrado, y sobre si esa ideología afectará al principio de rectitud y de correcta interpretación de las normas que a tal cargo se le presume, no esperamos más que la especulación y la posibilidad, sin mayor garantía de que lo teórico se transforme en hecho. Todo esto viene a cuento del nuevo presidente del Tribunal Constitucional, Juan José González Rivas, de pensamiento conservador, y de su recién nombrada vicepresidenta, Encarnación Roca, más cercana a criterios progresistas, elegidos ambos por el Pleno del tribunal.

Cuando los medios informan de que han sido elegidos nuevos magistrados del Constitucional, buena parte de la atención de la noticia gira en torno a su pensamiento político, y, consecuencia de este inevitable interés, a si el método de la elección, en una democracia liberal, es el adecuado. Junto con el patriotismo constitucional, con la economía social de mercado, con el Estado aconfesional y con el cuidado de los derechos fundamentales y de las libertades públicas, uno de los cimientos de cualquier sistema político democrático moderno es la independencia de jueces y de magistrados. Pero que una persona, un cargo público, en la intimidad –por personal, no por necesidad de ocultar nada, claro- de su pensamiento, sea de tal o cual inclinación política, ¿es sinónimo de falta de independencia en el sistema judicial? ¿O, en cambio, hay que asumir con naturalidad la ideología y confiar, verbo tan de democracia, en que esto no suponga injerencia alguna?

Que no vendría mal una reforma en el proceso de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional es innegable. De hecho, hola Ciudadanos, cualquier partido reformista y liberal debería aspirar a tal. No obstante, acaso el equilibrio sea la intuición y aviso de la prensa y la confianza y paciencia de la sociedad. Unido al buen funcionamiento de la institución pública. A pesar de los alarmistas y de los incendiarios, es lo que suele suceder.

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“Donde hay sociedad, hay derecho”, dijeron los romanos, esa cultura que trajo a Occidente, previo ensayo de los griegos, el concepto de civilización moderna. Con su ingeniería, su filosofía, su política. Con todas esas ciencias que salvan a lo humano de la barbarie y al barrio en donde vives de la selva amazónica o de la sabana de las ficciones del Rey León. La ley suele ser, por su propia condición, impopular en un tanto por ciento, pues no siempre está de nuestro lado, al contrario que el arbitrio o el caos, situaciones en las que cada uno resuelve el entuerto como mejor gusta, como le viene en gana. Sin embargo, no conocemos método más eficaz para la convivencia que la ley, ley para disponer de límites que, oh contradicción, nos permitan ejercer ese bien común al que llamamos libertad. ¿Y a qué esta divagación? Bueno, salvo que usted, homo cofrade, haya vivido en una burbuja ajena al mundo o tenga una vida demasiado atareada se habrá enterado: la policía ha intervenido en un ensayo de los armaos de la Macarena por una vecina, denuncia mediante, molesta con los ruidos que provocan las cornetas. Y hasta aquí, al margen de diversas especulaciones entre denunciante y denunciados, lo sucedido. Aunque el hecho en sí no pase de anécdota y en el criterio personal, incluso sentimental, me incline por la banda -también el ayuntamiento, más político que gestor-, hay que admitir que existe una normativa que delimita un ruido que, en ese preciso instante, estaba fuera de lugar; de ahí que las bandas tengan su local de ensayo. Donde hay sociedad, hay derecho; ubi societas, ibi ius. Y no lo dice ni mi voz ni mi palabra, sino la de Roma. Que por cierto, los que van a morir en la firma de lo impopular, te saludan.

ROMANCE A ESE/ESA DESAGRADABLE QUE NO DEJA PASAR EN LAS BULLAS

Son las ocho de la tarde

por Alemanes, por Francos,

por Velázquez o por Rioja,

por la Cuesta del Rosario.

Plena bulla, muchedumbre

en las calles taponando

las aceras, que es lo propio

en un Domingo de Ramos.

Como La Paz en el parque

con su escuadrón, sus caballos.

O los puestos de hamburguesas

enfrente del Rectorado,

eso, cerca del bar Citroën,

pero en la acera del Prado.

Con regalices de fresa

y sus juguetes de plástico.

O niñas quinceañeras,

de pandillas, y estrenando

tacones y sobaduras,

botellón de ron barato

con el Jonathan, su novio,

impecable traje blanco,

y una camisa magenta,

a juego con los zapatos.

El peinado es otro rollo:

los laterales, rapados,

y en la cabeza, de punta,

tupé con volumen, alto.

El estilo, según dicen,

lo catalogan de fashion.

 

Lo normal en estos días:

Lunes, Martes, Jueves Santo…,

es que haya gente en las calles,

de aquí y de allá, caminando,

y que se formen tapones,

que se limite el espacio

ante la gente que viene

de los pueblos, de los barrios,

o del mismo centro: Dueñas,

Alfalfa, Mateos Gago.

Pero esto cuesta entenderlo

en según, vemos, qué casos.

Uno que todos conocen,

tan típico, todo un clásico,

es el del desagradable,

puntito maleducado,

que no te deja pasar

cuando pasas por su lado.

 

Un ser, supongo, que piensa

en que ese metro cuadrado

que rodea su contorno

es un cortijo privado.

Le molestan los chavales

que en hilera van cruzando:

“Tú por aquí ya no pasas”,

comenta, medio enfadado.

Con lo bien que la vería,

la Semana Santa, claro,

en un pisito en Conil,

en un dúplex en Los Caños

-con un salón donde quepan

los tramos de san Bernardo-.

Con el gran Pedro Domínguez

por este micro narrando

las tardes en la Campana,

o las tardes en los palcos.

Con lo bien que la vería

en su tresillo, tumbado,

¿que no te gusta la marcha

que le están tocando al palio?

Pues coge y cambia el canal,

mira qué fácil, muchacho.

Pero no: prefiere la calle

suya, sin ser empujado

en las bullas que se forman

entre los que van cruzando.

 

No dejará que pasemos,

no nos cederá su espacio.

No le cabe en la cabeza,

en el hueco de su cráneo,

el que haya gente en las calles

en un Domingo de Ramos,

en un Lunes, Martes, Miércoles,

en un Jueves, Viernes, Sábado.

Así que no nos queda otra

que quedarnos donde estamos.

No nos queda más remedio

que contarlo por la radio.

JUSTICIA SIN SENTIMIENTOS

Las sentencias cumplen en el ruedo ibérico un doble cometido: tanto enjuician y determinan una causa como, no sé si por acción u omisión, emiten un juicio crítico, o un retrato, sobre la sociedad en la que persisten. Daños, benditos daños, colaterales del Estado de derecho, acaso. Lo vemos con frecuencia en las reacciones del español medio a las noticias vinculadas a casos de corrupción –que en el argot jurídico se apodan cohecho, malversación, tráfico de influencias-: “Más años le deberían haber caído”, “poco es para lo que ha hecho”, “la justicia es un cachondeo”. Estos comentarios se deben a que al individuo en cuestión no le satisfacen las penas, las instrucciones o los años de pena de prisión, pues en su criterio el resultado o el, perdón por la exageración, castigo no se corresponde con el hecho delictivo que aquí los magistrados tratan de dirimir. Pero, ah, el asunto no es tan simple, y detrás de toda esta nimiedad se esconde un complejo laberinto de intereses y conductas.

Desconozco si este comportamiento es usual en otras naciones, pero en España no cesa. Un ejemplo: la condena de dos años al ex presidente de la Generalitat, Artur Mas, por perpetrar ese esperpento que llamaron referéndum. Sí, el del 9 de noviembre. Los apuntes no se han demorado. En la mayoría de los casos tratados, personales, y leídos, vecindario del post y los 140 caracteres, la disconformidad es notable. Y es que nadie anduvo satisfecho, ya sea por exceso o por defecto. Hay dos grupos: los que creen en que es un final decepcionante, que más dura debía haber sido la pena; y los que piensan en que todo es una exageración, como así lo estima Pablo Iglesias, quien a golpe de tratado tuitero consideró que condenar a una persona por sacar las urnas a las calles es un despropósito. Es evidente que Mas no solo sacó las urnas a las calles sino que en esas urnas propuso una secesión que vulnera cualquier precepto constitucional. Iglesias, al ser jurista y politólogo, lo sabrá, claro: por eso mismo sesga tal advertencia. Pero bueno, para qué mayores indicaciones sobre los modos de lo que ya cansa. En este caso, la situación se presta más al humor que al análisis.

Lo que aquí ocurre es una colisión entre ideología y derecho, choque de trenes del que, a pesar de todo, la justicia española escapa con la destreza que da el conocimiento; es decir, el saber qué se hace, con independencia de otras inclinaciones. Parece que nada más punk que la defensa de los tribunales como garantes del funcionamiento de la democracia, y de su sociedad, que no es más que el consenso de las leyes; vamos, el cumplimiento de sus deberes y el goce de sus derechos. Que se podría retocar y acicalar el edificio, pues claro, ¿pero dónde está el pacto que acordaron Ciudadanos y Partido Popular, pacto que, entre otros puntos, trataba una reforma en la elección de los magistrados del CGPJ? Mientras llega la buena nueva, nos conformamos con la cita del clásico, esa que dice que la justicia es la continua y perpetua voluntad de atribuir a cada su derecho. Por aquí, pese a los instintos, no cabe contrario.

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La sala anduvo de bullicio, paisaje similar al de los tramos de la cofradía justo antes de salir a la calle; cofradía de barrio, popular, comprimida en la parroquia de la periferia. O también podríamos decir que fuimos, durante una hora y media, abonados no en la Campana o en la avenida, sino en el CICUS, para ver pasar a la hermandad de los heterodoxos. Gremio no posmoderno, sino contemporáneo, apuntemos la distancia. En esta hermandad gremial de hoy, como fueron la de los mulatos o la de los toneleros, los hermanos mayores son los directores de la revista La Muy, quienes organizaron, organizan, un triduo de mesas redondas con el que alcanzamos indulgencia plenaria respecto de la apertura de miras y del sentido cultural –por tanto trascendental, que nadie se equivoque- de la Semana Santa. Tras pedir la venia al palquillo de un público congregado en la calle Madre de Dios, dónde si no, el periodista Javier Gotor dio paso a la cruz de guía, es decir, a Eva Díaz Pérez, quien fue abriendo paso a los tres pasos de esta jornada: Lutgardo García, David González Romero y Julio Muñoz Gijón. Hubo risa, hubo reflexión, emoción y anécdotas, como en cualquier estación de penitencia. Y en el altar mayor, la obra del pintor Rafael Laureano. Nosotros seguíamos, mientras tanto, allí, en nuestro abono, viendo el discurrir de tanto ingenio y de tanto Núñez de Herrera, de tanto Eugenio Noel, de tanto Antonio Burgos, de tanto José Antonio Garmendia, de tanto Paco Robles. A la derecha de mí, Javier Leal, que no es padre sino amigo, aunque sí seamos, en según qué ocasiones, un solo espíritu. En los extremos, aunque ellos sean más bien centrados, Manuel Jesús Roldán y José María Rondón, y el escritor José María Jurado, quien contemplaba, como es precepto en su condición de buen observador, de Virgilio con acento poético andaluz, todo un género, por difícil, épico: el eclecticismo en la ciudad de los dogmas.