ROMANCE A UN ALMUERZO DE FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

No es esa ciudad de bullas,

de multitudes, de masas.

La que se sube a las setas,

la que desde Gradas Altas

tiene palco de gañote,

tiene palco por la cara:

la silla de los chinos,

bocata en papel de plata,

de mortadela o tortilla,

¿francesa?, no: de patatas.

No es esa ciudad que ignora

al escultor de tal talla,

o al vestidor de la Imagen;

o el término con que llaman

a los niños que, delante,

llevan ciriales de alpaca.

No es la ciudad que ve pocas

cofradías, para nada.

No es tampoco esa ciudad,

la que se marcha a la playa

cuando Los Negritos llegan,

cuando su Virgen alcanza,

bien la calle Recaredo,

bien Almirante Apodaca.

Negritos se ponen ellos,

tumbados en sus toallas.

Y El Valle un hotel rural

con vistas a las montañas.

 

Esta ciudad es distinta.

Ciudad de tarde ocupada

en cabildos, papeletas,

en actividades varias

que van desde la priostía

hasta las sabidas charlas

de formación: son tan nobles

como de público escasas.

Esta ciudad, traje oscuro,

cordón rojo la medalla,

pasea, va de camino,

por Sierpes o por Laraña,

al almuerzo de función.

Una fecha señalada.

 

Las manos que protestaron

la fe, ahora declaran

otra fe por las frituras

y por el queso de cabra,

servido en un canapé

con aspecto de cuchara.

Esa cuchara de plástico,

esa cuchara tan ancha,

inmensa como el cajón

donde guardan las dalmáticas.

Bacalao al secretario,

por si alguno lo dudaba.

El menú son cincuenta euros.

Una auténtica clavada,

según chismorrea Fina,

la del vestido esmeralda.

La de la falda de tubo

con tres mil kilos de laca.

La mujer del mayordomo,

que es quien gestiona la pasta.

 

Todos los años lo mismo:

ese solomillo en salsa,

más duro que los tornillos

de un submarino, palabra.

Más duro que los cristales

de los faroles de alpaca.

Y más seco que las suelas

de un botín o una alpargata.

Pero lo peor no es eso,

sino cuando alguien levanta

su copa, momento postre,

momento brindis de cava.

Y comienzan los discursos.

Discursos que nunca acaban.

Más peligro que un discurso

cuando ya la medio papa

de vinito villa Herminia

hace su entrada en Campana.

 

Y ya la tarde se pone

de colores azul malva.

Se desmontan los quinarios,

y unos vuelven para casa

mientras en El Rinconcillo

otros cierran la jornada

de esta función principal

que anuncia Semana Santa.

O la bronca de la Puri,

cuando Pepe llega a casa,

todo un hermano mayor,

aunque es ella la que manda.

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