COPE

Es inevitable por su propia condición, y una redundancia apuntarlo, pero cabe precisar que toma verdad el tiempo. Verdad de paso, de evolución, de transformación, de sucesión; pues claro, de qué si no. Su dialéctica de meses muda de la introspección del otoño y del invierno –donde acaso la ciudad es más cierta- a la explosión de los sentidos de marzo y de abril. Aunque su relato de seducción no descansa, suponiendo que las ciudades aún conserven estos dones, es en estos días cuando todo se desborda, asumiendo los riesgos y celebrando los aciertos. Un equilibrio del que no siempre se escapa con prudencia, con medida, con moderación. Si no, veamos los bares y los comercios, la industria cofradiera y los noticieros sobre la Semana Santa: todo es proliferación y abundancia, excesos y rumores, actos e imposturas. Pero lejos de toda esa acústica, de ese eco sin mayor cuerpo que el de lo efímero y el de las vanidades, los escaparates, acontece una realidad de belleza, de emoción, de hondura. La vemos en la preparación de la fiesta, en el cuidado de los priostes, en la dignidad del oficio anónimo, tantas horas dedicados a la perfección, a la preocupación de que nada falte, de que todo salga como merece: que si el altar de insignias, que si la fundición de la cera, que si la rectitud y proporción de esos faroles. Todo se asemeja a la santa voluntad de Kant: las cosas se hacen porque es correcto hacerlas, no por otras inclinaciones o intereses; no por ánimo de estar, sino de ser; no por ganas de aparecer, sino de contribuir. Y esa es la razón, práctica, supongo, de la fiesta. Razón que se percibe en este tiempo que toma verdad. Un tiempo que se queda, a su vez, como la subida del Cristo, el que en estas semanas vemos en la intimidad de los templos: suspendido.

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