ROMANCE A UN DÍA FAMILIAR EN LA CAMPANA

El niño cuyos mofletes

son como dos guardabrisas:

coloraditos y curvos,

rechonchos y de piel fina,

casi voluta barroca

que adorna la canastilla,

casi cristal de los pasos,

el cristal de las tulipas

que llevan los candelabros…,

no sé, de La Borriquita,

que es la hermandad de este niño,

la hermandad de la familia.

El niño tiene más fondo

que el patiolamontería.

Y es que se come empanados

el manto, las bambalinas,

las escaleras del paso

de La Quinta o La Canina,

aunque canino no sea

el mote que lo adjetiva.

El niño tiene una madre,

que es quien lo lleva a la silla,

y un padre, que en penitencia

lo vemos todos los días:

cómo carga con el carro,

cómo carga con la vida,

cómo carga con la suegra

encalomada en sus sillas:

“Miguel, a ver si sacamos

en los palcos, la avenida,

que es que, vamos, aquí estamos,

no sé yo, como sardinas;

además, allí hay caché,

donde las tiene la Herminia”.

 

Y mientras tanto, ese niño

chutado de palomitas,

de paquetes de Risketos,

de Gublins, de golosinas,

mira al padre y le confiesa:

“Papi, tengo fatiguita”.

Y es que van a dar las nueve

y llegan de las cocinas

los olores posmodernos

de nuestra gastronomía.

¿Adobo Blanco Cerrillo?

¿Rebozado de pavías?

¿Un montadito de gambas?

¿O la miel de las torrijas?

Nada de eso, frío, frío:

algo más… imperialista.

Algo de esos otros dioses

que asoman las cabecitas

por los letreros que alumbran

las fachadas, las esquinas.

 

No son dioses que veneren

catedrales o capillas:

son los dioses de Inditex,

de McDonald’s, cuya Biblia

está en ese escaparate

donde ofrece su comida:

del big mac a los mcnuggets,

y al menú cuarto de libra.

Olores de Happy Meal

que al niño dan fatiguita.

Olores que se propagan,

o que más bien nos conquistan,

y entran por la pituitaria

y siguen por la barriga.

Del dios del capitalismo

al Dios hombre que camina

sobre un paso de madera

que trabaja una cuadrilla.

Ni naranjos ni los tópicos

“mester de pregonería”.

La Campana huele a grasas,

huele a kilocalorías,

a esas prendas industriales

que venden en las franquicias.

Huele al bolso de La Chari,

al bolso Dolce & Cabina;

huele a chuches de ese niño

que está aburrido de pipas;

huele que huele a ese padre

que no ve más cofradía

que la de Santa Paciencia

cuando va de recogida.

UN FEMINISMO

Hoy es 10 de marzo de 2017, un día, supongo, anodino, rutinario, pasajero, propicio al olvido, como los rostros de los compañeros de viaje en el vagón del metro; un día sin expectativas de género épico o de mayores victorias, a lo sumo una noche de concupiscencias o desenfreno de las pasiones, de certezas universales e inconfesables, de todo lo que bajo la etiqueta de humano nos hace divinos. Pero eso acaso sea esperar demasiado. Hoy, que no hay cifra ni fiesta de calendario, leo una noticia en la que el alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta un dato bastante crudo: en varios países, Burundi o Rusia, dos ejemplos, uno lejano y otro más próximo, hay leyes que culpan a la mujer de la violencia doméstica; es decir, la mujer es la responsable de que cualquier animal denigre sus derechos fundamentales, su dignidad, su libertad, su igualdad.

Tanto asombra la noticia como su escasa difusión, aunque estos sean, cabe decir, asombros de distinta naturaleza. El primero se debe a la estupefacción, repulsa, rechazo; el segundo, más leve, de ahí lo secundario, lo accesorio, al modo en que lo afrontamos. Y es que no se suelen leer, ya sea en debates, exhortaciones políticas, comentarios… sucesos de este alcance. Sí abunda, al menos en lo que se puede comprobar desde la experiencia, la discusión feminista de tintes partidistas, o de sesgos ideológicos, en donde las propuestas –estamos en el incómodo campo de las intuiciones, de las sensaciones- no dirimen y centran su contenido en la mujer, sino en hacer de ellas un instrumento con el que ofrecer una conveniencia, un interés propio. Social, cultural, político. Como cuando alguien afea a una política una conducta o una mala gestión, y esta recrimina al contrario, para así evadir su supuesta responsabilidad, una actitud machista. No es la defensa de la igualdad formal lo que aquí importa, sino un sutil ejercicio de dialéctica cuyo fin es dar la vuelta a la tortilla. Esto no quita, claro está, un ápice de verdad a los que así defienden el feminismo, aunque lo estimen como un adorno snob; sin embargo, la honestidad, la otra cara de toda causa noble, se pierde. Una pérdida, simulemos un agujero, por la que entran tantos argumentos reaccionarios, aprovechando que la credibilidad pasa por Valladolid.

Mientras tanto, tal como relatan en la ONU, en países como Bangladesh o Burundi, sus códigos penales miran de soslayo cuando el asunto trata violaciones o desprecios varios a la mujer por el simple hecho de ser mujer. Pero eso no copa el retuit ni el mensaje viral; de eso no nos ocupamos, preocupamos, como conjunto; no son, en la generalidad, los temas sobre los que planteamos y en los que debatimos. Y ya sea de manera consciente o pecando de ingenuidad, pasan desapercibidos. Como este 10 de marzo de 2017.

COPE

Los impresionistas franceses del XIX buscaron la deformación del paisaje, desde el trazo suave, ágil, difuso y casi arbitrario, para huir del retrato instantáneo y descriptivo –tan descriptivo que captaba el aspecto formal de la  realidad tal como lo veían nuestros ojos- de la fotografía. Surgía así, de esa, digamos, necesaria competencia, un nuevo modo de entender el arte: no desde la creatividad o la imaginación sino desde la tecnología, aunque fuese esta, por otra parte, claro, una invención del hombre. Pasarían unos años, que si las vanguardias, que si la muerte del arte, que si el pop, hasta llegar a las tesis neorrealistas de, por citar coetáneos de hoy día, Antonio López. Toda esa visión, todo ese recorrido, se condensa en la cámara de un fotógrafo –quien dice cámara dice ingenio, inventiva-, cuya firma responde por Santi León. Santi León adapta los cánones del barroco tomando como instrumento no el pincel, sino la fotografía; es decir, recoge los presupuestos teóricos de una mentalidad del siglo XVII, los enlaza con la modernidad del XIX, los nutre al ritmo del XX y los deja en los ojos de los lectores –mucho hay aquí de literatura, también- del XXI. Santi León reinterpreta una serie de conceptos pasados para incorporarlos al canon de la sociedad actual. El resultado, si aún no lo conocen, deberían verlo. Juego de luces, antítesis, sugerencias, claroscuros, volumen de las imágenes… y todo dispuesto en una escena tan original como conmovedora: el fotógrafo coloca las tallas en el suelo de las parroquias y de las iglesias,  atribuyendo a la imagen cualidades propias de lo  humano, de la realidad, alejando lo que en ella hay de madera, de artificio, incluso de fotografía. Santi León supera el escollo con el que se encontraron los impresionistas, pues usa la fotografía para trabajar con la pintura. O viceversa.

ROMANCE A UNOS CANGREJEROS MUY SENSIBLES

Sueles verlos ya de noche,

cuando vienen consumidos

los candelabros del palio,

las mechas de los pabilos

de los altos celadores,

de la cera de los cirios.

Sueles verlos ya de noche,

cuando el día ya se ha ido

en las hojas del programa,

arrugado en el bolsillo,

bolsillo de una chaqueta

que es de Scalpers o de Silbon,

con los botones dorados

y talla de niños chicos.

¿De color? Verdes, o blancas,

o también azul marino.

O como ellos las apodan:

azul pavo tono frío.

Los zapatos son burdeos,

de buen gusto, con estilo.

Muy limpios, casi de estreno,

con mucha piel, mucho brillo.

No son muchos, a lo sumo

son dos o tres, cuatro o cinco

-diremos que es esta cifra

su número favorito-.

Siempre delante del paso,

todos muy agarraditos,

con las manos en los hombros,

los pantalones pitillo,

y un tupé como un cirial,

en su defecto, flequillo.

 

En las fotos de Instagram

lucen morenos, guapitos,

rara vez no se acompañan

del género masculino,

con los que se echan las fotos

echándole los morritos.

Solo tienen amistades

de una acera: solo amigos.

Les encanta la priostía,

qué les gusta un acerico,

y una blonda, saya, manto,

un bordado en oro fino,

todo lo que sea clásico,

todo lo que sea antiguo.

También les va el critiqueo,

lo comentan muy bajito,

cuando se acercan al otro

y le dicen al oído,

en besapiés o quinarios,

en besamanos o triduos:

“Anda que poner gardenias,

en lugar de poner lirios”.

“Es que el Rubén lo ha bordado,

es que, vamos, se ha lucido”.

“Qué toca de sobremanto

más horrorosa, Dios mío”.

“Andevá con ese altar,

¿a quién se le habrá ocurrido?”.

 

Pero esas lenguas de víboras

se ocultan al misticismo

de este palio, ya de vuelta,

con los cirios consumidos.

Les pirra una marcha clásica,

todo lo que suene a antiguo.

Miércoles o Viernes Santo,

con sus chaquetas de Silbon

y sus tupés de dos metros

-ahí se puede hacer windsurf-.

De Montserrat al Museo,

del Buen Fin al Baratillo,

van delante de los pasos,

cangrejeros, en grupitos.

Cómo observan los detalles:

de la plata a los tejidos.

O a la espalda de ese poli

que controla del bullicio.

Que enciende sus guardabrisas.

Que levanta… sus suspiros.

TRUMP Y LOS CULPABLES

Si tuviéramos que elegir entre las conductas universales, en tiempo y en espacio, en época y en contexto, de los mandatarios con dotes y facilidades para el arte de lo excéntrico, una de ellas sería la del principio de exclusión. O de negación de lo propio y retrato malvado y conspirador de lo ajeno. Con tal de no irnos demasiado lejos en la historia, dejaremos algunos ejemplos recientes. Y es que Franco tuvo a sus masones como Chávez y Castro tuvieron al imperialismo yanqui, como el nacionalismo presume de un Estado en el que viven pero oprime. Trump, siguiendo esta actitud –acaso mejor hablar de conductas o gestos, de estrategias para colmar titulares, que de política-, la ha tomado con el periodismo y con Obama, a quienes acusa de enemigos del pueblo en el primer caso y de filtrar informaciones en el segundo.

Esta campaña de Trump, el ademán, no nos asombra: se puede ver a diario en colegios de primaria. Así que apuntemos la obviedad: no es de este asunto la postura infantil lo que extraña sino que esta haya alcanzado altas cotas de la administración del Estado. Que el Despacho Oval de la Casa Blanca se convierta en un jardín de infancia, vaya. Si quieren mayores pruebas, busquemos en Google la foto de una de sus asesoras. Aunque cabe decir que esta falta de consideración por el bien público no es exclusiva del gobierno de Trump –hubo quien aplaudió, en otros dirigentes, esa “naturalidad”-. Pero acaso sí premeditada. O buscada. O quién sabe. Ventajas del populismo: al no tener principios ni ideario definido más allá de la voluntad de un pueblo, voluntad acotada a conveniencia desde el seno de un partido, el contrario nunca intuye lo que va a suceder, o cuáles son las intenciones de sus actos. En la nada de su ideología, el todo de su impredecible pensamiento.

Trump llegó al poder gracias a la confrontación de opuestos que no existen, al menos desde el retrato que nos ofreció. Ahora es el momento, cuarenta días después, de consolidar ese conflicto, vacío y ficticio. Del también sencillo e infantil tirar la piedra y esconder la mano. Desde la ocurrencia, hay que dar motivos para el titular de la prensa y para el debate en el mundo. Debate no solo del hecho, también de la finalidad que esconde el hecho, incluso de su propia veracidad, de que sea real, de que quiera llegar a algo más allá del simple escándalo. Pero en esa cuestión, parece, solo nos calma el tiempo. Qué buen socio de gobierno. Qué encuestador. Qué gran politólogo.

DOS EXALTACIONES A LA SANTA CRUZ EN LA HERMANDAD DEL SILENCIO, RIQUEZA LITERARIA Y SOCIAL

PRIMEROS PASOS, LA LLAMADA CORTITA

Debe tener ciertas dosis de temeridad el que se enfrente a la tarea de buscar a quien  largue en la hermandad de El Silencio. Eso sin duda. Un inconsciente, vaya. ¿Tarado dice usted? Tiraremos también por esa posibilidad. Pero al igual que sabemos que la empresa es laboriosa,  suponemos que pocas cosas más llenas de motivación que los objetivos nublosos, quizá inciertos, difusos, elevados también, como ese incienso que os acompaña, Campana, atrio de San Antonio de Abad, calle Francos, cuando las fuerzas, aún tensas, empiezan a flaquear. No obstante, el propósito de encargo, lírica al margen, no es otro que ese: indagar, acaso investigar, en la hermandad donde nadie suelta ni mú. La faena se presenta con nombre de adversidad, de miura si lo tomamos por el pitón de la tauromaquia. Sin embargo, allá iremos.

Los primeros indicios nos llevan, qué digo, nos guían, verbo bastante más cofradiero, a las salas de la casa hermandad, la de la calle Alfonso XII, donde el escribidor tan buenos recuerdos guarda, y algún que otro amigo, de esos que tratas de dilucidar bajo el antifaz del capirote cada Madrugada de Dios, recuerdo de Rafael Montesinos, o de Rafael Roblas, y en poco o nada logras acertar su nombre, incluso cuando no dejas de tratar, día sí y no, con su presencia. Dicen que hay que tener amistades hasta en el infierno, aunque uno prefiera reservarlas en esta leve gloria de primitivos nazarenos. Con ellos inicio, valga ripio, el oficio, la proposición.

En primer lugar, acudo a Francisco Javier Villar Atienza, hombre de cuatro nombres a los que, para gente cercana, le sobran tres, número de preguntas con las que le abordo. Absoluta rectitud, hieratismo extremo. Que no suelta nada, digo. Insisto. Persisto. Repito. Reitero. Hasta persevero. Nada. La callada por respuesta, como esa venia que piden fiscales cada noche de marzo o de abril, y que es, luna de inspiración mediante, la principal productora de atriles y pregoneros al uso y al desuso de sus metáforas y poemas vergonzantes. Pero quita, quita, aparte de mí ese cáliz. De Francisco Villar Atienza no obtengo mayor pista que la de la no respuesta. Me temo que será más complicado de lo que aún pensé.

Me dispongo entonces a barrer las negaciones, no de San Pedro sino de Javier, del tablero, y así me acerco a Federico León Ybarra, quien junto con Luis García Ridao e Ignacio del Rey alguna que otra tertulia formamos en noches de Cuaresma y tal. Otro primitivo, como se suelen llamar con pequeñas muestras de guasa y cercanía. Primitivo que custodia la imagen primitiva en la calle primitiva de los primitivos señores burgueses: San Vicente. Recordemos ahora el dicho de los estratos sociales según el callejero de la ciudad: “De la Catedral a la Magdalena, / se almuerza, se come y se cena; / de la Magdalena a san Vicente, / se come solamente; / de san Vicente a la Macarena, / ni se almuerza, ni se come, ni se cena”. Y con esto nos encontramos, de nuevo, silencio, missing según los posmodernos. No sueltan ni prenda.

Así que, visto el panorama, y yendo a lo seguro, tomo el camino, pues claro, más corto de mis pies no descalzos sino arropados por la piel, creo que piel, a saber, de mis botas color tierra. Y en este camino más corto, cómo no, llego al secretario segundo de la cofradía, hombre con quien comparto afinidades e inquietudes de vocación y dedicación. Por el camino más corto llego a Rafael Roblas Caride. Y es él quien me entrega, tras la travesía, los dos ejemplares necesarios para cometer el encargo que al principio de esta introducción concertamos. ¿Que cuál? El de comparar –en estilo, fondo y forma- dos de los más brillantes escritores contemporáneos que la ciudad ha dado, y, por supuesto, desde un acto que organiza la propia hermandad: la exaltación a la Santa Cruz. Son dos los nombres que nos ocupan: Antonio Burgos y Francisco Robles. Tópico de la dualidad mediante, tan cultivado en sus obras. Y representado, sí, en ese Jano bifronte, patio de la Casa Pilatos, que tanto les gusta a la hora de interpretar los dones de la ciudad.

 

SOCIEDAD Y LITERATURA

Del 28 de mayo de 1988 es la exaltación de Burgos y del 11 de mayo de 2007, la de Robles, apenas diecinueve escasos años de diferencia, dirán. Pero entre ambas media una distancia considerable. Más aún en estos últimos años del siglo XX y primeros del XXI, en donde el tiempo –y las consiguientes revoluciones que suponen sus cambios- evoluciona a un ritmo de vuelta de cofradía por la calle Javier Lasso de la Vega, para entendernos. Aunque la aceleración de este tiempo, en donde como causas podríamos hablar de cambio de siglo o incidencia de nuevas tecnologías en el quehacer diario, no se debe tanto a motivos generales como puntuales. ¿Qué motivos? Proponemos dos: la Expo 92 y la irrupción de la televisión, Internet y las nuevas vertientes de comunicación: las redes sociales. Hechos que transformarían el modo de entender la Semana Santa y la ciudad. ¿Y qué relación guardan con el estilo, fondo y forma de estos dos escritores? Alguna, no nos adelantemos. ¿Y con las exaltaciones a la Santa Cruz de la hermandad de El Silencio? Dos parámetros en que asentarnos.

Es significativo, con todo, cómo, si la manera y trato de Antonio Burgos y Francisco Robles en su literatura representa dos estilos no similares aunque complementarios o sucesorios el segundo del primero, el discurso del hermano mayor de la cofradía no varía en ningún momento en la presentación a los dos autores. Es decir, mientras esa sociedad sevillana de los años ochenta, y su vinculación con las cofradías, en poco se asemeja a la de los primeros años de la década del 2000 –variaciones que sustentamos en la Expo del 92 y la llegada de Internet-, las palabras con que la primera cabeza visible de la institución organizadora de la exaltación a la Santa Cruz, el hermano mayor, se dirige a su público son muy parecidas tanto en intención como en expresión en los dos momentos. Copiamos dos fragmentos, correspondientes a la exaltación del 88 el primero y a la del 2007 el segundo:

“El transeúnte que esta noche pase por la antigua calle de Las Armas y oiga el estruendo de tambores, trompetas y demás instrumentos, que resuenan a través de la cerrada puerta de la Real Iglesia del Sr. San Antón; los concurrentes a este acto sorprendidos por el exorno del compás del Convento; los propios hermanos de esta primitiva y silenciosa Hermandad; pensarán sin duda que como se dice hoy día –éstos se están pasando. Esta no es la Hermandad del Silencio que nosotros conocemos.

Pero es un pensamiento alejado de la realidad, porque en esta Hermandad a través de los siglos,  todo lo que se hace está regido por dos normas fundamentales: la Regla y la Tradición”.

Ahora, año 2007:

“Como proclamó en el primer acto de exaltación a la Santa Cruz, en mayo de 1998, nuestro entonces hermano mayor Eduardo Ybarra Hidalgo, esta celebración sorprende a cuantos nos contemplan hoy en este compás revestido con tan extraordinario exorno. La entrada a la Real Iglesia de San Antón es hoy absolutamente distinta. Y el estruendo de la música, otro año más, también hace posible una estética singular. Quienes esta noche se asombran deben saber que tan auténtica es la seriedad de la cofradía que ven cada Madrugada camino de la Catedral para alabar a Jesús Sacramentado, como la hermandad que ven hoy reunida en este patio engalanado en torno a la cruz o la hermandad que ven celebrar la Resurrección de Nuestro Señor con un ágape fraternal en este mismo atrio.

Como esta hermandad lo tiene todo regulado en sus Reglas y de ellas nunca se sale, hoy no hacemos más que cumplir uno de sus cánones”.

Estilo y conciencia de la hermandad de El Silencio se mantiene casi sin alterar una coma. Como si el tiempo por esta no hubiese sucedido, conservando idéntica finalidad en sus normas y sus modos. No ocurre así –y bien está-, como veremos, en el contenido de los dos textos: Burgos y Robles.

 

DOS ESCRITORES CON LOS QUE COMPRENDER UN TIEMPO Y UNA CIUDAD

Es la literatura un documento con el que diseccionar e indagar las pulsaciones de un tiempo; desde ella, con ella, averiguamos y llegamos a comprender el cómo y el qué del dónde. En la literatura nos acercamos a las costumbres, a las maneras, a los paradigmas culturales, a los acervos de una sociedad, de su mentalidad, de sus formas. Y dentro de este arte, de esta literatura, los autores. Los escritores, claro. Voces representativas, mediante su estilo y su tema, de todo esto que venimos hablando. Ellos son quienes dan cuerpo a eso que llamamos literatura, ellos son los que dotan de sentido y de contenido la abstracción total de un concepto tan universal como es el literario. Nosotros, desde este tiempo –finales del XX y principios del XXI- y desde este lugar –Sevilla y sus cofradías- hemos escogido dos, aunque más se den, se entiende. Como ya hemos indicado son Antonio Burgos y Francisco Robles.

No solo ellos se acercaron al atrio de San Antonio Abad por el mes de mayo. No fueron los únicos, por supuesto. También hubo escritores y estudiosos de la lengua que bien merecerían su sitio en este breve artículo. ¿Por qué entonces esta criba? ¿Por qué esta selección? ¿En qué se basa? Principalmente en que son autores representativos de una Sevilla, cada cual en su momento, y que, a su vez, se complementan el uno del otro. Desde sus dos estilos, tanto el de Burgos como el de Robles, se conoce a la ciudad, se podría hilvanar una teoría de esta: digamos que la obra de estos dos autores es un buen molde para experimentar con el paso del tiempo, y lo que él trajo, de la ciudad de Sevilla. Estilos cada uno independiente pero correlacionados, autónomos –en el aspecto literario y, supongo, en el laboral- y complementarios. Quizá por eso Robles sea discípulo de Burgos, y no su epígono, como tantos imitadores que por los alrededores del Arenal, buscando no sé qué inspiración, deambulan. Por eso, por otra parte, aunque Robles sea deudor de Burgos –en el estilo de la escritura, no pensemos mal-, tiene voz personal y escuela. Al igual que el segundo, obvio.

¿Y cuál es la voz y la escuela de uno y de otro? El documento que nos ocupa, el acto de exaltación a la Santa Cruz de Sevilla, es perfecto para abordar esta cuestión. Tanto por el contenido como por la facilidad que este nos presta para comparar preferencias a la hora de tomar partida en la producción de una obra. ¿Sería lícito escoger artículos de ABC de Sevilla o de El Mundo Andalucía para cometer este propósito? No lo dudemos. Pero quizá nos fallaría el tema. O mejor dicho: la exactitud del tema. Se hablaría de Sevilla, sí; incluso se hablaría de cofradías, vale; aun así, no hablaríamos de una Sevilla y de una cofradía. Con las dos exaltaciones en la mano nos acercamos al estilo de dos autores desde el contenido de la obra hasta el tema que ronda a la obra. Mucho más didáctico y, con probabilidad, más acertado el análisis.

Pero ¿cuál es la voz y la escuela de uno y otro? No más rodeos. En Burgos se sugiere un tono más cercano al retrato lírico e idealizado de la ciudad. Un tono aristocrático y, al mismo tiempo, popular. Elevado y coloquial; culto y conversacional. Profundo conocimiento de la costumbre y precisa recreación, mediante un elegante y elaborado uso del lenguaje, de lo que se busca transmitir. Una combinación de dos registros que nutren el ritmo y la cadencia del fraseo con, lo más difícil, aparente sencillez y facilidad. Como ejemplo: “La primavera toda sigue siendo la gran fiesta barroca de Sevilla. La fiesta de la Naturaleza en la ciudad. La proclamación de lo más hondamente sentido. Sevilla de los cabales… Id en estas tardes de domingo a la plaza de toros. La ladrillería a la vista os dirá la exactitud en la sevillanía de quienes allí están (…). Quien no comprenda los secretos de este rito, de nada le vale andar por caminos de pinares y arenas, de nada le sirve copear en trastiendas de lona, porque no se habrá enterado de nada de Sevilla. Que de Sevilla dijo su poeta romántico que tiene alegre la tristeza y alegre el vino. Como tienen alegre la tristeza o triste la alegría las viejas coplas que envidia le tienen al viento, celos a otra novia que es Sevilla misma, esta Sevilla honda le tiene, harta de que le ronden la calle los falsos amantes”. Extenso fragmento pero ilustrativo de lo que venimos comentando.

¿Y Francisco Robles? Pues no distante de Burgos, aunque en él se adivina, junto con la incorporación de sesgos de carácter culturalista –mención abundante de otros poetas y escritores universales, incluso ajenos a la fiesta-, una intensidad en el texto más meditativa, reflexiva, intimista, de conversación con el hombre que con él camina, o que lleva dentro. Robles es aquí un poco filósofo, un poco cronista y un poco poeta. Y el humor. El humor de Robles. No quiere decir esto que Burgos no sea un autor que lleve al humor de la ciudad a las más altas cotas literarias, solo que en Robles este término es rasgo inconfundible, y maestro, de su oficio. Dos fragmentos, para que todo quede, espero, más claro:

“Frente a los que piensan que no hay vida más allá de una religión mal entendida y peor digerida, el mensaje abierto a todos los hombres. A los que duermen en ese letargo de la indiferencia, y a los que nos debatimos en esta tierra de nadie donde se reciben más cosquis, que diría un castizo, que en ningún sitio. Los meapilas, con perdón, nos ven como si fuéramos unos degenerados y unos farsantes. Y los practicantes del fundamentalismo ateo nos desprecian por nuestra debilidad intelectual. Menos mal que sentimos el abrazo cálido de vuestra cofradía”.

“¿Pescao frito? Hemos mentado a la bicha, la sierpe que anida en el estómago y provoca la secreción de los jugos gástricos. Y calmaremos la sed con ese ritual tan sevillano que consiste en volver al lugar que dio origen a la Semana Santa. Volveremos, una vez más, a la Cruz del Campo. ¿Lo veis? Me habéis llamado para hablar de la Cruz de Mayo y la cruz se hace presente en todas sus formas y maneras. La Cruz del Campo provoca esa réplica de los candelabros de guardabrisas que es la copa de cerveza, el fanal que contiene uno de los líquidos más valorados por el sevillano rancio”.

UNA REFLEXIÓN, A MODO DE, RIPIOSA, CONCLUSIÓN

En el apartado de sociedad y literatura y en algún que otro párrafo del artículo se trata el asunto, pero, a la vez, se esquiva. Se plantea y se declina. Tan solo se esboza. ¿Cuál? El del motivo que fundamenta el estilo de uno y otro autor y que, del mismo modo, nos entrega las claves para entender a la sociedad de su tiempo. Recuerden: año 1988 y 2007, Burgos y Robles, respectivamente. Nosotros ofrecemos una teoría, o más bien, una especulación.

Centramos el punto de inflexión de ambos años en la Expo de 1992 y en el origen generacional de los autores. Burgos proviene de un tiempo en que el idealismo y la creencia, la fe, en el cambio de los opositores al autoritarismo del régimen franquista facilitó el entendimiento entre todas las partes y la concreción de una democracia que conoció, casi adolescente, Francisco Robles. Esta aspiración y firmeza en el valor de los ideales se lee y percibe en el estilo de Burgos, en esa solemnidad de trato –vista en el anterior apartado- con conceptos como la ciudad, sus ritos, su esencialismo, su inmaterialidad. Pero es entonces cuando nace una generación, la de los sesenta, casi crecida en esa democracia que otros ayudaron a forjar y en una época que los sociólogos llaman posmodernismo, con su actitud de escepticismo y relativismo en torno al mundo que conocieron sus abuelos y sus padres. Este relativismo y negación de los absolutos coinciden, en la generación de Francisco Robles, con la decepción en el idealismo democrático cultivado por sus antecesores. Corrupción, desengaño de la buena práctica de las instituciones democráticas, desilusión con la política liberal de partidos, anuncio de los primeros síntomas de estancamiento en el crecimiento económico… todo notas de una generación en la que maduró Francisco Robles. ¿Y en qué momento se rompe con el idealismo de aquellos y llega el posmodernismo de estos? Nuestra opción, en relación con las cofradías y Sevilla, es la Expo del 92. Con sus, por otra parte, surgimientos de mass media y redes sociales.

Y de ahí el humor, sí. De ahí la posibilidad de que Robles, en la hermandad de la tradición, la primitiva, compare los candelabros de guardabrisa con los vasos cerveza y hasta el cardenal suelte alguna que otra carcajada: es un tiempo de negación de absolutos, y aunque no sea este el criterio -o el pensamiento- ni del escritor ni de los asistentes, en sus conciencias existe la posibilidad de que esto así sea, y no suponga escándalo alguno, pues, queramos o no, somos producto de nuestro tiempo. De ahí, también, que Burgos tome, en cambio, por un registro más cercano a la solemnidad que se le presume al acto.

Esta es la vinculación de la literatura con la sociedad, y viceversa. Con la Semana Santa, claro, también, como parte de la ciudad. Pues no es esta un fósil ni una antigualla, como muchos pretenden presentarla. Pero ese otro tema. Uno ya se calla. Que para eso hemos venido a hablar en el silencio.

COPE

Alrededor de su iglesia leíste por vez primera Madrugada de Dios, una recopilación de poemas de Rafael Montesinos. Poemas cercanos, adjetivamos con mucho cuidado e intención, a la Semana Santa. En ese libro descubriste el acento, el tono, el pensamiento –conceptos juanrramonianos con que medir la buena literatura- necesario para elaborar el artificio –idealista, neopopular, costumbrista, realista, surrealista, pop- de la fiesta, un artificio que debía sonar a naturalidad. En él averiguaste cuál era el equilibrio, la distancia, que pide la Semana Santa, si de ella pretendemos el retrato literario. El acierto es el tema. O mejor: el modo en que tratamos el tema. Los poemas de Semana Santa son buenos en la medida en que sea la literatura la que diga, no el tema el que condicione. En la medida en que la finalidad del discurso sea universal, en el sentido de que hable de sensaciones por todos conocidas, aunque el medio en el que se desarrolle ese discurso no traspase, por circunstancias, lo local. El camino más corto de Montesinos podría servir en cualquier poema, sea o no de Semana Santa. Y a pesar de que la expresión haya sido tomada de las reglas de una cofradía. Todo esto aprendiste, no heredado, en esa plaza. En esa plaza en la que ahora se eleva el Cristo, la Virgen, con su orquesta de cirios y de platas, de teatralidad y de trampantojo. Con una imagen que te devuelve, año tras año, a tu pubertad. Porque si en la plaza conociste el qué de una parte, una de tantas, de la literatura, en el interior de esta iglesia mudéjar asimilas la única, casi la última, de las lecciones: la del tiempo. De la caducidad de la ceniza a la caducidad de tus propios recuerdos, del origen que fuiste al inevitable epílogo que serás. La plaza se llama san Andrés; la cofradía, Santa Marta.