MÁS INÉDITOS: POEMAS DE MIGUEL D´ORS

La felicidad consiste en no ser feliz y que no te importe, escribe Miguel d´Ors. Con esa frase se podría resumir, aunque acaso fuese osadía tal propósito, la trayectoria poética del escritor gallego, en cierto modo también andaluz: por pertenencia, vinculación, y por docencia. Y es que ese aserto, tan próximo a lo que ahora llamamos aforismo –cuánto tiene un buen poema, o una novela, de reunión o conjunto de buenos aforismos-, enuncia la apuesta, estética, se entiende, que d´Ors hace de su obra. Una estética que se ocupa del humor y de la ironía, del doble sentido, sí, del juego de opuestos, de las contraposiciones de conceptos, paisajes, pensamientos, ocurrencias, que, más que confundir o la esbozar una leve sonrisa en el supuesto de las ironías, contribuyen a esclarecer. El reverso, la cara opuesta, si bien nos supone la complejidad, siempre ayuda, en manos de los buenos escritores, a definir un todo, incluso a dotarlo de riqueza expresiva, de belleza, por otra parte. Eso es lo que consigue d´Ors en la mayoría de sus poemas. Miguel d´Ors descubre, desde el trasfondo o la paradoja del hecho, incluso desde su no es, la realidad total de lo que en él acontece. Y elaborado con un lenguaje claro, conciso, sencillo por trabajado, no por simple, claro.

Pocos como d´Ors juegan con la trascendencia, con la elevación y manejo de la palabra, de su finalidad y de su expresión, uno de los elementos fundamentales de la literatura. Trascendencia que no se ocupa ni pierde el tiempo en pretensiones, en imposturas, mejor dicho, en presentar la erudición con envoltorio de humo, forzando al lenguaje no al hermetismo, que no necesita de presiones y complicaciones forzosas, sino a lo vacuo, a lo que en apariencia es solemne pero no deja de ser nimio –la peor de las abstracciones-. Miguel d´Ors, desde la naturalidad y la claridad, alcanza ese otro terreno, ese más allá que tan bien sienta a la poesía, pues no solo la justifica, también la completa. ¿Trascendencia de la intrascendencia?, es probable. Y aquí otra vez el contrasentido; contrasentido que aporta lucidez y que no se pierde en vaguedades o arbitrarias imprecisiones, en pretender decir más de lo que, en realidad, se dice.  En errar en la sugerencia de las connotaciones, o de las evocaciones, en resumidas cuentas.

Estos apuntes fluyen por los inéditos que el poeta acoge en El misterio de la felicidad, antología publicada en la editorial Renacimiento. Un buen ejemplo es el primer poema de este apartado, À une passante:

Mira que es ordinaria y gorda. ¡Y esa falda!

seguro que se llama Encarni o Chary

(no serás tan cenizo de suponerla Yénifer).

Seguro que se sabe todos los culebrones.

Seguro que habla azín –y con el chicle

asomando por medio de cada tontería-.

Peluquera o cajera, muy sincera,

moderna con su pircin,

chismosa, con un punto rociero

y loca por “salir”: todos los requisitos

de la mujer que tú siempre has soñado

en tus más negras pesadillas.

 

Y,

sin embargo –confiésalo-, por un instante, sólo

el tiempo de un destello,

algo dentro de ti la ha envidiado: esa mano

apoyada en su hombro,

la mano de ese novio de barriada,

también vulgar y chata, hecha al ladrillo,

y el soplete, esa mano que, pese a todo, tú

sabes que, a su manera, es el Amor.

 

O en Made in Pakistan, en donde una anécdota, en principio una anécdota, que sucede en el contexto de la sociedad de consumo, de la globalización, es el punto de inicio para un final deslumbrante:

 

Manos pakistaníes

que en un insospechado rincón del tiempo, anónimas

y remotas, pasasteis sobre este mismo pliegue

en que ahora están las mías; que por unos momentos

dejasteis vuestra áspera tibieza

sobre este colorido que ahora mismo,

aquí en mi casa de Granada, España,

acaba de salir de su paquete,

como el pollo del huevo,

hacia la luz de un mundo con que muchos

sueñan en Pakistán

y luego os alejasteis para siempre,

al fondo de una oscura cadena de trabajo.

 

(…)

 

Manos

que ahora mismo las mías adivinan y sienten

ligadas a una vida

desconocida pero que misteriosamente

es la mía también, y estrechan, en un gesto

de secreta unidad,

por encima del tiempo y la distancia.

 

Canción, por donde vayas

proclama que entre todas mis horas hubo una

en que una camisa comprada en las rebajas

vi que todas las vidas son una misma Vida.

 

Bueno es el cierre del soneto  Regreso al “Savoy”, poema en que el café no es sólo un establecimiento, un comercio, sino que forma parte de la emoción y de la memoria sentimental del poeta. Un lugar en el que, tomando tópicos de estilo barroco, se identifica con su yo, con su experiencia, con su historia. Más que cafetería, espejo para una biografía, ¿cuántos tenemos uno?:

 

para saber que todo está llamado

a la ceniza, que estos ojos míos

que hoy miran estos muros claudicantes

 

pronto se reunirán con ellos, que

lo que aquí se hunde no es sólo el “Savoy”:

es mi infancia, mi vida, lo que soy.

 

La gratitud del campo, penúltimo poema de este ramillete de inédito, incurre, en nuestro criterio, en uno de los riesgos que, junto con el efectismo, asume este estilo tan personal de d´Ors: el prosaísmo. Lo salva el ritmo interno del poema. Y la temática, el olor del campo lluvioso, de tanta significación:

 

Y para que la tierra me perdone

la ceguedad, aquí salvo del tiempo esta

perfumada mañana vegetal,

24 de julio del año 2007,

que un vuelo ajedrezado de abubilla,

cruzará para siempre.

 

Por último, Bécquer. O la reinvención de Bécquer, en Rima LIII. ¿No es la literatura la reinvención constante de lo mismo? Con ese propósito, Miguel d´Ors culmina esta ofrenda de poemas aún sin libro bajo el que cobijarse. De nuevo su estilo. Su voz propia –lo más difícil de lograr-. Y la belleza formal ausente de mayores mitificaciones o ambiciones pretenciosas, con el peso de su propio nombre es suficiente. Con eso basta:

 

Las palabras ardientes son las de aquellas tardes

en que el mundo y la calle Petritxol

también tenían veinticinco años

y nosotros medíamos el tiempo por “t´estimo”.

 

Y el amor con que nadie

podrá jamás quererte, desengáñate,

es éste que mi vida te pone en cada sílaba

de la rima LIII de Bécquer.

 

El misterio de la felicidad (Renacimiento). Antología poética de Miguel d´Ors. 280 páginas. 12 €

UN AÑO EN LA OTRA VIDA, CON JOSÉ MATEOS

Capacidad para la contemplación, para observar el sustrato de la realidad y tomar de él su honda claridad poética. Con estas notas, rasgos generales, nos sumergimos en Un año en la otra vida, del escritor José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963). El conjunto lo componen –hablemos de composición, sí- diversos fragmentos en los que el escritor jerezano disecciona la rutina que acontece en su diario, atribuyendo a la monotonía y convencionalidad de aquella la sensualidad y emoción, belleza, de este. En un ejercicio de transformación, de evolución de un estadio a otro, la vida común y general, previsible –la rutina-, adquiere literatura –el diario-. Acaso esta diferencia sea crucial para distinguir entre la mera recopilación de anécdotas personales –que solo a curiosos incumbe- y la elaboración de una pieza literaria, del diarismo, género que comparte con el aforismo, con el libro de aforismo, cierta proximidad: su abundancia es proporcional al auge de las interacciones en las redes sociales.

Dicción, musicalidad, proporción, armonía. De ahí que en el anterior párrafo habláramos de composición: en las páginas del libro se intuye un sentido e interés por el cuidado de la estructura que soporta el interior de cada pasaje, como si las partes del libro fueran las piezas de una maquinaria en la que nada sobra, en la que nada es prescindible, pues solo con la colaboración de todas estas partes es posible la creación total de la obra. En Un año en la otra vida, José Mateos, junto con este sentido de armonía, también domina el ritmo del fraseo, la pausa necesaria para lograr el efecto de la cadencia en la palabra, en sus acentos; la fuerza verbal –carga sustantiva de cada fragmento- idónea en cada imagen, ni demasiado intensa, que roce la cursilería, ni demasiado leve, que incurra en la ingenuidad. Cada palabra se escoge con precisión, con minuciosidad de orfebre, con el rigor del escritor que conoce las infinitas posibilidades del idioma. El vértigo por la palabra exacta, la eterna duda. Vértigo que, en los escritores solventes, lejos de proponer reparos y límites, ayuda a la exigencia, contribuye a enriquecer la estética de la obra; como si ese freno, ese respeto, fuese una ventaja para alcanzar las pocas palabras verdaderas que todos buscan.

El riesgo de este tipo de obras se encuentra en el constante soniquete de un único tono –inconveniente que podría agotar al lector, quien percibe, pasadas varias páginas, que todo es similar, que ya nada conmueve, que lo ha visto todo, por tanto-. Un año en la otra vida es un libro breve si lo tomamos por el género de la narrativa y extenso si nos decantamos por el poema en prosa. A este apunte cabría añadir que tampoco es, en esencia, ni lo uno ni lo otro, circunstancia que suma, por otra parte, aún más incertidumbre en cuanto al acierto de su extensión, y a si esa extensión favorece o no el tono con que se aborda el libro, para que no nos agote, como decíamos al principio. Pero ese peligro se salva con pasajes como los siguientes: “Las nubes y los pájaros nunca hablan de sí mismos, sino de lo que han visto allí de donde vienen. Las nubes lo dibujan en el papel del cielo. Cada una a su manera. Los pájaros nos lo relatan sin cesar. Y lo que han visto parece tan maravilloso que las nubes no saben dibujarlo sin transfigurarse y los pájaros no saben decirlo sin cantar”; “todo lo que tiene alas tiene un secreto”; “los periódicos saben cómo hacer para que la verdad engañe”.

Naturaleza, humanismo, meditación, mundo actual… Mateos indaga, desde esos horizontes, para hallar, a través de la literatura, respuestas; respuestas a las inquietudes que surgen en lo cotidiano; respuestas que el autor encuentra, aunque las aplique en esta, en la otra vida, pues, con una visión neoplatónica de la existencia, la validez y autenticidad del mundo del autor solo tiene sentido cuando se complementa con estadios superiores, estética y acaso moralmente, como la naturaleza o las artes. De lo material que tenemos, de lo irrelevante o insustancial, a la trascendencia que nos espera. De lo histórico de la rutina a lo ahistórico de la literatura. Como todo buen poeta, como todo buen pensador.

Un año en la otra vida (Editorial Pre-Textos) de José Mateos, 127 páginas, 18.00 €

AL RITMO LATINO DE JORGE BARCO

Suele ser una cualidad de los buenos poetas: negar la apariencia de pose de poeta en el texto. Negar para afirmar, para mostrar, la voz del poema; es decir, dejar que este hable por sí solo. Cuando siento, no escribo, dijo el romántico, y esa máxima la podríamos aplicar tanto a los que se pasan con el barniz de la sentimental como a aquellos que abusan de la palabra que suena poética –por tomar los dos caminos sobre los que, cuentan, navega la poesía- y de la construcción sintáctica retorcida, también del concepto abstracto. Tan abstracto que incurre en la arbitrariedad. De tanto reducir al misterio y a lo intangible, al final terminamos por apuntar imprecisiones, vaguedades, la nada, vaya. Tanta divagación sin dirección precisa lo deja todo perdido de humo; tanto misterio nos invita a olvidar que la buena poesía busca, precisamente, descifrar su enigma. Jorge Barco (Salamanca, 1977) nos da la impresión de que no escribe cuando siente, y de que desea, mientras dura el recorrido de esta obra, abandonar esa pose, la apariencia, de poeta. Desde esa actitud, acaso los lectores ortodoxos, es decir, los despistados, supongan que eso es un demérito, y que tal condición resta calidad a este Ritmo latino (XV Premio Emilio Alarcos). Nada más lejos de la realidad.

Hay veces en que no tomarse demasiado en serio un asunto es un método eficaz para explorar nuevos caminos y traer algún tesoro: pocas cosas como la decorosa despreocupación de un credo o de una teoría para ahondar en el arte y aportar, claro, propuestas de acento propio. Desinhibirse de las etiquetas y de los legados, una vez conocidos y vistos, es un principio para la originalidad, para lo genuino, para la autenticidad. Estas notas son constantes en Ritmo latino. Barco las conoce, sabe de qué va el tema, y aunque juegue con la naturalidad, con la espontaneidad y con una supuesta improvisación de las formas poéticas, todo tiene intención y finalidad. En esa ambivalencia aguarda el don, la riqueza, la valía de este libro: ni ortodoxo, pues eso tan solo genera lo ya tratado; ni demasiado pretencioso en lo original, pues así caeremos en esa novedad que Juan de Mairena contrapuso a la originalidad. Nuevas propuestas sin más sustento que la novedad; es decir, nada nuevo.

Las citas que inauguran los libros, para aquel que sepa usar las herramientas que sirven para elaborar una obra, son una declaración de intenciones. Preparar el terreno para el cultivo del lector. En este libro nos topamos con personas tan dispares –o no- como Bizet, san Mateo o Boyero. Incluso con cantantes de ritmos caribeños y canciones comerciales, propias del verano. Hay que ser muy poeta para atribuir a cada uno de estos personajes una mirada poética. Para establecer correspondencias, como se hace en Ritmo latino, entre las palabras de Horacio y las de Shakira. Para interpretar, incluso allí donde pocos verían poética, su validez y su naturaleza. El primer poema del libro, Ice ice baby, inicia una estética que veremos en otros poemas de Ritmo latino: la aguda sátira del hombre contemporáneo. Y construida sobre un lenguaje conversacional, aunque con un trasfondo y una connotación tan eruditos –por pensamiento, imagen, sentido poético, originalidad- como cualquier estancia de Petrarca u octava gongorina. Veamos: “Por tu barba y tu pelo diría que has pasado / varios meses perdido en el desierto. / Por tu ropa rasgada parece que has venido / de luchar cuerpo a cuerpo contra un tigre. / Por tus palabras nuevas que eres extranjero. / Por tu gusto musical, un poco idiota. / Sin embargo me dices que eso se llama moda / y que la gente cambia según se va llevando. / No juzgan, solo siguen los preceptos ajenos. / Toca el flautista y todos van detrás. / Quiero ver vuestras fotos a lo largo del tiempo, / catálogo de un bosque / que no nos deja ver solo una rama. / Prefiero al que se estanca en el pasado / por haber encontrado su camino. / Mira Vanilla Ice, / que sigue igual después de veinte años, / cuando dijo: Yo no sigo las modas, / yo las impongo.” Persiste esta sátira al hombre moderno –quien se siente único, pero solo es molde del resto-, aunque en este caso sobre el deterioro de las Humanidades en el pensamiento y en la enseñanza, en Hoy Aristóteles no ha venido a la academia: “Atrás quedó aprender filosofía, pensar / por uno mismo; hoy lo único que importa / es conseguir una plaza de funcionario”.

Hay versos que acaso disuenen en el conjunto, pues esa naturalidad que mencionamos se convierte en normalidad, incluso cierto lenguaje del vulgo: “grita y hace con que no mira /  tu inmensa polla al sol”. No obstante, ese tropiezo, tan común e inevitable por otra parte, remonta en el siguiente poema, El empresario poético, en donde Barco medita, sucintamente, sobre la función del poema una vez se deprende del autor, incluso del propio libro: “Querido lector, / yo ahora probablemente esté durmiendo, / mientras este poema / continúa trabajando para mí”.

Aún hay tiempo para remover las arenas de los tópicos barrocos y adaptar su esencia y su finalidad al contexto actual –destreza de buenos poetas, recurrir a lo clásico para interpretar el qué y el cómo de hoy-. Así ocurre en Lo que queda del César, dicotomía del finis gloriae mundi y de los hechos cotidianos de la vida moderna. El discurso barroco se aplica a las circunstancias de hoy día: “Cayo Julio César escribe en Google / Cayo Julio César es / y como un golpe en su mandíbula aparece un desplegable  / que autocompleta la frase con búsquedas comunes: / Cayo Julio César es gay / Cayo Julio César es tonto / Cayo Julio César es de izquierda o de derecha / Cayo Julio César es cantautor / Cayo Julio César es adoptado / Cayo Julio César es venezolano / Cayo Julio César es zurdo / Nadie parece acordarse de sus victorias militares / ni de la enorme amplitud de sus conquistas. / Nadie ha leído los diarios de un hombre / que un día lo fue todo, pero que poco a poco / su fama y su fortuna se fueron apagando. / Ahora es solo un anciano que vive del recuerdo / de los días gloriosos, y se queja / a quien le quiera escuchar de que su hijo Bruto / apenas va a visitarle a la residencia”.

Ritmo latino (Visor) –XV Premio Emilio Alarcos- de Jorge Barco Ingelmo, 56 páginas, 12 €

MACRON Y SUS POSIBILIDADES

De todas las opciones posibles y probables, la más favorable. Hablamos de Francia, país en donde se está debatiendo, como ya sucediera en otros países de Europa, España entre ellos, el careo entre la democracia liberal y representativa y su ocaso, debacle que responde al nombre del populismo, la xenofobia, el euroescepticismo, el nacionalismo y el proteccionismo, con media dosis de modelo asambleario y de políticos que se atribuyen el don de ser los verdaderos representantes de los intereses de una nación. Intereses que, oh casualidad, suelen coincidir con su ideario. Estos políticos, se llamen Le Pen o Iglesias, una francesa y el otro español, convergen en un mismo idioma. Si no, que le pregunten al periodista Rubén Amón, quien, con tergiversación como medio y finalidad, ha tenido que soportar el ninguneo y la caricatura de Iglesias en el único formato, junto con la televisión, en el que gana público: la red social. Luego está la realidad, pero ese es un campo que suele decepcionar a los que tratan de ver el mundo desde la óptica del prejuicio y del sesgo.

Pero de esa dialéctica entre democracia liberal –con su imperio de la ley y la conciencia de su vulnerabilidad, consecuencia, por otra parte, de su humanidad- y populismo, parece que apoyamos la primera opción, pese a todas las adversidades que han acompañado a Europa en la última década. Primero Holanda y ahora Francia. Si bien es cierto que el recorrido es aún largo y la incertidumbre considerable, todo apunta a que Macron saldrá victorioso de esta competición con Le Pen. Al menos en cuanto al voto y al discurso de sus políticas. Acaso será más complicado implantarlas. Mucho más, me temo, hacerlas efectivas. Pero lo dijo el escritor: todo es probable y nada es seguro.

De Macron esperan, esperamos, mucho. Sobre todo de su perfil liberal y progresista, un perfil que en España escasea, que incluso suena, para los Le Pen y los Iglesias, a contradicción. Quizá porque ahí vean a su primer adversario; su primer adversario con posibilidad material de tumbar las propuestas del populismo. Por otra parte, esa actitud y ese discurso de corte reformista y liberal brilla más, al menos hoy día, por la abstracción de las ideas que por la concreción formal de un partido, de una estructura, de un programa. Como sucede con Ciudadanos. Esa concreción formal de las ideas –saber a qué atenerse, primer requisito para saber adónde vamos- es el primer paso que deberían afrontar. Más aún cuando los otros, los del proteccionismo y el nacionalismo, lo tienen tan claro. Es evidente: destruir y cerrar siempre fue más sencillo que elaborar y crecer. Que proponer medidas originales, posibles, difíciles y constructivas. Que progresar.

COPE

Leo en la prensa que han detenido a los dos implicados en la pelea de la calle Arfe. Sí, la que originó, según la investigación de la policía, las avalanchas de la Madrugada del 2017. Parece que ya tenemos consecuencias, aunque nos las vistan de causas: no nos olvidemos de que los comercios de la calle niegan que una pelea originara las estampidas en el Postigo. Por tanto, por ahora tenemos detenidos, detenidos que pudieron provocar un conato de pánico, sí, pero que en ningún caso cierran los sucesos de la Madrugada ni concluyen las dudas que nos aguardan. Entre la multitud de preguntas que aún no tienen respuesta, enumeramos las siguientes: ¿por qué hay teléfonos móviles que registran llamadas en Dueñas y en la plaza del Triunfo a la misma hora, llamadas alertando de carreras? ¿Lo podríamos fundamentar con el argumento del efecto dominó? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué hay varias carreras en una misma calle y en horas distintas? ¿A qué vienen los cantos de reminiscencia musulmana en varios puntos de la ciudad y con testigos que corroboran los hechos? ¿Por qué en uno de los vídeos que suben a Youtube, en Reyes Católicos, se aprecia a una persona arrojando algo, cualquier objeto, con el brazo y, en ese preciso instante, la masa se aparta y corre? Que haya detenidos es un avance respecto de otros años en los que nunca supimos no solo qué paso, tampoco quiénes estuvieron detrás, ya sea causas o personas. Pero este avance no debería satisfacer las explicaciones ni concluir cualquier tipo de interrogante. Sobre todo porque, de lo contrario, tan solo nos quedará la sensación de impunidad y de no saber, desde las administraciones, cómo afrontar situaciones similares. Es más, como bien indica Rafael Roblas, si esto sucede sin premeditación, ¿qué esperamos cuando haya una organización? Pues que estaremos, otra vez, vendidos. Ah, y para propaganda, nos basta con la de los veladores.

ESTACIÓN POESÍA

Juan Bello Sánchez, figuración y asombro

Tras ganar el IV Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena” con El futuro es un bosque que ya ardió en alguna parte (2011) y el VI Premio de Poesía Joven RNE con Todas las fiestas de mañana (2014), Juan Bello Sánchez (Santiago de Compostela, 1986) recibió el XIV Premio de Poesía Emilio Prados por el libro Nada extraordinario (2016). Una trayectoria poética notable, y que asombra, dada la juventud del autor, aunque la edad, en estos casos, y valorando la calidad de la obra, no sea más que una anécdota. Importará, en cualquier caso, el contenido. Cuando leímos su libro Todas las fiestas de mañana percibimos en cada uno de los poemas del conjunto unos rasgos estilísticos propios y originales cuyo fondo y forma se traducía en una unión entre el simbolismo y el surrealismo, como si entre ambas corrientes se hubiese perdido un eslabón, una pieza del engranaje que Bello Sánchez rescata. Poesía figurativa, sí, pero sin decodificar de manera total el significado del lenguaje; sin suprimir, de la finalidad del poema, lo descriptivo. Una supresión en su justa medida. Lo necesario para entablar una conversación y no ahogar uno u otro modo. Esta apuesta estética sigue en pie en Nada extraordinario.

El libro mantiene un ritmo constante, una proporción de tono y tema en el transcurso de sus diferentes entregas, interrumpida tan solo por la pausa de diversos autores y sus citas. Los poemas funcionan como un todo orgánico, un cuerpo en donde cada parte toma su función y su cometido, su responsabilidad, como si el poeta les hubiese asignado una tarea. En este supuesto, la del retrato. En Nada extraordinario se recrea un paisaje vinculado a un pueblo costero, y en él, experiencias, memorias, emociones: “Y entre todas esas cosas / -el sol que cae de los árboles, los coches cansados, / la mujer empujando el carrito de un bebé- / va ofreciendo puerta por puerta / el vendedor ambulante / una primavera en miniatura”.

Tomando el ejemplo de la pintura impresionista del XIX o de los primeros pasos de las vanguardias, este escenario no se dibuja desde el naturalismo o el realismo, aunque no haya en él, por otra parte, alguna nota radical de irracionalismo o de intención onírica. La metáfora prevalece, la imagen trasciende a la palabra con trazos sueltos, ligeros, quizá arbitrarios, de aquí y de allá; pero lejos de suponer un estropicio o de invitarnos al caos del sinsentido, los versos logran ensamblar una sólida construcción entre unos y otros, como si tuviésemos que leer el poema con distancia para percibir y limitar los contornos de la totalidad de su esencia. Una distancia que te lleva, por otra parte, a la cercanía, a comprender el qué y el cómo: “El coche detenido en una curva / y tú hablas de los días más felices de nuestras vidas / como quien recuerda que ha de ir / a comprar clavos a una ferretería. La nostalgia / es un perro callejero que cruza la carretera / en la oscuridad, pero sabe perfectamente a dónde se dirige. / Y las ciudades se construyen por acumulación, me dices, igual que los veranos o la memoria”.

Abunda en el libro la greguería, el aforismo, el apunte, la sentencia. Género tan de moda en una generación como la de Bello –como la mía- nacida entre urgencias, redes sociales, post, clicks, marketing, eslóganes. El aforismo de Juan Bello se integra en el conjunto, sí, pero al diseccionarlo, podemos tomar algunos ejemplos, los cuales, por cierto, ni se resisten ni se diluyen, no pierden ni un gramo de masa, de consistencia: “Y el mar tan limpio que podemos ver el fondo, / no como una fuente, quizá como un vaso de agua / del que nadie ha bebido”. “El tiempo transcurre como un abrigo / colgado en una percha”. “La lluvia igual que el sonido de un violín”. “Y el pasado es un barco / que no termina nunca de hundirse”.

En Nada extraordinario se canta a la cotidianeidad de un tiempo y de un lugar sin abandonar, por supuesto, y aquí una de las principales claves de la obra, lo que en ellos hay de sorpresa, de particular, que no es otra cosa que su propia condición. Los objetos se suceden, al igual que la costumbre; sin embargo, la óptica desde la que se mira este mundo, este paisaje, es la del asombro. Decir asombro donde otros dicen costumbre, dijo Borges, una lección que Bello Sánchez parece tener aprendida. Como conclusión, los últimos versos del libro, pertenecientes al poema al final yo también me marché de la fiesta: “Te hablo de un bosque que sólo es útil para un incendio. / Te hablo de un edificio que se desploma / y nadie escucha su canción. / Te hablo de una tormenta que pasa y después ya no queda / nada. / Y eso es todo. No quieras volver a una playa / que ya no está donde solía”.

Juan Bello Sánchez

Nada extraordinario

Pre-textos, 2016.

 

Reseña publicada en el décimo número de la revista Estación Poesía (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla).

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Quienes hemos leído algo más que los boletines de una hermandad, conocimos, en la adolescencia, el famoso comic de Alan Moore y la repetida frase de George Orwell; frase que bien podríamos aplicar a cualquier faceta del periodismo, esa búsqueda perpetua de la verdad material. Búsqueda que no descansa, aunque por ella nos llamen morbosos y nos envíen descalificaciones que, con frecuencia, descalifican más al que las enuncia que a aquel que las recibe. Ni Moore ni Orwell fueron becarios de pregonero en un colegio de enfermería ni dedicaron su vida a hablar de candidaturas de juntas de gobierno en las teles locales, de ahí que acaso no suenen, en algunos corrillos, demasiado. Pero hoy aliviaremos olvidos e ignorancias. El primero dijo que las palabras siempre conservarán su poder, pues las palabras hacen posible que algo tome significado y, si se escuchan, enuncian la verdad; el segundo apuntó que si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. Sobre la palabra y la libertad, me temo -sin autoridad- que los dos ejes del periodismo, vamos a hablar de las avalanchas que se dieron en la Madrugá del Viernes Santo en Sevilla. El relato oficial nos cuenta que una pelea en Arfe desencadenó un efecto dominó que llegó desde la plaza del Triunfo hasta la calle Dueñas. Para asegurar esta tesis nos hemos ido a la calle Arfe y hemos preguntado -¿qué ocurrencia, cierto?- si vieron una pelea en torno a las 3:45h de la mañana y si esa pelea provoca una estampida. En uno de los comercios –justo enfrente del bar donde sucede la pelea- nos afirman que sí, que es cierto, que esa pelea ocurrió, pero que no desató estampida alguna; esta llega a las 4:35h, al paso de Jesús de El Gran Poder. ¿De dónde viene, según marca la llamada que Paco Robles hizo a esta casa, una estampida a las 4:11h en la plaza del Triunfo? ¿Por qué a esa misma hora hay una avalancha en la calle Dueñas? ¿El efecto dominó es también, como Dios, ubicuo y omnipresente? Las palabras y los hechos, cuando discernimos en libertad, tienen un inconveniente, y es que con ellos averiguamos realidades. Y la realidad de esa Madrugá es que, por ahora, no nos cuentan qué pasó. Cabe precisar que dogmas de fe, en esa semana, ya tuvimos los que necesitamos.

POR UN BESO

POR UN BESO

El jueves de esta semana, ayer, fue el Día Internacional del Beso. Aunque mantengamos, firmes en nuestra sospecha sobre el mundo de hoy, que esto de los días internacionales es un santoral laico repleto de cursiladas, acaso demasiado ingenuas, por tanto prescindibles, este día en concreto levanta ternura y debilidades a los que somos esquivos y distantes. No obstante, besos en la historia los ha habido de todo tipo y condición. No hay que irse demasiado lejos. Esta semana tenemos un ejemplo: el beso de Judas. Beso de traidor. De una traición que, para la historia de la humanidad, cambio el curso de todo lo que estaba por venir. ¿Qué hubiese sido del humanismo y de la dignidad de la persona, del concepto del ser del individuo –en hombres y en dioses- sin ese beso del amigo fariseo y vendido por treinta monedas? Y es que los besos son eso, perdón por el ripio: revoluciones, cambios, transformaciones, ¡terremotos emocionales!, si nos dejamos llevar por ese horror llamado sentimentalidad.

Hay besos que han trastocado los planes de la historia, de la historia oficial y de la historia personal, de la historia colectiva y de la historia de cada individuo, de la historia de los manuales y las academias y de la historia de los olvidados, que es la única que importa. Y sobre ellos se han construido novelas, y propósitos, y familias, y recuerdos. ¿Quién olvida el primero? Ese beso que nos lleva de la mano a la pubertad por el camino de los instintos y de las sensaciones, binomio que nos ayuda a dar el primer paso a la madurez, y a decir hasta luego a la infancia. Y ya nada será lo mismo, empezando por nosotros.

Un beso nos recibe en el mundo y, probablemente, un beso nos despida. La primera y última palabra de lo que todo dice sin decir nada. Aquí en el ahora y allí en el siempre. Aquí en el escritorio y allí en donde cada uno imagina: un metro de Londres, una playa de Dubái, una granja perdida en cualquier poblado de Australia, qué se yo. Día Internacional de Beso solo hay uno, me temo. Sin embargo, procuraremos marcarlo a diario en el almanaque.

SOLO LES QUEDA LA AMBIGÜEDAD

Hay ocasiones en las que ponerse de perfil es un modo de mostrar, con claridad, sin titubeos, las intenciones. Podemos incurre en esta contradicción casi siempre, y es que tratan de maquillar su pensamiento con un resultado llamativo: se retratan con mayor contundencia. Diríamos que en la ambigüedad de su discurso está la exactitud –y decepción- de su pensamiento. Hemos asistido a la paradoja en multitud de discursos, actos, eventos, declaraciones. De la frivolidad y conveniencia del aliño indumentario –la camisa callejera para los mítines y las chaquetas formales para las ruedas de prensa- hasta los últimos comentarios de Miguel Urbán sobre la crisis que vive Venezuela. Comentarios en los que el político apuntó que desea una solución al problema. Cabría preguntar cuál. Aunque esa sea la clave, nunca responderán, claro. Mejor con las cartas, las pocas que van quedando, bocabajo.

El principal escollo de Podemos ha sido la ausencia de claridad, total o parcial, en sus propuestas. Demasiado moderados para los extremos y demasiado extremo para los moderados; demasiado institucional para el cántico anémico de cualquier atisbo de reflexión de la calle y demasiado callejero, infantil, para la compleja relación de los pasillos institucionales, solo aptos para mayores de edad, como las discotecas. Entre estos dos puntos, el partido no ha guardado, no ha sabido guardar, el equilibrio. Aunque lo hayan intentado. Aunque se hayan empeñado en demostrar que no es así. Pero sin el descontento general y difuso de la masa, sin las tesis de Laclau soplando en la nuca, sin la ingenua sospecha de una sociedad que considera que lo nuevo es lo mejor… nada.

Este disminuir en las expectaciones que nos sugería Podemos solo puede generar frustraciones. Donde sea: en interesados y en disidentes. En los primeros, porque tuvieron en su mano un partido transgresor que retocara, que reformulara, bases del sistema –respecto de su economía, de su sociedad, de su cultura-; en los segundos, porque qué será del periodismo sin una de sus mejores escuelas -junto con la literatura y la precariedad-: enfrentarse a un poder cuya cuestión e indagación produce enemigos y haters. Aun así, algo queda. Como ese Miguel Urbán en las calles de Madrid, indicando a los reporteros que su deseo es que se resuelva, sin responder al cómo ni condenar la situación, el problema de Venezuela; una respuesta con la que esquiva, aunque aparente transparencia, su pensamiento. Podemos en toda su dimensión; es decir, en su incesante paradoja.

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Todo un siglo XXI ha llegado a las cofradías. Para que luego digan que esto de la cultura en la religiosidad popular es algo de otra época. Esta pátina de actualidad la pudimos comprobar el pasado fin de semana en dos hechos, días seguidos, sábado y domingo. La primera huella, el primer indicio, se sitúa en La Alfalfa; el segundo, en el Maestranza. El del sábado lleva nombre de cofradía pirata, asociación que no tiene por reglas la novela de Stevenson ni venera a David Jones, sino a la imagen de todo lo que somos; no adoran ni Cristo ni Virgen, más bien al tiempo en que vivimos. El del domingo, hecho más relacionado con la palabra que con la imagen, se centra en el discurso del delegado de Un Montón de Cosas, entre ellas Fiestas Mayores. ¿Que por qué esa cofradía pirata rinde culto al tiempo en que vivimos, y no a una imagen? Porque todo lo que allí merecía la atención de integrantes y espectadores,  aunque fuese representación de la trascendencia, fue banal, accesorio; del tallado del paso –cuya artesanía no pasaba de juego- a la calidad de la talla. Todo en el cortejo fue recreación, apariencia, como cualquier vida de los nuevos profetas de hoy día: los influencers. No hubo verdad, sino simulación de la verdad -¿habrá algo más actual?-, y de ahí el relativismo, y de ahí, ya que nada importa, todo vale: esa talla, ese cortejo, ese paso. La segunda prueba fue el populismo en el discurso del delegado de Fiestas Mayores, quien se atrevió a decir que no sobra ninguna cofradía. Menos mal que está la hemeroteca, oráculo de escépticos, para calmar emociones: el pasado mes de junio, 2016, el ayuntamiento “hacía un llamamiento a la autorregulación a la hora de pedir policías para cubrir procesiones”. Cabrera fue, por un instante, el Laclau que guía el repertorio de algún que otro movimiento social, tan de moda. Pero todo se olvida en cuanto entramos en la capilla de Jesús de la Pasión. Capilla en donde Pedro Domínguez, quien sí que está viviendo una víspera, quiso compartir su meditación. Un texto que nos enseñó que hay ausencias que todo abordan. Ya sea en el vientre de una madre o en la emoción de los oyentes. Ni que decir tiene que allí sí se paró el tiempo.