SOLO LES QUEDA LA AMBIGÜEDAD

Hay ocasiones en las que ponerse de perfil es un modo de mostrar, con claridad, sin titubeos, las intenciones. Podemos incurre en esta contradicción casi siempre, y es que tratan de maquillar su pensamiento con un resultado llamativo: se retratan con mayor contundencia. Diríamos que en la ambigüedad de su discurso está la exactitud –y decepción- de su pensamiento. Hemos asistido a la paradoja en multitud de discursos, actos, eventos, declaraciones. De la frivolidad y conveniencia del aliño indumentario –la camisa callejera para los mítines y las chaquetas formales para las ruedas de prensa- hasta los últimos comentarios de Miguel Urbán sobre la crisis que vive Venezuela. Comentarios en los que el político apuntó que desea una solución al problema. Cabría preguntar cuál. Aunque esa sea la clave, nunca responderán, claro. Mejor con las cartas, las pocas que van quedando, bocabajo.

El principal escollo de Podemos ha sido la ausencia de claridad, total o parcial, en sus propuestas. Demasiado moderados para los extremos y demasiado extremo para los moderados; demasiado institucional para el cántico anémico de cualquier atisbo de reflexión de la calle y demasiado callejero, infantil, para la compleja relación de los pasillos institucionales, solo aptos para mayores de edad, como las discotecas. Entre estos dos puntos, el partido no ha guardado, no ha sabido guardar, el equilibrio. Aunque lo hayan intentado. Aunque se hayan empeñado en demostrar que no es así. Pero sin el descontento general y difuso de la masa, sin las tesis de Laclau soplando en la nuca, sin la ingenua sospecha de una sociedad que considera que lo nuevo es lo mejor… nada.

Este disminuir en las expectaciones que nos sugería Podemos solo puede generar frustraciones. Donde sea: en interesados y en disidentes. En los primeros, porque tuvieron en su mano un partido transgresor que retocara, que reformulara, bases del sistema –respecto de su economía, de su sociedad, de su cultura-; en los segundos, porque qué será del periodismo sin una de sus mejores escuelas -junto con la literatura y la precariedad-: enfrentarse a un poder cuya cuestión e indagación produce enemigos y haters. Aun así, algo queda. Como ese Miguel Urbán en las calles de Madrid, indicando a los reporteros que su deseo es que se resuelva, sin responder al cómo ni condenar la situación, el problema de Venezuela; una respuesta con la que esquiva, aunque aparente transparencia, su pensamiento. Podemos en toda su dimensión; es decir, en su incesante paradoja.

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