ESTACIÓN POESÍA

Juan Bello Sánchez, figuración y asombro

Tras ganar el IV Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena” con El futuro es un bosque que ya ardió en alguna parte (2011) y el VI Premio de Poesía Joven RNE con Todas las fiestas de mañana (2014), Juan Bello Sánchez (Santiago de Compostela, 1986) recibió el XIV Premio de Poesía Emilio Prados por el libro Nada extraordinario (2016). Una trayectoria poética notable, y que asombra, dada la juventud del autor, aunque la edad, en estos casos, y valorando la calidad de la obra, no sea más que una anécdota. Importará, en cualquier caso, el contenido. Cuando leímos su libro Todas las fiestas de mañana percibimos en cada uno de los poemas del conjunto unos rasgos estilísticos propios y originales cuyo fondo y forma se traducía en una unión entre el simbolismo y el surrealismo, como si entre ambas corrientes se hubiese perdido un eslabón, una pieza del engranaje que Bello Sánchez rescata. Poesía figurativa, sí, pero sin decodificar de manera total el significado del lenguaje; sin suprimir, de la finalidad del poema, lo descriptivo. Una supresión en su justa medida. Lo necesario para entablar una conversación y no ahogar uno u otro modo. Esta apuesta estética sigue en pie en Nada extraordinario.

El libro mantiene un ritmo constante, una proporción de tono y tema en el transcurso de sus diferentes entregas, interrumpida tan solo por la pausa de diversos autores y sus citas. Los poemas funcionan como un todo orgánico, un cuerpo en donde cada parte toma su función y su cometido, su responsabilidad, como si el poeta les hubiese asignado una tarea. En este supuesto, la del retrato. En Nada extraordinario se recrea un paisaje vinculado a un pueblo costero, y en él, experiencias, memorias, emociones: “Y entre todas esas cosas / -el sol que cae de los árboles, los coches cansados, / la mujer empujando el carrito de un bebé- / va ofreciendo puerta por puerta / el vendedor ambulante / una primavera en miniatura”.

Tomando el ejemplo de la pintura impresionista del XIX o de los primeros pasos de las vanguardias, este escenario no se dibuja desde el naturalismo o el realismo, aunque no haya en él, por otra parte, alguna nota radical de irracionalismo o de intención onírica. La metáfora prevalece, la imagen trasciende a la palabra con trazos sueltos, ligeros, quizá arbitrarios, de aquí y de allá; pero lejos de suponer un estropicio o de invitarnos al caos del sinsentido, los versos logran ensamblar una sólida construcción entre unos y otros, como si tuviésemos que leer el poema con distancia para percibir y limitar los contornos de la totalidad de su esencia. Una distancia que te lleva, por otra parte, a la cercanía, a comprender el qué y el cómo: “El coche detenido en una curva / y tú hablas de los días más felices de nuestras vidas / como quien recuerda que ha de ir / a comprar clavos a una ferretería. La nostalgia / es un perro callejero que cruza la carretera / en la oscuridad, pero sabe perfectamente a dónde se dirige. / Y las ciudades se construyen por acumulación, me dices, igual que los veranos o la memoria”.

Abunda en el libro la greguería, el aforismo, el apunte, la sentencia. Género tan de moda en una generación como la de Bello –como la mía- nacida entre urgencias, redes sociales, post, clicks, marketing, eslóganes. El aforismo de Juan Bello se integra en el conjunto, sí, pero al diseccionarlo, podemos tomar algunos ejemplos, los cuales, por cierto, ni se resisten ni se diluyen, no pierden ni un gramo de masa, de consistencia: “Y el mar tan limpio que podemos ver el fondo, / no como una fuente, quizá como un vaso de agua / del que nadie ha bebido”. “El tiempo transcurre como un abrigo / colgado en una percha”. “La lluvia igual que el sonido de un violín”. “Y el pasado es un barco / que no termina nunca de hundirse”.

En Nada extraordinario se canta a la cotidianeidad de un tiempo y de un lugar sin abandonar, por supuesto, y aquí una de las principales claves de la obra, lo que en ellos hay de sorpresa, de particular, que no es otra cosa que su propia condición. Los objetos se suceden, al igual que la costumbre; sin embargo, la óptica desde la que se mira este mundo, este paisaje, es la del asombro. Decir asombro donde otros dicen costumbre, dijo Borges, una lección que Bello Sánchez parece tener aprendida. Como conclusión, los últimos versos del libro, pertenecientes al poema al final yo también me marché de la fiesta: “Te hablo de un bosque que sólo es útil para un incendio. / Te hablo de un edificio que se desploma / y nadie escucha su canción. / Te hablo de una tormenta que pasa y después ya no queda / nada. / Y eso es todo. No quieras volver a una playa / que ya no está donde solía”.

Juan Bello Sánchez

Nada extraordinario

Pre-textos, 2016.

 

Reseña publicada en el décimo número de la revista Estación Poesía (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla).

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