AL RITMO LATINO DE JORGE BARCO

Suele ser una cualidad de los buenos poetas: negar la apariencia de pose de poeta en el texto. Negar para afirmar, para mostrar, la voz del poema; es decir, dejar que este hable por sí solo. Cuando siento, no escribo, dijo el romántico, y esa máxima la podríamos aplicar tanto a los que se pasan con el barniz de la sentimental como a aquellos que abusan de la palabra que suena poética –por tomar los dos caminos sobre los que, cuentan, navega la poesía- y de la construcción sintáctica retorcida, también del concepto abstracto. Tan abstracto que incurre en la arbitrariedad. De tanto reducir al misterio y a lo intangible, al final terminamos por apuntar imprecisiones, vaguedades, la nada, vaya. Tanta divagación sin dirección precisa lo deja todo perdido de humo; tanto misterio nos invita a olvidar que la buena poesía busca, precisamente, descifrar su enigma. Jorge Barco (Salamanca, 1977) nos da la impresión de que no escribe cuando siente, y de que desea, mientras dura el recorrido de esta obra, abandonar esa pose, la apariencia, de poeta. Desde esa actitud, acaso los lectores ortodoxos, es decir, los despistados, supongan que eso es un demérito, y que tal condición resta calidad a este Ritmo latino (XV Premio Emilio Alarcos). Nada más lejos de la realidad.

Hay veces en que no tomarse demasiado en serio un asunto es un método eficaz para explorar nuevos caminos y traer algún tesoro: pocas cosas como la decorosa despreocupación de un credo o de una teoría para ahondar en el arte y aportar, claro, propuestas de acento propio. Desinhibirse de las etiquetas y de los legados, una vez conocidos y vistos, es un principio para la originalidad, para lo genuino, para la autenticidad. Estas notas son constantes en Ritmo latino. Barco las conoce, sabe de qué va el tema, y aunque juegue con la naturalidad, con la espontaneidad y con una supuesta improvisación de las formas poéticas, todo tiene intención y finalidad. En esa ambivalencia aguarda el don, la riqueza, la valía de este libro: ni ortodoxo, pues eso tan solo genera lo ya tratado; ni demasiado pretencioso en lo original, pues así caeremos en esa novedad que Juan de Mairena contrapuso a la originalidad. Nuevas propuestas sin más sustento que la novedad; es decir, nada nuevo.

Las citas que inauguran los libros, para aquel que sepa usar las herramientas que sirven para elaborar una obra, son una declaración de intenciones. Preparar el terreno para el cultivo del lector. En este libro nos topamos con personas tan dispares –o no- como Bizet, san Mateo o Boyero. Incluso con cantantes de ritmos caribeños y canciones comerciales, propias del verano. Hay que ser muy poeta para atribuir a cada uno de estos personajes una mirada poética. Para establecer correspondencias, como se hace en Ritmo latino, entre las palabras de Horacio y las de Shakira. Para interpretar, incluso allí donde pocos verían poética, su validez y su naturaleza. El primer poema del libro, Ice ice baby, inicia una estética que veremos en otros poemas de Ritmo latino: la aguda sátira del hombre contemporáneo. Y construida sobre un lenguaje conversacional, aunque con un trasfondo y una connotación tan eruditos –por pensamiento, imagen, sentido poético, originalidad- como cualquier estancia de Petrarca u octava gongorina. Veamos: “Por tu barba y tu pelo diría que has pasado / varios meses perdido en el desierto. / Por tu ropa rasgada parece que has venido / de luchar cuerpo a cuerpo contra un tigre. / Por tus palabras nuevas que eres extranjero. / Por tu gusto musical, un poco idiota. / Sin embargo me dices que eso se llama moda / y que la gente cambia según se va llevando. / No juzgan, solo siguen los preceptos ajenos. / Toca el flautista y todos van detrás. / Quiero ver vuestras fotos a lo largo del tiempo, / catálogo de un bosque / que no nos deja ver solo una rama. / Prefiero al que se estanca en el pasado / por haber encontrado su camino. / Mira Vanilla Ice, / que sigue igual después de veinte años, / cuando dijo: Yo no sigo las modas, / yo las impongo.” Persiste esta sátira al hombre moderno –quien se siente único, pero solo es molde del resto-, aunque en este caso sobre el deterioro de las Humanidades en el pensamiento y en la enseñanza, en Hoy Aristóteles no ha venido a la academia: “Atrás quedó aprender filosofía, pensar / por uno mismo; hoy lo único que importa / es conseguir una plaza de funcionario”.

Hay versos que acaso disuenen en el conjunto, pues esa naturalidad que mencionamos se convierte en normalidad, incluso cierto lenguaje del vulgo: “grita y hace con que no mira /  tu inmensa polla al sol”. No obstante, ese tropiezo, tan común e inevitable por otra parte, remonta en el siguiente poema, El empresario poético, en donde Barco medita, sucintamente, sobre la función del poema una vez se deprende del autor, incluso del propio libro: “Querido lector, / yo ahora probablemente esté durmiendo, / mientras este poema / continúa trabajando para mí”.

Aún hay tiempo para remover las arenas de los tópicos barrocos y adaptar su esencia y su finalidad al contexto actual –destreza de buenos poetas, recurrir a lo clásico para interpretar el qué y el cómo de hoy-. Así ocurre en Lo que queda del César, dicotomía del finis gloriae mundi y de los hechos cotidianos de la vida moderna. El discurso barroco se aplica a las circunstancias de hoy día: “Cayo Julio César escribe en Google / Cayo Julio César es / y como un golpe en su mandíbula aparece un desplegable  / que autocompleta la frase con búsquedas comunes: / Cayo Julio César es gay / Cayo Julio César es tonto / Cayo Julio César es de izquierda o de derecha / Cayo Julio César es cantautor / Cayo Julio César es adoptado / Cayo Julio César es venezolano / Cayo Julio César es zurdo / Nadie parece acordarse de sus victorias militares / ni de la enorme amplitud de sus conquistas. / Nadie ha leído los diarios de un hombre / que un día lo fue todo, pero que poco a poco / su fama y su fortuna se fueron apagando. / Ahora es solo un anciano que vive del recuerdo / de los días gloriosos, y se queja / a quien le quiera escuchar de que su hijo Bruto / apenas va a visitarle a la residencia”.

Ritmo latino (Visor) –XV Premio Emilio Alarcos- de Jorge Barco Ingelmo, 56 páginas, 12 €

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