MÁS INÉDITOS: POEMAS DE MIGUEL D´ORS

La felicidad consiste en no ser feliz y que no te importe, escribe Miguel d´Ors. Con esa frase se podría resumir, aunque acaso fuese osadía tal propósito, la trayectoria poética del escritor gallego, en cierto modo también andaluz: por pertenencia, vinculación, y por docencia. Y es que ese aserto, tan próximo a lo que ahora llamamos aforismo –cuánto tiene un buen poema, o una novela, de reunión o conjunto de buenos aforismos-, enuncia la apuesta, estética, se entiende, que d´Ors hace de su obra. Una estética que se ocupa del humor y de la ironía, del doble sentido, sí, del juego de opuestos, de las contraposiciones de conceptos, paisajes, pensamientos, ocurrencias, que, más que confundir o la esbozar una leve sonrisa en el supuesto de las ironías, contribuyen a esclarecer. El reverso, la cara opuesta, si bien nos supone la complejidad, siempre ayuda, en manos de los buenos escritores, a definir un todo, incluso a dotarlo de riqueza expresiva, de belleza, por otra parte. Eso es lo que consigue d´Ors en la mayoría de sus poemas. Miguel d´Ors descubre, desde el trasfondo o la paradoja del hecho, incluso desde su no es, la realidad total de lo que en él acontece. Y elaborado con un lenguaje claro, conciso, sencillo por trabajado, no por simple, claro.

Pocos como d´Ors juegan con la trascendencia, con la elevación y manejo de la palabra, de su finalidad y de su expresión, uno de los elementos fundamentales de la literatura. Trascendencia que no se ocupa ni pierde el tiempo en pretensiones, en imposturas, mejor dicho, en presentar la erudición con envoltorio de humo, forzando al lenguaje no al hermetismo, que no necesita de presiones y complicaciones forzosas, sino a lo vacuo, a lo que en apariencia es solemne pero no deja de ser nimio –la peor de las abstracciones-. Miguel d´Ors, desde la naturalidad y la claridad, alcanza ese otro terreno, ese más allá que tan bien sienta a la poesía, pues no solo la justifica, también la completa. ¿Trascendencia de la intrascendencia?, es probable. Y aquí otra vez el contrasentido; contrasentido que aporta lucidez y que no se pierde en vaguedades o arbitrarias imprecisiones, en pretender decir más de lo que, en realidad, se dice.  En errar en la sugerencia de las connotaciones, o de las evocaciones, en resumidas cuentas.

Estos apuntes fluyen por los inéditos que el poeta acoge en El misterio de la felicidad, antología publicada en la editorial Renacimiento. Un buen ejemplo es el primer poema de este apartado, À une passante:

Mira que es ordinaria y gorda. ¡Y esa falda!

seguro que se llama Encarni o Chary

(no serás tan cenizo de suponerla Yénifer).

Seguro que se sabe todos los culebrones.

Seguro que habla azín –y con el chicle

asomando por medio de cada tontería-.

Peluquera o cajera, muy sincera,

moderna con su pircin,

chismosa, con un punto rociero

y loca por “salir”: todos los requisitos

de la mujer que tú siempre has soñado

en tus más negras pesadillas.

 

Y,

sin embargo –confiésalo-, por un instante, sólo

el tiempo de un destello,

algo dentro de ti la ha envidiado: esa mano

apoyada en su hombro,

la mano de ese novio de barriada,

también vulgar y chata, hecha al ladrillo,

y el soplete, esa mano que, pese a todo, tú

sabes que, a su manera, es el Amor.

 

O en Made in Pakistan, en donde una anécdota, en principio una anécdota, que sucede en el contexto de la sociedad de consumo, de la globalización, es el punto de inicio para un final deslumbrante:

 

Manos pakistaníes

que en un insospechado rincón del tiempo, anónimas

y remotas, pasasteis sobre este mismo pliegue

en que ahora están las mías; que por unos momentos

dejasteis vuestra áspera tibieza

sobre este colorido que ahora mismo,

aquí en mi casa de Granada, España,

acaba de salir de su paquete,

como el pollo del huevo,

hacia la luz de un mundo con que muchos

sueñan en Pakistán

y luego os alejasteis para siempre,

al fondo de una oscura cadena de trabajo.

 

(…)

 

Manos

que ahora mismo las mías adivinan y sienten

ligadas a una vida

desconocida pero que misteriosamente

es la mía también, y estrechan, en un gesto

de secreta unidad,

por encima del tiempo y la distancia.

 

Canción, por donde vayas

proclama que entre todas mis horas hubo una

en que una camisa comprada en las rebajas

vi que todas las vidas son una misma Vida.

 

Bueno es el cierre del soneto  Regreso al “Savoy”, poema en que el café no es sólo un establecimiento, un comercio, sino que forma parte de la emoción y de la memoria sentimental del poeta. Un lugar en el que, tomando tópicos de estilo barroco, se identifica con su yo, con su experiencia, con su historia. Más que cafetería, espejo para una biografía, ¿cuántos tenemos uno?:

 

para saber que todo está llamado

a la ceniza, que estos ojos míos

que hoy miran estos muros claudicantes

 

pronto se reunirán con ellos, que

lo que aquí se hunde no es sólo el “Savoy”:

es mi infancia, mi vida, lo que soy.

 

La gratitud del campo, penúltimo poema de este ramillete de inédito, incurre, en nuestro criterio, en uno de los riesgos que, junto con el efectismo, asume este estilo tan personal de d´Ors: el prosaísmo. Lo salva el ritmo interno del poema. Y la temática, el olor del campo lluvioso, de tanta significación:

 

Y para que la tierra me perdone

la ceguedad, aquí salvo del tiempo esta

perfumada mañana vegetal,

24 de julio del año 2007,

que un vuelo ajedrezado de abubilla,

cruzará para siempre.

 

Por último, Bécquer. O la reinvención de Bécquer, en Rima LIII. ¿No es la literatura la reinvención constante de lo mismo? Con ese propósito, Miguel d´Ors culmina esta ofrenda de poemas aún sin libro bajo el que cobijarse. De nuevo su estilo. Su voz propia –lo más difícil de lograr-. Y la belleza formal ausente de mayores mitificaciones o ambiciones pretenciosas, con el peso de su propio nombre es suficiente. Con eso basta:

 

Las palabras ardientes son las de aquellas tardes

en que el mundo y la calle Petritxol

también tenían veinticinco años

y nosotros medíamos el tiempo por “t´estimo”.

 

Y el amor con que nadie

podrá jamás quererte, desengáñate,

es éste que mi vida te pone en cada sílaba

de la rima LIII de Bécquer.

 

El misterio de la felicidad (Renacimiento). Antología poética de Miguel d´Ors. 280 páginas. 12 €

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