AZAHARA PALOMEQUE: ELEGÍA Y DISTANCIA

Un tono, híbrido de metafísica y emoción, recorre desde el tren de lo meditativo las páginas de “En la ceniza blanca de las encías”, de la poeta y doctoranda Azahara Palomeque (1986), editado en la colección Tierra de La Isla de Siltolá. Autora de cuentos y poemas, recogidos estos en la plaquette “El Diente del Lobo” y en el libro “American Poems”, también editado en Siltolá, Palomeque se caracteriza por un estilo melódico en el verso pero sin necesidad de subordinar este ritmo al metro convencional o a estructuras rítmicas preconcebidas, preestablecidas, acaso demasiado encorsetadas. En este sentido, la autora apunta a una originalidad en el desarrollo formal del poema –de acento, disposición de los versos y arquitectura interna del sonido de las palabras- y a un estilo cercano a lo orínico, al surrealismo, dos puntos de partida que recuerdan al Lorca de “Poeta en Nueva York”.

Entre citas de Salinas, de Clara Janés, de Alejandra Pizarnik, de Martín López Vega… se suceden los poemas, o el poema, mejor dicho, pues el libro se concibe como un todo en el que se reflexiona sobre la memoria, la herencia de la familia en la personalidad del joven que empieza a madurar, el exilio, el mundo moderno, la soledad, la muerte. Los temas de siempre. Y de ahora. La intensidad en la que se desenvuelve la obra nos va dejando casi sin respiración: velocidad, celeridad, nervio, energía, potencia. Fuerza verbal –saber qué palabra hay que escoger para generar en el discurso interno del poema una conjunción de estética, connotación de esas palabras y cuidado en la expresión-  y carga sustantiva en los poemas que Palomeque nos muestra; imágenes y metáforas que, si bien en ocasiones nos confunden y distraen, cercanas casi a la escritura automática de las vanguardias, dotan al poema de riqueza y de enigma, de sugerencia y de misterio:

La calle vacía,

todo está listo para el despeinar del tiempo, las sienes de

       los hombres de heno nos ladran desde los ladrillos.

La ciudad parece un alud que nos entreverara, un animal

con nuestro secreto amarrado a los pulsos.

Me asomo

a las espuelas del cristal: nadie por las aceras, un alma tal

     vez recorra

el cercén de los carteles, los coches

que descarrilaron, desbordados en el asfalto de mis ojos.

Ha ocurrido

la materia de la camada gris que balbuceaba mi sueño, el

    funeral

de las hormigas. Y no hago más

que mentir a los párpados, incitándoles a caminar el

      temblor

de este silencio, invadiéndoles

la privación de la bilis

que quiere ser llanto.

Palomeque define la lengua con la que se acerca a los dones de la poesía desde la elegía y desde la distancia:

Un ramo de botellas verdes es el paisaje del cuarto,

manteles de saliva blanca entre los cuévanos

de mis ojos.

Si por el alcohol me sanara el rastro de las espinas, comiesen

      de mí

en los lacrimales,

me bautizaran con flores.

Los árboles que entre tanto vidrio han de nacer, ancianos

     a la mesa.

Sus raíces torcidas.

El cultivo de esta desgana, este tedio, esta única voluntad

de partir.

En la ceniza blanca de las encías (de Azahara Palomeque), La Isla de Siltolá, 73 páginas, 10 €

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