COPE

Este mayo que ha venido con anuncio de sus primeras luces, calores picosas, soles de idéntica intensidad al sabor de las tapas de caracoles; este mayo en que en la parroquia preparan, los jóvenes, altares de vírgenes antiguas, sayas de siglos cuáles y mantones en las barandas de los pisos; este mayo que descubre, ¿que descorre?, toda una connotación, toda una evocación, del tiempo del verano, abanicos en los veladores de un domingo por la tarde, la frescura del mármol en las calles estrechas, donde suenan televisores con el programa de sobremesa, con el partido de fútbol, eco de los platos enjuagándose en el fregadero, las labores domésticas, el perro que ladra por la azotea, el zumbido de la naturaleza y de la industria, del paisaje y de la manufactura: la chicharra y el aire acondicionado. En este mayo, en esta descripción de mayo, que es solo excusa para la literatura, para su verosimilitud y sus ficciones, con la distancia y la frustración que siempre acarrean, incluso con el fraude, encuentro la misma imagen. La imagen de los niños. La encuentro en cualquier plaza cuyo nombre, casi seguro, aún desconocen. Como desconocen esa cruz de la que emanan flores de papel y faldones artesanales, sonidos de tambores arrítmicos, ¿qué necesidad de perfilar la armonía, si ellos son la inocencia? La inocencia de no saber que son la inocencia. Y así discurren, llevando el peso de un símbolo cuyo nombre pronuncian pero lejano les queda. Como a mí me va quedando, del mismo modo, el suyo. Su memoria, su emoción, su historia, su impulso. Acaso compartimos soles, calles, lugares, horas. Pero nada es lo mismo: de todos soy, al contrario que estos niños, deuda. De todos soy la conciencia de esa cruz que ahora, delante de mí, y llevada por ellos, pasea.

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