LA CONEXIÓN DE LOS POPULISMOS

 

París bien vale una musa. Pero menos mal que no le pusieron por nombre el de Marine. El de Marine Le Pen. De haber sido así, de haberse cumplido temores, rumores, más que musa hubiese sido musaraña. En las que Europa iba pensando y al final se desengañó. O la desengañaron. Al menos por ahora: habrá que ver la deriva que marcan las legislativas en Francia. Cabe apuntar que ideólogos cercanos a las tesis del eurocomunismo asumen que Macron es tan sólo un parche al problema, y que, como ha escrito Errejón en su cuenta de tuiter –púlpito de los profetas 2.0-, sus políticas son el cauce perfecto para llevar al Frente Nacional a la presidencia, pues no son políticas, según su criterio, alternativas y populares. ¿Qué más alternativo que el voto a una de las dos opciones y qué más popular que la legitimidad de un presidente que sale de unas urnas en donde una sociedad vota en libertad, entre otros factores, claro, pero en libertad? En esos comentarios es donde se percibe el punto en común entre los populismos, sean xenófobos o comunistas o nacionalistas: la identidad de un pueblo coincide –o buscan coincidir- con la identidad de un ideal que siempre excluye a otros ideales, quien no entre en esa relación entre ideal y pueblo no es sociedad y, por tanto, queda al margen de cualquier debate. Cuando Errejón dice que Europa necesita una política alternativa y popular se refiere a su política alternativa y popular. Menos mal que se inventaron las leyes y el consenso del pluralismo constitucional en los Estados modernos.

Y así surge una figura como Jorge Verstrynge, cuyo pensamiento ha evolucionado, no cambiado, de las formas reaccionarias del autoritarismo franquista al bolchevismo nacionalista, como él mismo lo llama. Verstrynge comentaba el pasado domingo que cómo una fuerza política que representa a la clase obrera (sic), refiriéndose al Frente Nacional, ha podido perder unas elecciones en un contexto de paro y de recortes. Es decir: toda una clase pertenece a un partido, sin excepciones. Toda una identidad pertenece a un ideal por el siempre hecho de que este ideal dice que los defenderá, defensa que mantiene incógnita en el qué y en el cómo, claro. Tanto en su juventud autoritaria como en su madurez populista hay una conexión: el político no representa al ciudadano en condición de igualdad, de verticalidad, sino que es la sociedad la que representa al político en una simbiosis de la que es imposible escapar, a no ser que quieras que te llamen traidor. Este pensamiento es de un sectarismo que asombra y que, por suerte hoy día, causa cierto sonrojo. Sólo eso. Pues ahora lo que importa: Macron, al siglo XXI.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *