COPE

La prosa funcional de la burocracia se impone al relato narrativo de la imaginación, de la conjetura de una ciudad. Nada que refutar ni que objetar, salvo que en el lenguaje de los primeros, más que argumentos, hay convicciones; es decir, ausencia de razones que, sin embargo, motivan una conclusión. Cuando una ciudad se deja llevar por el discurso de la literatura –ya sea en la política, tan frecuente, como en otras facetas de la vida común-, conviene calmar las emociones. Nos lo enseñó Núñez de Herrera, quien nos advirtió de los peligros de un exceso de lírica en la interpretación de un municipio, que es historia, poética y cultura, cómo no, pero que también adolece de desigualdad, de paro, de deficiencia en el transporte y esas cosas. Desde los juzgados, determinan que en las avalanchas y carreras de la Madrugada no hubo premeditación ni pretensiones incendiadas de ideología y que todo se debe a una pelea puntual que propicia una histeria general en las calles de Sevilla. Un manifiesto idéntico al de la policía. Cuando todo era reciente, tanto el ayuntamiento como el consejo nos invitaron a que dejásemos trabajar a las autoridades en la investigación (sic). Y así lo hicimos. En parte, claro. La totalidad de la propuesta solo garantizaba orfandad de nuestro deber. Así que mantuvimos distancia respecto de la investigación de la policía, como no puede ser de otro modo, pero sin renunciar a la que nos permite nuestra conciencia. Ahora que todo parece concluir, tenemos: detenidos, una tesis que se mantiene tanto en la comisaría como en el juzgado –tesis que por cierto desmienten los propietarios de los comercios en donde sucede la pelea- y dos incógnitas aún por despejar: quién y por qué. Indican desde la investigación que la ideología no es la causa ni la excusa que vertebra una organización. Jamás lo dudamos. Pero eso no es sinónimo de ausencia total de un porqué. Algo habrá. De todas las posibilidades, inclinamos la vista a lo que Guillermo de Occam nos inculcó allá por el siglo XIV: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Y lo más sencillo es pensar en que nadie supo qué pasó, y que con tal de no reconocerlo, recibimos humos, nimiedades y teorías en donde abunda, como hemos dicho, más la conclusión que el argumento. No digamos la convicción.

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