LA BROMA, DE MILAN KUNDERA

Obra primera que, lejos de lo que suele ser usual en los escritores que se abren camino en la literatura, determinó todo el conjunto posterior, acaso menos acusada –esta novela- en el estilo, pero con rasgos similares. Hablamos de La broma, de Milan Kundera,  autor checo, aunque residente en París, del que prácticamente no conocemos su biografía, al margen de los datos convencionales que cualquier escritor dejaría para su público. Eterno candidato al Nobel, Kundera vive sus días recluido en un piso de París, ajeno a las entrevistas, a las conferencias, a las universidades, a las presentaciones. Inmerso en su propia obra, una obra en marcha, en curso, cuyo tema, como decimos, inicia en esta novela con la que se ganó el reconocimiento de sus primeros lectores, la atención de la crítica. Hasta llegar a su obra más conocida: La insoportable levedad del ser.

La broma cuenta la historia de un muchacho checo, Ludvik, afiliado al Partido Comunista. Ludvik envía una carta a una mujer con la que lleva tratando un tiempo, Marketa. En esta postal, de tono ingenuo y bobalicón, irrelevante y afectivo, el muchacho perpetra la ironía, desde la broma, no desde la burla, sobre las condiciones de vida y del entorno que rodea a la Checoslovaquia ocupada por las tropas de Stalin, por el ejército comunista, en el contexto de la Guerra Fría, “¡el optimismo es el opio del pueblo!”, escribe. Este hecho propicia el curso de la novela, desencadena la trama que, hasta entonces, se dedicaba a retratar una Europa del Este en donde no había ni necesidad ni miseria ni censura. En donde un Estado, un imperio, diríamos, llevó la paz social a un lugar siempre maltratado por el devenir de la historia. Una Europa del Este en que la dictadura del comunismo cumplió con su objetivo.

Pero la broma todo lo cambia, y entonces sucede una alteración tanto en el estilo en el que se iba desarrollando la obra como en la vida del protagonista, una genialidad de Kundera, quien vincula fondo y forma en un todo compacto, sin fisuras ni divisiones. En cuanto los controles, censores, jurídicos y políticos del Estado intervenido –policías, investigadores, jueces- se enteran del contenido de la carta, cuya delación corrió a cargo de Marketa, intentan –consiguen- por todos los medios hacer la vida imposible a quien la ha enviado. Lo dejan al margen de cualquier posibilidad de desarrollo personal y emocional: es un marginado a ojos de la sociedad. En este instante entran en el argumento el resto de personajes, quienes aparecen y desaparecen según convenga al narrador, dando saltos en el tiempo y en el espacio, lo que contribuye a generar esa sensación de no saber qué sucede, de desorden, de caos, que acompañará a la psicología del protagonista el resto de su vida. De nuevo, este ideal de Kundera de fundir en un único sentido tanto el fondo como la forma. Si la mente del autor, consecuencia del acoso y de la censura estatal, está perturbada, también lo estará el ritmo de la trama, que fluye por las páginas.

En La broma, su autor ensaya un modo de abordar la novela que será característico, tan personal, en los títulos posteriores. Es la novela-ensayo. Género que no sólo narra las historias vividas por unos personajes sino que busca ahondar en la psique de estos personajes. Exponer sus pasiones, sus inquietudes, sus miedos, sus inclinaciones. Pero no desde la descripción de sus particularidades, de sus rasgos, sino desde la divagación –recordemos sus apuntes sobre cómo la música europea ha influido en la identidad de las naciones- y la metáfora, desde por qué una persona llega a ese estado de nerviosismo, o de histeria, o de amor, y todo explicado con un lenguaje propio de la filosofía, el ensayo o la poesía. En las novelas de Kundera la imagen es fundamental no sólo para describir, para retratar, también para interpretar, no desde el significante, sino desde el significado, la complejidad de un carácter, de la mentalidad de una persona. Con pasajes llenos de incógnita, incluso oníricos, el autor pretende aclarar el interior de la condición humana. Con frecuencia, por otra parte, tan irracional.

Mucho hay en esta novela de visión personal, subjetiva, de “vivencia” del autor, quien también padeció, como tantos personajes de sus ficciones, la persecución ideológica en su tierra natal. La censura, la negación de sus derechos fundamentales, de sus libertades. Y todo por no mantener la afinidad al comunismo.

Con la traducción de Fernando de Valenzuela, y en la editorial Tusquets –colección de bolsillo-, leemos esta broma de Kundera. Broma tan seria, claro. Imprescindible para comprender, para asimilar, las circunstancias de un tiempo y de un lugar que supusieron en Europa un nuevo modo de concebir el mundo, su mundo. En su historia. En su propia memoria.

La broma (Ed. Tusquets) –traducción de Fernando de Valenzuela-, 325 páginas, 8.95 €

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