COPE

Calma la tarde su oleaje de luces pardas, y pícaro lo plagia el bamboleo, leve, manso, aireado, de las aguas del río en sus márgenes, río con figuraciones de otra edad, no sé si ciertas o ficticias: pareciera que por él cursa, que por él se vertebra, las aspiraciones del liberalismo, el aperturismo de Blanco White, el trato de riquezas lejanas, de transacciones de cualquier mundo. Estos intercambios, estas “operaciones”, ahora estarán sucediendo en Nueva York o en Dubái, al igual que sucedieron en los mares del Mediterráneo o en el Nilo, en Roma o en Egipto. Y sobre este río, sonoras y fugaces palmeras, fuegos, anuncian la misa de ocho, misa templada, sosegada, acaso suspendida de estos atributos cuando canta la muchacha del coro, el conjunto de voces al son de la guitarra, canciones populares, estribillos sentimentales, coplas y letrillas que son herencia de las serranillas medievales, de las letras de las lenguas mozárabes. Aunque fuese la parroquia conquista de una estirpe castellana, lo fugitivo, como escribió Quevedo, permanece y dura. Fugacidad del sonido de los cohetes; fugacidad de las letras que este coro entona y que en la bóveda, humedad y frescor de puerto, se pierden. Y en contraposición, la quietud. Quietud de la luz en la vidriera de la parroquia, quietud de la corriente de las aguas, quietud de las horas del sesteo, sopor y digestión, por Palacio y Villamanrique, quietud de la memoria cuando recuerda otros años, otros nombres. Fugacidad y quietud, eso es. Eso es este Rocío que toma camino, trote, por la certeza de la experiencia, saber lo que viene, y por el Condado de Huelva –La Palma, Rociana- y las dunas de Doñana –Sanlúcar-. Eso es este Rocío que celebra novena en Triana. En un par de sílabas, la humanidad y su historia. Por si alguien diese más.

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