OTRO CIELO, DE SANTIAGO DE NAVASCUÉS

De los 565 trabajos presentados, fue este libro el que se alzó con el XX Premio Internacional Alegría, editado y acogido por la editorial Rialp. ¿Su título? Otro cielo; ¿su autor? Santiago de Navascués, nacido en Pamplona, en 1993, estudiante de doctorado en Historia Contemporánea por la Universidad de Navarra. Su nombre quizá no suene dentro del panorama poético español, y es que es con esta obra, Otro cielo, con la que se estrena, ópera prima. 565 trabajos, recordamos, número que impone respeto y ofrece primeras pistas sobre lo que nos encontraremos al abrir el ejemplar. Pero vayamos de lo cuantitativo a lo cualitativo.

Divido en cuatro vientos –norte, sur, este, oeste-, y rematado por una coda –dejando a un lado los agradecimientos-, denominada puntos cardinales, el libro arranca con un ideal de unidad: del título a su vinculación con los conceptos en los que se diseccionan las diferentes partes de la obra. El lector podría intuir, con las indicaciones dadas, que se trata de un conjunto bien construido, en donde la medida es el orden de todas las cosas, arquitectura de la palabra poética, y no como simple ejercicio de taller para aspirantes, no como tímida apariencia de aquel que busca, desde lo ya conocido, desde ciertas corrientes, sin ánimo de nuevos caminos por los que transitar, la aprobación general y el aplauso convencional y seguro.

Comienza el libro con un buen primer poema, con cadencia, tono preciso y proporción en el desarrollo de sus ideas, sonoridad de la palabra y el concepto, la atmósfera, que se pretende evocar, cierto corte culturalista, leve, de reminiscencias a las civilizaciones pasadas y su puesta en escena en el mundo de hoy. Su título, Vida contemplativa. Mucho de contemplación, necesario y maduro don del buen poeta, hay en este recorrido literario. Recorrido en el que saltan, salpican en cierto modo, las influencias, naturales por otra parte, del joven poeta. Una de estas la adivinamos en, más o menos, un rasgo formal: la firma del poema. Constituida por una fecha, su huella surge al final del último verso, en cada poema, recordando las famosas fechas de los poemas de Miguel d’Ors. Quizá sea esto un traspiés, y no un acierto, pues del discípulo al epígono media menos de un paso. Pero Santiago de Navascués da para mucho más, y a la sorprendente soltura, y lectura, de sus poemas se une la calidad de estos. Un ejemplo hay en Luz esfumada: “Después, la luz es un recuerdo, breve / parpadeo de vida vacilante, sueño / iluminado en un instante eterno / que se queda conmigo como el gato: / jugando con su sombra en la cocina”. O en Beyond the Missouri sky: “El cielo no se detiene en Missouri, / vislumbré brevemente aquella tarde. / Tenía antojos de espejismo / y los pájaros huían con el secreto de las nubes. / Se escapaba el azul albatros / por las rendijas del horizonte. / Yo contemplaba la escena / y creía ser otro: el viento, / un árbol, los montes”.

Antecede al último poema de Otro cielo un conjunto de haikus medidos y bien acentuados. No todos igual de deslumbrantes, pero sí, al menos, convincentes. Los que, en nuestro criterio, sobresalen: “Las hojas muertas / hasta en el aire tienen / cierta vanidad”; “Crecen jazmines: / la pared andaluza / sube a la luna”; “Casa desierta. / El vacío angustioso / todo lo llena”. Los hay algo más débiles, pues en ellos no se logra la trascendencia de la significación, de lo que se quiere decir, más allá de la solemnidad del significante, de las palabras sobre las que se apunta lo que se quiere decir: “Las olas del mar / se entierran con la luna / bajo la arena”; “Una flor gris / bajo las escaleras / nadie la ve”; “Sobre la torre / destellos de pájaros, / lluvia de sol”.

Pero deja Santiago de Navascués una joya para el final, uno de esos poemas torrenciales, justos, exactos, que justifican cualquier publicación. Walt Whitman tiene por título. Evito transcribir el texto, pues es ese un placer que habrá de reservarse para los lectores. Como invitación, los dos últimos versos, con los que se cierra la obra; versos que son, en su intención, broche y conciencia para los que gusten de acercarse a la poesía: “para que en silencio traspasen este libro / las manos temblorosas de lector”.

(Publicado en la revista Quimera).

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