COPE

El informe de la hermandad de El Gran Poder, en donde se escribe la Madrugá según el evangelio de los diputados del Señor, ha retratado a sociedad y a política, si es que alguna vez fueron ámbitos opuestos o distantes. A la sociedad, por cumplir sin titubeos con el que debiera ser el compromiso de una ciudad en relación con sus asuntos públicos cuando estos merecen debate, pues de un modo u otro necesitan de atención: hablar, siempre que se sostengan hechos veraces, contrastados y argumentados, sin miedo. Por otra parte, a la política, y en especial a Juan Carlos Cabrera, quien apuntó la pasada semana que él no era partidario de que cada hermandad sacara sus conclusiones personales. Se refería al informe, ya público, de la hermandad de El Gran Poder. Cabrera, hombre astuto, invierte o juega con las palabras para presentar un contexto no como es, sino como a las instituciones les convendría que fueran. Si no es la intención, a tal nos lleva, según sus palabras y nuestro juicio crítico. La clave es el sintagma “conclusiones personales”. Cuando se habla de “conclusiones personales”, la mente del sevillano medio lo asocia con “opinión”, es decir, con “pienso esto porque me da la gana pensarlo, y en el terreno de las subjetividades, del por mi cuenta”. Sobre este parecer, la hermandad de El Gran Poder presenta un informe en el que redacta “sus visiones”. Pero no es así, pues no son “sus conclusiones”, sino hechos, un leve pero contundente matiz. Hechos objetivos, motivados y, unidos al testimonio de los tenderos de la calle Arfe, contrastados. El sospechado interés del poder público, leídas sus declaraciones y analizadas sus direcciones, en que se mantenga, sobre todo en el ruido de la charla informal, un único relato, relato cuya fuente es este poder público, levanta inevitables suspicacias. Aunque no sea el ánimo con que acordamos la cuestión.


 

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