EL NORTE DE CASTILLA

Rafael Morales, profesor de poesía española contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, envía esta reseña de “La suma que nos resta”, publicada en El Norte de Castilla:

La suma que nos resta de Gonzalo Gragera, Pre-Textos, 2017 (Premio de Poesía Joven, Radio Nacional de España 2017)

Ha escrito Gonzalo Gragera (1991), sin nada que ver con los otros dos poetas de su apellido, uno de esos libros llamados de la edad. No vinculada al sentido de la meditación madura de Fernández de Andrada, sino de la juventud y el desenfado desde el primer gran caer en la cuenta, con agilidad por añadidura. Un libro de línea clara, nítido, con el anclaje en lecturas de la generación previa o de los 90, y en el fino estilismo sevillano (pienso en Juan Lamillar) o gaditano-sevillano de Felipe Benítez Reyes por citar a la carrera. Se inscribe en ello frente a los nombres de la generación precedente (los nacidos por 1975), del malestar y muy abierta al poema dodecafónico, sin márgenes claros, ashberyano, o de la evolución de las poéticas del silencio, desde Jorge Gimeno a Julieta Valero, Marcos Canteli o Fruela Fernández. Mucho menos desde los aledaños próximos al proema o poema en prosa, al ejercicio versicular (en la práctica indiferenciable), según demostró Carlos Arribas en un divertido ejercicio y tras un libro de referencia junto a Marta Agudo.

La suma que nos resta, con su homenaje sucinto a Juan Ramón, ha puesto el retrovisor en los 90 para impulsarse. Lo ha hecho sin maniera, es decir, atendiéndose desde la vicisitud, la melancolía y la frescura en el saber decir, diría Ángel Gabilondo o la preceptiva clásica, la fermosa cobertura. Gonzalo Gragera en su elegancia en busca de voz propia todavía, sitúa su mundo en fuga y rememora en la peripecia o tránsito de edades pasados casi ayer y en la anécdota vívida de un flirt imposible, entre otras veredas. Lo sabe ahormar con diversidad incluso en sonetos de elegancia perfilada con oficio, comprensible en quien tiene escuela, talento y aventura, decía mi admirado amigo Claudio Rodríguez. A ningún lector se le escapará que algunos anticlímax y esa honradez del decirse dejan durezas de oído, ni esa Lisboa cansina ya en tiempos de Luis Muñoz y Benítez Reyes. Sonetos, atención a los versos cortos y su actualidad, querer relatarse en alegrías y penas de la nostalgia que se van dando de lado, habitan un poemario de quien todavía anda en búsqueda, pero apunta con maneras, decían los críticos taurinos de otra época, en esta en que los hermeneutas citamos a Blanchot y a Barthes olvidándonos de esa vida que puja y a veces no es amarga, ni tan filtrada por la sospecha. O una poesía nada desdeñable si sabe atender a esa fragilidad, soledad del último de la fiesta con Benítez y Marzal, o evitar la ambición de leerse en Eliot y el hombre deshabitado de Alberti, el no ser nada o nadie en la multitud o en las teorías, según corrigió Ezra Pound, para intentar cantar como desea desde esa magnitud aún grande… no es ese el camino, sino el otro, el de esos poemas donde se duele de lo próximo, hijo como es, de la sensibilidad emocional, y no del dibujo de la muerte o lo arquitectónico, para Guillermo Carnero, antes de su implicarse en Verano inglés o el virtuosismo inmediato y quizá más hábil, próximo, a su manera. A mí me parece que esa intimidad ávida, insurgente e inteligente, lectora y contempladora, tiene ahora el reto de los lenguajes propios para no caer en lo reconocible que a tantos poetas de línea clara ha dejado en el mero buen hacer, tanto como poseyó vivencias que ha sabido trasmitir. Algunos poetas jóvenes se van a reconocer en él, tanto como lo hicieron en Carlos Pardo, con otro sinclinal, más tambaleado, irónico y no entregado en el mejor malestar de sus primeros libros muy atractivos y plenos de talento (renovadores), antes de una madurez resentida y no renovada en los poemas contra el padre que recuerdan los peores de Jon Juaristi (los tiene buenos en las endechas a Goyo Marticorena y similares, amén de los satíricos menos bersolaris). Una cuestión compleja para el artista, eso de renovarse. Y si bien el libro tiene mimbres para una casa, es a la vez de irresuelto apetecible, en su horizonte prometedor. El de un escritor en crecimiento, sin duda, de quien tantas cosas esperamos, escribió Miguel Hernández a un joven poeta. Porque esas cosas no solo las ha escrito Rilke.

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