COPE

Esta semana contamos con una procesión extraordinaria que nada de extraordinario tiene. O sí, según se mire. Si por extraordinario asumimos las cualidades que suelen reunir esas procesiones, y que acotamos, para entendernos, desde las etiquetas de efeméride convencional –cualquier celebración que se le ocurra al hermano mayor de turno para decir “yo hice esto”-  y de débil recorrido histórico con el que excusar esa efeméride –veinticinco, cincuenta, setenta y cinco años de tal en una fiesta de siglos no es historia-, esta salida nada guarda de extraordinaria. En cambio, si por extraordinario nos referimos a una imagen poco usual, cuyo hecho en la historia ha ocurrido en contadas ocasiones, y que tiene sentido, esencia y finalidad, un motivo de peso, como se suele decir, esta procesión sí es, al fin, extraordinaria. Hablamos, desvelemos el misterio de una vez, del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel. Talla de Montañés cuya figura evoca una apolínea convulsión, cuyo cuerpo es muerte, pero una muerte que constituye belleza. Como la mayoría de las imágenes que hoy tallan, perdón, fabrican. Por supuesto. Confesemos el cansancio sin que nos tiemble el pulso, como esas manos del capataz que toman el martillo y de un golpe, seco y conciso, levanta la parihuela de los pasos: las procesiones extraordinarias se asemejan a estas calores que bajan tensiones y provocan fatigas, sin duda agotadoras en número y en insistencia. Desde hace unos años, y sin contar pueblos y capitales cercanas, lo extraordinario es que no haya un paso en la calle durante el fin de semana, para gloria de frikis y de aburridos. Pero la de este sábado no tiene relación alguna con esos esperpentos, monótonos e inagotables, que todos imaginamos. Recordemos que Dios aprieta, pero no ahoga. No se pierdan el que sale del Santo Ángel.

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