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La Milagrosa lleva su nombre hasta las últimas consecuencias, y así sucede lo que todos sospechamos: pretende obrar el milagro. El milagro de pertenecer a la nómina de las cofradías que van a la Catedral en Semana Santa. De entrada, por la Puerta de san Miguel, evidente, dos adversidades casi insalvables debe superar la propuesta, perdón, el milagro, que la cofradía ha dejado encima de la mesa del Consejo: la del espacio  y la del tiempo. Pequeños inconvenientes que limitan, que estorban, los quehaceres de la vida diaria, incluso nuestros sueños, qué le vamos a hacer. En cuanto al espacio, ¿dónde la colocamos?, y en cuanto al tiempo, ¿a qué hora la cuadramos? Las hermandades de víspera, aunque el interés económico y de prestigio social –parece que no es lo mismo salir y dar una vuelta por el barrio que ir al centro, a pesar de que todo es la misma ciudad- sea relevante, tendrán que asumir una realidad común: no hay sitio ni tiempo en el que introducir a una cofradía más. Tampoco estaría de más asimilar que por salir un Sábado de Pasión o un Viernes de Dolores no son menos hermandad que cualquiera que sale un Miércoles o un Viernes Santo. Pero no terminamos de enterarnos, o no terminan de enterarse. Aunque conozcan de sobra la realidad que acarrea el entrar con calzador, entrar por el hecho de entrar, sin mayor justificación: una hermandad perdida en el día, número de hermanos que no crece, recorridos sin público. ¿No suena la imagen? ¿A nadie se le ocurre ningún ejemplo? Pero allá cada cual con sus propósitos. O con sus milagros. Como el que nos prometió Juan Espadas cuando el tema de la Madrugada, el de las avalanchas y carreras, estaba aún como las calles que no hemos perdido: candente. “Bastante antes del verano tendremos perfectamente diseñado el dispositivo del 2018”, comentó en una reunión del pasado mes de abril, declaraciones que recoge Diario de Pasión, periódico digital en el que escribe el compañero Pablo Lastrucci. Entre unos y otros, no nos ponen muy difícil la práctica del motivo principal de la fiesta: queda claro que sin fe, en este mundo del capillismo militante, no vamos a ningún sitio.

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