QUINCE DE AGOSTO EN SANLÚCAR

Como la sal que se vence y vence en el suelo y recorre el caluroso asfalto, la sal que esconde poluciones, neumáticos, goma quemada, las altas temperaturas del mes de agosto, todo aquello que nos invade de vulgaridad y de monotonía. Con ese efecto de depuración -¿de salvación?- de las cosas convencionales, casi siempre ordinarias y prescindibles, busco el oficio de la escritura. Lo busco para eso, sí: para desprenderme, desprendernos, de la costumbre y preparar la emoción, el asombro, como lo quiso Borges. En el lugar de la sal, la precisión de la palabra; en el lugar de la larga vista que ofrece la alfombra, el ritmo, la música, que es arquitectura y proporción interna de la frase, de la sintaxis; en el lugar de la lograda geometría de sus formas, la composición y el acento que sólo da el estilo, el que cada uno consiga hilvanar. Con la sal se oculta una verdad –una realidad- para recrear una ficción: callamos la fealdad, por anodina y por común, de un pavimento para enriquecer de belleza, disenso de lo conocido, a las calles. Pero sucede que esa ficción perpetrada por los colores de la sal, al ser de belleza, será más verdadera que cualquiera de las realidades que podamos medir con los sentidos. El propósito de estas palabras debe asemejarse a esta observación.

Y con esas palabras evocamos este sol con ánimo de soberbia, de niño ingenuo e insolente, que cala como una lluvia de joyas sobre las piedras gaditanas de la parroquia. Este sol ilumina los guijarros de la Cuesta de Belén, ilumina los salones interiores, espíritu aristocrático y subversivo, del apellido nobiliario, ilumina el bullicio de las familias en los veladores de los bares del barrio alto, del primer barrio alto, ilumina la caída de las hojas, de la frondosa vegetación, por las fachadas de un edificio que recuerda las tardes de ocio de los Orleans, la ilustración de la clase alta en una España a la que aún le sonaba lejano el ruido de las ideas modernas. Y en este paisaje que el sol ilumina -sol que, al igual que el río, viene aquí a morir-, y con idéntica cadencia a la de ese oleaje de la desembocadura en Bonanza y en Bajo Guía, aparece por la esquina de la plaza la plata de las azucenas del paso, la eclosión de los nardos en cada esquina, la diminuta inmensidad de un bordado, de una artesanía. Todo en Sanlúcar supone y propone vocación de artesanía. Todo aquí parece, o está, hecho de la mano del hombre, no de la industria: de la gastronomía al paisaje de bodega y de mar; de las claras arenas de Doñana a los conventos, discretos y ricos, de la calle Descalzas, de Madre de Dios; de los húmedos muros de las casas, cicatrices y decadencias de los años en sus exteriores, a la playa que cita Cervantes en las primeras páginas de el Quijote. Playa de los que no necesitan playa. Porque en Sanlúcar esta es tan sólo un atributo más, un inicio, en contra de lo que sucede en la mayoría de los pueblos costeros de Andalucía.

Como la sal, voy esparciendo las palabras que escribo, y, del mismo modo, con el sol de esta tarde de agosto voy abriendo luces a las sombras de las claridades de la página en blanco. Y todo para llegar al punto de fuga de los horizontes traídos, de todos estos itinerarios, de todos estas venas por donde fluye el impulso de una emoción, emoción sin retórica y sin estridencia, sin discurso de impostura, ese tan contundente como banal. Nada de eso. Esta emoción es la emoción honda y serena, la que ahora está asomada en el balcón de la calle san Juan, o en las manos abiertas de un aplauso popular, o en el alfiler que un fiscal de paso cose a la camisa azul de un aguador cualquiera. Del modo en que ahora clavo, las deudas están para devolverlas, ya sea en El Arquillo o en un artículo, el porqué de todo lo que describo: la perla de un nombre. La Caridad.

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