COPE

Lo cierto es que el asunto no pinta demasiado bien. Como todos los años, claro, nada grave: esto de las cofradías es un bucle, monótono, cíclico, en el que todo vuelve, revuelve y se repite. Como la salsa del mantecado al güisqui de un bar con hipérbaton en su nombre –no damos más pistas- o como la noria de la feria. Decía que el asunto no pinta nada bien, ¿Cataluña?, no, algo más suave, respiremos un poco. Hablamos de la elección del cartel de este año, Consejo de Cofradías mediante. No quiero decir, para los Longinos de la causa capillita, siempre lanza en mano, a la defensiva, que no me parezca oportuno el nombre de Pepillo Gutiérrez Aragón para este propósito. Nada de eso. De hecho, esta venia es una defensa –nos ponemos en plan Batman con antifaz de ruán, ustedes disculpen- de su oficio. Esta venia, y lo que se considera que no pinta demasiado bien, señala al vacío que dejan en el bolsillo del pintor al que encargan el trabajo, reitero, el trabajo, del cartel de la Semana Santa de Sevilla. Pone las croquetas, pone los pinceles, pone el ingenio, pone el dibujo y no pone la mano. Mentalidad que deberíamos cambiar de una vez –llamemos a las hermandades del Martes Santo, que, al igual que aquel anuncio de Tecafil, tienen siempre la solución-. El Consejo de Cofradías, con tal de esquivar el incómodo asunto, dice que el privilegio de pintar el cartel es una contraprestación, que con eso, a ver, es suficiente. Nosotros, sin embargo, creemos que si una institución –hablamos de un Consejo de Cofradías, no de una Real Academia de Bellas Artes- es la que da prestigio a un autor, y no al revés, malo. Mientras tanto, mientras todo cambia, y se obra un milagro que ni el de Lázaro, seguiremos pidiendo lo nuestro. Que es lo vuestro, el reconocimiento a un oficio; oficio que todos disfrutamos.

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