COPE

Pregunta un amigo que qué me parece el pregón. Suele ser usual, pregunta previsible, cuando se acercan estas fechas de luz moneda en las que se desvela la incógnita del elegido –suerte, pregonero-, o cuando venimos de vuelta, camisa cansada, castellanos quejosos, un domingo de primavera. Cuando formulan la pregunta, nunca sé qué responder. Porque tampoco sé muy bien qué pensar. Quizá porque nada me importe. Pero a mis amigos, seríamos unos insensibles, nunca les niego la palabra honesta. Así que trato, dentro de la complejidad, construir un argumentario creíble, que tranquilice las dudas. Les digo que para mí el pregón es cosa nimia y nada interesante. Les digo que cómo en una sociedad en donde predominan los 140 caracteres de tuiter y el mundo audiovisual, el pregón aún mantiene un formato que se centra en la oralidad, en el discurso de hora y media, casi propagandístico, de radio de cretona y de sofá de escay revestido de punto -el resultado, natural: bostezos, distracciones, consultas al móvil-. Les digo, también, que aquello es un acto social, extraliterario, pues en la elección del afortunado –suerte, pregonero- prevalecen unos intereses clientelares, incluso personales, entre el Consejo de Cofradías y demás partícipes en el evento. Es una fiesta narcisista de ellos, para ellos, donde en unos hay vanagloria de qué bien hemos elegido y otros sueltan en un atril lo que se ha dicho hasta la saciedad, mientras un teatro –en el amplio sentido del concepto- llena un aforo cuyas entradas no están a la venta, al menos en su mayoría, en una taquilla, como en cualquier espectáculo, sino que se dan de manera arbitraria entre los mismos de siempre. Poco importa la ciudad; menos, la literatura. Y llegados a este punto, miro a mi amigo, quien me observa con cara de romano tallado por Castillo Lastrucci. Ahí pienso que por hoy es suficiente. Y que, por no quebrar costumbres, he dicho.

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