COPE

Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.

COPE

Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.

PUIGDEMONT NO QUIERE EL DIÁLOGO

No es civismo, sino cinismo. Aunque hay que reconocer que el Govern derrocha ganancias en ese cínico victimismo debido a una asociación de conceptos tan ingenua como, aquí lo peor, de buena fe por parte de sus conciudadanos. El Govern ha vendido, y le han quedado beneficios, la imagen de la represión, del pueblo, de un sólo pueblo –esta es otra clave-, sin disidencias ni opiniones contrarias a las de sus intereses, silenciado por la fuerza de un Estado ajeno. La policía que cumple el auto de una jueza y que garantiza los derechos de todos los ciudadanos contra los que pretenden, fuera de la ley, imponer el suyo, es el agresor; los partidos que aprueban leyes sin el más mínimo respeto al procedimiento legislativo estipulado –es decir, sin considerar los cauces establecidos, democracia representativa mediante, por toda la sociedad catalana-, son justos, pacíficos y democráticos; el Gobierno y el Estado que, aplicando el artículo 155 de la Constitución, no suspende la autonomía –como escribe Ignacio Camacho- ni provoca injerencias sino que restituye el orden constitucional y la legalidad vulnerada, casi un invasor, un opresor.

Lo peor de esa asociación de ideas tan tergiversada no es la defensa que de ella hacen en el Govern y sus medios afines –tele, prensa, radio-, lo peor es que son falacias que calan en personas con buenas intenciones. Las más peligrosas y radicales, pues en sus irresponsables actitudes creen estar logrando algún bien. ¿Cómo convencer o persuadir a quien piensa que está actuando de manera correcta, ya sea por ignorancia, idealismo, ficción propia, interés, afinidad con la causa o de todo un poco? Puigdemont y sus socios saben que ahí está su público más rentable. Y explotan, de él, todos los recursos posibles.

Esa ficción, ese espejismo, del pueblo sacrificado y reprimido por parte del Estado alcanza su apogeo en el no tan desproporcionado como torpe e improvisado despliegue de la Policía Nacional y de la Guardia Civil del pasado uno de octubre. Ahí los independentistas volvieron a ganar en el victimismo cínico, apoyado a su vez por sentimentalistas cínicos que no estaban tanto por los heridos –fueron más bien atendidos en la mayoría de los casos, obviando la cantidad de noticias falsas y fotos retocadas que circularon- como por mostrar esa imagen de Gobierno despiadado que usa la violencia contra un pueblo que quiere un fin, en principio noble, como es el de votar en una urna. Esa es otra lectura de todo lo que está sucediendo: muchos de los apoyos que tienen los secesionistas en España –ciudadanos y partidos- no van por sus ideas, sino al desgaste de Rajoy. Quien, a su vez, ha gestionado tarde esta crisis institucional, pero también de la mejor forma posible: dentro de los márgenes de la Constitución y de las leyes. No es poco.

Una vez conseguida la retórica de la imagen, de la asociación de conceptos, catalanes oprimidos, Estado poderoso e intransigente, arbitrario y discrecional, viene Forcadell e insiste, ayer en la radio, en la propuesta de mediación. ¿Qué mediación, qué diplomacia, no digamos ya diálogo, se puede mantener con quien impone? Aun así, Felipe VI ofreció en su discurso “mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles”; Puigdemont entendió, quiso entender, que no hubo ánimo de diálogo. De este modo, está claro quién no quiere dialogar, y por algo muy sencillo: porque no encontrará beneficio alguno en ese diálogo. Porque, en el caso de haber un referéndum legal y pactado, dialogado, como tantos dicen, el Govern tendría todas las de perder: veamos la soberanía y los datos de apoyo a la independencia en el referéndum del pasado domingo. Así que mejor, más cómodo y rentable, este discurso viciado de victimismo cínico, con el que insisten en un problema creado de la nada –o de sus particulares pretensiones- y que a la nada, aunque se esfuercen por remediarlo, va.

COPE

Acabamos de llegar de Roma, por tanto será como la sombra que, telón o bambalina –mejor esto último-, decora los cuadros de Caravaggio. Con ese efecto de las obras del pintor se están desarrollando los acontecimientos que deben aclarar, solucionar, el próximo Martes Santo. Mucho de enigma y, al mismo tiempo, como todo buen tenebrismo barroco, claridad: quizá porque no es una sombra que oculta, sino que muestra. Digamos que el retraso de las decisiones, las reuniones aplazadas, el secretismo… lejos de aportar confusión e incertidumbre, dejan evidencias y certezas. La primera es el modo de actuar de este Consejo. Siempre de perfil, acaso ambiguo, demasiado prudente, delegando cada decisión polémica o compleja en el ayuntamiento –CECOP- o en el arzobispado, en las instancias superiores. Ya lo pudimos comprobar en las avalanchas y estampidas de la Madrugada. En cada pregunta al presidente, la respuesta esquiva, evitar en todo caso la posición, el criterio de la institución. El vértigo o respeto de que la declaración no se entienda, o se tergiverse, o se manipule. Mejor el silencio que el error. Es una estrategia de comunicación eficaz, e inteligente; pero gobernar, o administrar, es decidir, y en algún momento, ya sea de palabra o de hecho, tendrán que dar el paso. Por ahora nada de eso. Predomina la respuesta callada, que es el primer desencadenante de las filtraciones y de los rumores; es decir, de una consecuencia contraproducente a sus intereses: si buscan la ausencia de tergiversación, mejor hablar sin tapujos. O sentarse de una vez –con voluntad de determinar una solución, no de aplazar el problema- y asumir que ellos son los que tienen la última palabra, consensuada con el resto, pero no supeditada.