COPE

Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

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